VIAJE AL INTERIOR DE UNO MISMO.
Por Waldemar Verdugo.
“El sentido de la vida emana de nuestro libre albedrío” -afirma el doctor Octavio Barona, para quien la relación básica del hombre con lo que le rodea es interna, no externa.
Por esto, entre más primitiva es la conciencia de la persona, más influye el medio externo sobre él, y le resta independencia. Es manipulable, y es la razón inmemorial del más fuerte que sojuzga al más débil, transformándolo a través de conductas repetidas en un bien de consumo y de servicio, sin tiempo en esta forma de encontrar sentido a su existencia. Esto desde siempre ha sido así, y desde siempre han existido algunos que han intentado romper estos patrones establecidos en la sociedad humana, rompiendo conductas dependientes al afirmar que uno es algo más que una identificación externa como base de supervivencia. Nos dice el doctor Barona:
“Entre los más antiguos, por supuesto, debemos rendir aquí tributo al sabio chino Lao-Tsze. En su Libro del Sendero leemos una filosofía estructurada en esta idea, la de que el hombre posee en su interior esta chispa del espíritu creador, la cual si es puesta en acción adecuada y construyendo puede conducir hacia límites insospechados en el sentido de vivir. Aquí y ahora. Sublimando nuestra conciencia, enseñándonos a no existir solo en función de nuestro medio externo, sino en nuestro interior en identificación plena con nuestra chispa del espíritu creador y con todo lo que existe para una adecuada expresión vital, que la vida en todos sus aspectos, tiempo tras tiempo, es únicamente un todo en la que existe cada hombre como individuo, con un estado de conciencia peculiar que expresa su singularidad. Por esto, la tarea primordial del hombre dentro de su sentido vital es espandir su conciencia, confiado en la seguridad de ser parte de algo más vasto, de ese espíritu creador que Lao-Tsze nombra Tao, ya no solo identificado con los intereses particulares de los elementos culturales de su tiempo, externos a él.”
Comprendida de esta forma, la vida no sería solo la expresión de un instinto de conservación, ni de una identificación con todo aquello que coincide con nuestro intereses primarios como la habitación, alimento, vestuario, sexualidad, sino, además debe ser una experiencia con personalidad propia y seguridad vital. Para el doctor Barona, el hombre adquiere su sentido vital “cuando en sí siente la presencia activa de cierta Voluntad Razonante, ¿puedes escribirlo en mayúsculas?” -nos dice. Para él, todo debe transcurrir dentro de una participación constante y vital, con todo aquello que nos rodea, dentro de los ámbitos de intercambio de valor por valor: “Así, participación deja de ser subordinación y manipulación, al identificarse uno con todo lo existente, en planos de sincronía. Plasmando el sentido del ser en todo y en todos a través de una forma adecuada de expresión auténtica: haciendo las cosas como si no se las hiciera, en honor al cumplimiento del oficio, nada más, expandiendo nuestro quehacer que en la vida se manifiesta como cierta presencia en todo. Pero para una adecuada expansión de nuestra conciencia es imprescindible la libertad personal, a través de acciones que reflejan nuestro libre albedrío y nos permite trascender, esforzándonos en un presente dinámico para hacer mejor las cosas a partir de uno mismo. Así, participación se vuelve relación en el tiempo en energía vital y en espíritu de experiencia existencial con todo lo circundante. Como lo expresa Lao-Tzse, los caminos del sentido de la vida son como un hombre siente, como vive y como se comporta en su participación, sintiendo y siendo lo que se siente.”
Nos dice el doctor Barona que él entiende que debemos usar la voluntad a través de nuestro libre albedrío “para equilibrar imaginación creadora con razón. Aprendiendo a hacer, no lo que quiere uno hacer, sino lo que uno necesita hacer, dictado por nuestro cerebro, a través de las influencias de la razón, que llevan a la verdad. Debemos aprender a suplir nuestros hábitos antiguos primitivos por otros superiores, cerebralizados. Debemos aprender a utilizar la energía de la vida en búsqueda de un propósito, de forma conciente y en armonía lo que deseamos y podemos realizar concientemente, en paz con el universo. Como científico, de esta forma entiendo el mundo espiritual: como una transmutación de energías que nos conducen a ver y entender, sentir y expresar la vida tal como es, y no como otros quieren que la veamos. La vida del universo es un cambio continuo, una transformación perenne, una evolución constante, y no podemos sustraernos de este ritmo vital y empezar a desintegrarnos y a morir en vida, sin hacer nada, porque siempre hay algo que hacer.”
El doctor Octavio Barona ha llevado una vida dedicada al servicio. Hizo sus estudios de medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se graduó con una tesis versada en las causas síquicas de las enfermedades terminales. Es miembro de la Legión Mexicana de Honor, fue director de la Sociedad Mexicana de Higiene Natural y Presidente de la Sociedad Mexicana de Estudios Humanísticos. Disciplinado en Física Mental y Meditación, vivió un largo tiempo en Tibet, India y China. De regreso en México, preside la Sociedad Mexicana de Estudios Psicológicos que une a su trabajo médico, la investigación y la literatura, que me permitió conocerlo en la década de 1980, cuando tuve el alto honor de escribir el prólogo de su libro “Ensayos Taoistas” (1ª Edición Editorial Horus Exoterica, México, febrero de 1985). Ahora, he sabido los resultados de estudios que comenzaba a realizar entonces, a propósito de lo cual hemos hablado largamente, rescatando, en parte, una larga conversación que tuvimos y fue publicada en el diario UnoMásUno de la Ciudad de México entre el 27 de diciembre de 1987 y el 3 de enero de 1988. Para el doctor Barona, el sentido de la vida es estarse transformando continuamente, conscientemente, en libertad, y aceptar los cambios que sea que vengan es descubrir una vida nueva. Entendiendo que ninguna realización es definitiva y que ninguna meta es la final, que todo término es a la vez un principio de renovación. Nos dice: “He terminado de investigar ciertos mecanismos moleculares que concretan la acción del principio activo común en la planta Cannabis Sativa: el THC, un potente antitumoral que activa un proceso de autodigestión celular, la autofagia, que conduce a su vez a la muerte celular programada de células malignas, como algunos tipos de cáncer. Luego de trabajar con modelos animales, lo hice con muestras obtenidas de pacientes de algunos tumores cerebrales más comunes y agresivos y con síndrome de inmunodeficiencia terminales, reforzando mi idea del uso de cannabinoides como fármaco en terapias contra tumores que afectan al cerebro, así como parte de otras terapias combinatorias para enfermedades terminales que acaban con las defensas. Los cannabinoides promueven la muerte de las células tumorales mediante la acumulación de ceramida, un lípido muy abundante en las membranas celulares, y la acción de dos proteínas: p8 y TRB3, que estimulan la apoptosis, cierto tipo de muerte celular programada de las células malas. Este proceso, que puede inducir naturalmente el cerebro cuando el paciente está en condiciones de hacerlo, lo activan los cannabinoides como medicamento, activando este proceso de reciclaje que realizan las propias células. Pienso que esta investigación aportará una nueva estrategia antitumoral, porque he concluido diferentes tipos de autofagia que podrían regularse. Esta investigación no ha sido fácil, en especial por el cultivo que hice en laboratorio de Cannabis Sativa, porque eso implicó un tiempo de explicaciones a las autoridades para que entendieran cuál era mi intención, y por qué razón el laboratorio tenía que ser el jardín de mi casa, para utilizar el proceso natural de potencia del principio activo a medida que maduraba. Por fortuna he podido acudir al centro de células que tenemos en la Universidad, sin embargo, también trabajé con muestras de algunos de mis propios pacientes, y otras las obtuve en Estados Unidos, porque es increíble aquí la falta de almacenamiento científico que tenemos hoy. Pero todo cambia y los científicos lo vemos en el laboratorio cada día. Para existir en verdad es esencial que proyectemos todas nuestras intuiciones y razonamientos, más allá de nuestro cambio actual o experiencia de vida aquí y ahora, que todo forma parte del sentido. Es decir, debemos creer en la capacidad de creación de nuestras manos y nuestra mente, creernos que podemos dar, levantando nuestra auto estima en el servicio útil, eficiente, creativo, hecho con amor, en intercambio sereno de valor por valor con todo lo que nos rodea. Yo pienso que tener un sentido es saber servir con amor para ser servido con amor. Ser al no ser, como decía Lao-Tzse.”
(Fragmento de El Sentido de la vida,
© Waldemar Verdugo Fuentes.)
4 de abril de 2009
2 de marzo de 2009
EL SENTIDO DE LA VIDA.
DE LO INMANENTE Y LO TRASCENDENTE.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
EL SENTIDO DE LA VIDA.
DE LO INMANENTE Y LO TRASCENDENTE.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
8 de febrero de 2009
Retrato de Mendoza.
MENDOZA, los caminos del vino.
Por Waldemar Verdugo.
La ciudad de Mendoza es amigable, entretenida y culta. Hace muchos años, en la época modesta y singular de la juventud, estudié un año en la Universidad Nacional de Cuyo cuando su sede estaba en calle Las Heras, y fue un tiempo en que hice amigos y me hice mejor. Varias otras veces la crucé viajando entre Santiago y Buenos Aires. El paso entre Chile y Argentina por la cordillera de Los Andes es uno de los paisajes más hermosos de América, según creo. Ahora he vuelto a la inauguración del flamante hotel Sheraton Mendoza, donde fuimos recibidos con centolla, bar abierto y una habitación espectacular por pura cortesía trasandina. En el lobby estaban las fuerzas vivas de la ciudad, el clero, empresarios con sus esposas, políticos con sus esposas y artistas. Con Joseph Ubando, el fotógrafo que me designaron para cubrir el evento, y el staff de modelos que enviaron desde la agencia en Buenos Aires, con el equipo de filmación de Rudolf Epstein para rescatar el evento, trabajamos sin contratiempos: jóvenes vestidas al estilo charleston, de negro y rojo, con accesorios al tono y cabelleras carré, dieron la bienvenida a los invitados, entre quienes se encontraba el vicepresidente de Argentina Julio Cobos,con orgullo de mendocino, junto a su esposa Cristina Cerutti, y el secretario de Turismo, Luis Böhm, que mucho hace en una zona que debía ser la principal fuente de recursos por todo lo que tiene para mostrar. En el lobby la banda de Kusselman Jazz Quintet deleitó a los presentes con su música, mientras mimos vestidos de negro y rojo sonreían, gesticulaban y animaban a los invitados. También el grupo Freeway ofreció el show “Broadway Musicals”, con una selección de canciones del cine. Hay un excepcional Mirador Lounge Restaurant en el piso 17, que es ahora el punto más alto de la ciudad. Observando desde esa terraza, asombra el genio de los pobladores locales para convertir cada lugar posible en árboles. Todo gracias a las acequias que administran con sabiduría el agua, que aquí no abunda porque es tierra de desierto, más propicia para los cactus que para las flores. Porque la vegetación cubre las avenidas con una guía vegetal que se extiende hasta la plaza Independencia y el parque General San Martín, creación del arquitecto francés Carlos Thays.
Desde lo alto viendo la ciudad desde Plaza Italia a Plaza España hay varios puntos imprescindibles de visitar, como el Museo del Pasado Cuyano, que fuera vivienda de los ex gobernadores de Mendoza Francisco y Emilio Civit; ésta junto a otras casas en el tramo de la calle Montevideo conforman uno de los espacios de mayor identidad, conservando viviendas de corte italiano en excelente estado junto a añosos plátanos a orillas de sus acequias con aguas cordilleranas. Los numerosos cafés de la Avenida Colón ofrecen a toda hora la posibilidad de la conversación, anunciando el Barrio Cívico emplazado en los terrenos que ocupara la Quinta Agronómica, de la cual heredó su profusa vegetación y el Parque Ecológico. Destacan la Casa de Gobierno, que conserva la bandera original del legendario Ejército de Los Andes bordada por religiosas y damas de la aristocracia mendocina, y la Municipalidad de Mendoza, con su terraza-mirador, el jardín cultivado más alto de la provincia, donde entre coloridas especies florales se puede observar este lado de la cordillera de Los Andes a través de visores con cincuenta kilómetros de alcance y un ángulo de giro de 360 grados. En la Plaza España misma llama la atención las mayólicas y pisos relucientes con la fuente central de agua que brota de las arboladas. En la Iglesia de la Compañía de Jesús, sobre la Avenida San Martín, se venera la imagen de la Virgen del Buen Viaje, a quien los vecinos encomiendan al visitarla junto a sus amigos afuerinos.
Mirando hacia la plaza Chile el paseo se inicia en la Plaza Independencia, el área principal de comercio mendocino, de cuatro manzanas proyectadas como centro de la Ciudad Nueva luego del terremoto de 1861. A su alrededor y en forma equidistante, completan la cuadrícula original cuatro plazas: San Martín, Chile, Italia y España. Realzan la Plaza Independencia pérgolas, fuentes y el escudo lumínico de la Provincia, y alberga el Museo de Arte Moderno, el Teatro Julio Quintanilla y la Plaza de las Artes. Los alrededores concentran importantes edificios como el Colegio Nacional, el Teatro Independencia, la Legislatura Provincial, construido en 1889, y anuncia la Peatonal Sarmiento, que conjuga negocios, pérgolas, fuentes y sus numerosos cafés al aire libre, junto a la Iglesia San Nicolás y Santiago Apóstol, Patrono de Mendoza, cuya festividad se celebra el 25 de julio. Siguiendo por la Avenida San Martín resaltan otros edificios como el Pasaje San Martín, la Subsecretaría de Turismo que anuncia cruzando a la Plazoleta Pellegrini, una postal única de la ciudad. Siguiendo por la Plaza San Martín destaca la fachada neoplateresca del Banco Hipotecario y la Basílica de San Francisco, Monumento Histórico de Argentina, donde se encuentran los restos de Merceditas, la hija del general San Martín, y la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, patrona del Ejército de Los Andes, la misma a quien el hombre brindó su bastón de mando antes de iniciar el cruce histórico. Aquí sigo por Avenida Las Heras, de histórica memoria, entre otras cosas por surgir allí la sede original de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, a cuyo alrededor se creó toda una zona de influencia artística en esta parte de Los Andes que traspasó fronteras desde su fundación a comienzos del siglo XX hasta ahora, y a cuyo alrededor ha nacido un paseo con casas de comercio que ofrecen artículos regionales, joyas, libros, música, pinturas y otros recuerdos. Siguiendo se llega al Mercado Central, con todas las delicias comestibles que se pueda uno imaginar y anunciando el Museo Popular Callejero, donde se preserva recuerdos en especial de esta histórica avenida que termina en la Plaza Chile. Mirando en linea desde la Plazoleta Vergara al Parque San Martín la refinada Avenida Arístides Villanueva combina casonas tradicionales con una exclusiva zona comercial entre espacios verdes y sofisticados cafés, cruzados por plazoletas como las de la República de Eslovenia o la bella Anzorena, que invitan a sitios como el Rincón de los Poetas.
