Para el escritor Luis Mario Schneider, Gonzalo Utrilla “era un pintor que dibujaba poesía”, mientras que para Hugo Argüelles, su pintura “es una explosión vital de la gran imaginación” que poseía el maestro. Digamos que supo dominar el color y las formas, el espacio y los volúmenes en un juego onírico inédito que rescataba y nos enseñaba a ver a través de sus pinturas que nunca son realistas: son una propia visión del mundo; que para los datos oficiales ahora anota que Gonzalo Utrilla comenzó su trayectoria artística en la Escuela de Arquitectura de México y en el Taller de Artes Libres de la Universidad de Veracruz. Su primera exposición la presenta en colectivo, a los 18 años, en el Instituto Regional de Bellas Artes de Tuxtla, Gutiérrez, su ciudad natal.
A partir de ese momento y en los siguientes cuarenta y cinco años, integró un gran número de exposiciones colectivas y, sobre todo, en presentaciones individuales en las más prestigiosas salas de arte de México y en países como Alemania, donde su obra se ha difundido con mayor popularidad. El desnudo y el paisaje fueron sus temas principales, y la elocuencia sensual de la línea lo caracterizó a lo largo de su trayectoria artística. Supo utilizar elocuentemente los vacíos que ofrecían al espectador la libertad para el gozo y la complicidad con que trabajaba la línea sugiriendo estos espacios entre trazos fragmentados que hacían participar de su obra al que observa. Decía Magaña que “los cuerpos de Utrilla son esencialmente eróticos: siempre están al límite de las caricias”. Ahora parte de la obra del pintor se exhibe en el Museo José María Velasco, donde trazó las últimas pinceladas de su vida, digo, de esta vida, porque seguro que ahorita está dibujando los angelitos en la otra vida, en el cielo o dondequiera que sea más allá.


Ilustraciones: “Waldemar Verdugo”, dibujos de Gonzalo Utrilla, acuarela y lápiz sobre papel de arroz y corteza de maguey, realizados en 1980 y 1985: Archivo revista “Vogue-México”.