16 de julio de 2012
EL CUENTA CUENTOS.
(FRAGMENTO DE "LIBRO DE LOS OFICIOS")
En las caravanas que cruzan los desiertos del norte de Chile, el principio es aceptar que lo que creemos que es la realidad, no lo es en absoluto. Eso que te puede parecer solo un montón de piedras, es posible que sea el lugar donde acecha el terrible puma. En el Oasis de Pueblo Hundido, viajando en la caravana de Atacama, la última noche, de pronto, viví esta experiencia. Nos habíamos reunido al aire libre en el plano arenisco frente al salón comunal del oasis, que anuncia cuando el desierto se interna y cruza lla cordillera de Los Andes por el Paso del León Muerto. Es común que la caravana en su trayecto visite estos oasis del camino, que en el desierto chileno no son pocos, y hoy conforman poblados pequeños que cuentan con luz eléctrica, agua potable y todos los adelantos accesibles a través de la comunicación satelital. Sin embargo, conservan sus propias costumbres ancestrales. Esa noche, recibieron nuestra caravana las fuerzas vivas del oasis de Pueblo Hundido; estaban el alcalde y los concejales con sus esposas, el matrimonio de profesores de la escuelita y el médico con su mujer, la enfermera del modesto hospital y sus hijos; había mercaderes, el cura del templo, y otros vecinos ilustres o de paso, como el séquito que acompañaba a un hijo del Profeta Luis Antonio Soto Romero, camino a rendir una ofrenda a la tumba de su padre en el campo de sal del oasis de Antofagasta. Estuvimos escuchando primero canciones tradicionales chilenas, tonadas, cuecas, payas, norteñas, luego pequeñas piezas musicales en que se utilizan los más variados instrumentos, quenas, zampollas, flautas de madera, de barro, incluso algunos poco conocidos que dejaron de legado en la zona sus habitantes prehistóricos, caracolas marinas y huesos huecos; era todo muy armónico. Bebíamos té negro con pisco, luego de la carne asada con pebre y pan amasado. No hacíamos demasiado caso a la música, cuando a la orquesta local se unió un grupo de músicos, hombres viejos, serían -creo yo- los más ancianos del pequeño oasis en el desierto; gordos y pequeños unos; otros altos y delgados; pero todos con algo en común: un extraño sentido del ritmo, de la intensidad del sonido, del rasgueo y soplo único a sus instrumentos. Toda la sala comunal abierta alrededor del fuego pareció de pronto quedarse hundida en aquellos sones. Sentí que todos nosotros -los que venían en la caravana, el alcalde y las personalidades, todos los allí presentes y yo mismo- comenzamos a vibrar, sin quererlo, como levantados por el silbante viento que se eleva en el desierto y sube a la cordillera o baja al mar; sentí que los diminutos huesos de mis oídos comenzaron de algún modo a golpearme el cerebro, impidiéndome pensar y hasta comprender ninguna cosa que no fuera el sonido musical en especial de los instrumentos de viento que lograban con sus labios los viejos, vestidos de mantas de lana cruda. En esos instantes fue cuando distinguí al hombre. Más que fijarme en él, llamó mi atención el revuelo que comenzó a armarse en torno suyo. Luego le vimos comenzar a bailar despacio, agitando los hombros, con la mirada perdida en las estrellas muy cercanas del cielo atacameño; seguía el ritmo de los instrumentos y la música del viento y no había nadie más a su alrededor, nada más que aquél sonido largo que atravesaba los tímpanos y tensaba la memoria como las cuerdas de un arco.
-¡Quiere fuego! ¡Háganle espacio! -gritó alguien, no se quién. Inmediatamente, tres o cuatro se levantaron abriéndole camino hacia la hoguera que todos rodeábamos, y el hombre entró en los leños ardiendo sin dejar de bailar frenéticamente, agitando sus hombros y todo su cuerpo. Aquella danza dentro del fuego, lejos de quemarlo, le dio fuerzas. Sus piernas se volvieron más ágiles, sus ojos se abrieron de par en par mirando a las estrellas, mientras los labios de los viejos se afinaban en los instrumentos de viento. El danzante en el fuego se hizo ritmo y movimiento, viento y euforia. Por unos minutos dejó de ser humano para hacerse torbellino cósmico vencedor del fuego. El hombre se elevó de las llamas de fuego y bailaba levemente suspendido en el aire, luego bajaba y sus pies dispersaban millones de chispas de luz candente, volvía a ascender y sus movimientos eran gráciles sin dejar de ser fuertes y decididos mientras parecía brotar del fuego. Luego, en un transcurso de tiempo sin medida, se hizo pura vibración, en un remolino de gritos, de movimientos perdidos entre sudor y convulsión rítmica cada vez más agitada. Hasta que súbitamente se elevó en manera fenomenal y quedó suspendido en el aire, varios varios minutos, siete u ocho, sobre el fuego. En ese momento fue que lo vi desintegrándose arrasado por rojas lenguas de fuego, se hizo una bola negra de puras llamas, para volver, luego de un instante hipnótico, a brotar nuevo de la nada: el fuego lo hizo cenizas y lo devolvió intacto. Los instrumentos callaron. Hubo un silencio espeso y el danzarín de un salto fantástico salió de su espacio propio sobre las llamas de fuego y se detuvo con la música, con los ojos en blanco, como si se le hubiera escapado el aliento vital. Dos o tres hombres lo sostuvieron cuando el hombre cayó entre sus brazos como muerto, como ajeno, pero sin un mínimo rastro de fuego en su cuerpo o ropa intacta. Lo sentaron en una manta en la arena y batieron una hoja de palma en su rostro, rojo como el fuego que no lo había quemado. Poco a poco, con lentitud de siglos, el hombre volvió en sí, recuperando el color humano. Los ojos se le revolvían inquietos, como asustados de ver gente en torno suyo; como ausentes a ratos, muy tristes -y aquí creo que estaba su pesar- por regresar de nuevo a esta dimensión humana. Aquel hombre había hecho un viaje a otra parte o, al menos, una parte de él se había desplazado y le había abandonado por unos momentos. Era como un borracho sin beber vino, porque jamás le vi beber ni siquiera un sorbo de pisco; estaba satisfecho sin haber comido; algo en él lo hacía parecer como un rey después de haber vencido, y vestía apenas de campesino del desierto. Este hombre atacameño se había pasado sin solución de continuidad del éxtasis a la catalepsia, se había deshecho y renacido de sus cenizas, sólo ayudado por la música del viento. El intelecto se me volvió un estorbo en el oasis de Pueblo Hundido: no había respuestas. No había sentido común en lo que vimos; la lógica estaba ausente, y en su lugar reinaba la paradoja, la falta de sentido, el acto sustancialmente irracional de entrar en el fuego sin que el fuego te queme.
La primera noche el mas anciano narrador de cuentos que iba en nuestra caravana anunció a viva voz: “De las raíces de Chile arranca el oficio de los cuenta cuentos que acompañan la caravana que cruza el desierto de Atacama, la tierra más árida conocida. Sabemos que en todas las caravanas que cruzan los desiertos del planeta, los narradores de historias comparten su conocimiento desde los primeros tiempos. Éticamente, se plantea en nuestros cuentos que la solución de los problemas del mundo está en servir bien los oficios. Hoy como siempre, afirmamos que si cada uno se dedicara nada más a hacer bien su trabajo, se acabarían los problemas sociales del mundo".
El anciano cuenta cuentos dijo que este sólo pensamiento les hace universales, aunque ellos, en su entorno, son muy rurales; en su historia hay alusiones constantes a la intimidad de la verdad, encerrando conceptos que insinúan protección, abrigo, el calor de la lana, que es muy útil aquí en los fríos desiertos nocturnales chilenos, donde la lógica es una herramienta de sobrevivencia. Los narradores del desierto forman una cofradía que agrupa a los llamados iguales entre sí: para ellos cada situación es única, lo que los hace compatibles con la vida en general, por lo cual son generalmente bien dispuestos a entretener al público de la caravana, manteniendo su atención a pura voz, que es la oral la forma más antigua de transmitir el cuento. Una de sus funciones es mantener despierta esta atención en los demás; así los que viven hoy representan a todos los que vivieron y a los que vivirán, pues su concepto del tiempo es una interrelación, una continuidad. Dijo el hombre creer que no existen los finales ni la muerte y que las cosas cambian según los estados de ánimo; sosteniendo que el amor puede elevar a quien sea a un estado mejor. La verdad, el cumplimiento de lo confiado y la actividad local son sus características. La mentira les es contraria, por eso en lo que narran no predican mal ni intencional ni inadvertidamente. Su mundo está regido por el servicio, lo que inclina a las personas responsables a creer en sus relatos. Su formación se basa en la experiencia (el que comprueba, sabe) y no en argumentos filosóficos. Muchos de ellos permanecen dormidos ante lo que se hace de día -o sea, la lucha cotidiana por la existencia- y vigilan mientras otros duermen. Esto es lo que ha hecho común en las caravanas que cruzan los desiertos chilenos el que algunos narradores trabajen además de guardias nocturnos, pudiendo acompañarles en su vigilia todos quienes desean oírlos. Para ellos todo es único e irrepetible. Conocerlos es algo que ocurre a una persona que cruza el desierto y no algo que se premedite. Dijo que el cuerpo no es diferente del alma porque ambos forman el ser. Creen que la viva voz, los sonidos de la plegaria, el rezo y la oración tiene una forma, y ocupan un lugar en el espacio Todo lo que posee un nombre tiene forma y el pensamiento es una acción. Indicando que dondequiera que están, se ven amables porque se comportan como un amante, por ser para ellos mucho más decisivo el efecto que la causa, porque el efecto es variado y la causa solo una. Por esto también afirman que el trabajo en sí es más importante que su objetivo. Dentro del cosmos, su función es ser ellos mismos y a través de su comportamiento proyectar su significado, por eso no existe división entre la personalidad pública y privada de los narradores de cuentos que van en la caravana, ya que ellos no pronuncian a solas palabras que no pueden repetir ante mil personas. Insinúan que la interior es la forma más alta de percibir la realidad; en verdad, son hombres y mujeres que han trabajado en todo tiempo en la zona más inhóspita del planeta y no confunden lo decorativo con lo específico ni lo literal con lo simbólico. Por ser hombres y mujeres que viven en la caravana, sin un lugar fijo, afirman que sin cambio y sin continuidad, azar, devenir e integridad no hay cuento. Afirmó el anciano narrador que entre ellos son iguales por definición y responsables solo ante sí mismos de lo que cuentan. En general, fuera de la caravana, permanecen escondidos, en lugar más recóndito aún que los estudiantes de la Escuela de las Machis en el sur. Se dice que quien entiende y cruza el desierto se acerca a un narrador: aquel cuya alma estaba ya embebida en el vino antes de que en la tierra brotaran las uvas; aquel cuyos conocimientos le llegan por vía humana, es decir por maestros, pues el hombre insistió en afirmar que existen dos maneras de saber: la conversación origina conclusiones que impulsan a admitir, pero no causa certidumbre ni despeja dudas para que la mente descanse en la verdad, lo que sólo la experiencia otorga. En particular, los narradores de cuentos que acompañan la caravana que cruza el desierto de Atacama son cada uno diferente en sus técnicas de contar, pero en común afirman que la experiencia interior no es una parte de la vida, sino la vida misma. Su práctica la realizan viviendo la realidad, a la que nombran construcción, por analogía de algo que está siendo construido entre muchos. La cuestión de la clave de su existencia es tan profunda que en verdad sólo la entiende quien sabe oír, aunque los decires de los narradores que van en la caravana no son para instruir ni para pasar la noche, son para familiarizarse, que no otro es el espíritu que guía las caravanas en todos los lugares. Luego fue que los narradores, uno a uno, mujeres y hombres, nos fueron diciendo un cuento para esa primera noche. Digo como oí.
Apresado por los conquistadores españoles, un gran sabio y mártir del oasis de Caldera, convicto de apostasía y herejía, no dio pruebas de dolor cuando le cortaron las manos. Permaneció impasible cuando los invasores y sus huestes indígenas aliadas que los acompañaban desde el norte le golpearon y arrojaron piedras, que le abrieron grandes heridas. Sin embargo, cuando uno de los maestros del oasis que se había doblegado al invasor, se acercó a él y lo tocó apenas al acercarle una tierna flor del desierto, nuestro sabio gritó como si lo estuvieran torturando. Procediendo así para demostrar que nada de lo que hicieran quienes estaban equivocados podía dañarlo. Pero el más ligero roce de alguien que sabía, y aún así se doblegaba, era más doloroso que cualquier golpe o mutación. Algunos de estos legendarios sabios del desierto que resistieron, aunque fueron impotentes ante los castigos, son recordados por historias como esta.
Otro hombre del mismo oasis de Caldera, hace unos meses, consultó al gran curandero de Atacama porque su esposa no podía concebir. La mujer estaba excesivamente gorda; el curandero la examinó, le tomó el pulso y dictaminó: -No puedo tratar su esterilidad porque he descubierto que de todas maneras morirá dentro de cuarenta días.
Después de escuchar tal afirmación la mujer quedó tan preocupada que no pudo comer durante los cuarenta días siguientes. Pero no murió en el plazo señalado. Volvió el esposo a consultar al sabio quien le dijo: -Sí, lo sabía: ahora será fecundada.
El esposo preguntó de qué manera había sucedido este cambio y el curandero respondió: -La exagerada obesidad de tu esposa interfería en su fertilidad. Sabía que lo único que la haría olvidar la comida sería el temor a la muerte. Por lo tanto, enflaquecida de susto, ya está sanada.
Un hombre que vivía en condiciones suficientemente holgadas en Santiago la capital, vino al norte y en el oasis de Caldera buscó a este gran curandero que tiene reputación de poseer todo el conocimiento médico, y le dijo: -Respetado sabio, no tengo problemas materiales en la gran ciudad, sin embargo no soy feliz. Siempre estoy descontento; durante años he buscado una respuesta a mis pensamientos interiores y lograr una relación correcta con el mundo. Por favor, aconséjame para curarme de mi infelicidad.
El curandero respondió: -Mi amigo, lo que está escondido para algunos no está oculto para otros. El remedio para tu enfermedad no es ordinario. Debes recorrer los oasis del desierto hasta llegar a aquél donde vive el hombre más feliz. Tan pronto lo encuentres, deberás pedirle su camisa y ponértela.
El hombre de la ciudad, desde ese momento y sin descanso comenzó a recorrer los oasis de las tierras más secas del planeta buscando hombres felices. Uno después de otro los interrogaba y todos contestaron: -Sí, soy feliz. Pero hay otro que lo es más.
Después de viajar de un oasis a otro, lo que le tomó mucho tiempo, llegó al lugar donde todos decían que vive el hombre más feliz de Chile, que era, para su sorpresa el mismo oasis de Caldera; donde bastó que se acercara para oír la risa alegre de un hombre envuelto en su manta de lana sentado a la sombra de una gran roca tallada que anuncia el oasis.
-¿Eres el hombre más feliz de Chile, como se dice en todos los oasis? -le preguntó.
-Claro que lo soy -dijo el hombre sentado.
-Mi nombre es fulano; mi condición es tal y cual. Y mi remedio, prescrito por el gran curandero de este lugar, es ponerme tu camisa. Por favor, véndeme tu camisa; te daré a cambio lo que quieras de lo que tengo.
El hombre más feliz lo miró fijamente y luego rió. Rió y rió. Cuando se calmó un poco, el hombre desdichado, un tanto sorprendido por esta reacción tan poco seria, le dijo: -Estás equivocado al reírte de un pedido tan serio. He vivido siempre en la gran ciudad y dejé todo para buscarte y acabar con mi desdicha. ¿Estás loco?
-Quizás -respondió el hombre más feliz-. Pero si te hubieras molestado en mirar, habrías visto que no poseo camisa. Sólo tengo mi manta de lana cruda para enfrentar el frío de la noche del Atacama.