De noche estuvimos en el casino Enjoy del segundo piso del hotel nuevito con sus 300 tragamonedas estrenando, al igual que las 24 mesas de juego, por los mismos invitados a ocupar por una noche las 180 habitaciones de este flamante edificio convertido en el más alto de la ciudad (aunque me dicen que fueron invitadas más de mil personas... unas dos mil más, yo creo.) Mi cuarto está en el piso 12, que aquí en la cordillera de Los Andes es como estar elevado en el aire mismo, la construcción tiene 87 metros hacia arriba y 37 hacia abajo, con cuatro subsuelos antisísmicos; descubro las cortinas que abre a la ventana amplia de pared a pared que da a las montañas y las nieves eternas del Tupungato. La luminosidad llega hasta el baño gracias a otro ventanal de vidrio arenado para mantener la intimidad, lo que es inapreciable porque los baños de estos hoteles cinco estrellas generalmente sólo tienen luz artificial; es una suite con todo lo imaginable y la vista es incomparable también de noche: miro hacia las luces de Chacras de Coria mientras converso por teléfono con Estela y Aníbal que se encuentran en su casa; veo las luces del barrio de Gutiérrez, donde hace muchos años viví junto a Lisette en el hogar de la venerable Ana Sánchez, nuestra sabia amiga numeróloga y conocedora de secretos andinos. Abajo veo que estamos situados a una calle de la Avenida San Martín y en el terreno donde antes se encontraba la antigua Terminal de Autobuses, que varias veces ocupé. Pienso en que la fiesta en este hotel es una fiesta a todo dar, pero que, por alguna razón extraña, igual me devuelve ahora con nostalgia a una época en que éramos felices apenas con una pizza para cuatro repartida entre seis u ocho, y vino de a litro, cuando terminábamos las clases vespertinas en la Facultad de Artes. ¿Por qué será que en los sitios donde hemos sido felices las circunstancias externas son lo de menos? Entonces fue que alguien del grupo tenía un pariente con refugio y cancha de esquí en Vallecito, y nos íbamos todos para allá a trabajar los fines de semana y en las vacaciones de invierno; el lugar es de fábula, se encuentra a ochenta kilómetros del centro de Mendoza y a 2900 metros de altura: es el majestuoso paisaje de la Cordillera de los Andes, al pie del Cordón del Plata, que alcanza los 6300 metros de altura en su cumbre principal. En Verano, sus refugios son ocupados por andinistas de todo el mundo para realizar escaladas a la cumbre del Plata o a sus montañas vecinas. También utilizan Vallecito como punto de aclimatación que exige la altura a aquellos andinistas que aceptan el desafío de ascender el cerro Aconcagua, el más alto de Occidente (6962 metros). Se considera que es uno de los lugares más propicios de Argentina para aprender esquí y ascenso. La proximidad de sus refugios a montañas de diferentes grados de dificultad, lo convierten en una escuela natural. Pertenecientes también a Mendoza, ahora está de moda Las Leñas, otro de los grandes centros de esquí sudamericanos, así como las canchas de Penitentes en la frontera con Chile, antes del Cristo Redentor, que marca la línea. También trabajábamos en el grupo de Humberto Pravata, uno de los empresarios teatrales pioneros de la ciudad: con él y su grupo Comedia y Arte, varios compañeros de la Escuela hacíamos montajes en las pérgolas de las Plazas mendocinas, en el mismo Teatro Quintanilla o en algún café-concert, que entonces estaban de moda: hice de tramoyista, pintor de escenografía, ayudante de iluminación y actúe de comparsa en “Sueño de una noche de verano”, en una versión teatral genial de Pravata que presentamos en las afueras de la Iglesia de San Nicolás y Santiago Apóstol en una celebración de la ciudad, y que debió dejar a Skakespeare muy contento.
Ahora observo la ciudad nocturna. Veo el Museo del Área Fundacional y la llamada Cámara Subterránea en la Plaza Pedro del Castillo, y como brotando de álamos blancos las Ruinas de San Francisco donde estuvo el templo de los jesuitas hasta su expulsión en 1767. Diviso la Biblioteca y el Museo Sanmartiniano, que albergan en especial elementos relacionados con el Libertador General San Martín, ubicado en el mismo sitio que el hombre eligiera para vivir, sueño que nunca concretó. Se aprecia iluminada la cúpula azul y blanca de la Iglesia de la Merced. Abajo mismo a mi izquierda veo el Parque O’Higgins, un remanso verde perfectamente alineado con forma de animal vivo echado a un costado del soberbio Teatro Gabriela Mistral, escenario de espectáculos memorables aquí en Mendoza. Más allá cruzando la Plaza Sarmiento y el brillante Acuario Municipal, se levanta solemne envuelta en luz amarilla la Catedral de Mendoza, sobria construcción de comienzos del siglo XIX.
De madrugada envié los textos pertinentes desde la conexión a Internet de mi cuarto, y al medio día han venido a buscarme Estela y Aníbal quienes me llevan a su hogar: ellos me enseñan todo lo nuevo en una estadía de una semana que se irán en un instante para cualquiera que llegue a la ciudad en el puro afán de verla. Porque siempre el tiempo es poco para disfrutar todo lo que ofrece Mendoza. Como algunas de las 100 bodegas vitivinícolas abiertas al público, de las 1200 que existen en la zona, siendo 552 de ellas bodegas elaboradoras, que no por nada aquí se produce alrededor del setenta por ciento de los mostos argentinos, lo que confirman a la ciudad como una de las capitales mundiales del vino. En los caminos del vino de Mendoza se pueden visitar bodegas de gran producción, con altos niveles de tecnología y a la vez visitar pequeñas cavas atendidas por sus propios dueños. Estuvimos en la Viña Salentein, situada en el valle de Uco, a unos noventa kilómetros desde el centro de la ciudad, que destaca por su interesante mezcla de bodega, restaurante y museo de elegantes lineas arquitectónicas, donde estatuas y esculturas dan la bienvenida al sitio que alberga obras de arte contemporáneo de Argentina y pinturas de artistas holandeses de los siglos XIX y XX. La viña y bodega resguarda los frutos del especial microclima de la zona rico en oscilaciones térmicas que permiten, por ejemplo, probar su vino Numina, resultado de los sabores del malbec y el merlot, cuya cosecha 2004 ha sido catalogada como el mejor vino argentino que se puede encontrar. Lo probamos con algunos platos que allí se pueden saborear, salmón con crema de aceitunas negras, filete de ternera con puré de arvejas y aderezo de jamón crudo. También probamos un rico puré de zapallo mendocino con hierbas. La comida en la zona es famosa en Los Andes. En el restaurante de la bodega O. Fournier, en el mismo valle de Uco, y a una hora y media por carretera desde el centro de la ciudad, está el restaurante Urban, donde ofrecen platos que han rescatado de la antigua cocina Argentina, como el salmón con tiras de berenjena y los ravioles fritos rellenos de salsa de hongos. Aquí se puede aprender a cocinas algo guiado por el chef quien indica su llamada degustación en seis pasos que mezcla platos con sus tres líneas de vinos, lo que es toda una experiencia. Por supuesto que la ciudad ya no vive sólo de la mejor pizza posible, la empanada o el bife chorizo, que marca un punto y aparte, y se pueden encontrar los mejores en sus restaurantes, sólo entrando a alguno de los que hay en las calles centrales, Las Heras o en los alrededores de la Plaza España con sus azulejos antiguos. En el restaurante Allure en calle Belgrano probé una rica salsa de camarón; en la Sarmiento, en el Azafrán con su aspecto de viejo almacén de barrio hay a disposición cerca de 500 marcas de vino. A media tarde, como es un rito en Mendoza, probamos el rico helado en Perín, justo en la esquina de Sarmiento y Belgrano, donde se puede combinar el postre y bajativo tomando el de algunos frutos al whisky, lo que repetimos en la noche calurosa, porque esta heladería abre hasta las tres de la mañana.
Mis amigos afirman que hoy en Mendoza destacan en vinos las uvas blancas, Chardonnay, Sauvignon, Chenín y Riesling. Yo sólo bebo vino tinto porque el blanco se me sube a la cabeza, como se dice, y de las uvas negras aquí destacan las Malbec, Merlot, Syrah, Val Semina y Borgoña. Y las Cabernet, Sauvignon y Pinot, que he probado y me resultan de dioses, semejantes a estas mismas cepas chilenas. Estos caminos cordilleranos argentinos sorprenden con el contraste entre el acero inoxidable y la calidez de los tradicionales techos de caña. Aquí todo el año es bueno para llegar. Un tiempo especial sigue siendo el de la Vendimia, a principios de otoño, la fiesta más linda que se puede ver y viví una vez, cantando al fin de un año de trabajo, con sus atractivos carros alegóricos y espectáculos públicos, culturales y artísticos, en que toman parte todos los vecinos, y se eligen reinas y el gran show multitudinario en el Teatro Griego y en todos los hogares la Bendición de las Frutas y el Vino. Que aquí en Mendoza el vino es bendito, por eso quien lo bebe embriaga sus sentidos y siempre quiere volver.
© Waldemar Verdugo Fuentes.
Fragmento de “América de mis Amores”, crónicas de viaje.
Por Waldemar Verdugo.
La ciudad de Mendoza es amigable, entretenida y culta. Hace muchos años, en la época modesta y singular de la juventud, estudié un año en la Universidad Nacional de Cuyo cuando su sede estaba en calle Las Heras, y fue un tiempo en que hice amigos y me hice mejor. Varias otras veces la crucé viajando entre Santiago y Buenos Aires. El paso entre Chile y Argentina por la cordillera de Los Andes es uno de los paisajes más hermosos de América, según creo. Ahora he vuelto a la inauguración del flamante hotel Sheraton Mendoza, donde fuimos recibidos con centolla, bar abierto y una habitación espectacular por pura cortesía trasandina. En el lobby estaban las fuerzas vivas de la ciudad, el clero, empresarios con sus esposas, políticos con sus esposas y artistas. Con Joseph Ubando, el fotógrafo que me designaron para cubrir el evento, y el staff de modelos que enviaron desde la agencia en Buenos Aires, con el equipo de filmación de Rudolf Epstein para rescatar el evento, trabajamos sin contratiempos: jóvenes vestidas al estilo charleston, de negro y rojo, con accesorios al tono y cabelleras carré, dieron la bienvenida a los invitados, entre quienes se encontraba el vicepresidente de Argentina Julio Cobos,con orgullo de mendocino, junto a su esposa Cristina Cerutti, y el secretario de Turismo, Luis Böhm, que mucho hace en una zona que debía ser la principal fuente de recursos por todo lo que tiene para mostrar. En el lobby la banda de Kusselman Jazz Quintet deleitó a los presentes con su música, mientras mimos vestidos de negro y rojo sonreían, gesticulaban y animaban a los invitados. También el grupo Freeway ofreció el show “Broadway Musicals”, con una selección de canciones del cine. Hay un excepcional Mirador Lounge Restaurant en el piso 17, que es ahora el punto más alto de la ciudad. Observando desde esa terraza, asombra el genio de los pobladores locales para convertir cada lugar posible en árboles. Todo gracias a las acequias que administran con sabiduría el agua, que aquí no abunda porque es tierra de desierto, más propicia para los cactus que para las flores. Porque la vegetación cubre las avenidas con una guía vegetal que se extiende hasta la plaza Independencia y el parque General San Martín, creación del arquitecto francés Carlos Thays.
Desde lo alto viendo la ciudad desde Plaza Italia a Plaza España hay varios puntos imprescindibles de visitar, como el Museo del Pasado Cuyano, que fuera vivienda de los ex gobernadores de Mendoza Francisco y Emilio Civit; ésta junto a otras casas en el tramo de la calle Montevideo conforman uno de los espacios de mayor identidad, conservando viviendas de corte italiano en excelente estado junto a añosos plátanos a orillas de sus acequias con aguas cordilleranas. Los numerosos cafés de la Avenida Colón ofrecen a toda hora la posibilidad de la conversación, anunciando el Barrio Cívico emplazado en los terrenos que ocupara la Quinta Agronómica, de la cual heredó su profusa vegetación y el Parque Ecológico. Destacan la Casa de Gobierno, que conserva la bandera original del legendario Ejército de Los Andes bordada por religiosas y damas de la aristocracia mendocina, y la Municipalidad de Mendoza, con su terraza-mirador, el jardín cultivado más alto de la provincia, donde entre coloridas especies florales se puede observar este lado de la cordillera de Los Andes a través de visores con cincuenta kilómetros de alcance y un ángulo de giro de 360 grados. En la Plaza España misma llama la atención las mayólicas y pisos relucientes con la fuente central de agua que brota de las arboladas. En la Iglesia de la Compañía de Jesús, sobre la Avenida San Martín, se venera la imagen de la Virgen del Buen Viaje, a quien los vecinos encomiendan al visitarla junto a sus amigos afuerinos.
Mirando hacia la plaza Chile el paseo se inicia en la Plaza Independencia, el área principal de comercio mendocino, de cuatro manzanas proyectadas como centro de la Ciudad Nueva luego del terremoto de 1861. A su alrededor y en forma equidistante, completan la cuadrícula original cuatro plazas: San Martín, Chile, Italia y España. Realzan la Plaza Independencia pérgolas, fuentes y el escudo lumínico de la Provincia, y alberga el Museo de Arte Moderno, el Teatro Julio Quintanilla y la Plaza de las Artes. Los alrededores concentran importantes edificios como el Colegio Nacional, el Teatro Independencia, la Legislatura Provincial, construido en 1889, y anuncia la Peatonal Sarmiento, que conjuga negocios, pérgolas, fuentes y sus numerosos cafés al aire libre, junto a la Iglesia San Nicolás y Santiago Apóstol, Patrono de Mendoza, cuya festividad se celebra el 25 de julio. Siguiendo por la Avenida San Martín resaltan otros edificios como el Pasaje San Martín, la Subsecretaría de Turismo que anuncia cruzando a la Plazoleta Pellegrini, una postal única de la ciudad. Siguiendo por la Plaza San Martín destaca la fachada neoplateresca del Banco Hipotecario y la Basílica de San Francisco, Monumento Histórico de Argentina, donde se encuentran los restos de Merceditas, la hija del general San Martín, y la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, patrona del Ejército de Los Andes, la misma a quien el hombre brindó su bastón de mando antes de iniciar el cruce histórico. Aquí sigo por Avenida Las Heras, de histórica memoria, entre otras cosas por surgir allí la sede original de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, a cuyo alrededor se creó toda una zona de influencia artística en esta parte de Los Andes que traspasó fronteras desde su fundación a comienzos del siglo XX hasta ahora, y a cuyo alrededor ha nacido un paseo con casas de comercio que ofrecen artículos regionales, joyas, libros, música, pinturas y otros recuerdos. Siguiendo se llega al Mercado Central, con todas las delicias comestibles que se pueda uno imaginar y anunciando el Museo Popular Callejero, donde se preserva recuerdos en especial de esta histórica avenida que termina en la Plaza Chile. Mirando en linea desde la Plazoleta Vergara al Parque San Martín la refinada Avenida Arístides Villanueva combina casonas tradicionales con una exclusiva zona comercial entre espacios verdes y sofisticados cafés, cruzados por plazoletas como las de la República de Eslovenia o la bella Anzorena, que invitan a sitios como el Rincón de los Poetas.
De noche estuvimos en el casino Enjoy del segundo piso del hotel nuevito con sus 300 tragamonedas estrenando, al igual que las 24 mesas de juego, por los mismos invitados a ocupar por una noche las 180 habitaciones de este flamante edificio convertido en el más alto de la ciudad (aunque me dicen que fueron invitadas más de mil personas... unas dos mil más, yo creo.) Mi cuarto está en el piso 12, que aquí en la cordillera de Los Andes es como estar elevado en el aire mismo, la construcción tiene 87 metros hacia arriba y 37 hacia abajo, con cuatro subsuelos antisísmicos; descubro las cortinas que abre a la ventana amplia de pared a pared que da a las montañas y las nieves eternas del Tupungato. La luminosidad llega hasta el baño gracias a otro ventanal de vidrio arenado para mantener la intimidad, lo que es inapreciable porque los baños de estos hoteles cinco estrellas generalmente sólo tienen luz artificial; es una suite con todo lo imaginable y la vista es incomparable también de noche: miro hacia las luces de Chacras de Coria mientras converso por teléfono con Estela y Aníbal que se encuentran en su casa; veo las luces del barrio de Gutiérrez, donde hace muchos años viví junto a Lisette en el hogar de la venerable Ana Sánchez, nuestra sabia amiga numeróloga y conocedora de secretos andinos. Abajo veo que estamos situados a una calle de la Avenida San Martín y en el terreno donde antes se encontraba la antigua Terminal de Autobuses, que varias veces ocupé. Pienso en que la fiesta en este hotel es una fiesta a todo dar, pero que, por alguna razón extraña, igual me devuelve ahora con nostalgia a una época en que éramos felices apenas con una pizza para cuatro repartida entre seis u ocho, y vino de a litro, cuando terminábamos las clases vespertinas en la Facultad de Artes. ¿Por qué será que en los sitios donde hemos sido felices las circunstancias externas son lo de menos? Entonces fue que alguien del grupo tenía un pariente con refugio y cancha de esquí en Vallecito, y nos íbamos todos para allá a trabajar los fines de semana y en las vacaciones de invierno; el lugar es de fábula, se encuentra a ochenta kilómetros del centro de Mendoza y a 2900 metros de altura: es el majestuoso paisaje de la Cordillera de los Andes, al pie del Cordón del Plata, que alcanza los 6300 metros de altura en su cumbre principal. En Verano, sus refugios son ocupados por andinistas de todo el mundo para realizar escaladas a la cumbre del Plata o a sus montañas vecinas. También utilizan Vallecito como punto de aclimatación que exige la altura a aquellos andinistas que aceptan el desafío de ascender el cerro Aconcagua, el más alto de Occidente (6962 metros). Se considera que es uno de los lugares más propicios de Argentina para aprender esquí y ascenso. La proximidad de sus refugios a montañas de diferentes grados de dificultad, lo convierten en una escuela natural. Pertenecientes también a Mendoza, ahora está de moda Las Leñas, otro de los grandes centros de esquí sudamericanos, así como las canchas de Penitentes en la frontera con Chile, antes del Cristo Redentor, que marca la línea. También trabajábamos en el grupo de Humberto Pravata, uno de los empresarios teatrales pioneros de la ciudad: con él y su grupo Comedia y Arte, varios compañeros de la Escuela hacíamos montajes en las pérgolas de las Plazas mendocinas, en el mismo Teatro Quintanilla o en algún café-concert, que entonces estaban de moda: hice de tramoyista, pintor de escenografía, ayudante de iluminación y actúe de comparsa en “Sueño de una noche de verano”, en una versión teatral genial de Pravata que presentamos en las afueras de la Iglesia de San Nicolás y Santiago Apóstol en una celebración de la ciudad, y que debió dejar a Skakespeare muy contento.
Ahora observo la ciudad nocturna. Veo el Museo del Área Fundacional y la llamada Cámara Subterránea en la Plaza Pedro del Castillo, y como brotando de álamos blancos las Ruinas de San Francisco donde estuvo el templo de los jesuitas hasta su expulsión en 1767. Diviso la Biblioteca y el Museo Sanmartiniano, que albergan en especial elementos relacionados con el Libertador General San Martín, ubicado en el mismo sitio que el hombre eligiera para vivir, sueño que nunca concretó. Se aprecia iluminada la cúpula azul y blanca de la Iglesia de la Merced. Abajo mismo a mi izquierda veo el Parque O’Higgins, un remanso verde perfectamente alineado con forma de animal vivo echado a un costado del soberbio Teatro Gabriela Mistral, escenario de espectáculos memorables aquí en Mendoza. Más allá cruzando la Plaza Sarmiento y el brillante Acuario Municipal, se levanta solemne envuelta en luz amarilla la Catedral de Mendoza, sobria construcción de comienzos del siglo XIX.
De madrugada envié los textos pertinentes desde la conexión a Internet de mi cuarto, y al medio día han venido a buscarme Estela y Aníbal quienes me llevan a su hogar: ellos me enseñan todo lo nuevo en una estadía de una semana que se irán en un instante para cualquiera que llegue a la ciudad en el puro afán de verla. Porque siempre el tiempo es poco para disfrutar todo lo que ofrece Mendoza. Como algunas de las 100 bodegas vitivinícolas abiertas al público, de las 1200 que existen en la zona, siendo 552 de ellas bodegas elaboradoras, que no por nada aquí se produce alrededor del setenta por ciento de los mostos argentinos, lo que confirman a la ciudad como una de las capitales mundiales del vino. En los caminos del vino de Mendoza se pueden visitar bodegas de gran producción, con altos niveles de tecnología y a la vez visitar pequeñas cavas atendidas por sus propios dueños. Estuvimos en la Viña Salentein, situada en el valle de Uco, a unos noventa kilómetros desde el centro de la ciudad, que destaca por su interesante mezcla de bodega, restaurante y museo de elegantes lineas arquitectónicas, donde estatuas y esculturas dan la bienvenida al sitio que alberga obras de arte contemporáneo de Argentina y pinturas de artistas holandeses de los siglos XIX y XX. La viña y bodega resguarda los frutos del especial microclima de la zona rico en oscilaciones térmicas que permiten, por ejemplo, probar su vino Numina, resultado de los sabores del malbec y el merlot, cuya cosecha 2004 ha sido catalogada como el mejor vino argentino que se puede encontrar. Lo probamos con algunos platos que allí se pueden saborear, salmón con crema de aceitunas negras, filete de ternera con puré de arvejas y aderezo de jamón crudo. También probamos un rico puré de zapallo mendocino con hierbas. La comida en la zona es famosa en Los Andes. En el restaurante de la bodega O. Fournier, en el mismo valle de Uco, y a una hora y media por carretera desde el centro de la ciudad, está el restaurante Urban, donde ofrecen platos que han rescatado de la antigua cocina Argentina, como el salmón con tiras de berenjena y los ravioles fritos rellenos de salsa de hongos. Aquí se puede aprender a cocinas algo guiado por el chef quien indica su llamada degustación en seis pasos que mezcla platos con sus tres líneas de vinos, lo que es toda una experiencia. Por supuesto que la ciudad ya no vive sólo de la mejor pizza posible, la empanada o el bife chorizo, que marca un punto y aparte, y se pueden encontrar los mejores en sus restaurantes, sólo entrando a alguno de los que hay en las calles centrales, Las Heras o en los alrededores de la Plaza España con sus azulejos antiguos. En el restaurante Allure en calle Belgrano probé una rica salsa de camarón; en la Sarmiento, en el Azafrán con su aspecto de viejo almacén de barrio hay a disposición cerca de 500 marcas de vino. A media tarde, como es un rito en Mendoza, probamos el rico helado en Perín, justo en la esquina de Sarmiento y Belgrano, donde se puede combinar el postre y bajativo tomando el de algunos frutos al whisky, lo que repetimos en la noche calurosa, porque esta heladería abre hasta las tres de la mañana.
Mis amigos afirman que hoy en Mendoza destacan en vinos las uvas blancas, Chardonnay, Sauvignon, Chenín y Riesling. Yo sólo bebo vino tinto porque el blanco se me sube a la cabeza, como se dice, y de las uvas negras aquí destacan las Malbec, Merlot, Syrah, Val Semina y Borgoña. Y las Cabernet, Sauvignon y Pinot, que he probado y me resultan de dioses, semejantes a estas mismas cepas chilenas. Estos caminos cordilleranos argentinos sorprenden con el contraste entre el acero inoxidable y la calidez de los tradicionales techos de caña. Aquí todo el año es bueno para llegar. Un tiempo especial sigue siendo el de la Vendimia, a principios de otoño, la fiesta más linda que se puede ver y viví una vez, cantando al fin de un año de trabajo, con sus atractivos carros alegóricos y espectáculos públicos, culturales y artísticos, en que toman parte todos los vecinos, y se eligen reinas y el gran show multitudinario en el Teatro Griego y en todos los hogares la Bendición de las Frutas y el Vino. Que aquí en Mendoza el vino es bendito, por eso quien lo bebe embriaga sus sentidos y siempre quiere volver.
© Waldemar Verdugo Fuentes.
Fragmento de “América de mis Amores”, crónicas de viaje.
28 de enero de 2009
Retrato de Panajachel.
Con el reflejo de las montañas circundantes en el agua dorada del lago de Atitlán, pido al botero detenerse en medio del remanso. María Elena acomodada toma sol muy relajada. Veo las callosas manos del hombre estancando con firmeza los remos y el pequeño bote quedó clavado entre las ondas vacilantes que por un momento se hicieron verde y espuma debido a la maniobra. Al aquietarse retomaron su tinte oropel y mis ojos quedaron fijos en los rústicos remos carcomidos que el hombre sacaba de las aguas, para ubicarlos a ambos lados de la frágil embarcación. Así mecidos por las suaves olas, divagué en torno a Atitlán y sus misterios. Se cuenta que en el fondo del lago todo es arena de oro; los reyes mayas bañaban aquí sus cuerpos vestidos sólo con el polvo dorado más caro que cubría sus cuerpos.
Al correr de los años el lugar era un búcaro de oro con todo el ancestro de la raza aborigen de Guatemala, que tuvo en Atitlán y este lago el mejor espejo de la fantasía. A su alrededor brotaba la magia como de una cajita encantada. En el fondo, los grandes volcanes como atalayas inamovibles. Allí despertaban las mañanas y dormían los crepúsculos de rosa. Tranquilo a su orilla está este pequeño pueblo de Panajachel; su tierra sembrada de milpas es como un gran jardín con bouquet de selva. A fin de calmar las lluvias tempestuosas, los rayos rojos, el relámpago de fuego, se cumplían los ritos religiosos con grandes desfiles de doncellas, plumas de quetzales y textiles multicolores enmarcando la llegada de los reyes a purificar su cuerpo en las aguas sagradas. Universo lleno de secretos fascinantes, de luz de candela y luna llena. En fila india invocaban sus favores, como una promesa de evasión en aquél baúl de imágenes que tenía su propia clave filosófica... es que el hombre es un creador que danza entre dos mundos... cavilaba, cuando un ruido desvió mi vista hacia el modesto hombre que estaba frente a mi, vestía camisa blanca y ancho pantalón amarillo anudado a la cintura con una faja de muchos colores y adornos. De piel morena y rasgos cortados a cincel, las facciones de su rostro eran calcadas de algún dios de piedra de sus antepasados. Sus pies mulatos y rústicos vestidos con sandalias de cáñamo. El pequeño sombrero sobre sus sienes daba sombra al libro que el remero comenzó a leer con atención. Sentí curiosidad por saber qué libro le solicitaba con tal esmero... Si Dios no lo hubiera hecho remero -pensé- este hombre hubiera sido poeta... Sus callosas manos aprisionaban con firmeza un ajado volumen de "Ternura" de Gabriela Mistral. Al ver mi interés por su lectura, dijo:
- Siempre leo lo que ella escribe. Es muy lindo y sabio lo que ella dice. ¿Sabía usted que un rey la invitó a su país y le dio un gran premio? El Premio Nobel, así se llama. Todos acá la queremos y estamos felices de que la maestra haya vuelto a vivir entre nosotros.
- ¿Vive acá? -pregunté sonriendo sorprendido de la afirmación del botero, que daba por viva a la escritora muerta ya hacía varias décadas. Y el hombre afirmó, seguro:
- La maestra Gabriela vive en aquella casa sobre las rocas.
Y levantándose de la tabla que era su asiento en el bote, indicó una gran casa blanca de ventanas rojas que, rodeada de plantas silvestres plagada de flores multicolores, estaba a orillas del lago, justo frente a nosotros.
- Cada mañana -prosiguió- ella sale a tomar el sol, y nosotros, sus amigos, la saludamos desde nuestras embarcaciones. Ella responde con un ademán gentil nuestro gesto silencioso.
Mudo y perturbado por lo que oía no supe cómo enfrentar sus palabras. Decidí no sacarlo de su error y solo atiné a comentar algo de sus libros, pero el botero era obviamente un conocedor más profundo de la autora de los “Sonetos de la Muerte”, pues se largó a hablar diciendo a ratos poemas y noticias de la obra de Mistral que nunca oí antes. Felizmente impresionado había visto en varios países centroamericanos los escaparates de las librerías sin que nunca faltara un libro de ella, pero no podía imaginar que su paso por estas tierras había dejado huella tan profunda que aquí aún la daban por viva. Cuando finalmente regresamos a tierra firme, la conversación con el botero embargaba mi espíritu y si acaso fue lo que gatilló cuanto he vivido aquí.