-Entonces, ¿qué debo hacer ahora?
-Ahora quedarás curado. El luchar para tener algo inalcanzable proporciona el ejercicio para lograr algo necesario más cercano; tal cual un hombre cuando reúne todas sus fuerzas para saltar un arroyo como si fuera más ancho de lo que es y siempre consigue llegar al otro lado.
Entonces, el hombre más feliz se quitó su manta que le cubría también parte del rostro, y el hombre inquieto vio que era el mismo gran curandero que lo había aconsejado.
-Pero, ¿por qué no me dijiste todo esto hace tanto tiempo, cuando vine a verte y recibí tu diagnóstico? -preguntó el hombre, desconcertado.
-Porque entonces no estabas maduro para comprender. Necesitabas ciertas experiencias, y tenías que recibirlas de tal manera que asegurara que las habías de vivir. Una mula que usa una biblioteca como establo no aprende a leer y escribir. El hilo no se ennoblece por pasar a través de las perlas. ¿Por qué buscas la felicidad fuera, cuando la tienes dentro de ti mismo? La felicidad es un manantial interior. Para ser feliz no necesitas camisa.
Otro hombre de los que allí estaban, que era narrador y guardia nocturno, contó que fue a ver a este gran curandero en el Oasis de Caldera, y le dijo: -Tengo toda clase de síntomas terribles. Me siento infeliz y desasosegado, mi cabello, mis brazos y mis piernas están como si los hubiesen torturados.
El sabio le preguntó: -¿Es verdad que hace meses no has cruzado el desierto trabajando en la caravana con tus narraciones?
-Eso es cierto -contestó-. Sólo me he dedicado a escribir y a nadie he contado nada.
-Muy bien -dijo el médico-. Ten la amabilidad de recitar algunos cuentos de los que has escrito.
El narrador así lo hizo y, ante la insistencia del médico, dijo una y otra vez sus textos. Entonces el médico diagnosticó: -Ponte de pie pues ya estás curado. Si bien habías trabajado, no te decidías a entregar tu fruto final; es necesario apartarse una vez realizada la obra. Lo que tenías en tu interior había afectado tu físico. Ahora que ya lo has liberado, has vuelto a estar bien. Ya puedes integrarte a la caravana a trabajar.
Una mujer fuerte y seria, entre las que allí estaban, que era narradora y ayudaba a amasar la harina para el pan, contó que del oasis de Taltal se trasladó a vivir al oasis de Quillagua, que significa "lugar de ayuda mutua", donde rogó al Dios de los Báculos que le mostrara a uno de sus amigos y una voz le dijo: “Ve hacia el Oasis de Vallenar y ahí encontrarás a uno que amo, uno de los escogidos que transita el sendero”.
Ella fue y encontró en la entrada a Vallenar a un ermitaño vestido con harapos, plagado de toda suerte de insectos y sin poder moverse, miserable.
Y le dijo: -¿Puedo hacer algo por ti?
El ermitaño postrado contestó: -Tráeme un poco de agua, quiero probar el sabor del agua del río que baja desde la cordillera, y luego quédate a conversar conmigo.
Cuando ella regresó con el agua encontró muerto al hombre. Fue a buscar ayuda para enterrar al harapiento y cuando regresó, junto a dos hombres que la acompañaron asegurando ellos que el ermitaño era un hombre santo, vio que unos pumas del desierto habían devorado casi todo el cuerpo. La mujer cuenta cuentos estaba muy afligida y exclamó en alta voz: -¡Omnipotente y Omnisciente, conviertes en arena a los seres humanos! A algunos te los llevas al paraíso, otros son torturados, uno es feliz, otro es miserable. Hay quienes se despiden de este mundo rodeados de honores y otros devorados por pumas. Esta es la paradoja que nadie puede comprender.
Entonces una voz interior habló y le dijo: “Este hombre ermitaño había confiado en mi para aplacar su sed y luego retiró esa confianza. Conversaba conmigo y quiso hablar con un intermediario. Fue su culpa haber pedido ayuda a otro después de haber estado satisfecho conmigo”.
Oí esa primera noche narrar varias historias del Profeta Soto Romero, algunas rescatadas de los cuatro mil pergaminos en que explica el origen, causa y desarrollo de las cosas, y otras de propia voz del hijo excepcionalmente presente, quien narró que cierta vez un anciano extranjero errante buscador de la verdad cruzaba los desiertos del norte de Chile, cuando encontró el nombre del Profeta Soto Romero tallado en ciertas rocas marcadas que había visto en sueños, lo que consideró una señal de que el fin de su búsqueda había llegado, marcas que siguió mucho tiempo mientras leía cuanto se refería a su asunto y que lo llevaron finalmente al Oasis del Profeta en Antofagasta. Sin conocer a nadie, estaba cerca de la casa de piedra del Profeta, que también es el templo del oasis, cuando vio a un hombre amable a quien le dijo: -Amigo, llévame ante el Profeta Soto Romero.
El hombre amable lo guió hacia el interior del templo pétreo, lleno de gente en silencio. El Sucesor estaba sentado al frente de la asamblea en el salón principal, cuando el anciano errante se acercó a él creyendo que era el Profeta y exclamó: -¡Oh Sabio, Profeta Soto Romero, Elegido de Dios, un buscador de tu luz llega a ti luego de andar una vida!
Al oír la mención al Profeta, todos comenzaron a llorar desconsoladamente, incluso el Sucesor. El anciano errante no sabía qué hacer y dijo: -Soy extranjero y desconozco los ritos necesarios para dirigirse a ti, Oh Profeta. Es verdad que he leído tus enseñanzas contenidas en los cuatro mil pergaminos en que explicas el origen, causa y desarrollo de las cosas, pero no sé referirme a ti. ¿He dicho algo inconveniente? ¿Debo permanecer callado? ¿O es esta la observación de algún ritual? ¿Por qué lloráis? Si es una ceremonia de este oasis del desierto, tierra sagrada que piso, la desconocía y no existe en los otros desiertos de la tierra...
El hombre amable dijo: -No lloramos por nada que tu hayas hecho, pero debes oír, infortunado, que hace solo una semana que el Profeta dejó la tierra. Cuando oímos su nombre el pesar se apoderó nuevamente de nuestros corazones.
Al oír esto, el anciano errante extranjero desgarró sus ropas, cayó al suelo arrodillado de angustia y lanzó gritos al cielo. Cuando ya se había recuperado un poco, dijo: -Hacedme un favor. Por lo menos dejadme ver una prenda del Profeta para tocar su ropa, ya que no podré verlo a él y mi vida de búsqueda ha sido inútil.
El hombre amable le contestó: -Solo la mujer del Profeta custodia cada una de sus prendas; pero no creo que permita que nadie se acerque a las cosas del Profeta. Sin embargo, te acompañaré y tocaremos a su puerta.
Y así lo hicieron, cruzando las salas interiores ante la curiosidad de la Asamblea, mientras el Sucesor se retiraba a orar. En cuanto tocaron a la puerta de la viuda del Profeta, esta les abrió y explicaron su deseo. Ella contestó: -Ciertamente mi Señor el Profeta Luis Antonio Soto Romero habló con verdad, cuando dijo, poco antes de morir: "Un extranjero buscador de la verdad que ha cruzado la tierra y que me ama y es un buen hombre vendrá a tocar la puerta. No me verá. Dale, de parte mía, con toda mi consideración, este manto en mi nombre, y trátalo con gentileza dándole la bienvenida".
El anciano buscador errante se puso el manto y pidió que lo llevasen a la tumba del Profeta, en el campo de sal del oasis de Antofagasta. Y fue allí donde exhaló su último suspiro. Se sabe que en este oasis de Antofagasta, cierto día un rudo arriero de los que atraviesan el desierto y cruzan la cordillera con su rebaño de animales, se acercó al Sucesor del Profeta y comenzó a insultarlo y a su padre y a su madre.
El Sucesor dijo: -Hombre, ¿cuál es tu problema?
Pero el arriero, sin oírlo, continuó vociferando y maldiciendo con todas sus fuerzas. Entonces, el Sucesor, ordenó que le sirvieran comida y agua fresca y dijo: -Perdona arriero, pero contra tu odio sólo puedo bendecirte, y darte todo lo que puedo ofrecerte; y si tuviera algo más te lo daría sin reserva.
Cuando el arriero oyó estas palabras y vio el gesto se sintió vencido y exclamó a viva voz: -Doy testimonio de que en verdad eres el Sucesor del Profeta, nuestro amado. Había llegado hasta aquí y me detuve para comprobar si concordaban tu linaje y tu naturaleza.
Otro día el Sucesor estaba trabajando como jardinero en un oasis de frutas y su patrón le pidió algunos mangos. El jardinero trajo varios, pero todos estaban verdes. Su patrón le dijo: -¿Has trabajado aquí durante tres temporadas y aún no sabes cuáles son los mangos maduros?
El hombre respondió: -Me empleaste para cuidar las frutas y no para probarlas. ¿Cómo puedo saber cuáles son más dulces?
Fue entonces cuando ese patrón del oasis de frutas supo que tenía contratado como jardinero al Sucesor del Profeta. También contaron que el mismo Profeta Soto Romero les dijo una vez a sus discípulos: -Deposité toda mi confianza en Dios y crucé el desierto de norte a sur y de este a oeste con sólo una pequeña moneda en el bolsillo. Fui como peregrino al templo interior de Los Andes por el camino dorado bajo el salar de Atacama, fui y regresé y aún tengo la moneda.
El Sucesor, que entonces era un jovencito, se levantó y le dijo al Profeta: -Si llevabas una moneda en el bolsillo, ¿cómo puedes decir que confiabas totalmente en Dios?
-No tengo nada que argumentar -dijo el Profeta-, pues este joven tiene razón. Cuando se tiene fe no hay lugar para ninguna pequeña provisión, por pequeña que sea.
El mismo Profeta solía narrar que un día llegó un mosquito a la corte del rey del Norte.
-Gran rey, la paz sea contigo -dijo en alta voz-. Vengo a suplicarte que rectifiques las injusticias con que tu corte me hace objeto diariamente.
A lo que el rey replicó: -Di tus quejas y serás ciertamente escuchado.
Dijo entonces el mosquito: -Ilustre y digno monarca, mi queja es contra el viento. Cada vez que salgo al aire libre, llega el viento y, con un soplo, me lanza muy lejos. Por consiguiente carezco de esperanza para alcanzar los lugares que creo son para todos los que viven en tus dominios.
Habló el rey: -De conformidad con los principios de justicia generalmente aplicados; no puede aceptarse queja alguna si no se encuentra presente la parte acusada para contestar los cargos. Ordeno que se llame al viento para que exponga sus puntos de vista.
Llamado el viento, una suave brisa fue heraldo de su presencia, después se hizo más fuerte. Entonces el mosquito gritó: -¡Oh, gran rey, retiro mi queja, porque el aire me está obligando a volar en círculos y, antes de que el viento llegue realmente, yo habré sido arrastrado muy lejos.
Así fue como las condiciones exigidas tanto como por el demandante como por la corte fueron consideradas imposibles para la causa de la justicia en el reino del Norte.
Una mujer narradora, muy bella con su tez como el cobre, con suaves y ondulantes curvas que insinuaban sus vestidos de lana dibujándole el cuerpo, a quien no he dejado de observar sin que ella me vea, contó que del reino del Norte vino una vez un hombre que quería que le tatuaran al puma chileno en su espalda. Fue a ver a un artista del tatuaje en el oasis de Taltal y le expuso lo que quería, contratando sus servicios. Pero tan pronto sintió los primeros pinchazos, comenzó a gemir y quejarse: -Me estás matando, ¿qué parte del puma dibujas?
-En este momento estoy haciendo la cola -dijo el artista tatuador.
-Entonces no la hagamos -aulló el hombre.
Así el artista empezó nuevamente. Y otra vez el cliente no pudo soportar los pinchazos.
-¿Qué parte del puma estas haciendo ahora? -gritó-, pues no puedo soportar el dolor.
-Ahora -dijo el artista- hago la oreja del puma.
-Tengamos un puma sin oreja, jadeó su paciente.
Así es que el tatuador comenzó de nuevo. No acababa de entrar la aguja en la piel cuando la víctima se torció nuevamente: -¿Qué parte del puma es esta vez?
-Es el estómago -contestó cansado el artista.
-No quiero un puma con estómago -dijo el hombre.
Entonces el artista tatuador tiró su aguja y dijo: -¿Un puma chileno sin cabeza, sin cola, sin estómago? ¿Quién podría dibujar semejante cosa? Ni siquiera Dios lo hizo.
Y se negó a continuar ese trabajo. Contó la atractiva mujer que este artista del tatuaje se trasladó a vivir al oasis de Paipote, donde vivían dos hermanos que juntos cultivaban la tierra plena de vida encerrada entre milenarios algarrobos, chañares y ricos terrenos de cultivo surgidos en medio de la pampa salitrera. Como sus mayores, ellos cultivaban el mango, ese fruto pequeño, fragante y de sabor delicioso que nace en el oasis, y siempre compartían las cosechas. Un día, uno de los hermanos despertó durante la noche y pensó: "Mi hermano está casado y tiene hijos. A causa de esto tiene necesidades y gastos que yo no tengo. Iré y pondré algunas bolsas de mangos míos en su bodega; es lo menos que puedo hacer, y lo haré al amparo de la noche, no sea que a causa de su generosidad no quiera aceptarlo". Así, cambió con sigilo varias bolsas llenas de mangos y regresó a la cama. Poco después, esa misma noche, el otro hermano despertó y dijo: "No es justo que yo tenga la mitad de todos los mangos de nuestra tierra. Mi hermano, que es soltero, trabaja de sol a sol, y debe pagar por cada servicio pues carece de una mujer que lo atienda, no posee nada y por lo tanto trataré de compensarlo pasando algo de mis mangos a su bodega". Y así lo hizo. A la mañana siguiente, cada uno quedó sorprendido al ver que tenía el mismo número de bolsas en su bodega, y nunca pudieron comprender cómo, cada cosecha, el número de bolsas con mangos seguía siendo el mismo aún cuando, a escondidas, lo cambiaban.
A la entrada del gran oasis de Copiapó, otro narrador contó que siendo joven se encontró con un mendigo del desierto, que lloraba con grandísima amargura. El cuenta cuentos le preguntó: -¿Por qué lloras?
El mendigo contestó: -Lloro para mover a piedad Su corazón, pues quiero volar.
Con suficiencia juvenil le dijo: -Se supone que como hombre debes ser inteligente. Pero tus palabras son absurdas, pues El no tiene corazón o no estarías como estás llorando de hambre.
El mendigo contestó: -Eres tú quien se equivoca, pues no se debe suponer cosa alguna. El es el dueño de todos los corazones que existen. Sólo a través del corazón puedes llegar a El. Yo no tengo hambre, sólo sed de El.
Dicho esto, el mendigo se elevó por los aires.
Otro narrador que fue antes minero, luego se integró a trabajar con los escritores que tallan la piedra en el desierto de Atacama. Dijo que cierto día se acercó a él un joven aprendiz y le increpó que estaba equivocado y muchas otra cosas. Entonces el escritor se quitó un anillo del dedo y se lo dio, diciendo: -Lleva esto al mercado de frutas del oasis de Paipote y trata de conseguir más de dos monedas por él.
Pero nadie le ofreció dos monedas y el joven regresó con el anillo.
-Ahora -dijo el escritor- llévalo a un joyero en el gran oasis de Copiapó, y pregúntale cuanto ofrece.
Así lo hizo el joven iniciando el viaje, que no es lejos. El joyero ofreció cien monedas por la sortija. El joven regresó muy impresionado. Entonces el escritor le dijo: -Tu conocimiento sobre las joyas es tan grande como el de los mercaderes de fruta respecto a las joyas. Si quieres apreciarlas, talla la letra en la piedra.