Aquel día llegó la tarde lloviendo a Panajachel. A la hora del crepúsculo y entre chubascos inconstantes, salí con María Elena y sus hermanos a caminar por las calles empedradas del pequeño pueblo frente al lago. Era noche de baile de diablos, rito con el que tradicionalmente celebra la gente del lugar un culto a Judas Iscariote, creado -según dicen- con alma de madera. Andábamos sin rumbo cuando nos envolvió la procesión de gentes que alumbradas apenas con candelas parecía un séquito espectral arrancado de quizá qué pasado remoto. Caminaban al son de la música peculiar de las matracas, llevando la figura de madera y envueltos en tejidos autóctonos en medio de incienso humeante. Iban rumbo al lago. Nos unimos a ellos.
A orillas de las aguas dejaron pendiendo de una viga cimbreante la figura de Judas que nombraban Maximón. Allí vi su cabeza. Era la de un ahorcado, los ojos inmensos de horror y la boca abierta con una gran lengua colgando. En un segundo todo quedó en silencio, que fue roto por triste música de marimbas, tambores y cornetas. Alguien tocó mi hombro, sobresaltado me volví y era un cuerpo humano con cachos de proporciones gigantescas. Había comenzado la danza ritual. Era una lucha entre las fuerzas del mal y del bien; el diablo y sus súbditos intentaban aumentar la legión de los condenados, y los arcángeles bajados del cielo iniciaban su lucha para salvar almas. Amenazadores gestos hacían unos contra otros. Mientras se latigueaban con ferocidad alguien puso en mis manos una botella con pulque, la leche del maguey. Bebí. Los movimientos engendrados por el ritual del diablo y sus huestes eran infernales mientras los ángeles con espadas de fuego partían en dos cuanto tocaban. Los danzantes me envolvieron con sus largas cintas azules, blancas, rojas, amarillas, con sus rostros desproporcionados de cartón pintado que semejaban bichos repulsivos, con rasgos entrecruzados de criaturas fantásticas y toda clase de alimañas saliendo por sus narices, alargando sus lenguas, desorbitando sus ojos; de la frente de algunos tres cachos en formas de ramas de árboles salían disparados al cielo; hombres con cola, vestidos de rojo, negro, verde... los otros rostros que me envolvían eran los de arcángeles, que siendo menor cantidad, siempre triunfaban, porque el bien al final vence al mal, y la luna llena reflejaba sobre las quietas aguas del lago la casa sobre los roqueríos; allí donde aseguraban que vive Mistral. De inmediato llamó mi atención la figura entrecortada en la distancia de una mujer que leía en esa casa a la luz de un débil farol: todo era espectral desde donde yo observaba. Y un escalofrío recorrió mi espalda... Bebía de otra botella el pulque con que se brindaba cuando alguien susurró a mi oído:
- “Baila, baila como todos. Sólo la muerte espera al que no baila. Si no bailas ya estás muerto... ¡baila!”
Y bailé, seguro de que moriría si no cumplía con el sagrado rito de la danza que todos practicaban. Todo me envolvió y me perdí entre ellos, entre sus caras deformes, entre sus juegos, en medio de los diablos y arcángeles luchando a muerte, que se atacaban sin tregua, con furia rabiosa, dando salida a siglos de dominación, cortando cadenas de represión que en la zona no tienen fin, con furia desbocada... y todos bailábamos... ¡danzar para no morir!... en un instante volví nuevamente a ver hacia la casa, y la mujer se había levantado de su silla y había salido a la terraza desde donde observaba la procesión en que íbamos. La vi tan sola en esa casa tan grande, que una pena larga inundó mi alma... alguien me dijo que los dioses estaban agradados con mi baile y que podía pedir de ellos lo que quisiera. Al instante mi mente se llenó con la figura de la mujer observándonos desde la distancia, sola, emergiendo débilmente iluminada, y pedí a los dioses por ella, para que no siguiera allí apresada por la muerte en esa región perdida de las montañas de Guatemala, para que pudiera descansar al fin. Bailaba y bebía a su salud, mientras pedía por ella a gritos y a nadie importaba. Sonaba la marimba muy dolorosa, monódica, cuando caí de rodillas, dos me levantaron en vilo y seguí bailando, estremecido de fuerzas nuevas, y el sonido de la marimba retumbando en mis sienes, con su canto alegre que nunca paraba de animar, retumbando en mis sienes, como una campanilla suave dentro de mi cráneo que se agrandaba cada vez más como queriendo taladrar mi cerebro, y la marimba me envolvió hasta no permitirme oír otro sonido en el mundo que me rodeaba, un sonido cada vez más fuerte que terminó por envolverme... y corrí, corrí rápido como alma que se lleva el viento, corrí por la orilla del lago hasta llegar exhausto frente a la casa blanca de ventanas rojas; tomo aire frente al portón y toco furiosamente, con ira, con temor y angustia por esa realidad que se agolpaba en mí y quería entender, asustado de que todo el ensueño, de que el encanto acabara allí pero también íntimamente satisfecho de haber llegado a aquél punto, cuando iba a saber que Gabriela Mistral no estaba detrás de esa puerta, de que mi mente iba a quedar tranquila cuando la razón me obligara a reaccionar.
Toqué, ahora con suavidad, una y otra vez. Se abre la puerta y ella es quien sale a recibirme, es efectivamente Gabriela Mistral, ella vive en verdad en Panajachel, sin duda es la maestra de Neruda, alta, majestuosa, enigmática. Mis ojos se fijaron en los suyos y eran sus ojos verdes bellísimos, y caí de rodillas ante ella, sobrecogido, cuando sentí su mano acariciando mi cabeza que no intenté jamás volver a levantar, sólo veía hasta sus pechos resguardados como escudo por una medalla de Santa Teresa de Avila que colgaba de su cuello con una fina cadena dorada. No pude hablar, solo balbuceé palabras sin sentido y volviéndome caminé de regreso hacia el pueblo, por la orilla del lago, en otra dimensión, entre sombras de colores, plantas vivas que abrían camino solas a mi paso, caminé sin llegar jamás a la procesión de luces que seguía, gritos y música de marimbas que se alejaban de mí en la distancia.
Amanecí tarde, durmiendo en mi hamaca afirmada de las rocas a la orilla del lago, en la casa de María Elena, aún borracho de pulque, música y algarabía. Caminé lentamente por las luces reflejadas del lago por el sol que envuelve todo cuanto allí existe, enfilé por las calles empedradas de la entrada del pueblo, con una sed endemoniada que me obligó a entrar al primer negocio a mi paso y beber de una zampada el agua de tamarindo fresco y helado que aplaca mi garganta. Más despejado, caminando con lentitud, detengo mi andar frente al escaparate iluminado de una librería a mi paso. Con emoción mis ojos vieron de inmediato la imagen de Gabriela Mistral en un libro con sus obras, fijé mi vista en la foto de la maestra que el volumen reproducía: de su cuello pende la fina cadena dorada que sostiene la medalla en que se ve a santa Teresa de Avila.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.
Al correr de los años el lugar era un búcaro de oro con todo el ancestro de la raza aborigen de Guatemala, que tuvo en Atitlán y este lago el mejor espejo de la fantasía. A su alrededor brotaba la magia como de una cajita encantada. En el fondo, los grandes volcanes como atalayas inamovibles. Allí despertaban las mañanas y dormían los crepúsculos de rosa. Tranquilo a su orilla está este pequeño pueblo de Panajachel; su tierra sembrada de milpas es como un gran jardín con bouquet de selva. A fin de calmar las lluvias tempestuosas, los rayos rojos, el relámpago de fuego, se cumplían los ritos religiosos con grandes desfiles de doncellas, plumas de quetzales y textiles multicolores enmarcando la llegada de los reyes a purificar su cuerpo en las aguas sagradas. Universo lleno de secretos fascinantes, de luz de candela y luna llena. En fila india invocaban sus favores, como una promesa de evasión en aquél baúl de imágenes que tenía su propia clave filosófica... es que el hombre es un creador que danza entre dos mundos... cavilaba, cuando un ruido desvió mi vista hacia el modesto hombre que estaba frente a mi, vestía camisa blanca y ancho pantalón amarillo anudado a la cintura con una faja de muchos colores y adornos. De piel morena y rasgos cortados a cincel, las facciones de su rostro eran calcadas de algún dios de piedra de sus antepasados. Sus pies mulatos y rústicos vestidos con sandalias de cáñamo. El pequeño sombrero sobre sus sienes daba sombra al libro que el remero comenzó a leer con atención. Sentí curiosidad por saber qué libro le solicitaba con tal esmero... Si Dios no lo hubiera hecho remero -pensé- este hombre hubiera sido poeta... Sus callosas manos aprisionaban con firmeza un ajado volumen de "Ternura" de Gabriela Mistral. Al ver mi interés por su lectura, dijo:
- Siempre leo lo que ella escribe. Es muy lindo y sabio lo que ella dice. ¿Sabía usted que un rey la invitó a su país y le dio un gran premio? El Premio Nobel, así se llama. Todos acá la queremos y estamos felices de que la maestra haya vuelto a vivir entre nosotros.
- ¿Vive acá? -pregunté sonriendo sorprendido de la afirmación del botero, que daba por viva a la escritora muerta ya hacía varias décadas. Y el hombre afirmó, seguro:
- La maestra Gabriela vive en aquella casa sobre las rocas.
Y levantándose de la tabla que era su asiento en el bote, indicó una gran casa blanca de ventanas rojas que, rodeada de plantas silvestres plagada de flores multicolores, estaba a orillas del lago, justo frente a nosotros.
- Cada mañana -prosiguió- ella sale a tomar el sol, y nosotros, sus amigos, la saludamos desde nuestras embarcaciones. Ella responde con un ademán gentil nuestro gesto silencioso.
Mudo y perturbado por lo que oía no supe cómo enfrentar sus palabras. Decidí no sacarlo de su error y solo atiné a comentar algo de sus libros, pero el botero era obviamente un conocedor más profundo de la autora de los “Sonetos de la Muerte”, pues se largó a hablar diciendo a ratos poemas y noticias de la obra de Mistral que nunca oí antes. Felizmente impresionado había visto en varios países centroamericanos los escaparates de las librerías sin que nunca faltara un libro de ella, pero no podía imaginar que su paso por estas tierras había dejado huella tan profunda que aquí aún la daban por viva. Cuando finalmente regresamos a tierra firme, la conversación con el botero embargaba mi espíritu y si acaso fue lo que gatilló cuanto he vivido aquí.
Aquel día llegó la tarde lloviendo a Panajachel. A la hora del crepúsculo y entre chubascos inconstantes, salí con María Elena y sus hermanos a caminar por las calles empedradas del pequeño pueblo frente al lago. Era noche de baile de diablos, rito con el que tradicionalmente celebra la gente del lugar un culto a Judas Iscariote, creado -según dicen- con alma de madera. Andábamos sin rumbo cuando nos envolvió la procesión de gentes que alumbradas apenas con candelas parecía un séquito espectral arrancado de quizá qué pasado remoto. Caminaban al son de la música peculiar de las matracas, llevando la figura de madera y envueltos en tejidos autóctonos en medio de incienso humeante. Iban rumbo al lago. Nos unimos a ellos.
A orillas de las aguas dejaron pendiendo de una viga cimbreante la figura de Judas que nombraban Maximón. Allí vi su cabeza. Era la de un ahorcado, los ojos inmensos de horror y la boca abierta con una gran lengua colgando. En un segundo todo quedó en silencio, que fue roto por triste música de marimbas, tambores y cornetas. Alguien tocó mi hombro, sobresaltado me volví y era un cuerpo humano con cachos de proporciones gigantescas. Había comenzado la danza ritual. Era una lucha entre las fuerzas del mal y del bien; el diablo y sus súbditos intentaban aumentar la legión de los condenados, y los arcángeles bajados del cielo iniciaban su lucha para salvar almas. Amenazadores gestos hacían unos contra otros. Mientras se latigueaban con ferocidad alguien puso en mis manos una botella con pulque, la leche del maguey. Bebí. Los movimientos engendrados por el ritual del diablo y sus huestes eran infernales mientras los ángeles con espadas de fuego partían en dos cuanto tocaban. Los danzantes me envolvieron con sus largas cintas azules, blancas, rojas, amarillas, con sus rostros desproporcionados de cartón pintado que semejaban bichos repulsivos, con rasgos entrecruzados de criaturas fantásticas y toda clase de alimañas saliendo por sus narices, alargando sus lenguas, desorbitando sus ojos; de la frente de algunos tres cachos en formas de ramas de árboles salían disparados al cielo; hombres con cola, vestidos de rojo, negro, verde... los otros rostros que me envolvían eran los de arcángeles, que siendo menor cantidad, siempre triunfaban, porque el bien al final vence al mal, y la luna llena reflejaba sobre las quietas aguas del lago la casa sobre los roqueríos; allí donde aseguraban que vive Mistral. De inmediato llamó mi atención la figura entrecortada en la distancia de una mujer que leía en esa casa a la luz de un débil farol: todo era espectral desde donde yo observaba. Y un escalofrío recorrió mi espalda... Bebía de otra botella el pulque con que se brindaba cuando alguien susurró a mi oído:
- “Baila, baila como todos. Sólo la muerte espera al que no baila. Si no bailas ya estás muerto... ¡baila!”
Y bailé, seguro de que moriría si no cumplía con el sagrado rito de la danza que todos practicaban. Todo me envolvió y me perdí entre ellos, entre sus caras deformes, entre sus juegos, en medio de los diablos y arcángeles luchando a muerte, que se atacaban sin tregua, con furia rabiosa, dando salida a siglos de dominación, cortando cadenas de represión que en la zona no tienen fin, con furia desbocada... y todos bailábamos... ¡danzar para no morir!... en un instante volví nuevamente a ver hacia la casa, y la mujer se había levantado de su silla y había salido a la terraza desde donde observaba la procesión en que íbamos. La vi tan sola en esa casa tan grande, que una pena larga inundó mi alma... alguien me dijo que los dioses estaban agradados con mi baile y que podía pedir de ellos lo que quisiera. Al instante mi mente se llenó con la figura de la mujer observándonos desde la distancia, sola, emergiendo débilmente iluminada, y pedí a los dioses por ella, para que no siguiera allí apresada por la muerte en esa región perdida de las montañas de Guatemala, para que pudiera descansar al fin. Bailaba y bebía a su salud, mientras pedía por ella a gritos y a nadie importaba. Sonaba la marimba muy dolorosa, monódica, cuando caí de rodillas, dos me levantaron en vilo y seguí bailando, estremecido de fuerzas nuevas, y el sonido de la marimba retumbando en mis sienes, con su canto alegre que nunca paraba de animar, retumbando en mis sienes, como una campanilla suave dentro de mi cráneo que se agrandaba cada vez más como queriendo taladrar mi cerebro, y la marimba me envolvió hasta no permitirme oír otro sonido en el mundo que me rodeaba, un sonido cada vez más fuerte que terminó por envolverme... y corrí, corrí rápido como alma que se lleva el viento, corrí por la orilla del lago hasta llegar exhausto frente a la casa blanca de ventanas rojas; tomo aire frente al portón y toco furiosamente, con ira, con temor y angustia por esa realidad que se agolpaba en mí y quería entender, asustado de que todo el ensueño, de que el encanto acabara allí pero también íntimamente satisfecho de haber llegado a aquél punto, cuando iba a saber que Gabriela Mistral no estaba detrás de esa puerta, de que mi mente iba a quedar tranquila cuando la razón me obligara a reaccionar.