Este narrador también contó que un poderoso monarca del desierto de Tarapacá gozaba de gran respeto por su talante. No obstante, un día se sintió confundido, convocó a los escritores de su comarca que tallaban la sabiduría en la piedra y les habló así: -Ignoro la razón, pero estoy sin sosiego. Algo me impulsa a tener una piedra tallada con una inscripción que estabilice mi estado. Debo poseerla para cambiar mi desdicha en felicidad. Al mismo tiempo, si cuando me sintiera feliz la leyera, debe devolverme la tristeza, y si estoy triste al leer debe devolverme la felicidad.
Después de profundas meditaciones y largas consultas a las estrellas los escritores llegaron a una feliz decisión sobre el texto de una piedra así. Y le entregaron al monarca una que llevaba la siguiente inscripción: "También Esto Pasará".
Otro día, dos escritores de este grupo que talla la piedra en Atacama estaban discutiendo: Uno de ellos, que era un joven aprendiz entonces, se sentía muy frustrado y alegaba que había dejado un próspero negocio por las letras, pues su padre era un rico comerciante. Estaba arrepentido y blasfemaba contra el duro trabajo de tallar la letra en la piedra; entonces el otro que era viejo le dijo: -La vida de renunciamiento que tiene un escritor se ha desperdiciado en ti. Estar aquí lo conseguiste a un precio muy bajo y, por lo tanto no le das su valor.
El joven lo miró con desprecio, preguntando: -Dime, ¿qué precio pagaste tú por estar aquí?
El hombre viejo respondió: -Yo he dado mi reino a cambio, y aún así lo considero un precio bajo. Ahora estoy dispuesto a dar mi cabeza y mi alma si todo no es suficiente.
Así supo que con quien estaba hablando era con el hombre que había sido monarca del reino de Tudor, uno de los más ricos de que se tenga memoria hasta hoy en los desiertos de Chile. En este reino de Tudor, un constructor de los que trabajaba la piedra y el cobre dando forma a las casas y templos, y que además era astrólogo, una noche leyó en las estrellas el día y la hora en que lo alcanzaría la muerte. Su sorpresa fue mayúscula. Entonces construyó un círculo de rocas a su alrededor para impedir que entrara la muerte y pensar qué haría, impidiendo el acceso a quien lo deseara interrumpir en su reflexión. Mientras estaba adentro, sin embargo, no se lograba concentrar porque despertó la curiosidad y algunos iban a observarlo por ciertas grietas entre la juntura de las piedras. Por la luz, ubicó los pequeños espacios y los selló con firmeza. Al bloquear finalmente estas grietas de luz, casi sin darse cuenta se acabó el oxígeno y entonces le llegó la muerte el día y la hora fijada.
Junto a los primeros jirones de luz que rasgaron la oscuridad, los que aún quedábamos a la orilla de la hoguera, la primera noche de la caravana, fuimos regalados con el té verde de la planta sagrada atacameña desde antes que sus semillas fueran esparcidas por el viento, acompañado de la tortilla de rescoldo que nace de las cenizas, cocinada con su harina dorada. Luego, renovados, se nos invitó a prepararnos para seguir el camino en el desierto de Atacama que cruza esta caravana, donde, otra noche, no recuerdo cuál, narró alguien que hace no mucho tiempo, un pillo capitalino fue atrapado por habitantes de un oasis del desierto, ubicado cerca de la orilla del mar, quienes lo amarraron a un árbol para que reflexionara sobre el castigo que le iban a infligir; y luego se alejaron, habiendo decidido arrojarlo al mar esa noche, después de acabar sus tareas de la jornada. Pero un pastor de alpacas, que no era muy listo, pasó por allí y le preguntó al astuto pillo por qué estaba amarrado.
-Ah, dijo el pillo, unos hombres me atacaron porque no quise aceptar su dinero.
-¿Por qué quieren dártelo y por qué no lo aceptas? -preguntó el pastor sorprendido.
-Porque soy un monje errante y quieren corromperme. Porque son unos impíos. Pero Dios recompensará a quien me ayude y ellos tendrán su sorpresa, si alguien accede a cambiar por mi lugar y vean que es otro el capturado. Creerán que es obra de Dios, ¡la sorpresita que tendrán! Pero necesito alguien que me ayude, no sé a quien me enviará Dios que necesite dinero.
El pastor sugirió tomar el lugar del pillo y le aconsejó correr y escapar fuera del alcance de los malvados. Y así lo hicieron. Cuando los habitantes del oasis regresaron después del anochecer, como estaba oscuro, simplemente le taparon con un costal la cabeza al pastor y lo arrojaron al mar. A la mañana siguiente se asombraron al ver que el pillo entraba en el oasis conduciendo un rebaño de alpacas.
-¿Dónde has estado y dónde encontraste esos animales? -le preguntaron.
-En el mar frente al desierto, donde hay espíritus bondadosos que recompensan de esta manera a todos lo que se arrojan a él y se ahogan, como hicieron ustedes conmigo -dijo el pillo.
En menos tiempo del que se tarda en contarlo, la gente corrió hasta la orilla y se arrojó al mar. Así fue como este pillo de Santiago se apoderó de ese oasis.
Uno de los cuenta cuentos que iban, quien era de la capital y trabajaba en los desiertos a manera de aprendizaje, narró que una vez cierto vecino se encontró con el ángel de los caminos, que cruza las grandes ciudades cada tanto, y finaliza en Santiago la más lejana del mundo, para recomenzar su andar. El ángel de los caminos sostenía un libro en su mano y el vecino le preguntó qué contenía: -En este libro escribo nombres de vecinos que son amigos del Dios de los Báculos y viven en esta lejanía.
El vecino le preguntó: -¿Pondrás mi nombre?
El ángel dijo: -Eres un vecino que no visita los templos ni practica la oración o conserva la tradición. Tú no eres amigo del Señor de los Báculos.
-Pero soy amigo de sus amigos -respondió-. No soy muy feliz, pero trato de cumplir bien mi oficio, respeto a los vecinos y amo a mi familia, que he formado en este lugar remoto de la Tierra, alejado de toda esperanza.
Por un instante el ángel no pronunció palabra, y luego dirigiéndose al vecino le dijo: -He recibido instrucciones de registrar tu nombre en el libro, porque la esperanza nace de la desesperanza.
Este cuenta cuentos capitalino narró que en la calle Franklin de Santiago, donde se comercian tantas cosas, un vendedor de pájaros tenia un cóndor en una jaula, todo apretujado. Pocas veces un cóndor andino es apresado. Y éste era espléndido. Ya se sabe que los vendedores de pájaros dominan el lenguaje de las aves, y finalmente el cóndor habló preguntando al hombre: -¿Qué quieres?-. Este, sólo respondió: -Quiero detenerte. ¿Y tú qué esperas ahora que eres mío?
-Quiero mi libertad -repitió el magnífico-, mi libertad.
La gran ave sólo quería seguir siendo libre. El pajarero -digámoslo- ni siquiera pensaba en el precio posible si decidiera vender el cóndor, pero no tenía la menor intención de hacerlo: porque en un amén vendió todos los otros pájaros que llevaba, ante el estupor que causaba entre las gentes en el mercado ver al ave mayor cautiva. Cuando se quedó sin más pájaros, dijo el hombre al cóndor: -Al amanecer, iré a cazar a la cordillera, por el rumbo en que te capturé....
El cóndor estremeció su plumaje, y escuchó el tono sarcástico en la voz del hombre al preguntarle: -¿Envías algún recado? -¡Sí! -exclamó de inmediato-. Por favor, grita en voz alta que estoy cautivo, cuenta en voz alta a los montes sagrados que me tienes prisionero. Nada más.
El vendedor de pájaros sonrió. Lo sabía ave inteligente por antigua. Ahora veía en el recado cierto vago sentido; al fin, tomándolo con buen humor, al subir a la cordillera gritó: -"¡El cóndor está cautivo. El cóndor es mi prisionero!" Y de inmediato vio un hecho inusual: un cóndor idéntico al nuestro cayó despeñándose por la quebrada inmediata al hombre, quedando muerto allí mismo. Quién sepa cómo fue que ocurrió, que lo diga. Para el hombre fue de lo más raro, y terminó pensando: -"Este debió ser un pariente de mi propio cóndor. Mi noticia fue la causa de su muerte". Al volver ese atardecer, así fue que narró todo el suceso al gran ave cautiva. No bien terminó de narrar, el cóndor se desplomó. Así es, cayó muerto en su misma jaula, como fulminado. El vendedor de pájaros sufrió toda esa noche, intentando inútilmente revivir el cuerpo inerte. Se dijo: "La noticia de la muerte de su pariente lo mató. ¡Qué desgracia para mi negocio!". Y sin más que hacer, al amanecer luego de intentar lo imposible por revivirlo, tomó el cuerpo del ave magnífica y lo puso en el patio. En cuanto el vendedor de pájaros se alejó un poco, el cóndor, como un resorte se elevó al árbol más próximo. El hombre, estupefacto, oyó, haciendo burla de su voz, al cóndor gritar: -“¿Envías algún recado? ¡La "muerte" de mi pariente fue la solución. Lo que te pareció una mala noticia, era para mí la respuesta al recado de cómo escapar, era la forma de lograr mi libertad! ¡Ahora soy libre!” Y se remontó de inmediato hacia los Andes sagrados, mientras repetía burlonamente: “¿Envías algún recado? ¿Envías algún recado?”.
Anoche fue que, a la orilla de la hoguera, sin que nadie me invitara, yo mismo dije a viva voz un cuento. Dije que no sé si oí narrar o soñé que un día, un ermitaño de Santiago que había pasado muchos años en contemplación y aislamiento en las tierras altas de la cordillera central, más arriba de la Cascada de las Animas, que creía sobrepasar a muchos otros ermitaños por la agilidad de su pensamiento, al despuntar el alba recibió la visita del ángel que cruza los caminos elevados de la Tierra. El ermitaño sintió que había llegado el feliz resultado de sus austeridades y la confirmación de que subía más y más en el camino de la perfección.
-Ermitaño -dijo el ángel-, debes servir de mensajero e ir donde cierto hombre caritativo de la ciudad para informarle que el Altísimo ha decretado que, a causa de sus buenas obras, morirá exactamente dentro de seis meses y será llevado directamente al Paraíso.
Encantado, el ermitaño, que siempre se veía calmado, esta vez bajó con premura los senderos cordilleranos, y antes de acabar la tarde ya estaba a las puertas de la casa del hombre caritativo en Santiago, quien, luego de escuchar el mensaje, inmediatamente aumentó sus buenas obras, esperando ayudar a más gente aun cuando ya se le había anunciado el Paraíso; ahora apoyado por el ermitaño que se puso a su servicio creyendo que quizás ese era su deber, aun cuando también lo guiaba la vanidad de ver cumplida su profecía. Pero pasaron tres años completos y el hombre caritativo no murió, continuando su trabajo con la mayor normalidad. El ermitaño sintiéndose frustrado porque su predicción había resultado falsa, molesto, porque después de todo parecía que había sufrido una alucinación en la soledad andina, herido, ya que la gente lo señalaba en las calles de la ciudad como un falso profeta que pretendía hablar con ángeles, fue convirtiéndose en un amargado, hasta que nadie podía soportar su compañía y menos él mismo. Entonces fue que decidió nuevamente subir a los montes altos y nunca más volver entre las gentes. Pero, no bien hubo dejado atrás las últimas luces de Santiago, se le apareció el ángel en el camino.
-Mira -dijo el ángel al ermitaño-, que cosa tan frágil eres aún. En verdad, el hombre caritativo se ha ido al Paraíso, y de hecho "murió" en una cierta manera conocida solo por algunos, mientras todavía disfruta de esta vida. Pero tú, tú continúas siendo casi inútil, a pesar de practicar la caridad estos tres años y que te resultaba tan doloroso hasta no resistir. Ahora que has sentido ciertos dolores que produce la vanidad, quizás seas capaz de comenzar a entrar en los caminos altos. Aquí el asunto no es si puedes aprender por medio del silencio, por medio de la palabra, por el esfuerzo o por obligación. El asunto no está en qué se haga sino en cómo se hace. Cuando te dicen "llora" no quieren decir "llora siempre". Cuando te dicen "no llores", no quiere decir que debes comportarte siempre como un payaso. Un hombre puede pensar muchas cosas. Puede pensar que es uno aunque generalmente es varios. Hasta que llegue a ser uno, no puede mantener ninguna idea exacta de lo que es. En tu gruta, solo, lo aconsejable es que vigiles tus sueños, que cuando el sueño de un hombre es mejor que su vigilia, sería preferible que no se duerma -finalizó. Y el hombre ermitaño despertó en el cuerpo de quien habló.
Hablé anoche con gran dramatismo, incentivado por el pisco con té verde y pan dorado, aunque en el fondo de mi corazón el único incentivo era llamar su atención. Hablé mirándola directamente a los ojos, sin recato, a ratos acariciando su cuerpo ondulante con mis palabras, actuando también con decisión en mis gestos mientras narraba para ocultar a los demás mi intención secreta. Habíamos acampado en un punto del desierto encerrado entre el mar y los primeros eucaliptos que suben a la cordillera en las afueras de un monasterio de hermanos Talladores que escriben la piedra, anunciada por la llamada Piedra del Relojero, cuyo origen es perfectamente desconocido sin traducirse aún su tallado magnífico de petroglifos. Afirmé anoche a viva voz, a la luz de la luna y del fuego ardiendo en la hoguera, que, en realidad, existe la traducción de lo escrito en la piedra antigua, y suelen repetirla de memoria los cuenta cuentos que cruzan Chile. Solo por impresionarla a ella, nada más, se me ocurrió cierto monólogo que atribuí al antiguo constructor de relojes de piedra, que saqué de no sé donde, y dije:
“Estas rocas me han encadenado. Les he dado toda mi vida y no es bastante. Puedo no ir a las reuniones que llama el Consejo, ni a sus fiestas, ni a las oraciones de Tlal el sacerdote. Puedo no subir a las tierras altas o bajar hacia el mar con Acab y sus guerreros; nada impediría que lo hiciera. Pero en mí no hay nada fijo más que estas rocas. Ellas me matan para el mundo.
-"Un hombre como usted puede hacer cosas importantes por nuestra comunidad. Para el Consejo usted es importante". Así han dicho. Y repliqué: "No existe gente importante. Solo hay quienes hablan de su importancia y quienes no lo hacen".
Lo que me vuelve loco es ese carácter de obligación que pretenden imponerme. Tlal insinúa que, al menos dedique mi vida a tallar formas en la piedra que sean útiles para sus oficios rituales. A él, con su costumbre siempre igual, ¿cómo hacerle entender estas rocas y su función de medir la naturaleza, de anotar los cambios que hay en la vida o el momento en que ocurren esos cambios? A mí me parece que la tarea en que he empeñado mi existencia es tan aceptable a los ojos de los dioses como su propio trabajo. Esta formación en que he dispuesto la piedra, la forma, aparentemente son solo rocas que alguien ha moldeado y ha ubicado en forma caprichosa. Pero el entender cómo debían quedar nada más ha regido mi mente, mi cuerpo, todo yo. Cada golpe de piedra dando forma a la roca fue un golpe preciso, meditado. Para ellos es una locura. Para mí es la única razón.
-"Debía dedicar sus afanes en tallar puntas para nuestras armas, como lo hacen otros, y no en golpear esas enormes rocas dándole esas formas que de nada sirven". Eso ha comentado Acab en el Consejo. Y dijo: "Debes integrarte a un trabajo como todos. Si vienen los del otro lado de las montañas, o si vienen los del mar y te capturan no serás protegido. ¿O es acaso que quieres servir de esclavo a los extraños?". Así habló Acab, y en sus ojos vi desprecio.
¿Cómo podrá él entender nunca lo que hago? Ha vivido para el odio y la fuerza; él y sus guerreros. ¡Y que cumplan bien su trabajo! Alguien debe proteger al Consejo, a Alina y sus mujeres, los ancianos y los niños... ¿cómo podrán entender lo que hago?