Toqué, ahora con suavidad, una y otra vez. Se abre la puerta y ella es quien sale a recibirme, es efectivamente Gabriela Mistral, ella vive en verdad en Panajachel, sin duda es la maestra de Neruda, alta, majestuosa, enigmática. Mis ojos se fijaron en los suyos y eran sus ojos verdes bellísimos, y caí de rodillas ante ella, sobrecogido, cuando sentí su mano acariciando mi cabeza que no intenté jamás volver a levantar, sólo veía hasta sus pechos resguardados como escudo por una medalla de Santa Teresa de Avila que colgaba de su cuello con una fina cadena dorada. No pude hablar, solo balbuceé palabras sin sentido y volviéndome caminé de regreso hacia el pueblo, por la orilla del lago, en otra dimensión, entre sombras de colores, plantas vivas que abrían camino solas a mi paso, caminé sin llegar jamás a la procesión de luces que seguía, gritos y música de marimbas que se alejaban de mí en la distancia.
Amanecí tarde, durmiendo en mi hamaca afirmada de las rocas a la orilla del lago, en la casa de María Elena, aún borracho de pulque, música y algarabía. Caminé lentamente por las luces reflejadas del lago por el sol que envuelve todo cuanto allí existe, enfilé por las calles empedradas de la entrada del pueblo, con una sed endemoniada que me obligó a entrar al primer negocio a mi paso y beber de una zampada el agua de tamarindo fresco y helado que aplaca mi garganta. Más despejado, caminando con lentitud, detengo mi andar frente al escaparate iluminado de una librería a mi paso. Con emoción mis ojos vieron de inmediato la imagen de Gabriela Mistral en un libro con sus obras, fijé mi vista en la foto de la maestra que el volumen reproducía: de su cuello pende la fina cadena dorada que sostiene la medalla en que se ve a santa Teresa de Avila.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.
4 de enero de 2009
PARABIENES.
PARABIENES CON REYES MAGOS.
Hoy es Noche de Reyes, cuando los Reyes Magos llegan ante el recién nacido Nuestro Señor Jesucristo Hijo de María y le presentan sus respetos. La Pascua de los Negros le decimos en Chile, donde se celebra en la zona rural con gran jolgorio en algunos lugares y en Santiago puertas adentro, con la familia y los amigos y los últimos rezagados que no alcanzamos a ver en Navidad o en la noche de Año Nuevo. También es el día en que se entregan los regalos a los adultos, a manera de parabienes por el nuevo año que se ha iniciado. Y valgan estas lineas inmediatas a manera de conversación y parabienes al lector, aunque el placer de una conversación perfecta es necesariamente raro, parodiando a Lyn Yutang, porque los que son sabios rara vez saben hablar y los que hablan rara vez son sabios. Pero es necesario también esta cuenta sencilla, para hablar de amigos y compartir sus deseos inmediatos. Contar que todas las bendiciones multiplicadas por 100, me envía María Elena desde el Palacio de Jade en la Antigua Guatemala. Que Silvia la pasó en Japón, Jenny en Orlando y Pau en México, allá en Cancún, hacia donde le envío un beso con estas líneas. Fraternalmente, el honorable amigo Juan Antonio Massone del Campo me escribe que “para el inminente 2009, quiero que el vivir se traduzca en experiencia y espíritu siempre positivo, para bien de quienes tienes en rededor.” Paul Thurston me envía hartas felicidades. La querida Karen Doggenweiler hartos cariños y muchas bendiciones. El poeta amigo Jorge Montealegre, rememorando nuestro trabajo en los Juegos Deportivos y Florales Literarios de Cartagena, me envía un abrazo y felicidades y que los juegos florales sean todo el año 2009!(En el alma al menos). El honorable amigo Manuel Zavala y Alonso del arts-history de México, en una foto magnífica me recuerda que como una sombra el tiempo marcha: Demos la bienvenida al año nuevo, con la determinación y valor que los vientos de la historia nos exigen.
Díganme, ¿no es para estar feliz rodeado de amigos? Una buena amistad es una suerte muy grande que nos acompaña durante toda la vida, y que la Red se presta decididamente a fomentar. Una buena amistad es una persona para la cual nuestra vida no tiene secretos y que, a pesar de todo, nos aprecia. Debo aquí anotar que recibí muchos regalos en estas fiestas, y uno de ellos es que Internet me ha devuelto a dos de estas personas muy queridas, y a quienes la crítica ubica en su especialidad entre las artistas más importantes, de las más innovadoras, y yo digo que amigas como la mejor, Nadine Markova y Gerda Gruber. Y digo lo que digo no porque uno se quiera inflar con la gente y ande levantando a sus amigos o se quiera colgar de laureles ajenos, o porque Nadine me haya presentado a muchos de sus propios amigos en Norteamérica y México y que ahora también son mis amigos o porque trabajáramos varias veces juntos para revista Vogue, nada de eso, sólo a las pruebas me remito, su trabajo con la fotografía y de creadora visual está vivo también en medios como Life, Forbes, Playboy, National Geographic, Newsweek, Times, People, Rollingstone... Se puede ver algo del trabajo de Nadine Markova en:
http://nadinemarkova.com/
De Gerda Gruber se sabe que nació en Checoslovaquia pero también México es como su patria, de su trabajo como escultora se sabe que ha trabajado sin interrupción como maestra y con la porcelana, con el barro, plata, vidrio, bronce, que su obra se encuentra en numerosos museos, como en el Victoria and Albert Museum en Londres, en el Musee Ariana de Ginebra, en Hetjens Museum en Dusseldorf, en el Museo Internazionale della Ceramiche en Faenza, en el Museo de Arte Moderno, y el Museo del Vidrio, en México, donde hay una gran colección de piezas suyas... es decir, de Gerda Gruber se sabe también que es una artista reconocida mundialmente, pero yo sólo quiero anotar aquí que es una amiga leal con sus amigos, cálida, honesta y cuando lo mira a uno con sus grandes ojos celestes parece que nos limpia. Entonces, vayan estos parabienes a manera también de alegría por las noticias de ellas, de Nadine que hizo la fotografía de la portada de uno de mis libros que tenía como centro una escultura de Gerda, que reprodujeron en fragmentos en Vogue y que ahora se recorta contra el mar de mi ventana y me alegra.


Así con alegría, lector, mi semblante, recibamos al nuevo año con un beso y digamos con el sabio Lao-Tze que, en verdad, todo está bien y seguirá bien, y no nos demos prisa en intervenir en las cosas ni en adquirir nuevos amigos, ni menos en dejar los que tengamos. Que el consejo de un buen amigo es como vino generoso en copa de oro. Que el buen amigo es quien nos recuerda que no sacamos nada con lavar cada mañana las alas de los cisnes porque los cisnes son naturalmente blancos.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.Enero 4 de 2009.
Hoy es Noche de Reyes, cuando los Reyes Magos llegan ante el recién nacido Nuestro Señor Jesucristo Hijo de María y le presentan sus respetos. La Pascua de los Negros le decimos en Chile, donde se celebra en la zona rural con gran jolgorio en algunos lugares y en Santiago puertas adentro, con la familia y los amigos y los últimos rezagados que no alcanzamos a ver en Navidad o en la noche de Año Nuevo. También es el día en que se entregan los regalos a los adultos, a manera de parabienes por el nuevo año que se ha iniciado. Y valgan estas lineas inmediatas a manera de conversación y parabienes al lector, aunque el placer de una conversación perfecta es necesariamente raro, parodiando a Lyn Yutang, porque los que son sabios rara vez saben hablar y los que hablan rara vez son sabios. Pero es necesario también esta cuenta sencilla, para hablar de amigos y compartir sus deseos inmediatos. Contar que todas las bendiciones multiplicadas por 100, me envía María Elena desde el Palacio de Jade en la Antigua Guatemala. Que Silvia la pasó en Japón, Jenny en Orlando y Pau en México, allá en Cancún, hacia donde le envío un beso con estas líneas. Fraternalmente, el honorable amigo Juan Antonio Massone del Campo me escribe que “para el inminente 2009, quiero que el vivir se traduzca en experiencia y espíritu siempre positivo, para bien de quienes tienes en rededor.” Paul Thurston me envía hartas felicidades. La querida Karen Doggenweiler hartos cariños y muchas bendiciones. El poeta amigo Jorge Montealegre, rememorando nuestro trabajo en los Juegos Deportivos y Florales Literarios de Cartagena, me envía un abrazo y felicidades y que los juegos florales sean todo el año 2009!(En el alma al menos). El honorable amigo Manuel Zavala y Alonso del arts-history de México, en una foto magnífica me recuerda que como una sombra el tiempo marcha: Demos la bienvenida al año nuevo, con la determinación y valor que los vientos de la historia nos exigen.
Díganme, ¿no es para estar feliz rodeado de amigos? Una buena amistad es una suerte muy grande que nos acompaña durante toda la vida, y que la Red se presta decididamente a fomentar. Una buena amistad es una persona para la cual nuestra vida no tiene secretos y que, a pesar de todo, nos aprecia. Debo aquí anotar que recibí muchos regalos en estas fiestas, y uno de ellos es que Internet me ha devuelto a dos de estas personas muy queridas, y a quienes la crítica ubica en su especialidad entre las artistas más importantes, de las más innovadoras, y yo digo que amigas como la mejor, Nadine Markova y Gerda Gruber. Y digo lo que digo no porque uno se quiera inflar con la gente y ande levantando a sus amigos o se quiera colgar de laureles ajenos, o porque Nadine me haya presentado a muchos de sus propios amigos en Norteamérica y México y que ahora también son mis amigos o porque trabajáramos varias veces juntos para revista Vogue, nada de eso, sólo a las pruebas me remito, su trabajo con la fotografía y de creadora visual está vivo también en medios como Life, Forbes, Playboy, National Geographic, Newsweek, Times, People, Rollingstone... Se puede ver algo del trabajo de Nadine Markova en:
http://nadinemarkova.com/
De Gerda Gruber se sabe que nació en Checoslovaquia pero también México es como su patria, de su trabajo como escultora se sabe que ha trabajado sin interrupción como maestra y con la porcelana, con el barro, plata, vidrio, bronce, que su obra se encuentra en numerosos museos, como en el Victoria and Albert Museum en Londres, en el Musee Ariana de Ginebra, en Hetjens Museum en Dusseldorf, en el Museo Internazionale della Ceramiche en Faenza, en el Museo de Arte Moderno, y el Museo del Vidrio, en México, donde hay una gran colección de piezas suyas... es decir, de Gerda Gruber se sabe también que es una artista reconocida mundialmente, pero yo sólo quiero anotar aquí que es una amiga leal con sus amigos, cálida, honesta y cuando lo mira a uno con sus grandes ojos celestes parece que nos limpia. Entonces, vayan estos parabienes a manera también de alegría por las noticias de ellas, de Nadine que hizo la fotografía de la portada de uno de mis libros que tenía como centro una escultura de Gerda, que reprodujeron en fragmentos en Vogue y que ahora se recorta contra el mar de mi ventana y me alegra.


Así con alegría, lector, mi semblante, recibamos al nuevo año con un beso y digamos con el sabio Lao-Tze que, en verdad, todo está bien y seguirá bien, y no nos demos prisa en intervenir en las cosas ni en adquirir nuevos amigos, ni menos en dejar los que tengamos. Que el consejo de un buen amigo es como vino generoso en copa de oro. Que el buen amigo es quien nos recuerda que no sacamos nada con lavar cada mañana las alas de los cisnes porque los cisnes son naturalmente blancos.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.Enero 4 de 2009.
24 de diciembre de 2008
DE EL MUNDO QUE AMO
CANTO A DIOS MISMO
(fragmento de "EL MUNDO QUE AMO")
Argumento
Por mucho tiempo anduve errante en la Tierra,
para recrearme. Y en todas partes, confieso,
la belleza se deslizó en mi vida como un ladrón.
La belleza me llegó en diferentes formas,
encantando mi alma de inmediato, sin edad,
súbita, fugaz, repentina, con nuevas vestiduras.
Sumergiéndose en mi a la medida que fui viendo.
Vi la belleza en medio de la noche,
al amanecer, en la tarde, por el mediodía.
Vi belleza en las iglesias y en cantinas,
la vi porque no manifesté incredulidad
y mi oído no se negó a oír: Yo también soy Dios.
1
Me muevo cuando Tu quieres que me mueva.
Mis palabras son aquéllas que Tu determinas,
entonces, ¿cómo hablarte? ¡Oh, Dios!
¿Si no hay camino fuera de Tu camino?
Das todo por nada porque Tu eres todo,
no hay más: todo somos Tu mismo.
¡Oh Tu!
Que no tienes cuerpo y eres todos los cuerpos
¿cómo he de alabarte?
Porque eres todo lo que puedo ser
y todo cuanto puedo decir. Lo eres todo.
Eres lo nacido y lo no nacido.
Eres el bien y el mal de todas las cosas
¿cómo he de alabarte?
2
El deseo de ti
me ha absorbido de tal forma
que en mi corazón se agotó todo.
Ni amor u odio guardo a nadie.
Puedes regalar a mis enemigos cuanto poseo.
Da a mis amigos lo mejor que me tienes reservado.
Yo contigo tengo más que suficiente.
3
Dios, no hay más Dios que Tu.
El amor es Tu don y procede de Tu gracia.
Nunca oí el canto de las gaviotas,
el temblor del viento, la risa graciosa,
la música del mar o el estampido del trueno,
sin saber que todo era testimonio de Tu presencia.
Nada se Te asemeja y todo se Te parece.
4
¿Cómo adorar a quién no se ve?
Eres un rayo de luz que se proyecta súbito,
un rayo de color claro oscuro, que no veo.
Oh Dios, hazme bienaventurado, y no Te ocultes
porque si no Te veo me apago, irremediablemente.
Pero si no Te ocultas, Oh Justo, en el camino,
el sendero es pura luz por Tu sola contemplación.
Pero si Te me ocultas, todo se parece a la muerte.
No sé qué es aflicción o desdicha
cuando se revela a mi corazón Tu hermosura.
Que nada vea sin que en ello Te vea, Oh Altísimo.
5
Me han preguntado qué edad tengo.
"Un año" -respondí.