¿Qué sabe Acab de los afanes que han guiado mi vida? Nada.
Tlal alegó: -"No te has integrado jamás a las ceremonias. Has despreciado a los dioses que guían este Consejo y la vida de nuestras gentes. Eres un extraño entre los tuyos, siempre ocupado en dar esas inútiles formas a las rocas; ni siquiera tienes a una mujer que te reconforte en las horas de desaliento".
-"¿Crees acaso que todos tienen horas de desaliento?", le respondí. Y guardó silencio. Luego agregué, a toda voz para que se oyera bien: "No sé qué sensación es aquella que nombras desaliento. Ni siquiera puedo imaginar qué es".
Tlal y Acab no pueden soportar que yo no sufra... con Alina es otra cosa. Para ella y las mujeres es absolutamente incomprensible el que no forme una familia. Exista o no un misterio en la hembra, lo hay en el macho. El misterio del macho está en que la hembra lo admita y pueda amarlo... si encontrara una mujer de mi misma especie, que hiciera su propia voluntad, sin justificación alguna... Alina dijo: -"Las tres mujeres que se te han dado, luego han apelado llorosas que no les prestas atención. ¿Qué tienen esas malditas piedras que te han apartado de cumplir como se espera de ti?" Así dijo la gran madre, y decidió: "¡Debes formar una familia para acabar con tus días siempre vacíos!"
-"Suma Alina -me defendí-, mis días vacíos miden el tiempo, mi vida está colmada por este quehacer que me llena. No preciso depender de alguien, cohabitar con ella. De acuerdo a lo indicado, lo intenté. ¿Para qué lo hice? ¿Sólo para recordar ahora en público algo que no les concierne? Sin embargo, acepto, ¿quién soy yo para guardar secretos a ustedes? En el mismo instante en que traje conmigo a cada una de ellas, supe que no funcionaría, que nunca compartir mi vida con ellas sería más excitación que la que obtengo en mi trabajo. ¿Cómo olvidar la presencia de alguien que vive con uno de sol a sol?. ¿Si yo me olvido de mí mismo?. No sería justo para ella. Si traigo a una de tus mujeres a vivir junto a mí para olvidar que vive conmigo, ¿para qué la traigo? ¿Cómo explicarte que sólo quiero acomodar mi vida ahora para la reflexión, la concepción y la creación?"
-"¡Que nos de hijos como todos los hombres!" gritaron algunas. He replicado que estas rocas son mi hijo. Y han dicho: "¡Está loco!". Repetí: "Estas rocas son mi hijo, les he dado mi vida. Y no daré a otro hijo lo que he dado a este que tengo".
Acab, con la venia de Tlal, comentó: "Concedemos que un hombre de tu categoría pueda vivir sin una mujer. Pero que no tenga hijo nos parece muy grave. Además, los hombres se quejan de que cuando debemos trasladarnos a vivir del mar por las aguas que caen del cielo, tu solo te dedicas a pescar tu propio sustento y a observar las aguas, simulando algo, al igual que haces aquí, porque se te ha visto gran parte del día solo mirando las plantas y el curso del río, sin hacer nada más, excepto volver a tus rocas sin sentido. No pareces uno de los nuestros".
Estoy de acuerdo en que debemos ser cada vez más, o terminarán por esclavizarnos los del otro lado de la cordillera o los que vienen del mar. Pero es que en este mundo en que vivimos no podría tener un hijo que fuese tal como yo lo quiero. Ahora me convenzo de que llegaría a él este obligatorio vínculo de hacer lo que se espera de uno; se haría picador de piedra para hacer las armas o constructor de altares, guerrero o sacerdote. Y lo despreciaría. No lo podría soportar sojuzgado y lo odiaría con feroz odio. Quién sabe si lo mataría. No puedo arriesgarme. Tal vez una madre puede dividir su amor entre muchos hijos. Pero yo no soy una madre. Tal vez un padre puede jactarse de fortalecer a todos sus hijos sin debilitarse. Pero yo no puedo. Ello haría desviar parte de mi fuerza y perdería la concentración que necesito. ¿Podría reprochármelo? Me convertiría en un desdichado cuando he sido siempre feliz. Una familia, ¿podría sentirse feliz guiada por un desdichado? No ¡nunca!
-"Es preciso que no me obliguen a ser como ustedes -supliqué-. No tengo nada en contra de ustedes; es sólo una incapacidad mía. Es preciso que lo por venir continúe abierto para mí. ¿Debo alegar que lo humano es simple y matizado?. También hay cosas más allá de la familia, la guerra y los dioses. Si me obligan a abandonar lo que hago, mi vida adquiriría la proporción de una catástrofe".
No es sorprendente que mi exposición les parezca singular. Uno es singular. No es jactarse, al contrario; en lo personal siempre he intentado suavizar las diferencias que nos separan, de no exaltar lo que me distingue de ellos. Solo yo mismo se todo el esfuerzo que debo hacer para imaginar los sentimientos de Tlal y Acab, que en manera alguna experimento. Los niños suelen venir, temerosos, a curiosear mientras trabajo; algunos se atreven a acercarse y preguntar por qué dispongo así las piedras: les explico como puedo que sólo quiero medir el tiempo que pasa y les anuncié que hoy se los probaría; algunos de ellos me rodean, los más tímidos no se acercan, pero los veo observándome desde la distancia. Yo me siento más cerca de cualquiera de estos niños que de todo el Consejo.
Nunca sufrí con mi singularidad, hasta ahora, en que la padezco. Estas rocas me han desterrado, pero en vano sería intentar hacer otra cosa que no fuera moldearlas para mi fin: mi cabeza se ha escapado lejos. Sin embargo, debo sobreponerme. He cometido el insensato riesgo de crear un ser, y este ser -así lo entiendo- ya está hecho. Me entretengo con su compañía, aún cuando para comprobarlo no hay experiencia bastante, aparentemente, no lo sé... es verdad que hasta ahora no me detuve a pensar en los riesgos que corría. Solo hice. Pero no debo jugar con lo aparente: si no convenzo al Consejo quedaré a disposición de ellos.
¿Por qué se me exige justificar lo que no tiene explicación? ¿Es que la cantidad de tiempo que uno vive no importa nada? ¿En otras partes alguien pensará lo que yo pienso? Podría irme, es cierto, pero si vivir entre bárbaros es una pesadilla, peor es servir de esclavo en otras tierras. Lo importante ahora es no hostigarlos. Si los asedio se crisparán, y entonces... debo convencer al Consejo, o mejor, debo convencer a Tlal, Acab y Alina, que dominan al Consejo.
Tengo que combatir contra la estupidez del Consejo dando una prueba irrefutable, o estoy perdido. Para mí es el comienzo del tiempo; para ellos son unas rocas dispuestas caprichosamente. Esta es la única forma de ganarles por sorpresa, mostrarles una cualidad del ser que he creado, dar una prueba de sus habilidades, igual como Acab hace de sus guerreros, Tlal de su casta sacerdotal y Alina de sus mujeres. Si todo ocurre como creo que ha de ocurrir, no tendrán dudas de que mi quehacer tiene sentido.
-"Pondrá orden en nuestros asuntos -digo con toda mi voz-. Vamos a saber en qué momento es mejor tirar las redes cuando vamos al mar, o subir a las montañas cuando no está la nieve infranqueable, podremos organizar nuestro trabajo en un orden mejor. Sabremos cuando vendrán las lluvias y madurarán las raíces, la llegada y huida del gran ojo brillante del día, su paso por el aire, su mayor intensidad y la mínima. Podremos acabar señalando los tiempos propicios, y los de desgracia para prevenirlos. Ahora os digo: Aquí-comienza-el-tiempo..." frase esta última que me salió un poco afectada, pero de muy adentro, y me escucho seguir: "...en fin, servirá cualquier juego de rocas, cortadas y ubicada en la misma forma en que he puesto las mías. Consultadas en el mismo instante marcarán siempre, pero siempre lo mismo. En estas piedras sólo he copiada la armonía de la naturaleza..."
En los ojos de Alina, la gran madre, veo suspicacia de que mi rutina de dar forma a cada roca es una rutina aparente. Dos de sus mujeres discuten cuchicheando... una de ellas es Tegualda, la bella hija de Acab, quien parece entender lo que digo... ella misma dirige al grupo de hombres y mujeres que tallan nuestras palabras en la piedra, algo que no es tan diferente de mi trabajo: al igual que en mi trazado circular, ellos utilizan un grupo de signos que ubicados de manera distinta en la talla pétrea significan las palabras que hablamos... Tegualda tiene la misma fortaleza de su padre, aunque además es inteligente... sus ojos son dos brasas que parecen como las estrellas... ahora sé que sus ojos los he visto en mis sueños... en cambio, en los ojos de Acab y Tlal veo la dificultad de mi empresa, los hombres me observan ladinamente, en el fondo creen que soy un inútil... si no sucede como he previsto, dirán que tienen razón ellos y me obligarán a unirme a sus afanes, que no tienen el menor interés para mi. He dedicado a mi trabajo lo que llevo viviendo, y le dedicaré gustoso lo que me queda de existencia... si me dejan. ¿Lo entenderán como lo entiendo? Tlal y Acab pueden destruir lo que hasta ahora he logrado, y solo yo se a que precio lo he librado de mi mismo...
"Porque la luz proyectada en la sombra a su paso entre las rocas marca cada cambio de la naturaleza, cada nuevo despertar del gran Sol y la llegada de la oscuridad, la ubicación del brillante ojo circular de la noche, cuando es redonda la Luna o de las formas que toma, el tiempo en que transcurre cada vez que se hace ojo lleno... observen que son 25 piedras: 24 dispuestas en la forma del gran ojo brillante del día y una gran roca central alargada que la acerca a lo alto... su forma la encontré observando un tronco caído... de pie refleja su forma en cada una de las otras de acuerdo al paso del gran Sol o la madre Luna. Cuando ninguna refleja su sombra, es justo el medio día, el instante en que el gran ojo brillante del día está más alto sobre nosotros. El día y la noche las he dividido en estas 24 piedras: cada una de ellas es una medida de tiempo que transcurre. Vean que las líneas talladas en cada una suman sesenta, y cada vez que la sombra de la roca central oscurece cada línea, transcurre una fracción menor de tiempo. Cuando la sombra oscurece toda la piedra, ha transcurrido una fracción mayor de tiempo. Cuando la sombra oscurece doce piedras, es la mitad del ciclo: comienza la influencia del cielo en el mar, en las siembras. La mitad de mis rocas mide la luz. La otra mitad, mide la oscuridad. De la gran roca central se proyecta en su sombra el tiempo que dura la vida, las intensidades del mundo..."
-"¡Y eso qué!" -gritó una voz enemiga. Respondí: -"Consultándola, podemos saber el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte de las flores, que puede sonar cursi, pero resulta que nosotros no somos menos efímeros que las flores. Nada vivo y bello es jamás permanente. Sabremos cuánto vivimos, lo que se le permite vivir a cada quien... vamos a saber exactamente cuando sembrar y prepararnos a la cosecha, el tiempo preciso cuando caigan las aguas para prevenir las inundaciones que nos obligan a vivir del mar, donde la pesca, sabemos por experiencia, es mejor en cierto tiempo, ahora lo podremos medir ese tiempo y sabremos con precisión cuándo tirar las redes..." Insistí.
¿Qué me importa a mi el Consejo? ¿Qué tengo que ver con ellos? Mi alimento lo tomo del mar o las tierras altas, hay frutas por doquier, las verduras crecen naturalmente entre mis rocas, aquí tengo todo a mano, y del frío me cubro con mis propias pieles. No necesito más. Sin embargo, si no les convenzo me expulsarán. ¿Lo podrán entender? Les he dicho todo lo que puedo explicar de mi trabajo, he hablado con pasión, sin dejar un instante la seriedad, sinceramente. ¿Entenderá tal maravilla el Consejo, todo el pueblo, si ni siquiera yo aun se que pasará, si ni siquiera yo mismo se qué he inventado, si solo ahora también voy a saber si funciona este hijo mío con precisión? ¿Cómo explicarles esta torpe explosión de mi interior?
-"Mirad todos donde está el gran ojo del día que brilla sobre vuestras cabezas -digo con autoridad-. Ahora mirad donde está la sombra en mis piedras. En el momento en que la sombra llegue aquí, donde he marcado, ocurrirá lo que he anunciado..."
Y ante todos, como afirmé, cuando la sombra llegó a la línea marcada, comenzó a oscurecerse el gran Sol, y vino la noche al medio día. Y como había calculado, volvió nuevamente la luz junto con la sombra del gran ojo de la noche que cruza escapando de la piedra número doce. No me equivoqué. Sucedió el hecho tal cual hace diez, veinte, treinta años, justo hoy día. La Luna cruza entre nosotros y el Sol... eso es todo.
Todos se han puesto muy serios. Son unos niños. Tlal y Acab tienen gestos que solo he visto en los niños: ahora mismo dejan arrastrar sus manos por mis rocas, como si la forma que he tallado en ellas pudieran, por sí solas, explicarles lo que aún yo mismo no entiendo.
Estoy de cierto feliz. Todo ha venido en mi ayuda. Además del eclipse, ha ocurrido otro fenómeno que no esperaba. Yo también me asusté pero hice como si nada. El Consejo, las mujeres, los hombres, todo el pueblo ha visto a Tlal y Acab como se han impresionado cuando pareció encolerizarse el cielo y apareció un relámpago casual. Vino el gran ruido, ancho y largo que rebotó en mis rocas como si las bautizara el cielo, un ruido como sería el del mar si se quebrara en dos. Lo divertido es que los niños ni se inmutaron, para ellos todo es parte de lo que prometí enseñarles; se rieron entre ellos al ver asustados a Tlal, los sacerdotes, Acab y sus guerreros, quienes se han quedado murmurando sin que nadie más los escuche. Acaso piensan que si supieran cuando ha de repetirse el hecho, podrían utilizar lo que saben para impresionar a los extraños de las tierras más allá de las montañas o a los que vienen del mar... quizás si hasta se les ocurra ir a las islas y aparecer ante las gentes en el momento preciso...
Ahora se han retirado todos a deliberar. Solo los niños juegan a alrededor mio. Estoy conmovido por este instante que no entiendo pero que sé, sin embargo, mío; es algo profundo y callado lo que siento. Observo al grupo y veo a Alina: su mirada ha cambiado y es de franca aprobación. Parecen las mujeres tan silenciosas como nunca antes. Solo se escucha entre ellas la voz de Tegualda la hija de Acab que responde con seguridad lo que preguntan algunos, se ve segura, y oh dioses, me ha mirado con esos sus ojos, ¿cómo no me había detenido antes en ellos?... Los hombres discuten. Los ojos de Tlal y Acab pasan continuamente de la minúscula tiranía al susto. Han adoptado su aire falso: miran de costado. Los siento respirar mansedumbre conmigo y ferocidad con los otros del Consejo que tanto han hablado en mi contra. Ya se acercan... traen una sonrisa torpe en sus rostros.
-"Nos parece que la situación se presenta bastante bien para usted, la comunidad cree que merece protección..."
Hipócritas. Ya no les oigo. Podré seguir mi oficio. Cuando pase muchas veces el ojo del día por las cuentas de mis piedras, cuando pasen muchos ojos de la noche, cuando yo y los otros ya no estemos, mis rocas que miden el tiempo aún estarán. Quizás si ahora puedo pensar en eternizarme yo mismo y fundirme en esos ojos, que Tegualda la hija de Acab trae un jarro de agua fresca de la vertiente y se dirige a mi sonriendo...”