-¿Cómo puede ser? -dijeron.
Y expliqué:
"Es que durante toda mi vida anterior,
Dios estuvo oculto a mis ojos. Pero Le he visto
durante este último año, y el tiempo que estuve
cegado a Su luz, en verdad, no pertenece a mi vida."
6
En la calle y en mi hogar, sólo a Ti veo.
En el mar y en la cordillera, sólo a Ti veo.
Te veo a mis espaldas y en mi frente,
en la risa y el silencio. En el sol.
No veo alma ni cuerpo, espíritu o materia,
causas o efectos... sólo a Ti siempre veo.
En la escasez y en la abundancia, a Ti veo,
en la contemplación, en el ayuno y la plegaria,
en la tribulación y en el favor a Ti veo.
Abro mis ojos y Eres todos los otros ojos.
Te descubro en todas las miradas y en los ciegos.
Oh Hacedor, sólo a Ti veo siempre.
Me derrito en Tu fuego y el frío no hiela.
Me desvanezco en la nada, me hago niebla,
espuma, rocío, humedad, diamante del agua.
Y Tu estás en todas partes. Así no más es.
7
Todo, excepto Tu, perece.
Dime,
Cuando vienes, ¿cómo he de verte?
Con tus ojos, no con los míos.
Pues nadie Te ve, sino Tu mismo.
En la noche oscura a veces de mi alma,
dime,
¿cómo he de tener Tu luz sin que me ciegue?
Sin verte, que al no mirarte, Te presiento,
y con eso basta a mi corazón.
Que todo es Tu: Uno y lo mismo.
8
¡Oh final de mi designio!
Eres todo mi todo. Aquí estoy.
Señor, soy a tus pies. Heme aquí.
¿Cómo acercarme si Tu no lo haces antes?
¿Cómo hablarte si no me hubieses hablado?
Oh Confidente, Oh Esencia.
Eres mis párpados, mis ojos,
mi vista y lo que veo.
Oh Centro de mi existencia.
Eres mi cuerpo cada parte de él,
mi destino inequívoco y su expresión propia,
el sumo éxtasis y mi alimento todo.
Eres mi huésped y a Ti solo me humillo,
que nadie más ha de verme jamás arrodillado.
Oh Razón interna y externa.
Sea mi vida Tu vida. Se en mí.
Oh Templo del pensamiento absoluto.
9
El universo no puede contenerte
pero -lo prometo- mi corazón, sí.
Es así mi amor y este anhelo.
Tu lugar está en mi corazón,
en mi corazón por entero.
Nadie más que Tu tiene sitio en él.
10
Oh Dios
hazme como la ostra
que llena de perlas
las manos que la quiebran.
O como el sándalo,
que perfuma el arma que lo hiere.
11
Que nada es verdad sino Tu.
Hágase Tu voluntad en mi fin y en mis actos.
Esencia de mi ser, eres mi oído y mis ojos,
mis palabras, los átomos que me forman.
Si hay alguien que te ama, ese soy yo.
Soy Tu amado, el fuego y la mano que lo enciende,
la sed y la alegría del bebedor, el error y
el acierto. Tu cuerpo y Tu alma soy yo.
Soy la verdad y la mentira, el agua,
la Tierra, lo fácil y lo difícil,
lo primero y lo último, la ignorancia y
el conocimiento, el incrédulo y la fe.
Soy el infierno y el paraíso, todo
cuanto en la vida se contempla. Yo soy.
Dios, cuando algo me toca, Te toca.
Tu eres yo. Y yo soy tu barro moldeado y Tu soplo.
12
¡Mi Dios, Te he visto en los ojos de quien amo!
Ahora soy Tu esclavo y Tu oculta voluntad mi senda.
Te estaré sumiso porque soy la obra de Tus manos.
Soy en mi totalidad Tuyo y Tu eres las flores.
Eres las raíces y la Tierra y los designios.
¡Abrazas Oh Grande como el mar abraza la playa!
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
(fragmento de "EL MUNDO QUE AMO")
Argumento
Por mucho tiempo anduve errante en la Tierra,
para recrearme. Y en todas partes, confieso,
la belleza se deslizó en mi vida como un ladrón.
La belleza me llegó en diferentes formas,
encantando mi alma de inmediato, sin edad,
súbita, fugaz, repentina, con nuevas vestiduras.
Sumergiéndose en mi a la medida que fui viendo.
Vi la belleza en medio de la noche,
al amanecer, en la tarde, por el mediodía.
Vi belleza en las iglesias y en cantinas,
la vi porque no manifesté incredulidad
y mi oído no se negó a oír: Yo también soy Dios.
1
Me muevo cuando Tu quieres que me mueva.
Mis palabras son aquéllas que Tu determinas,
entonces, ¿cómo hablarte? ¡Oh, Dios!
¿Si no hay camino fuera de Tu camino?
Das todo por nada porque Tu eres todo,
no hay más: todo somos Tu mismo.
¡Oh Tu!
Que no tienes cuerpo y eres todos los cuerpos
¿cómo he de alabarte?
Porque eres todo lo que puedo ser
y todo cuanto puedo decir. Lo eres todo.
Eres lo nacido y lo no nacido.
Eres el bien y el mal de todas las cosas
¿cómo he de alabarte?
2
El deseo de ti
me ha absorbido de tal forma
que en mi corazón se agotó todo.
Ni amor u odio guardo a nadie.
Puedes regalar a mis enemigos cuanto poseo.
Da a mis amigos lo mejor que me tienes reservado.
Yo contigo tengo más que suficiente.
3
Dios, no hay más Dios que Tu.
El amor es Tu don y procede de Tu gracia.
Nunca oí el canto de las gaviotas,
el temblor del viento, la risa graciosa,
la música del mar o el estampido del trueno,
sin saber que todo era testimonio de Tu presencia.
Nada se Te asemeja y todo se Te parece.
4
¿Cómo adorar a quién no se ve?
Eres un rayo de luz que se proyecta súbito,
un rayo de color claro oscuro, que no veo.
Oh Dios, hazme bienaventurado, y no Te ocultes
porque si no Te veo me apago, irremediablemente.
Pero si no Te ocultas, Oh Justo, en el camino,
el sendero es pura luz por Tu sola contemplación.
Pero si Te me ocultas, todo se parece a la muerte.
No sé qué es aflicción o desdicha
cuando se revela a mi corazón Tu hermosura.
Que nada vea sin que en ello Te vea, Oh Altísimo.
5
Me han preguntado qué edad tengo.
"Un año" -respondí.
-¿Cómo puede ser? -dijeron.
Y expliqué:
"Es que durante toda mi vida anterior,
Dios estuvo oculto a mis ojos. Pero Le he visto
durante este último año, y el tiempo que estuve
cegado a Su luz, en verdad, no pertenece a mi vida."
6
En la calle y en mi hogar, sólo a Ti veo.
En el mar y en la cordillera, sólo a Ti veo.
Te veo a mis espaldas y en mi frente,
en la risa y el silencio. En el sol.
No veo alma ni cuerpo, espíritu o materia,
causas o efectos... sólo a Ti siempre veo.
En la escasez y en la abundancia, a Ti veo,
en la contemplación, en el ayuno y la plegaria,
en la tribulación y en el favor a Ti veo.
Abro mis ojos y Eres todos los otros ojos.
Te descubro en todas las miradas y en los ciegos.
Oh Hacedor, sólo a Ti veo siempre.
Me derrito en Tu fuego y el frío no hiela.
Me desvanezco en la nada, me hago niebla,
espuma, rocío, humedad, diamante del agua.
Y Tu estás en todas partes. Así no más es.
7
Todo, excepto Tu, perece.
Dime,
Cuando vienes, ¿cómo he de verte?
Con tus ojos, no con los míos.
Pues nadie Te ve, sino Tu mismo.
En la noche oscura a veces de mi alma,
dime,
¿cómo he de tener Tu luz sin que me ciegue?
Sin verte, que al no mirarte, Te presiento,
y con eso basta a mi corazón.
Que todo es Tu: Uno y lo mismo.
8
¡Oh final de mi designio!
Eres todo mi todo. Aquí estoy.
Señor, soy a tus pies. Heme aquí.
¿Cómo acercarme si Tu no lo haces antes?
¿Cómo hablarte si no me hubieses hablado?
Oh Confidente, Oh Esencia.
Eres mis párpados, mis ojos,
mi vista y lo que veo.
Oh Centro de mi existencia.
Eres mi cuerpo cada parte de él,
mi destino inequívoco y su expresión propia,
el sumo éxtasis y mi alimento todo.
Eres mi huésped y a Ti solo me humillo,
que nadie más ha de verme jamás arrodillado.
Oh Razón interna y externa.
Sea mi vida Tu vida. Se en mí.
Oh Templo del pensamiento absoluto.
9
El universo no puede contenerte
pero -lo prometo- mi corazón, sí.
Es así mi amor y este anhelo.
Tu lugar está en mi corazón,
en mi corazón por entero.
Nadie más que Tu tiene sitio en él.
10
Oh Dios
hazme como la ostra
que llena de perlas
las manos que la quiebran.
O como el sándalo,
que perfuma el arma que lo hiere.
11
Que nada es verdad sino Tu.
Hágase Tu voluntad en mi fin y en mis actos.
Esencia de mi ser, eres mi oído y mis ojos,
mis palabras, los átomos que me forman.
Si hay alguien que te ama, ese soy yo.
Soy Tu amado, el fuego y la mano que lo enciende,
la sed y la alegría del bebedor, el error y
el acierto. Tu cuerpo y Tu alma soy yo.
Soy la verdad y la mentira, el agua,
la Tierra, lo fácil y lo difícil,
lo primero y lo último, la ignorancia y
el conocimiento, el incrédulo y la fe.
Soy el infierno y el paraíso, todo
cuanto en la vida se contempla. Yo soy.
Dios, cuando algo me toca, Te toca.
Tu eres yo. Y yo soy tu barro moldeado y Tu soplo.
12
¡Mi Dios, Te he visto en los ojos de quien amo!
Ahora soy Tu esclavo y Tu oculta voluntad mi senda.
Te estaré sumiso porque soy la obra de Tus manos.
Soy en mi totalidad Tuyo y Tu eres las flores.
Eres las raíces y la Tierra y los designios.
¡Abrazas Oh Grande como el mar abraza la playa!
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
17 de diciembre de 2008
AMÉRICA MIA, fragmentos.
UN MAGO.
En diversas ocasiones
Los viajes en la vida
Muchas veces aparecen
Ante nuestros ojos con
Gran claridad; como ya
Ocurrido. Y entonces
Dudamos en si todo no es solo
Eco de algo hace mucho
Olvidado en una lejana
Zona de nuestra memoria.
EL CÓNDOR CHILENO.
Al universo un cóndor lo gobierna
blanco y negro acechante, de mármol, férreo.
Rey sol quieto, detenido, entero
macho-cachorro sagrado, imperial.
El de alas que dibujan la luz,
y captura hasta el almizcle fugitivo,
que se nos aparece como un sueño,
y se mantiene al acecho en la copa de los
más grandes árboles, inventándose,
que ni el azufre rojo ayuda en la captura
de aquél que sigue el curso del viento.
El envuelto en nieve de la tarde.
Por quien los grandes pumas tropiezan
y los caballos caen,
por quien todos los perros aúllan a la vez.
Te pareces al rayo interminable,
llegas con el silencio de lo secreto.
Alado sueño de la incógnita sombra,
esa sombra que también me está soñando.
CARTAGENA
1
Tengo una casa pequeña junto al mar.
Es pura roca de la que corona acantilados
frente a las aguas del mar de Santiago.
Fijáos en lo que digo:
y el Amado, el Señor de los Cielos
hizo el techo protegido de estrellas
con su propio sol y su luna más mil plantas,
que unas florecen de día y otras de noche,
el clima será, pienso.
No cae dentro la lluvia ni asola viento,
que afuera puede ser terrible.
La roca interior de mi casita
es toda mano artesana de trazo circular.
Aquí nadie teme los juicios injustos.
Y en torno no hay protección, solo el mar.
En esta casita bien se escribe, sí Señor.
2
El aire parece transparente,
tengo miedo hasta de pestañear.
Pienso hasta dónde terminan los gestos.
Tal vez si cambio la mirada,
provoco en el mar el nacimiento
de una caracola...lo hago.
3
A veces
juego con mi memoria
y dibujo la imagen de mi madre
o un barco en el horizonte del mar.
A veces
el barco se pierde entre las olas
y mi madre no es como es ahora,
es como era hace muchos años...
4
Indiferentes a toda cualquier inclemencia,
volando de roca en roca cantan las gaviotas.
Frío se vino este invierno. Levanta el viento.
Veo a la ladera helada del bosque junto al mar,
y diviso mujeres de pálido menguante, rápidas.
El lobo marino está bramando...
aúlla una manada. Pegada su piel a la roca,
se hacen como la roca misma.
Viven así los lobos,
como enterrados a la orilla del mar,
y sin sentir el hielo de las aguas...
Háblame como la lluvia y déjame escuchar.
MC ALLEN, TEXAS
El sol se vino huyendo
de los fríos del sur.
Este territorio y sus lagartos
las palmeras, tanta arena y luz...
yo mismo y el otro,
el que esto escribe,
ambos languidecen.
Tomo un libro de Faulkner y
mientras Babsy dormita en mis brazos,
bebo una cerveza a nuestra salud.
1
(Habla un campesino)
“Al crepúsculo de la mañana a trabajar
Al crepúsculo de la tarde a descansar
Para beber debo excavar un pozo
Para comer debo arar un campo.
El presidente y su poder, ¿qué me importan?
Pensemos que el destino nos concedió
el deseo de nuestro corazón, ¿y luego?
Imaginemos que hemos leído la gran obra,
el libro de los libros, ¿y luego?
Admitamos que somos felices y
dichosos para siempre, ¿y luego?”
HOLLYWOOD, L.A.
Es un aprendizaje que no está
al alcance del hombre.
Cada uno sigue su propio camino.
Y el camino es uno.
Quien dice dos, es que ve doble.
Aquí veo doble.
Quizás por eso amo tanto Hollywood.
1
(Notice)
Aquí se confía mucho en Dios
pero se ata la pata de la mula.
2
(Entrance)
Las diez mil criaturas nacen y mueren, suben
y luego descienden nuevamente a la Tierra.
Las ruedas de su transformación suman miles.
Siempre un día sucede lo inusitado y todo cambia,
en un instante el mundo cambia y nosotros,
nuestro alrededor desaparece en un instante.
Por eso aquí y allá es igual.
Lo que somos al fin siempre es.
Sí, esto también un día dejará de ser.
Los bien amados, nuestras mujeres no pueden acompañarnos
y en los sitios familiares se van olvidando y
nuestra huella va perdiéndose poco a poco
lentamente hasta desaparecer.
¿Existe la felicidad sin tristeza del corazón?
3
(Twilight)
Un hombre,
que no mora en un sitio material
sino en un tabernáculo espiritual
(sólo visible a las mujeres purificadas)
habla a la multitud reunida
que se vino a esta California siguiéndole.
Todos le ven en la costa,
cuando el hombre azota con cadenas el mar.
Y grita a viva voz:
“El pensamiento,
esas alas disparadas por Dios,
a cada momento nos renuevan
y con nosotros el mundo,
que dura solo un instante.”
Le he preguntado porqué azota el mar,
y dijo: “Las cadenas son un efecto, nada más”.
4
(Dawn)
La inteligencia de la abeja
está oculta para el lobo.
Así como el ánima de la secreción
del gusano de seda.
Las Flores del Xinantecatl
En Toluca supe la idea esférica de las cosas.
Todo el hoy es el profético ayer. Nada
será que no haya sido. ¿Quién ordenó esto?
¿Qué ángel es éste que viste todos los
colores y se refresca con mi experiencia?
¿De dónde viene esta sutil energía
que al mundo envuelve con celeste calma?
Todo el cielo se estremece y las nubes
incéndiase en llamas abismales. Y río.
El cielo... el cielo desciende presuroso.
Un alado pensamiento ensancha mi mente
y debo aferrarme a los tallos de la milpa
Que nacen de este surco en que yazgo.
Acariciadoras raíces me brotan fugándose
a lo más hondo de la Tierra. En las palmas
de mi mano rebota un pálpito que
arranca de todo cuanto toco. Porque
todo lo que vive es sagrado. No hay
una cosa que no tenga aquí su lugar,
en este espacio, si así puede llamarse.
Me han sacado de un eterno sueño las flores.
Hoy me causa contento saber que si hay
angustia, hay movimiento.
BAJA CALIFORNIA NORTE
TIJUANA
LA BUENA NOTICIA
Bebamos amigos, a
embriagarse sin prisa, con rigor.
Y ¡por Dios!
No me digan que nos vamos
“que luego hay tiempo para beber”
No. ¿Quién puede asegurar
otra buena nueva?
EL FRACASO
Señor, mi Dios querido,
Sé misericordioso conmigo
que bebo tequila y cerveza
(ya que has sido clemente
con los buenos abstemios
creándolos abstemios).
¡Compañeros,
hermanos de cantina
bebamos tequila rubí
por el misterio del alma!
LAS ADELITAS
“Se me hace que bebiste agua de la Presa” dice la mujer. Y sigue: “Aquí sabemos que Tijuana, como la Magdalena esa, está salvada, porque ha amado mucho. A mí se me hace que Dios actúa de acuerdo a sus necesidades. Y requiere de la infinita variedad de Sus atributos para producir infinita variedad de efectos sobre las cosas y los seres, allí donde se encuentren. De la apariencia de lo bueno y lo malo depende la posibilidad del conocimiento. Muchacho, bebamos y tómame, nunca temas, que el mal por sí mismo no existe. Que el infierno también es transitorio, y finalmente, todos nos salvaremos”.
EL D.F.
En esta cantina cierto día pregunté
(como se debe, a un anciano
sabio que allí siempre estaba)
-Dígame, ¿dónde están los que
se han ido?. ¿Dónde van los muertos?
Y él respondió, cauto y cumplido:
-Solo sé que no volverán. Calla y bebe.
LAS CHAVELAS
Matar a un hombre
es matar a todos los hombres.
Cierta noche salvé a uno solo
y fue como salvar al género humano.
Aquí alguien bebe a mi salud.
EL BOL CORONA
Libremos la mente de la lógica y la razón,
hagamos libre lo prisionero y bebamos
Y seamos justos: honremos esta cantina
Aquí, digámoslo, para quien va de paso
beber la sangre del maguey es de buen gusto.
¡Copero, hoy tengo nostalgia y voy a olvidar!
Pero sírveme en copa de cristal
para adivinar su rostro en la transparencia.
EL RÍO RITA
Bebamos amigos,
riamos, alegremos el corazón
y hablemos poco de lo que se fue.
Tú llama al copero y tú sonríe,
como si las cosas fueran perfectas,
que sólo se decepcionan de todo
quienes no esperan bastante de Dios
que no eres el primero ni el último
ahora no le busques excusa,
que si el tequila sabe áspero
es que solo imita a la vida:
primero duro y suave al fin.
Todo está bien y seguirá bien,
ahora tallemos versos alegres
en el borde mismo de las copas.
Sepa Dios con qué tierra nos hizo,
pero algo viene, algo bueno.
LA ZACAZONAMPAM
Veo transparente el vidrio
Veo transparente el tequila
-tan sutiles ambos-
es como si tuviera copa sin tequila
es como si bebiera tequila sin copa.
Bebamos y digámonos poesía, amigos,
que lo que se va no vuelve más.
Señor Dios amado, indícanos el camino.
Extraviados, es cierto, llegamos a la cantina
aquí los muros son bajos
pero ¡Te juro! solemos tocar el cielo.
1989
Que llore sobre sí mismo el que perdió su
existencia sin haberte visto alguna vez.
En ti olvidé la conciencia de todo,
incluso del alma. Entré en gnosis.
Es cierto: caminé tu noche y vi luz.
Fui pausadamente, con la calma del dragón.
Fui y vine entre los jacarandáes azules,
entre quienes aparentan que todo importa,
entre quienes en verdad no les importa.
Me dejé llevar como el agua en el mar
y supe del silencio estallando en carcajadas.
Cierta noche de año nuevo vi estallar el sol
y un árbol doblado por el viento, que
nunca se quebró. Nadie osó reprocharme.
Si me obligan a imaginarte de un modo,
te comparo al centro de la circunferencia
y al espacio comprendido entre éste y aquél.
El centro es la verdad.
El vacío exterior al círculo, la nada.
El espacio comprendido entre el centro y
dicho vacío exterior al círculo, lo posible.
Tijuana, tus cien años se me hacen cuento:
te juzgo eterna como el mar o el tiempo.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
En diversas ocasiones
Los viajes en la vida
Muchas veces aparecen
Ante nuestros ojos con
Gran claridad; como ya
Ocurrido. Y entonces
Dudamos en si todo no es solo
Eco de algo hace mucho
Olvidado en una lejana
Zona de nuestra memoria.
EL CÓNDOR CHILENO.
Al universo un cóndor lo gobierna
blanco y negro acechante, de mármol, férreo.
Rey sol quieto, detenido, entero
macho-cachorro sagrado, imperial.
El de alas que dibujan la luz,
y captura hasta el almizcle fugitivo,
que se nos aparece como un sueño,
y se mantiene al acecho en la copa de los
más grandes árboles, inventándose,
que ni el azufre rojo ayuda en la captura
de aquél que sigue el curso del viento.
El envuelto en nieve de la tarde.
Por quien los grandes pumas tropiezan
y los caballos caen,
por quien todos los perros aúllan a la vez.
Te pareces al rayo interminable,
llegas con el silencio de lo secreto.
Alado sueño de la incógnita sombra,
esa sombra que también me está soñando.
CARTAGENA
1
Tengo una casa pequeña junto al mar.
Es pura roca de la que corona acantilados
frente a las aguas del mar de Santiago.
Fijáos en lo que digo:
y el Amado, el Señor de los Cielos
hizo el techo protegido de estrellas
con su propio sol y su luna más mil plantas,
que unas florecen de día y otras de noche,
el clima será, pienso.
No cae dentro la lluvia ni asola viento,
que afuera puede ser terrible.
La roca interior de mi casita
es toda mano artesana de trazo circular.
Aquí nadie teme los juicios injustos.
Y en torno no hay protección, solo el mar.
En esta casita bien se escribe, sí Señor.
2
El aire parece transparente,
tengo miedo hasta de pestañear.
Pienso hasta dónde terminan los gestos.
Tal vez si cambio la mirada,
provoco en el mar el nacimiento
de una caracola...lo hago.
3
A veces
juego con mi memoria
y dibujo la imagen de mi madre
o un barco en el horizonte del mar.
A veces
el barco se pierde entre las olas
y mi madre no es como es ahora,
es como era hace muchos años...
4
Indiferentes a toda cualquier inclemencia,
volando de roca en roca cantan las gaviotas.
Frío se vino este invierno. Levanta el viento.
Veo a la ladera helada del bosque junto al mar,
y diviso mujeres de pálido menguante, rápidas.
El lobo marino está bramando...
aúlla una manada. Pegada su piel a la roca,
se hacen como la roca misma.
Viven así los lobos,
como enterrados a la orilla del mar,
y sin sentir el hielo de las aguas...
Háblame como la lluvia y déjame escuchar.
MC ALLEN, TEXAS
El sol se vino huyendo
de los fríos del sur.
Este territorio y sus lagartos
las palmeras, tanta arena y luz...
yo mismo y el otro,
el que esto escribe,
ambos languidecen.
Tomo un libro de Faulkner y
mientras Babsy dormita en mis brazos,
bebo una cerveza a nuestra salud.
1
(Habla un campesino)
“Al crepúsculo de la mañana a trabajar
Al crepúsculo de la tarde a descansar
Para beber debo excavar un pozo
Para comer debo arar un campo.
El presidente y su poder, ¿qué me importan?
Pensemos que el destino nos concedió
el deseo de nuestro corazón, ¿y luego?
Imaginemos que hemos leído la gran obra,
el libro de los libros, ¿y luego?
Admitamos que somos felices y
dichosos para siempre, ¿y luego?”
HOLLYWOOD, L.A.
Es un aprendizaje que no está
al alcance del hombre.
Cada uno sigue su propio camino.
Y el camino es uno.
Quien dice dos, es que ve doble.
Aquí veo doble.
Quizás por eso amo tanto Hollywood.
1
(Notice)
Aquí se confía mucho en Dios
pero se ata la pata de la mula.
2
(Entrance)
Las diez mil criaturas nacen y mueren, suben
y luego descienden nuevamente a la Tierra.
Las ruedas de su transformación suman miles.
Siempre un día sucede lo inusitado y todo cambia,
en un instante el mundo cambia y nosotros,
nuestro alrededor desaparece en un instante.
Por eso aquí y allá es igual.
Lo que somos al fin siempre es.
Sí, esto también un día dejará de ser.
Los bien amados, nuestras mujeres no pueden acompañarnos
y en los sitios familiares se van olvidando y
nuestra huella va perdiéndose poco a poco
lentamente hasta desaparecer.
¿Existe la felicidad sin tristeza del corazón?
3
(Twilight)
Un hombre,
que no mora en un sitio material
sino en un tabernáculo espiritual
(sólo visible a las mujeres purificadas)
habla a la multitud reunida
que se vino a esta California siguiéndole.
Todos le ven en la costa,
cuando el hombre azota con cadenas el mar.
Y grita a viva voz:
“El pensamiento,
esas alas disparadas por Dios,
a cada momento nos renuevan
y con nosotros el mundo,
que dura solo un instante.”
Le he preguntado porqué azota el mar,
y dijo: “Las cadenas son un efecto, nada más”.
4
(Dawn)
La inteligencia de la abeja
está oculta para el lobo.
Así como el ánima de la secreción
del gusano de seda.
Las Flores del Xinantecatl
En Toluca supe la idea esférica de las cosas.
Todo el hoy es el profético ayer. Nada
será que no haya sido. ¿Quién ordenó esto?
¿Qué ángel es éste que viste todos los
colores y se refresca con mi experiencia?
¿De dónde viene esta sutil energía
que al mundo envuelve con celeste calma?
Todo el cielo se estremece y las nubes
incéndiase en llamas abismales. Y río.
El cielo... el cielo desciende presuroso.
Un alado pensamiento ensancha mi mente
y debo aferrarme a los tallos de la milpa
Que nacen de este surco en que yazgo.
Acariciadoras raíces me brotan fugándose
a lo más hondo de la Tierra. En las palmas
de mi mano rebota un pálpito que
arranca de todo cuanto toco. Porque
todo lo que vive es sagrado. No hay
una cosa que no tenga aquí su lugar,
en este espacio, si así puede llamarse.
Me han sacado de un eterno sueño las flores.
Hoy me causa contento saber que si hay
angustia, hay movimiento.
BAJA CALIFORNIA NORTE
TIJUANA
LA BUENA NOTICIA
Bebamos amigos, a
embriagarse sin prisa, con rigor.
Y ¡por Dios!
No me digan que nos vamos
“que luego hay tiempo para beber”
No. ¿Quién puede asegurar
otra buena nueva?
EL FRACASO
Señor, mi Dios querido,
Sé misericordioso conmigo
que bebo tequila y cerveza
(ya que has sido clemente
con los buenos abstemios
creándolos abstemios).
¡Compañeros,
hermanos de cantina
bebamos tequila rubí
por el misterio del alma!
LAS ADELITAS
“Se me hace que bebiste agua de la Presa” dice la mujer. Y sigue: “Aquí sabemos que Tijuana, como la Magdalena esa, está salvada, porque ha amado mucho. A mí se me hace que Dios actúa de acuerdo a sus necesidades. Y requiere de la infinita variedad de Sus atributos para producir infinita variedad de efectos sobre las cosas y los seres, allí donde se encuentren. De la apariencia de lo bueno y lo malo depende la posibilidad del conocimiento. Muchacho, bebamos y tómame, nunca temas, que el mal por sí mismo no existe. Que el infierno también es transitorio, y finalmente, todos nos salvaremos”.
EL D.F.
En esta cantina cierto día pregunté
(como se debe, a un anciano
sabio que allí siempre estaba)
-Dígame, ¿dónde están los que
se han ido?. ¿Dónde van los muertos?
Y él respondió, cauto y cumplido:
-Solo sé que no volverán. Calla y bebe.
LAS CHAVELAS
Matar a un hombre
es matar a todos los hombres.
Cierta noche salvé a uno solo
y fue como salvar al género humano.
Aquí alguien bebe a mi salud.
EL BOL CORONA
Libremos la mente de la lógica y la razón,
hagamos libre lo prisionero y bebamos
Y seamos justos: honremos esta cantina
Aquí, digámoslo, para quien va de paso
beber la sangre del maguey es de buen gusto.
¡Copero, hoy tengo nostalgia y voy a olvidar!
Pero sírveme en copa de cristal
para adivinar su rostro en la transparencia.
EL RÍO RITA
Bebamos amigos,
riamos, alegremos el corazón
y hablemos poco de lo que se fue.
Tú llama al copero y tú sonríe,
como si las cosas fueran perfectas,
que sólo se decepcionan de todo
quienes no esperan bastante de Dios
que no eres el primero ni el último
ahora no le busques excusa,
que si el tequila sabe áspero
es que solo imita a la vida:
primero duro y suave al fin.