Hablaba yo anoche con gran pasión, recorriendo su cuerpo. Pero sólo cuando se vino la noche oscura sobre la noche, cuando el fuego ardiendo de los leños y la luz de la luna se apagaron de súbito anuladas por un viento fuerte y algo indescifrable que cruza, con el sólo batir de alas anunciando los cóndores que rara vez cruzan juntos tapando la luna, hacia su nido de amor, después de la impresión que produjo el hecho, al finalizar yo mi narración, sólo entonces fue que logré que me viera a los ojos la mujer cuenta cuentos de formas ondulantes que me sedujo. La vi erguirse y dirigiéndose a mí, trayendo su jarro de agua fresca, llenó su propio vaso y lo puso en mis manos vacías.
Hoy, al despertar en mi tienda en la caravana, la miré y cuando terminaba de oler su aroma que también la hace única, justo, entonces, ella abrió los ojos, y le dije: -Cuando me haya ido para siempre quiero que pongas bajo mi cabeza esta bolsita que guarda un rollito de seda en que escribí, envuelto en tu olor y el que se filtra del mar y los eucaliptos que suben a la cordillera, todos los nombres secretos que te susurraba mientras mis manos recorrían tu cuerpo esbelto y ondulante.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
31 de mayo de 2012
CAMINOS DE CHILE.
RUMBO A MENDOZA CRUZANDO LA CORDILLERA DE LOS ANDES.
Naturaleza de pura roca y minerales que bañan todo de colores, menos el verde que está ausente. No crece una sola planta, no veo esas araucarias milenarias comunes al otro lado de los Andes, que crecen hasta la misma orilla del mar de Chile. Sin embargo, el clima lo diría más cálido acá. El camino de asfalto violento rodea la montaña que subo, a mi izquierda las alturas fenomenales y a la derecha el precipicio mayor, más allá todo es vacío e inquieta.
Dicen que Dios mora en el vacío absoluto, y con esta cercanía del cielo no dudo en que también aquí vive. Pronto el esquí nos tendrá olvidados, ahora veo tierra pronta a blanquear con la nieve, que comienza a cubrir todo de blanco a medida que subimos.
Se aparecen como reliquias hileras de árboles, pinos, y una enorme explanada, pura piedra milenaria a manera de cuna en la cordillera, vemos un cementerio indígena, restos de tumbas con lápidas de colores separadas por tierra roja de arcilla reseca, no hay flores ni un ave, sin embargo las enormes plumas y aquí o allá restos de huesos, anuncian que el sitio es refugio de cóndores.
Con profundo respeto, nos detenemos en el sitio, cruzamos carcomidas señales con alambres de púas mohosos, lápidas quebradas, cruces tiradas... no hay fechas, época o circunstancias, puro misterio. Sólo el silbido del viento rompe el silencio espectral.
Seguimos camino a lo alto, en la distancia abajo, un minuto, ahora puedo divisar los verdes campos mendocinos, de pura parra y uvas, que parecen tan cercanos. He vuelto a perderlos, y ya no los recupero. El camino bien señalizado nos lleva a la hostería de Potrerillo, que tiene todo preparado para el jolgorio nevado.
Caminando por la tierra nevada doy gracias a Dios por este instante de pura paz en la cordillera.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes.
VECINOS DE SANTIAGO DE CHILE
(Fragmento)
La primera vez que fui a buscar a Don Tano, en el camino me envolvió una tormenta horrible: la tierra se oscureció, cayeron truenos y me detuvo un relámpago que volvió azul la luz del día en medio de un estruendo que retumbó en toda la cordillera a mi alrededor. Unos niños en bicicleta que se dirigían a su escuela me animaron a salir del auto, quienes me indicaron el camino que debía seguir subiendo la cordillera, eso hizo que me encontrara a Don Tano estacionando su fuerte camioneta en cierto lugar del camino. Me detuve a la vera junto a él y no me preguntó hacia donde me dirigía, solo le dije que lo buscaba. Me recibió amablemente en su casa. De pelo completamente blanco y barba cuidada, su mirada es penetrante. Cuando ríe a la menor provocación toda su persona irradia una sensación de paz e inocencia contagiosa. Parece estar completamente en paz consigo mismo y provoca su cercanía una sensación de confianza. Vive en una casa de ladrillos rojos, en una pequeña loma sobre unas rocas salientes de la cordillera desde cuya ubicación tiene una vista bellísima de Santiago brotando de las rocas como una manta iluminada. Es su esposa una mujer cordial ya entrada en años, atractiva en su madurez que solo delata incontables arrugas finísimas que le nacen de los ojos en dirección lateral. Las mismas arrugas que Don Tano muestra. En Santiago, los oficios entre las gentes antiguas están condicionados a sus linajes. Entre esos linajes está el de los Trabajadores del Tiempo, que se dedican al manejo de las condiciones atmosféricas, con el fin de evitar que tormentas, granizadas o heladas destruyan los sembradíos de las comunidades que protegen o hasta lleguen a destruir la ciudad. Don Tano es uno de los mayores del linaje de Trabajadores del Tiempo. Para él, la realidad se divide en dos grandes secciones: la del mundo visible y la del mundo invisible. El mundo visible es la realidad de los objetos, de los cuerpos y de las condiciones físicas y materiales. El mundo invisible, en cambio, es la realidad de los seres que viven en el aire, que abarca lo desconocido. Según él, cualquiera puede entrar en contacto con los Trabajadores del Tiempo si es escogido para ello. La manifestación de la elección consiste en la caída de un rayo en el cuerpo del candidato y la supervivencia del mismo. Así, Don Tano fue herido por un rayo hace mucho tiempo; un rayo puede acabar lo mismo a mortales e inmortales porque es enviado de Dios, una experiencia terrible tras la cual Don Tano se convirtió en manejador del tiempo atmosférico, lo que convierte a su linaje también en curanderos pues es sabido que las enfermedades se pueden curar mejor en ciertas épocas que en otras. Como tal, él se dedica a ayudar a los miembros de la comunidad que así le solicitan. Es guía de un grupo de discípulos que lo visitan. Una vez al año, el 5 de mayo, Don Tano, junto con los miembros mayores de su linaje y sus discípulos, realizan una ceremonia en la cueva del Cerro del Plomo, donde piden poder para enfrentar las tormentas y las granizadas y otras calamidades atmosféricas con éxito. Su vida cotidiana transcurre como campesino de la zona central chilena, dedicado al cuidado de su campito, su huerto, de sus animales y de su hogar. Con varios hijos, afirma que su labor está equilibrada sin roces con su vida como marido, padre y abuelo. La primera vez en su hogar, Don Tano me invitó a pasar a un cuarto ubicado fuera de la casa: el lugar central lo ocupa una mesa redonda al centro con un tiesto de vidrio relleno de agua cristalina, otro tiesto de cristal semejante vacío y unos vasos muy limpios semi tapados con un pañuelo blanco. En el centro de la mesa, en una palmatoria amplia de barro, su veladora encendida de noches, para mantener la conexión entre el mundo visible y el oculto. Me invitó a ocupar una silla, él siempre para oxigenarla trasvasija agua del jarro lleno al jarro vacío dos o tres veces antes de servir un vaso de agua y servirse otro para él mismo, mientras preguntaba por mi origen y lugar de residencia, y sonriendo abiertamente me cuestionó: “¿Qué se te ofrece?” Me sentí obligado a explicar mis intenciones. Le platiqué de mi trabajo y mi convicción acerca del tiempo único e irrepetible, de que siendo él un manejador del tiempo atmosférico, y siendo todo uno, quizás acercarme a su conocimiento me permitiría aprender a manejar mejor mi propio tiempo. Al final, bajando la voz, le dije: -En verdad ando en búsqueda de conocimiento, y creo que el uso del tiempo de nuestra vida es una puerta de acceso, y siendo usted gente que conoce...
-El riesgo es alto cuando se quiere conocer -respondió, cambiando abruptamente el tono suave de su voz a uno recio y marcado-. La gente del tiempo, de quienes yo aprendo cada día, porque nadie nace sabiendo, es muy dura pues donde están no existen caminos.
-Creo oírlo mal: ¿usted habla de gente del tiempo y menciona un lugar en el cual habitan?
-Yo sé de qué hablo, amigo. Yo viví con ellos tres años y no es fácil.
-¿Tres años? -pregunté admirado, y halagado de ser nombrado “amigo”.
-Sí pues -me respondió sonriendo de nuevo, adquiriendo una expresión de seriedad mezclada con cierta ironía-. Estuve tres años con ellos y me enseñaron lo que es el tiempo; aprendí que todas las cosas nos son ajenas: sólo el tiempo es nuestro. Aprendí que el tiempo no puede detenerse, que no son prudentes los retornos, y que sólo los soñadores creen en posibles atajos. Supe que nunca nadie tendrá bastante con su tiempo. ¿Estás de acuerdo?
-Por supuesto -dije decidido-. El tiempo patea mi puerta con botas puestas. Cada día es un golpe terrible, cada hora es un golpe, cada minuto es un golpe... cada día, cada hora, cada minuto somos menos eternos -dije dramático, y continué-... con menos amaneceres para ver, menos primaveras que gozar, menos bocas que besar, menos instantes para creer... quiero aprender a privilegiar para pasar mi tiempo.
-No te preocupes que el tiempo pasa solo, aunque no hagas nada. Aquí no se trata de “pasar” el tiempo, sólo de utilizarlo adecuadamente, que si uno lo piensa bien, es el único empleo de la vida. Por supuesto que hay formas de vencer al tiempo: por ejemplo, las obras de arte y las obras sociales sirven para perdurar más allá del tiempo. Aunque para mortales e inmortales existe un tiempo marcado que no se necesita vencer porque siempre él termina por matar a unos y otros: a todos el tiempo se nos va al final en un instante. Lo único miserable de esta vida no es la falta de comida, o la falta de habitación o de vestuario: la única desgracia humana es el tiempo limitado que vivimos. Es cierto que algunos pueden vivir unos cientos de años más que otros, pero nunca se sabe el destino de cada cuál. Por eso te decía que nadie tiene bastante con su tiempo, y estuvimos de acuerdo. Ahora te digo: es esencial un pacto con el tiempo de nuestra vida, porque, te repito, es lo único que tenemos, todo lo otro nos es ajeno. En ti veo entusiasmo y fe en la existencia de algo que no sabes, eso es todo lo que necesitas. Ahora quiero saber cuáles son tus intenciones personales para adentrarte en el conocimiento del tiempo.
-Usted se dedica a informar los momentos propicios atmosféricos para las siembras, hace llover y sacia la sed. Yo también quiero ser útil en la medida en que comparto con otros lo que voy aprendiendo. Eso nada más es mi intención: aprender para decir a quien quiera escuchar. Y en este caso particular de mi interés por el tiempo, hay un desafío particular porque, según sé, es un camino que se debe seguir solo, sin un alma al lado.
-Dices bien. Veo que no hay nada malo en lo que hablas. Debes saber de inmediato que el tiempo sólo lo puedes explorar en espíritu, pero no en cuerpo. El tiempo puede detenerse, acelerarse o retardarse, pero nadie puede viajar con su cuerpo en él. Lo más cercano para saber lo que fue y será son los oráculos, como el de Cartagena. También aquí cerca existe una laguna entre las rocas cercanas que contiene en sus aguas señales de acontecimientos futuros: dependiendo de la coloración del agua y de su nivel, se puede saber cuando es posible de consultar, pero esta laguna está vedada a cualquiera, sin embargo te mostraré algo.
Pidió que lo siguiera, salimos de la habitación y tras caminar un trecho en subida a los Andes, nos encontramos en una pequeña explanada rodeada por campos de labranza a orillas del río Maipo. Me indicó detenernos junto a un árbol milenario dañado y quemado por un rayo estando él ahí mismo, prueba de cuando fue él aceptado como trabajador en el oficio de controlar las tormentas y granizos, el viento y las lluvias. Allí mismo comenzó a escribir con su dedo índice palabras en mi frente: “Aquí en tu frente escritas mis palabras nunca se pueden perder o ser olvidadas... Creo que puedo hacer algo por ti. Convocaré a las gentes del tiempo y les diré que quieres saber de ellos”. En ese preciso instante el cielo se oscureció y como un soplo, se apareció el relámpago rompiendo la oscuridad. De inmediato el cielo se aclaró. Dijo él: -Quien tiene el poder de romper la oscuridad se llama Lufke, el relámpago, nunca le temas aunque su voz sea terrible. Es mensajero de Wenuleufu, la Vía Láctea bienhechora de la Tierra. Presiento ahora que tu viaje de regreso será placentero. Vuelve mañana a esta hora.
Llegué a la hora convenida. La esposa de Don Tano me indicó que el hombre me esperaba en el mismo lugar donde nos habíamos separado. Al saludarme me abrazó aspirando con su nariz el lado derecho de mi cabeza, primero, y luego el lado izquierdo, que es una forma de limpiar al que llega de sus intenciones, luego soplando suavemente para animar como bienvenida. Dijo de inmediato: -Todo fue bien, las gentes del tiempo dicen que no tienen problemas en enseñarte si tu quieres aprender.
Hablamos muchas horas a orillas de las aguas del Maipo, junto al árbol quemado por el rayo, recordó cuando días después del hecho mientras cuidaba sus vacas pastando más abajo entre las rocas, Don Tano vio una esfera multicolor que se le aproximaba. Por reflejo, al intentar detenerla con sus brazos extendidos hacia ella, perdió el sentido. Al recuperarse, solo, una hora después aliviado por la brisa con agua del río que en su rostro caía, fría, animándolo, supo que había sido herido por un rayo. Regresó a su casa y su esposa se sorprendió por su olor a quemado y su cabello chamuscado. A los ocho días, estando de nuevo en el campo, comenzó a ver unos seres iguales a nosotros que lo llamaban y habían salido de una cueva más arriba en la cordillera. Al día siguiente dejó de comer y empezó a perder interés en la vida cotidiana. Asustada, su esposa intentó sanarlo sin éxito, ni los hombres o mujeres de conocimiento que quisieron ayudarlo ni la medicina oficial pudieron hacer algo por él, quien poco a poco empezó a entrar en estado de coma y así se mantuvo durante tres años. El cuenta que mientras su cuerpo se mantenía inconsciente y alimentado artificialmente, su espíritu estaba despierto y recibiendo enseñanza, la cual le era otorgada por las gentes del tiempo, que eran las mismas gentes que habían salido de la cueva, a la que él, en su sueño consciente, se dirigió siguiéndoles para aprender cosas del oficio de mantener el equilibrio atmosférico del Planeta.
Durante el primero año viajó Don Tano con los Trabajadores del Tiempo a todo lo largo y ancho de la Tierra, trasladándose por los caminos interiores de nuestro planeta cóncavo, mientras le enseñaban cómo controlar las tormentas, diluir los granizos y someter al relámpago. Durante el segundo año, fue entrenado para reconocer yerbas medicinales y recibió instrucciones técnicas de su uso según las propiedades atmosféricas. Las gentes del tiempo son muy diferentes entre sí, cada uno representa un estado de conciencia, y Don Tano cultivó inmediata amistad con Ligua Waldo, que tenía la capacidad de estar en el Ser o centro de la conciencia mágica en la tierra. Ambos, a su vez, dirigidos por el Primer Trabajador del Tiempo que los guió y es el encargado de su desarrollo, indicando las funciones de trabajo de cada cual dentro de los problemas del tiempo. Ligua Waldo estaba conectado con las fuerzas mágicas de la cordillera. Dijo Don Tano:
-Yo confío más en lo que veo o mi cuerpo siente, la materia de mi trabajo son los fenómenos atmosféricos. Ligua Waldo, en cambio, vive inmerso en la materia de que están hechos los sueños: él es un adivino, un “ligua”; su oficio es adivinar en esferas de rocas, trabajo que practicaba en los sitios donde fuimos llegando en nuestro proceso de adiestramiento y nos permitía comer a ambos. Es un buen amigo que conocerás este Año Nuevo. Ligua Waldo relaciona el origen de su conocimiento con la existencia de duendes que viven en la cordillera, con los que se comunica; un día me dijo: "Los duendes me han enseñado todo lo que sé y me comunico con ellos utilizando unas esferas que ellos han depositado en lugares estratégicos, las que se pueden encontrar dependiendo de si el uso que se va a hacer de ellas es el adecuado". Contó que en una ocasión, estando en su huerta trabajando, encontró un conjunto de esferas transparentes que él sabía que pertenecían a este origen mágico. Las guardó, pero nunca se atrevió a usarlas, inclusive las regaló al río Maipo lanzándolas a sus aguas por considerar que él no estaba capacitado para utilizarlas. Después de un tiempo, también mientras trabajaba en su huerto, volvió a encontrar otra esfera transparente, en la cual, enfrentada al sol, se vio a sí mismo dentro de ella, y entonces decidió que definitivamente había sido elegido para convertirse en gente de conocimiento. A partir de ese momento aprendió a utilizar las esferas y le pidió a los duendes que le ayudaran en su labor.
En los Andes que cobijan la ciudad de Santiago, existe toda una concepción acerca de la existencia de seres que viven al interior de los montes sagrados y salen al exterior por túneles o bocas de cuevas naturales entre la roca andina, siendo algunos iguales a nosotros y los más de cabeza grande y cuerpo pequeño, habitantes de la región subterránea conocida como Anchimallén mapu, “tierra de la gente pequeña”, cuyos vecinos son descritos acusando su presencia emitiendo una radiante luminosidad como si se tratara de una centella, dejando a su paso las pequeñas esferas de piedra tan pulidas que parecen tener luz propia. Los primeros cronistas españoles los asimilaron con los duendes, describiéndolos también como un ser con la forma de un enano de sexo indeterminado, con la altura y grosor de un niño radiante de pocos meses. Debido a su característica lumínica, los chilenos antiguos también utilizan esta palabra para referirse a Kuyen, el espíritu que representa a la Luna, la esposa de Antu, el Sol, que reina en la noche cuando actúa el Anchimallén, este pequeño ser sabio y poderoso, que se comunica con gente muy especial para enseñarles ciertas artes como las curativas. Dice Don Tano: “Sea lo que fuere, afirma Ligua Waldo que los duendes se comunican con él y son quienes le ayudan en su trabajo.”
Al tercer año, el Primer Trabajador indicó a Don Tano y Ligua Waldo que deben continuar solos, habiéndose cumplido su obra entre los trabajadores guías: ambos amigos se abrazaron y, no sin poco pesar, se separaron en una bifurcación de caminos, y otra volvería a reencontrarlos años después, entre tanto, Don Tano llegó a un valle magnífico en el centro del cual se encontraba el Primer Trabajador. Este lo recibió y felicitó por haber llegado tan lejos en su desarrollo. Luego le indicó una vereda. Don Tano se enfiló por ella y llegó a tres montañas, más allá de las cuales ya no existía camino. En ese paraje, recibió su última iniciación, la cual consistió en aprender a utilizar lo que había aprendido en beneficio de la humanidad de su comarca. Y hasta la fecha Don Tano hizo lo que se le solicitó, pudiendo negarse: -¡Yo estuve a punto de negarme a volver aquí a la Tierra despierta!, como se dice, al final que estaba inconsciente entonces, y pensaba que estaba tan bien entre las gentes del tiempo que esta vida era semejante a la muerte, pero ¿qué iba a hacer? ¿cómo iba a negarme a volver si quien lo pedía era el Primer Trabajador?, y luego dijo: “Nada te debe hacer caer y con la ayuda de Dios todo se arregla”. Me convencí y desperté de nuevo conciente.
Para Don Tano, los dos niveles de realidad, la realidad visible y física que nos da nuestro cuerpo humano, y la realidad habitada por seres espirituales y por acontecimientos, sólo pueden ser detectadas si se posee la capacidad adecuada. Para él, el desarrollo humano implica la expansión de la conciencia y la capacidad de detectar estos acontecimientos que ocurren tanto en la realidad de la vida cotidiana como en el mundo del cielo. El propósito de la vida humana consistiría en acrecentar la conciencia de “ser”. El desarrollo, sería, enfilar la voluntad y concentrar la atención en el logro de una conciencia de ser, cada vez mayor. Según Don Tano, la realidad resulta de un proceso muy complicado, en el cual se produce una alineación entre dos sistemas de emanaciones de la conciencia. Para su linaje, el cuerpo físico está rodeado por una especie de cuerpo luminoso al que se llama capullo. En el interior de este capullo existen una serie de bandas de emanaciones en número elevado. Estas bandas son las llamadas bandas internas. Por fuera del capullo luminoso también existen bandas de emanaciones, que se denominan bandas externas. El proceso de creación de la realidad implica la interacción y alineación entre estas bandas de emanaciones internas y bandas de emanaciones externas. Cada vez que se alinean las bandas internas con las externas aparece una realidad. Las posibilidades de alineación entre ambas bandas es prácticamente infinita y se produce con la ayuda de un modulador, que en el linaje de Don Tano se llama "punto de brote", que actúa como una especie de imán luminoso que atrae bandas internas y externas y las alinea creando así una realidad. El desarrollo de la conciencia de ser implicaría volverse consciente de existir, en cada una de las realidades posibles, dadas por la alineación entre las bandas internas y las externas. El pináculo del desarrollo se alcanza cuando el hombre de conocimiento ha recorrido todas las posibles realidades y se ha vuelto consciente de ser en todas y cada una de ellas. En el momento en que el estudioso logra ser consciente de todas sus bandas en forma simultánea, alcanza la libertad total, que es la meta del desarrollo, según el linaje de Don Tano, gente de conocimiento de Santiago.
Afirma que además de acrecentar la conciencia de ser en todas las bandas, el crecimiento implica el logro del control total de las posiciones del punto de brote. Un hombre convencional tiene su punto de brote fijo, alineando las bandas internas y externas asociadas con la vida cotidiana. Debido a la fijeza del punto de brote, la realidad que produce la alineación de bandas permanece estática y no cambia, dando lugar a la ilusión de que la realidad de la vida cotidiana es la única realidad existente. Para el hombre de conocimiento, las realidades existen en número prácticamente infinito, y el punto de brote no se encuentra fijo en una sola posición, sino que puede moverse, por eso la vida es un cambio nunca siendo algo idéntico. La posibilidad de controlar a voluntad las posiciones del punto de brote caracteriza al hombre de conocimiento. Lo que hace que el punto de brote se mueva es el intento, y cualquiera puede aprender además a ser consciente de existir, a utilizar su intento para mover su punto de brote a voluntad.
Entonces fue que se vino de lo alto una nube negra como remolino y me di cuenta que de las cuatro direcciones venían nubes iguales, turbias y amenazantes. Don Tano dijo que aquello era muy grave y que una gran batalla se estaba dando allí en el cielo. Indicó que me ubicara a su lado derecho y me ordenó que encendiera carbón: eso hice, acomodando la madera negra dejando un hueco en su centro, “para que viva ahí el corazón del fuego”, me había enseñado él mismo. Vi a Don Tano indicar al cielo con las palmas abiertas de sus manos, girando sobre si mismo, frenando el camino de las nubes negras ya sobre nosotros que, de inmediato, detuvieron su avance arremolinado y comenzaron a ser manejadas por el hombre a su antojo, hasta hacer de todas una y convertirlas en suave lluvia que cayó en el sitio por él elegido para desintegrarlas. Mientras avivaba el carbón con una hojas de eucalipto, yo miraba todo y reía de puro gusto al ver el fenómeno.
Una vez estuve tres días en casa de Don Tano; al segundo día me llevó a conocer a uno de los hombres longevos entre los vecinos mortales, un hombre querido y respetado por la comunidad: el Tata Nacho tiene 138 años, que prueba con su inscripción de nacimiento en la Parroquia de Nuestra Señora de la Estampa, “cuando Santiago terminaba al Norte en la cuadra seis de la calle Independencia y al sur en el Mercado Franklin”. Se ve activo y con todos sus sentidos intactos; dice a Don Tano que se ha explorado a sí mismo y notaba que su cuerpo resistirá mucho tiempo más, mientras nos hace pasar a su casa cruzando el puente sobre el río Maipo camino a la Laguna Negra justo bajo la Cuna de piedras de las Aves Blancas, donde vive completamente solo. Llegamos a verlo al amanecer, en ayunas por indicación de Don Tano, y el Tata Nacho nos ofrece de inmediato su Té Blanco, que prepara con el huano que dejan caer las aves sobre su techo: la primera vez que probé la bebida me pareció dulce al paladar, pero luego de beber una taza me vino un deseo incontenible de orinar y debí salir casi sin avisar a desahogarme a orillas del río, durante mucho rato, tanto que me impresioné que podamos tener esa cantidad de agua en nuestro cuerpo; y siempre es lo mismo, luego vuelvo a entrar a la casa y todo parece diferente: Don Tano no está y me encuentro solo con Tata Nacho, quien levanta su cabeza al verme entrar, en un gesto suyo característico de atención concentrada, guarda silencio unos segundos y comienza a hablarme.
Al igual que para Don Tano, para Tata Nacho el desarrollo humano es la expansión de la capacidad de darse cuenta. Dice que a su edad, “una de las más importantes avenidas del desarrollo es la que lleva a establecer un contacto con Dios”; en otras oportunidades afirma que ha llegado a la conclusión de que lo más importante para ser humano es utilizar ese contacto directo con Dios, volcándolo con toda fe en el orden de la vida. Le pregunté su concepto de lo que llama “Dios”, y Tata Nacho dice que este concepto implica la consideración de la existencia de un ser todopoderoso y pura inteligencia que rige la evolución y determina el desarrollo de cada uno de los seres dentro de la creación. Existen personas que le hacen sentir a uno muy bien. Tata Nacho me hace sentir así desde la primera vez que le vi, cuando lo único que se me ocurrió fue decírselo. No respondió cosa alguna pero, quizás si fue algún reflejo de la luz a esa hora del día o no sé qué, el rostro de Tata Nacho cambió y se iluminó sensiblemente, su lenguaje, fisonomía y actitudes de hombre santón, muy calmado y seguro de sus palabras que al mirarnos y hablarnos uno entra en otro sistema de conocimiento, el que se imparte por tradición oral, aquel que logra traspasar algún tamiz neuronal y activar la conciencia. Mientras yo pensaba cada palabra que decía Tata Nacho, se apareció Don Tano y sin mayor preámbulo se sentó junto a nosotros y comenzaron a hablar entre ellos en un lenguaje dulcísimo que luego supe era el idioma de los primeros chilenos, y así me hablaban sin cortar entre ellos una conversación que yo no entendía. Miré a Tata Nacho y trataba de saber cómo podía haberse sostenido un cuerpo humano durante 138 años y plenamente activo, supe que alguien le había preguntado si no era también un inmortal, respondiendo que “la inmortalidad me parece lejana, estoy absolutamente harto de ser quien soy: un hombre perfectamente mortal, y orgulloso de serlo. No pretendo vivir más allá del tiempo que debo vivir.” Mi impresión era que la mente de él flotaba alrededor de su cuerpo, ocupando la choza y el terreno circundante, y que su cuerpo se sostenía como una estructura cuya desaparición en nada afectaría a esa mente. De alguna manera, tanto vivir lo había liberado del cuerpo. Tata Nacho era ya, por ello, un inmortal. Súbitamente Don Tano interrumpió mis pensamientos: "Dice Tata Nacho que nosotros no hicimos el cuerpo y que por eso debemos cuidarlo. Dice que debemos querernos cuidando el cuerpo, más allá del tiempo de cada cuál. Que preguntes lo que desees".
Oí salir de mis labios una pregunta, que me pareció precipitada como no naciendo de uno mismo, pero sentí que la voz salía desde mi conciencia cuando le dije que obviamente dentro de nosotros hay un ser que nos anima: ¿ese ser es el reflejo de Dios en cada uno de nosotros? Y respondió Tata Nacho: -Es el reflejo de Dios más nosotros mismos, porque cada individuo es estrictamente único, pero en el fondo nos parecemos mucho. Tenemos dos partes, una del bien y otra del mal. Se trata aquí de impedir que la mitad del mal se apodere de la otra, y también al contrario.
Aquel consejo que en boca de otra persona me hubiera sonado demasiado común, en la suya adquirió un significado profundo porque algo me decía que siendo él un hombre mortal como uno, con todas nuestras simplezas y naturalidades, de alguna forma la respuesta a todas las cosas estaba aquí mismo, terrenalmente, sin más allá incluso necesario aquí y ahora. Sin embargo, entendí a Tata Nacho cuando dijo: -Yo recibo mucho conocimiento del más allá en mi vida a través de los sueños, y debes tener en cuenta los tuyos. Me comunicaré contigo a través de tus sueños. Piensa bien nada más. Considera que el ser humano es bueno por naturaleza, en su esencia es puro y capaz de desarrollarse y lo que obstaculiza este crecimiento es que se rodea de vallas o bloqueos impidiendo que esa naturaleza bondadosa surja, se manifieste y actúe en la vida. Para cualquier proceso de conocimiento basta con quitar lo que obstruye, esto es, basta con limpiar abriendo el camino para que surja la naturaleza positiva que llevamos dentro. Por lo demás, lograr la inmortalidad por el tiempo que se desee está al alcance de cualquiera que sepa cómo hacerlo.
En un instante, por un impulso, me acerqué a él y le dije que quería darle un abrazo. Sonrío y poniéndose en pie me abrió sus brazos, lo abracé, y luego Tata Nacho se inclinó hacia el lado derecho de mi cabeza y con un sonido hueco succionó el aire y después repitió la misma operación del lado izquierdo. Sentí una frescura suave en mi interior que resulta de esa técnica de limpieza de los hombres de conocimiento de Santiago, para quienes el hecho más asombroso en el Universo es la experiencia consciente. Toda experiencia representa un suceso milagroso que escapa y no puede ser explicado con base en consideraciones físicas. Así, intentaré explicar las experiencias con Tata Nacho, apoyado en ciertas conversaciones que tuve con Don Tano, cuando yo mismo intenté aclarar cuánto de lo aprendido había entendido. La postulación fundamental de estos hombres de conocimiento es que la experiencia surge como resultado de tres procesos de interacción. El primero de ellos es una interacción entre elementos neuronales capaz de crear un campo energético complejo, denominado campo neuronal. La segunda interacción ocurre cuando el campo neuronal se pone en contacto con la estructura energética del espacio. La interacción entre el campo neuronal y el espacio crea un patrón de interferencia que se denomina estructura energética de la experiencia. Lo que es decir que el espacio que rodea a cualquier objeto posee información acerca del objeto en cuestión. Un observador ubicado a cualquier distancia de una roca será capaz de percibirla a simple vista, o utilizando un instrumento amplificador de la porción de espacio que su retina observa. De hecho, no existe espacio con un contenido nulo de información. Todo el espacio está repleto de información y, ubicado donde se coloque, un instrumento sensible o un observador vivo podrá detectar y decodificar la información contenida en el espacio. Sin embargo, la organización de la información contenida en cada punto del espacio no es homogénea. Probablemente la información proveniente de todo el Universo converge en puntos infinitesimales en los que puede dividirse el espacio. Estos puntos a su vez convergen en un solo punto de información, por decir así, alejado de cualquier objeto, infinitamente pequeño pero a la vez desmesurado en información, y en el centro del universo, capaz de contener, con una organización coherente, toda la experiencia de la vida sea cual sea su expresión física.