Todo está bien y seguirá bien,
ahora tallemos versos alegres
en el borde mismo de las copas.
Sepa Dios con qué tierra nos hizo,
pero algo viene, algo bueno.
LA ZACAZONAMPAM
Veo transparente el vidrio
Veo transparente el tequila
-tan sutiles ambos-
es como si tuviera copa sin tequila
es como si bebiera tequila sin copa.
Bebamos y digámonos poesía, amigos,
que lo que se va no vuelve más.
Señor Dios amado, indícanos el camino.
Extraviados, es cierto, llegamos a la cantina
aquí los muros son bajos
pero ¡Te juro! solemos tocar el cielo.
1989
Que llore sobre sí mismo el que perdió su
existencia sin haberte visto alguna vez.
En ti olvidé la conciencia de todo,
incluso del alma. Entré en gnosis.
Es cierto: caminé tu noche y vi luz.
Fui pausadamente, con la calma del dragón.
Fui y vine entre los jacarandáes azules,
entre quienes aparentan que todo importa,
entre quienes en verdad no les importa.
Me dejé llevar como el agua en el mar
y supe del silencio estallando en carcajadas.
Cierta noche de año nuevo vi estallar el sol
y un árbol doblado por el viento, que
nunca se quebró. Nadie osó reprocharme.
Si me obligan a imaginarte de un modo,
te comparo al centro de la circunferencia
y al espacio comprendido entre éste y aquél.
El centro es la verdad.
El vacío exterior al círculo, la nada.
El espacio comprendido entre el centro y
dicho vacío exterior al círculo, lo posible.
Tijuana, tus cien años se me hacen cuento:
te juzgo eterna como el mar o el tiempo.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
16 de diciembre de 2008
Palabras Al Amigo.
El mañana es definitivo cual férreo ayer
Lo que nos sucederá ya es sendero caminado
El Gran Pintor ha tendido su paleta
Pero no te asustes. Porque aún a oscuras
En el centro de la noche y el relámpago
Siempre te será dado ver la luz, un poco.
La vida es dura como el miedo
Pero siempre allí está Dios, que acecha
Pues aunque tú a El no veas, El si te ve.
Compórtate como si estuvieras en Su presencia.
¡Cruza el Torrente!
Todos los hombres hemos temido.
No desanimes. Busca refugio en ti mismo,
a veces hace bien ir a los templos.
A ti, el mundo nada puede reclamarte,
estás despierto y los dioses te admiran.
No tienes nada y a nada estas sujeto
No rompes la ley de la armonía
y sabes que el deseo es un río que se precipita.
Vigilas una tercera parte de la noche.
Eres puro y te concentras en los mejores pensamientos.
Tu eres tu propio mismo ¿Quién más en realidad?
Eres el que ha vencido su violencia
el que ha desechado las malas acciones
y ha convertido su agresividad en paz.
Eres fuerte y eres joven. Es tiempo de levantarse
así como el elefante logra salir
del pantano en que se ha metido
¡levántate a ti mismo!
Tu fuerza eres tú mismo: todo un ejército.
Has despertado y lo has hecho para siempre.
Todo está bien y seguirá bien. ¡Anda!
Sensación
Cierta hosca hora de la noche, camino por los desiertos, por pantanos pantanosos, por cementos milagrosos y por túneles abiertos. Un fantasma -imperioso y furibundo- que un rojo imperio habita cauteloso, invade el pensamiento en que me hundo.
Ese cierto fantasma (que es de lodo tan lodoso, de azabache, basalto, oscuro, gris, opaco, de mercurio y cobre tembloroso, de azufre sulfuroso) que pasea su sombra por el mundo, poderoso
está
tejiendo
una
jaula
en
torno
de
mi mismo.
Pero el Amigo
(el buen lobo del camino)
hace
pedazos
la
jaula.
El Loco
He visto a un loco llorando con grandísima amargura.
Me acerqué y dije: "¿Por qué lloras?"
Y el loco habló diciendo que clamaba,
lloraba "para mover a piedad Su corazón":
-Quiero volar y ruego a Dios -dijo el loco.
"¿Volar? Desdichado..." pensé, y dije aclaratorio:
-Aquel del que hablas no creo que tenga corazón.
-Te equivocas -afirmó-. Sólo Dios es el que hace.
El es el único dueño de todos los corazones.
Y -créame- ¡el loco salió volando!
¿No es como para pensar que el corazón es la Vía?
El amigo
Un hombre se encontró a un ángel.
El ángel sostenía un libro y algo anotaba.
Al fin el hombre preguntó:
-¿Qué haces?
Y el ángel anunció:
-Escribo los nombres de los amigos de Dios.
-¿Y pondrás mi nombre en ese libro?
-Tú no eres amigo de Dios -sentenció el ángel.
-Pero soy amigo de los amigos de Dios -dijo de inmediato el hombre.
El ángel, por un instante, no pronunció palabra, para luego sentenciar:
-Registraré tu nombre en la lista. Al fin que la unión del hombre también hace Su fuerza.
El Ciprés
Un discípulo propone al maestro esta cuestión:
-De los árboles creados por Dios el ciprés es estéril. ¿Cómo explicar la excepción del ciprés? ¿La razón del ciprés si no da frutos?
-Es cierto. De todos los árboles el ciprés no da fruto. Los otros árboles por sus frutos son amados, pero a la llegada del invierno están como muertos despojados de sus hojas, solo dan tristeza sus ramas secas. Sólo el ciprés nos alegra en el invierno. No da fruto pero está siempre verde. El verde entrega paz al corazón.
La Casualidad
Hay decisiones divinas:
El sabedor de arquería
por su técnica precisa
da en el blanco
a la mayor de las distancias.
Pero si en pleno vuelo
la flecha y un rayo chocan
la técnica perfecta
pierde toda su eficacia.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
Lo que nos sucederá ya es sendero caminado
El Gran Pintor ha tendido su paleta
Pero no te asustes. Porque aún a oscuras
En el centro de la noche y el relámpago
Siempre te será dado ver la luz, un poco.
La vida es dura como el miedo
Pero siempre allí está Dios, que acecha
Pues aunque tú a El no veas, El si te ve.
Compórtate como si estuvieras en Su presencia.
¡Cruza el Torrente!
Todos los hombres hemos temido.
No desanimes. Busca refugio en ti mismo,
a veces hace bien ir a los templos.
A ti, el mundo nada puede reclamarte,
estás despierto y los dioses te admiran.
No tienes nada y a nada estas sujeto
No rompes la ley de la armonía
y sabes que el deseo es un río que se precipita.
Vigilas una tercera parte de la noche.
Eres puro y te concentras en los mejores pensamientos.
Tu eres tu propio mismo ¿Quién más en realidad?
Eres el que ha vencido su violencia
el que ha desechado las malas acciones
y ha convertido su agresividad en paz.
Eres fuerte y eres joven. Es tiempo de levantarse
así como el elefante logra salir
del pantano en que se ha metido
¡levántate a ti mismo!
Tu fuerza eres tú mismo: todo un ejército.
Has despertado y lo has hecho para siempre.
Todo está bien y seguirá bien. ¡Anda!
Sensación
Cierta hosca hora de la noche, camino por los desiertos, por pantanos pantanosos, por cementos milagrosos y por túneles abiertos. Un fantasma -imperioso y furibundo- que un rojo imperio habita cauteloso, invade el pensamiento en que me hundo.
Ese cierto fantasma (que es de lodo tan lodoso, de azabache, basalto, oscuro, gris, opaco, de mercurio y cobre tembloroso, de azufre sulfuroso) que pasea su sombra por el mundo, poderoso
está
tejiendo
una
jaula
en
torno
de
mi mismo.
Pero el Amigo
(el buen lobo del camino)
hace
pedazos
la
jaula.
El Loco
He visto a un loco llorando con grandísima amargura.
Me acerqué y dije: "¿Por qué lloras?"
Y el loco habló diciendo que clamaba,
lloraba "para mover a piedad Su corazón":
-Quiero volar y ruego a Dios -dijo el loco.
"¿Volar? Desdichado..." pensé, y dije aclaratorio:
-Aquel del que hablas no creo que tenga corazón.
-Te equivocas -afirmó-. Sólo Dios es el que hace.
El es el único dueño de todos los corazones.
Y -créame- ¡el loco salió volando!
¿No es como para pensar que el corazón es la Vía?
El amigo
Un hombre se encontró a un ángel.
El ángel sostenía un libro y algo anotaba.
Al fin el hombre preguntó:
-¿Qué haces?
Y el ángel anunció:
-Escribo los nombres de los amigos de Dios.
-¿Y pondrás mi nombre en ese libro?
-Tú no eres amigo de Dios -sentenció el ángel.
-Pero soy amigo de los amigos de Dios -dijo de inmediato el hombre.
El ángel, por un instante, no pronunció palabra, para luego sentenciar:
-Registraré tu nombre en la lista. Al fin que la unión del hombre también hace Su fuerza.
El Ciprés
Un discípulo propone al maestro esta cuestión:
-De los árboles creados por Dios el ciprés es estéril. ¿Cómo explicar la excepción del ciprés? ¿La razón del ciprés si no da frutos?
-Es cierto. De todos los árboles el ciprés no da fruto. Los otros árboles por sus frutos son amados, pero a la llegada del invierno están como muertos despojados de sus hojas, solo dan tristeza sus ramas secas. Sólo el ciprés nos alegra en el invierno. No da fruto pero está siempre verde. El verde entrega paz al corazón.
La Casualidad
Hay decisiones divinas:
El sabedor de arquería
por su técnica precisa
da en el blanco
a la mayor de las distancias.
Pero si en pleno vuelo
la flecha y un rayo chocan
la técnica perfecta
pierde toda su eficacia.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
Palabras Para Atzimba
A usted, buena hada; Dios os conserve y vigorice. A usted, cintillo de topacios y siemprevivas, llanura, perla rara, honda y divina, brillo y sensación, éter, seráfica, rayo de Sol, viejo vino, serena como la santa naturaleza. A usted, señora radiosa muchas rosas, muchas rosas:
Sé indulgente, sé piadosa, sé suave.
Sé el aire y como los antiguos marfiles,
como un soplo de brisa. Sé luna.
Sé tierna entre todas las mujeres.
Dudo si las palabras sellen con
nobleza tal lo que a usted escribo;
soy el mismo, soy tu furtivo.
Oh tú, inefable Atzimba en mi conciencia; dime si en tu incógnita ribera no fui arcilla fresca, resina, tu quimera. Te evoco más misteriosa que otras veces, con tus ojos de infinito, con tu pasión por lo arcano, con esos tus perfumes de enigma. Te evoco altiva, rumor de soles, prisma; corno una gacela fugitiva cambiando el rumbo de las tempestades; como el color blanco de todos los colores, rojo de hibisco, verde vegetal, amarillo de los leones, nácar como las flores de las rocas:
Oh tú, no eres un vago recuerdo
que viene de lejos y cansado.
Emerges de mi tiempo definido.
Oh tú, ala de misterio, alma,
de piedad honda como el mar,
sueño y nube, cisne al alba,
fulgor que enceguece los fulgores,
enjambre de cometas, la encendida.
Rubí, esmeralda, zafiro, amatista,
que alguien nunca falte a tu cita.
Bella diosa de esta América mía,
de la misma Tierra, de igual mañana.
Mi huemulita alada con alas de cristal.
En la Extensión Del Mar
Erase una Princesa del fondo del mar,
de cortesía espiritual y sincera manera
a cuyos pies trajeron a un ángel cautivo.
El ángel, viéndola, dijo:
"He sido capturado porque el agua ha
trizado una de mis alas de diamante".
La princesa peinaba sus cabellos y
sus cabellos hacían las ondas del mar;
distraída, miraba vagamente, miraba
por donde transitan las caracolas, veía
hacia los barcos sumergidos en algas,
a los peces con corazas de esmeralda, veía
las flores de luz que crecen en la arena.
En una diestra tenía el peine de coral,
pálido y liso. Sus ojos dilataban honduras
de cierta mítica tristeza, bellísima.
Y el ángel agregó:
"Oh señora, el mar sólo es, pues,
espejismo. Sólo usted es cierto.
Permitidme serviros. En cuanto a mí
aquí estaré bien, sí, estaré bien".
La princesa peinaba sus cabellos y
sus cabellos hacían las ondas del mar...
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
Sé indulgente, sé piadosa, sé suave.
Sé el aire y como los antiguos marfiles,
como un soplo de brisa. Sé luna.
Sé tierna entre todas las mujeres.
Dudo si las palabras sellen con
nobleza tal lo que a usted escribo;
soy el mismo, soy tu furtivo.
Oh tú, inefable Atzimba en mi conciencia; dime si en tu incógnita ribera no fui arcilla fresca, resina, tu quimera. Te evoco más misteriosa que otras veces, con tus ojos de infinito, con tu pasión por lo arcano, con esos tus perfumes de enigma. Te evoco altiva, rumor de soles, prisma; corno una gacela fugitiva cambiando el rumbo de las tempestades; como el color blanco de todos los colores, rojo de hibisco, verde vegetal, amarillo de los leones, nácar como las flores de las rocas:
Oh tú, no eres un vago recuerdo
que viene de lejos y cansado.
Emerges de mi tiempo definido.
Oh tú, ala de misterio, alma,
de piedad honda como el mar,
sueño y nube, cisne al alba,
fulgor que enceguece los fulgores,
enjambre de cometas, la encendida.
Rubí, esmeralda, zafiro, amatista,
que alguien nunca falte a tu cita.
Bella diosa de esta América mía,
de la misma Tierra, de igual mañana.
Mi huemulita alada con alas de cristal.
En la Extensión Del Mar
Erase una Princesa del fondo del mar,
de cortesía espiritual y sincera manera
a cuyos pies trajeron a un ángel cautivo.
El ángel, viéndola, dijo:
"He sido capturado porque el agua ha
trizado una de mis alas de diamante".
La princesa peinaba sus cabellos y
sus cabellos hacían las ondas del mar;
distraída, miraba vagamente, miraba
por donde transitan las caracolas, veía
hacia los barcos sumergidos en algas,
a los peces con corazas de esmeralda, veía
las flores de luz que crecen en la arena.
En una diestra tenía el peine de coral,
pálido y liso. Sus ojos dilataban honduras
de cierta mítica tristeza, bellísima.
Y el ángel agregó:
"Oh señora, el mar sólo es, pues,
espejismo. Sólo usted es cierto.
Permitidme serviros. En cuanto a mí
aquí estaré bien, sí, estaré bien".
La princesa peinaba sus cabellos y
sus cabellos hacían las ondas del mar...
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
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