Estas gentes de conocimiento del valle de Santiago indican que si el campo neuronal no solamente se irradia en todo su hábitat sino que afecta la mente de los que entran en contacto con él, puede postularse que diferentes grados de desarrollo son correlativos con diversos niveles de sensibilidad, de tal forma que un sujeto puede vivirse a sí mismo y experimentar lo que le rodea en un nivel concreto, mientras que otro será capaz de experimentar al mundo como una matriz de pensamientos o abstracciones. Así, cada ser humano, en su pensamiento individual, está en contacto con este mundo arquetípico: en el que se encuentran situados todos los pensamientos. El pensamiento individual en este sentido estaría incentivado por este mundo cósmico único que lo asocia con el vacío de lo que existe y no vemos, en que nada existe por sí mismo porque todo es resultado de causas anteriores. Así, una roca es también vacío, en tanto que no existe en sí misma, igual que un cuerpo humano o un árbol. En la conciencia de la creación de la experiencia, el ser humano se percata de que él está creando su experiencia consciente con todos sus contenidos y que, por lo tanto, éstos dependen de su capacidad creativa, más que de sí mismos. El mismo concepto de patrón de interferencia y de estructura energética de la experiencia se basa en un proceso mediante el cual surge un contenido (la imagen de un gorrión, por ejemplo) como resultado de una interacción entre un campo neuronal y la estructura del espacio-tiempo. Cuando la conciencia de que el vacío lo puede contener todo o la creación de la experiencia acompañada de la conciencia clara del proceso mismo, se logra un estado de liberación con respecto del Universo concreto y se adquiere la conciencia de la verdadera naturaleza del ser. Esta auto realización es patrimonio de todos, vivencia común de las personas que, como Don Tano, se han dedicado además a la exploración de sí mismos.
El desarrollo del ser humano parece estar inclinado hacia el logro y la vivencia de estados de mayor unidad. La religión considera como ideal el logro de la Unidad en la cual el monoteísmo es, en realidad, la expresión más acabada de la realización de la existencia de un solo ser, del cual todos somos parte. La aparente dicotomía entre la simultánea existencia de la Individualidad y la Unidad se resuelve aceptando que ambas coexisten porque pertenecen a dos niveles de la misma Realidad. Yo soy yo y al mismo tiempo soy todo, dependiendo desde qué nivel de conciencia me percibo. Si me veo tal y como veo a los objetos, me viviré como separado e individual. Si me veo desde la perspectiva de una conciencia más expandida y unificada, mi sensación yo-céntrica se expandirá al mundo y ya no me siento separado de mi entorno. Una noche, en casa de Don Tano, le comenté el deseo de ver a Tata Nacho, y me prometió que iríamos al día siguiente, siempre y cuando él estuviese de acuerdo. Lo interrogué acerca de cómo le informaría de nuestro viaje, y me contestó que a través de una "velación", y prendiendo una vela se concentró en Tata Nacho, a quien le envió el mensaje. Según los movimientos, brillo y altura de la flama, según las chispas que surgen del pabilo Don Tano podía reconocer si el mensaje había llegado a Tata Nacho y si él lo recibía: “Dijo que nos espera a las once”, me informó.
Al llegar a la cuna de las Aves Blancas a las once como estaba previsto, el macho anciano esperaba por nosotros; mientras nos servía té blanco que tenía preparado en un fogón, nos indicó una tercera hamaca que faltaba colocar junto a las dos preparadas en que se ubicaron de inmediato a conversar en lenguaje antiguo, colgué la hamaca junto a la de ellos a no más de un metro de distancia, y al acomodarme fue como entrar en un círculo separado del mundo; al principio no pude verbalizar mis pensamientos y parecía querer entender y comentar cada una de las palabras que oía de ellos, pero mis labios se negaban a hablar. Oí con atención lo que decían y concluí que el mapudungún me era indescifrable, no entendía nada, lo que me imposibilitaba incluso para asentir o negar con un movimiento de cabeza, y aquello en un instante me aterró. Bebí de un sorbo mi té blanco, salí a orinar y cuando volví, sentí que mis pensamientos eran sostenidos por una especie de malla de optimismo. Reconocí en mi sostén a la mente de ellos, y en el contenido a la mía. Era como inter actuar sin ser distraído del propio proceso pensante, sino al contrario, sostenido por él. Mis pensamientos comenzaron a acelerarse y de pronto me perdí. Había desaparecido el sostén optimista y ya no había contenidos propios, sino una sensación de confusión, en que sin entender lo que hablaban impedido de expresarme, cuando todo mi pensamiento lo envolvió el sonido del río Maipo retumbando en su caída entre las rocas y el sonido del agua viva parecía estar ubicada en el interior de mi cerebro, retumbando inquietante; traté de no oír nada pero mi confusión sonora aumentó hasta que del fondo del ruido me oí decirle clarito a Tata Nacho que no es muy fácil escuchar o dejar de hacerlo a voluntad: “Sólo se trata de poner atención en el exterior” -me respondió.
Lo que parecían ser cientos de pájaros cantando simultáneamente llamaron mi atención. Eran los pájaros blancos más arriba de las cuatro paredes gigantescas de piedra que nos rodeaban, que parecían rematar en un techo curvo donde viven las aves, cuyo canto se convirtió en un remanso de paz en mi mente. Y me dormí. Al despertar no sé cuanto tiempo había pasado. Observé a Don Tano y Tata Nacho en sus hamacas conversando muy entretenidos, y era como si mi mente se abriera y entendí todo lo que hablaban sin preguntarme si lo hacían en lenguaje chileno antiguo o nuestro lenguaje de ahora, y todo era calma. Cada vez que cerraba los ojos mi conciencia se llenaba de pensamientos; uno tras otro, como si alguien estuviera estimulando su origen. Maravillado, me dejé ser. Tata Nacho se quejó de dolor de piernas y yo me atreví a sugerirle un masaje, que él aceptó. Me proporcioné un lavatorio y agua tibia, nada más. Empecé a trabajar lavando y masajeando sus pies mientras él decía que le daba alegría tenernos en su hogar. La piel de sus pies y piernas eran puro músculo nada de magro. Su piel parecía pertenecer a un hombre joven y no a un anciano de más de ciento treinta años. En sus pies no noté una sola várice y las líneas de sus plantas eran claras, fuertes y profundas. La línea de la vida era larga y sin desviaciones, la de la mente honda y recta, la línea de la muerte no la descubrí. Le di un masaje minucioso en sus piernas y pies, y al terminar, mientras Don Tano observaba complacido, nos servía el te blanco por indicaciones de Tata Nacho. Me sentí muy cómodo. Sentí que mi mente estaba siendo sometida a un proceso de limpieza profunda de la que surgía, cada vez con mayor claridad, un centro trascendente cuyo poder de observación me hacía sentir, con placer, los pensamientos, imágenes e ideas que nacían de un fondo antes inaccesible.
Así transcurrió ese medio día. Recostados en las hamacas, bajo su pérgola natural de plantas y rocas, ubicado al lado de ellos, conversando. Luego comimos pollo asado que llevamos preparado por la esposa de Don Tano, con pan amasado, huevos duros y papas cocidas. Tata Nacho, en un dos por tres, preparó una ensalada a la chilena tomando de su huerto los tomates, la cebolla, el cilantro. Hablaron horas animadamente, a ratos ambos con los ojos cerrados, sin que yo, por ello, en momento alguno me sintiera excluido. Hacia las cuatro de la tarde Tata Nacho se incorporó y nos preguntó si deseábamos darnos un baño. Accedimos y nos dirigió a un cenote entre las rocas donde caía agua termal de temperatura ideal. Me bañé deliciosamente y dejé que el aire cálido del atardecer secara mi cuerpo. Todo era natural: el cenote con agua termal, la roca soleada acogedora, canto de pájaros y el río calmado. Creo que ese día empecé a conocer algo del admirable ritmo de vida de estos hombres de conocimiento. No es sorprendente que trabajando lo justo para vivir, sin ambición ni envidia, con tiempo para recorrer la propia mente, el espíritu sea capaz de recibir mensajes, leer las estrellas y amar la tierra hasta el grado de permitirle a alguien vivir tantos años sin otra molestia que un débil cansancio de piernas. Le pregunté la razón de su larga vida. Y dijo Tata Nacho: -Lo más importante para que el cuerpo se mantenga sano es conservando la mente sana. Y para ello es muy buena la meditación: yo utilizo varias técnicas según mi estado de ánimo. La más frecuente es concentrado en hacer bien mi trabajo plantando mi huerto, cosechando mis yerbas justo a tiempo para secarlas al sol y bajarlas al mercado. Otras veces me concentro en la observación atenta de los fenómenos naturales cotidianos, me refiero a la observación del mundo que nos rodea, las personas, el amanecer, el anochecer, el transcurrir de los animales, de los cambios de luz, de los movimientos de mi silla mecedora al descansar en ella... nada más observando y oyendo el sonido del mundo que nos rodea atendiendo a los mínimos detalles sonoros del mismo. Otra técnica que utilizo es la observación atenta de las estrellas en la noche. Cuando deseo escojo alguna zona del firmamento estrellado y fijando mi atención en esa zona en una postura de relajación, dejo que penetre la información estelar en mi interior. A veces uno se duerme y las estrellas comienzan a actuar en nosotros entregándonos información a través del sueño. En la mañana yo suelo recolectar mis sueños y a través del contenido de los mismos también observo mis propios procesos y soy capaz de utilizar esta información para ofrecerla a alguien que acuda a mi en búsqueda de ayuda. Es algo que he aprendido con los años. Aquí casi nadie nace sabiendo. Cuando me piden soluciones grandes, parafraseando a san Cayetano, respondo que lo primero que hay que hacer para reformar la sociedad es reformarse a uno mismo, él se refería a la iglesia Católica. Yo pasé por todas las religiones, pero me quedé con Jesucristo por su carácter perdonador ante todo, me parece horrible que existan religiones castigadoras, bastante tiene uno con pagar sus propios errores aquí en la tierra. Donde también existen dichas, a veces secretas, una buena mujer, una familia, los amigos, un oficio grato. En verdad, la vida para todos, mortal e inmortal, es demasiado corta existiendo tantas cosas para hacer. Por eso, me parece horrible la idea de castigos o premios eternos por apenas unos pocos años de vida aquí en la tierra. Igual, a través de Jesucristo me siento reconciliado con todas las religiones, por su carácter perdonador.
En su práctica diaria, Tata Nacho suele sentarse inmóvil como primer acto de la mañana después de despertar, permaneciendo en esta posición durante unos minutos: “de acuerdo a mi estado de ánimo, pero suelo tomarme esos instantes permitiendo que mi ego se desvanezca poco a poco y en lugar suyo mi cuerpo se impregne de la fuerza alrededor mío; así permito que la energía del Guardián de la Cordillera que habita aquí también sustituya la mía propia bañándome en ella totalmente. También suelo utilizar movimientos giratorios de mis ojos o mi cabeza haciendo círculos en el sentido de las manecillas del reloj. Sin embargo, creo que mayormente lo que ha conservado mi cuerpo es nunca abandonar mi técnica de respiración, que es muy simple: inhalo con fruición el aire, lo mantengo en mi cuerpo lo más que puedo durar, para exhalarlo con mucha lentitud hasta vaciar mis pulmones, y así sucesivamente. Creo que todo tiene su lugar en el espacio, las cosas y las palabras; yo utilizo la oración y formo parte hace muchos años del grupo de Rezadores del valle, con quienes a través de la oración a viva voz y en silencio hacemos accesibles a nuestra conciencia otros niveles de realidad que nos fortalecen, y podemos ayudar a quienes lo necesitan” -dice él.
Este grupo de los Rezadores del valle de Santiago, está formado por gentes cuyas técnicas les fueron legadas por los antepasados en una ininterrumpida genealogía que se arrastra desde la época prehispánica, de padres a hijos y de abuelos a nietos han heredado la costumbre de comunicarse con la divinidad en voz alta; se dedican a curar enfermedades utilizando la ayuda de ciertos espíritus perdidos en el espacio: según ellos, cuando una persona muere en forma accidental o como producto de una pelea o una catástrofe natural, o es un espíritu violento que debe pagar como encarcelado y por lo mismo peligroso, pues su espíritu no abandona la tierra sino que permanece ligado a ella sin escapatoria y sin hallar un camino de desarrollo que le permita abandonar su estado hasta no realizar buenos hechos, por ser lo suyo una causa que produjo un efecto son por ellos espíritus a quienes es posible acudir; así, algunos casos de curación de enfermedades se deben a las acciones de estos espíritus errantes actuando sobre la mente y el cuerpo de las personas, quienes se lo deben solicitar, regla que utilizan los Rezadores para efectuar un trato con ellos a cambio de una petición en especial que generalmente es la salud de los enfermos, a cambio de lo cual quedará escrito en un ídolo su buena acción; levantándose santuarios donde se preservan ocultados entre las rocas de la cordillera tallados por los antepasados prehispánicos, y cada día se realizan ceremonias en la que uno de los Rezadores se comunica con estos espíritus para solicitar su ayuda. En la ofrenda se le presentan velas, tabaco y se les enciende carbón en que se queman vegetales secos aromáticos, hojas de eucalipto o resina de pino. Los espíritus pueden o no acceder al pedido del Rezador. Que lo hagan depende de si los rezos y las ofrendas que se les ofrecieron fueron de su agrado y de la sinceridad y poder personal del Rezador, quien está protegido de estos espíritus si son violentos porque encomienda siempre su trabajo al Guardián de la Cordillera, que es un ser reflejado de toda la potencia viva de la piedra andina bajo los suelos y alrededor del valle, que vela por todos los seres vivos y muertos, ese día afirmó Tata Nacho a quien dejamos lo que restaba en calidez de la tarde trabajando en su huerto entre los roqueríos en las afueras de su cabaña. Me reí de mí mismo por el miedo que me había dado cuando no entendía lo que hablaban, incapaz de descifrar su lenguaje. Hasta ahora, cuando nos juntamos, no sé si ellos conversan en mapudungún o chileno actual, pero el caso es que dialogo con ellos perfectamente.
El maestro Don Tano, en las mañanas, de pie en dirección al sol, mientras todo el espacio se llena de canto de pájaros y olor impregnado a lavandas del jardín, él observa el amanecer muy quieto, instantes en que también realiza sus ejercicios de respiración diarios. En los tres días que he convivido a lo más en su casa, de día casi no lo he visto descansar y es difícil llevar su ritmo. Al atardecer la noche también la espera meditando en su sillón cómodo, inmóvil, mientras su mente se recorre a sí misma. Sin embargo, ese estado no es de pasividad, da regalos invisibles. Yo siento siempre que su hogar es mi hogar y, a través de los años, me hizo sin dudas mejor con su lucidez y presencia amistosa, sin andar pronunciando palabras cálidas, sólo en su actuación. Siempre cuando me despido de Don Tano, nos abrazamos, me besa la mejilla izquierda inhalando con fuerza el aire, y luego la mejilla derecha de igual forma, y señala hacia arriba, sin decir palabra luego de soplar con aliento cálido mis orejas. Desde la primera vez que lo visité me recomendó que no me desviara de mi camino, y, en cierta forma, siempre me acompaña desde entonces en forma de un sostén sutil y mental de mis contenidos de pensamiento, que me acercan a una unificación interna y coherente con mis semejantes. Una semana después de regresar a mi hogar en la playa, cuando le comencé a frecuentar, soñé que me anunciaba que debía ir a verlo: por la mañana recibí una llamada telefónica suya diciendo que iríamos a ver a Doña Quela, esta mujer de conocimiento muy poderosa que usa cristales de cuarzo en su trabajo de predicción, y que en la noches consulta a las estrellas porque sabe todo de los cuerpos en lo alto, siendo la escritura en los cielos su fuente preferida de conocimiento como muchas gentes del valle. Nos esperaba a la hora del crepúsculo de la tarde. Doña Quela y Don Tano empezaron a platicar animados, me dediqué a observarlos. De vez en cuando, sin embargo, ella me hablaba directamente repitiendo a manera de rezo: “tú no cambies tu camino, que siempre vence el bien y al final, Dios que salva el metal salva la escoria”, frase que no sabía si tomar como un consejo o cierta ofensa. Ese atardecer quedé solo con ella al entrar Don Tano hacia el huerto interior. Le pregunté acerca de su técnica de ver las estrellas. Me quedó observando unos instantes en silencio y luego dijo: “-Esta es la mejor hora para descifrar la escritura de los cielos, cuando recién aparece en las pizarras de lo alto; el estudio de la ubicación de las estrellas y los fenómenos del cielo es una ciencia, y su misión es la de toda ciencia: catalogar el mundo para volverlo a Dios en orden. Observa el cielo en silencio, eso es todo.” Y así yo estaba extasiado observando las estrellas cercanas de los Andes cuando desvió mi atención en el cielo una serie de truenos pero muy lejanos. Pasaron varios minutos en los cuales comencé poco a poco a intranquilizarme y me levanté de la hamaca en la cual estaba tendido boca arriba. Le dije que era indudable que hay una escritura en las estrellas, y le pedí que me indicara cómo la leía ella, pero no bien terminé de preguntar, fui interrumpido con energía por Doña Quela, quien levantando su voz me ordenó: -¡Pídele a Dios que te explique, te dije que guardaras silencio, únicamente habla con Dios!
Y volviendo con premura a mi hamaca me puse a observar las estrellas en silencio con toda atención durante no sé cuánto tiempo que sólo fue interrumpido por Don Tano al volver de la huerta interior con un manojo de plantas medicinales de recolección nocturna. Escuché hablarme a Doña Quela: “Tú piensa que el cielo sobre Santiago está ubicado exactamente bajo el centro de la Galaxia en espiral nuestra, en ese centro exacto hay un ojo negro: ¡busca ese ojo y obsérvalo!”, me ordenó. Don Tano nos observaba desde su silla mientras yo, boca arriba observando el cielo me sentía fresco, bañado por la maravilla nocturnal de Santiago reflejada en los hielos andinos: me concentré en el ojo negro del cielo y los pensamientos aparecieron en mi conciencia, claros, precisos.
Había llovido buena parte del día y todo parecía haber renacido. La tierra oliendo a mojado y los grillos y pájaros nocturnos cantando a todo volumen. Don Tano cubierto con su poncho de lana y yo bien abrochada mi parca. Mi mente en paz y en silencio. En un estado de total placidez arrullado por la fuerza de la cordillera. Me sentía, lo juro, en estado de gracia. Doña Quela me parecía vital, cálida y madura: se había puesto de pie y disponía en un fogón al costado sobre cuya parrilla reposaba una tetera y una olla con leche: cuando me ofreció un mate de leche con malicia, me atreví a cambiar mi posición ordenada y hablarle. Le dije que era un aprendiz, que realizaba un trabajo acerca de algunos vecinos de conocimiento de Santiago, y le dije que había oído hablar entre los maestros que los inmortales solo bebían agua de los manantiales, al tiempo que saboreaba el aguardiente en la leche. Respondió mi comentario con una sonrisa, al mismo tiempo que decía: “Nunca debes creer en los maestros, ¡no seas supersticioso!” Don Tano rió de buena gana. Me sorprende el ambiente que se respira en su casa, con un patio amplio que semeja estar al aire libre, pero se encuentra protegido por paredes de roca circulares que lo hacen un observatorio astronómico natural; la entrada a la casa misma tiene un corredor protegido todo pintado de verde por la hiedra fina que lo cubre, con una mesa de piedra tallada que entra por la ventana desde la cordillera, en que reposa siempre una bandeja de frutas y un jarro transparente de agua y vasos dispuestos. En el hogar de Doña Quela, que es psiquiatra titulada en la Universidad de Chile, todo está en su lugar, limpio, ordenado. A la edad de 10 años la picó una araña de rincón, al dolor punzante e interno del momento de la mordedura en el vientre, este comenzó a hincharse y a tomar un color rojo violento, tuvo vómitos, dolor de cabeza, escalofríos, sudor intenso y fiebre hasta perder el conocimiento. No pudo desactivar el veneno su propia abuela que era sabia en yerbas medicinales y trajeron un doctor, pero éste tampoco le encontró ni oyó el pulso, diagnosticándola muerta. Pasaron varias horas durante las cuales la familia empezó a preparar el velorio, su madre, inconsolable, la abrazaba llorando y cuando esto se repitió varias veces, la niña abrió los ojos, devolvió el abrazo a su madre y le dijo que no se preocupara, que ella estaba bien. Unos días después, subieron a la cordillera a recolectar Boldo con su abuela. Esta última montaba un caballo viejo mientras la niña la seguía caminando. Notaron que el caballo movía sus orejas previendo algún peligro. De pronto, oyeron un sonido como de aletazo feroz, seguido por una respiración intensa. La abuela se afirmó en su silla. Entonces fue que se apareció junto a ellas emprendiendo su vuelo el cóndor majestuoso blandiendo sus alas gigantes con las que rozó a la niña, que valientemente, se mantuvo en pie y luego subió muy rápido también al caballo que guió al trote hasta su casa. Después, empezó a sentirse muy mal. Sus manos se torcieron y sus emociones se alteraron un día con su noche. La abuela determinó que había estado nuevamente en un "trance de muerte" y que si con la picadura de la araña de rincón había adquirido el don de la curación de las mentes enfermas, con el roce del ala del cóndor había adquirido el poder de leer las estrellas, dones que debía utilizar sin temor, que estaba inoculada contra los males que se ven y los que no se ven, porque en ambos reinos podría transcurrir con libertad; en unos pocos meses murió la anciana, y pocos días después su madre, que nunca recuperó la voz después que ella nació, y se devolvió trágicamente por el río al resbalar en la orilla y ser tragada por las aguas que sólo la devolvieron muerta a la orilla del mar. Padre nunca se le conoció, así nada más se dice que Doña Quela se las arregló sola en la vida para mantener su hogar, trabajando para pagar sus estudios y mantener el respeto de las gentes del valle, que afirman sin lugar a dudas su relación directa con las cosas que no se saben y sólo hablan buenas cosas de ella, aún antes que se supiera que el Disipador de las Dificultades la había integrado entre sus ayudantes por su sola voluntad, no por sus obras, por gracia. El caso es que desde entonces se hizo estudiosa de las estrellas, desde jovencita puede quitar dolencias y curar enfermedades psíquicas y resolver los problemas que los pacientes le plantean en su consulta médica; ella utiliza medios poco tradicionales si considera que lo amerita la curación, casi nunca su receta incluye terapia química, aunque la usa si cree necesario, más utiliza la medicina que ella misma sabe que existe en la planta tradicional, conocimiento que comparte con las gentes del valle. Su primer manejo de diagnóstico, Doña Quela lo hace utilizando su percepción directa, usando como un instrumento su propia impresión de la energía que el paciente trasmite en su aflicción. Tiene la facultad de curar colocando sus manos en diversas partes del cuerpo; confirma siempre su diagnóstico consultando el iris del ojo del paciente y cuando ve necesidad de limpiar el magnetismo humano y sanar males internos utiliza rocas con minerales que caen del cielo y sus yerbas medicinales, que cultiva en su bien construido invernadero a un lado de la casa. Para ella, el estudio del iris del ojo o la imposición de manos para diagnosticar, los metales y las yerbas medicinales o la medicina oficial para sanar, las considera en su trabajo como eventuales y secundarias en comparación con su intuición al estar frente al paciente. Ella considera su oficio como caritativo. A quien la necesita ella ayuda, también fuera de sus horas diarias de trabajo en un Hospital del sistema de salud público chileno, donde siempre está dispuesta y también la encuentra en su casa quien la busca. Cree fervientemente en el poder de la fe, que tal cual escudo insinúa como inicio de cualquier tratamiento de curación. Suele decir: -Toda sanación del cuerpo y del alma se inicia con la actitud del corazón.
Nos invitó a su casa un día 20 de marzo, y la encontramos preparando vino medicinal dentro de unas cubetas de vidrio, ayudada por una discípula que probaba la infusión y hacía comentarios de su sabor. Doña Quela me saludó y dijo que estaba terminando de fabricar este vino que era excelente para restaurar vitalidad y que se preparaba hirviendo un conjunto de plantas como la hierbabuena, salvia real y boldo, mezcladas con vino tinto, azúcar negra y néctar de uva-pasa, todo hervido el tercer viernes de marzo de cada año, cuando las medicinas preparadas son más poderosas por estar las plantas enriquecidas con la luz del sol que absorbieron durante el verano austral. Debo decir que desde el primer día que la conocí, cada vez que hablo con ella tengo la impresión de estar frente a una mente poderosa que lee la mía como si fuera un libro abierto. No sé si a otros que la conocen les ocurre, pero Doña Quela se muestra siempre capaz de describirme los rasgos que para mí son los mas importantes de mis emociones: ella sabe perfectamente bien como es mi personalidad, y seguramente la de quien se le acerca. En las ocasiones cuando me dirijo a visitarla, en el auto voy pensando las preguntas que le voy a hacer en cuanto la vea, y ella, al verme entrar a su casa, me da un beso en ambas mejillas con una cálida caricia con su mano derecha palmoteando mi cabeza, para comenzar casi de inmediato a contestar estas preguntas sin que yo tenga la necesidad de decirle nada. Siempre al conversarle tengo la misma sensación de que las preguntas que surgen en mi mente ella las responde antes de hablarle.
(c) WVF
16 de mayo de 2012
DE INMORTALES
GENTES DE CHILE
(Fragmento de Novela Inconclusa)
Hoy al mediodía, según habíamos acordado, subimos a la cordillera por la ruta 78 hasta el sendero más arriba de la Cascada de las Ánimas para almorzar con Don Tano, uno de nuestros muy venerados hombres de conocimiento. Manejando sin apuro, se logra cruzar en menos de tres horas el corazón del valle donde brota esta ciudad magnífica en que nací. Como suelo hacer, de ofrenda llevando sus preferidos erizos negros de lengua gruesa y dorada, así como lisas azules y blancas, y también ahora unos sabrosos Mahimahi que vienen desde la Isla de Pascua, de carne sabrosa apta para cualquier preparación, que los pescadores trajeron este amanecer desafiando a las aguas bravas que ayer reinaban frente a mi casa en la playa, a orillas de los mares del Sur, donde se cruzan el Meridiano 33 y el Paralelo 71. Vivo en la aldea de pescadores de la Caleta de San Pedro de Cartagena, a orillas en línea recta al mar de Santiago: en estas aguas hay corrientes que llevan al mar oculto una de cuyas bocas está entre el continente y la Polinesia chilena; son mares de un azul eléctrico ahora cuando termina el invierno; son aguas bravas casi todo el año y luego de las tempestades se arrastran como un manto que se extiende más allá del horizonte, hacia la fuente del océano que se pierde en la salida sur a la Antártica chilena, cruzando la conexión al reino interior con el mundo exterior al sur de mis pies y el norte sobre mi cabeza. Al oeste está la tierra de los Hiperbóreos, limitada en su perímetro por el río océano donde los peligros de navegación por los restos del continente hundido están señalados con verdaderas columnas de diamante que brotan de los hielos antárticos mirando al sur, a la entrada al oculto reino interior, entre el Cabo de Hornos y la Tierra de O’Higgins. Al este subiendo en la distancia están los montes sagrados andinos, cuya fuerza reposa en el silencio. Llegué a mi hogar en Cartagena después de navegar desde Acapulco cruzando en calma casi todo el océano Pacífico, hasta que entrando a las aguas enfilando a Valparaíso fue cuando todo se volvió tinieblas, nos envolvió un mar sumamente agitado, y una corriente desbocada nos arrastró varias horas; temiendo zozobrar vimos una isla que flotaba como elevada por la bruma, que se transformaba en tal espesa niebla que parecía brotar sobre un infranqueable muro de metal y piedra escarpada y desnuda. Era como un monte oscuro por la distancia y me pareció tan alto como no había visto nunca otro alguno. Un ruido sordo pegaba contra los arrecifes y la alta resaca dejaba oír sus lapidarios gruñidos contra nosotros. El barco parecía hundirse tan bajo a ratos, que subía a penas sobre el nivel del mar. En un instante, como si arrancara de la tierra que veíamos, un torbellino sacudió la nave por la proa, la hizo girar con tal brusquedad que se levantó la popa en alto, mientras la proa se hundía y el mar se cerraba sobre nosotros. Anclamos en esta caleta de aguas bravas, sin embargo con accesibles acantilados en forma de herradura y abrigada del viento. Luego de realizar en el inmediato bosque de eucaliptos los ritos y las oraciones en honor de los muertos como el capitán iba indicando, vimos aparecer una multitud de sombras entre sutiles reflejos de los que fueron en vida ancianos, mujeres y hombres, jóvenes y niños que nos abrían paso en silencio y con cierta actitud cálida, hasta que cruzamos a la zona de luz que marcaba la entrada a la Caleta de San Pedro. En las puertas ocultas entre los roqueríos, en una inscripción en la piedra, tallamos: "Quien ha llegado aquí, puede llegar a cualquier lugar que exista o no exista”. Aquí en Cartagena hice mi hogar que levanté en una roca alta de los acantilados.
Una vez que anclamos, y rescatamos el barco casi intacto, tampoco supimos la dirección que nos trajo; aún cuando tuvimos un deseo manifiesto de explicarnos las rutas de navegación, no supimos decir qué tipo de energía hizo moverse al barco por sí mismo, como un animal vivo entre las rocas, indicándonos solo el rumbo que seguía en un sistema de coordenadas radiales que, después supimos, tenía como centro de referencia el Oráculo de Cartagena. Este Oráculo, ahora sé, cuando lo fuimos conociendo, es en apariencia nada más una roca circular perfectamente pulida por el mar, pero obra de mano humana, al centro de la cual alguien construyó un altar pétreo y está la estatua de San Pedro, patrono de los pescadores; semeja otro artificio, pero existen fotos antiguas en que se ve que existió a partir de allí un muelle de pura piedra que entraba en las aguas hacia un ojo marino, que visto desde lo alto en los acantilados refleja en el mar que lo rodea todas las cosas como sucedieron, como están sucediendo y como han de ocurrir. Cuando descubrimos tal hecho irrazonable, guardando silencio intentando convencernos de que no sucede nada, sin embargo delatados por el ceño preocupado ante nuestra impresión de mirarnos como fuimos, como somos y como seremos; el capitán restó importancia al hecho magnífico, diciendo: -Concentrándose en un punto, para cualquier persona es fácil ver lo que fue, es, y será, no es algo singular: sólo requiere concentración. Sólo es que aquí no requiere de nada, porque las aguas son naturalmente oraculares. Eso es todo. Muy poco más debemos saber que hemos llegado a un lugar seguro.
-Pero, físicamente ¿donde en realidad estamos? -dije.
-Estamos en un sitio que es todos los sitios a la vez y ninguno. Poco tiempo después de la caída del país Antártico, cuando los habitantes del Mundo interior lo absorbieron entre las aguas detenidas en los hielos más colosales del sur, varios pueblos se esparcieron por estos mares.
Dijo que algunos huyeron a las islas Polinesias que veo desde mi hogar, ellos son los constructores de los moais cuya alma preserva el pueblo Rapa Nui. Otro grupo se quedó a nuestras espaldas, en el valle más fértil cobijado por los montes sagrados, ahí levantaron su lugar capital justo donde los españoles nombraron Santiago de la Nueva Extremadura. De los que escaparon con vida cuando cayó la segunda luna y quebró los continentes, simplemente fueron arrastrados en sus cóncavas naves del mar a estas playas que inician el principio sur del fin del planeta, quizás esperando volver a sus sitios de origen, pero quedaron atrapados del lugar que los había salvado. Arribaron de muchos lugares; algunos vinieron del país de los Cardófagos, que se alimentan principalmente del fruto de cierto cardo, cuyas semillas trajeron, esparcieron aquí sus sembradíos, y quien lo prueba se olvida de su patria. Otros lograron llegar hasta aquí cruzando el triste país de los Muertos, en los confines del océano de profunda corriente, donde el sol resplandeciente jamás ilumina con sus rayos: debieron cruzar la zona del sueño y rodear la cueva desde la cual se puede descender al Reino del Mar. Los que logran, cuando más, cruzar sin novedad luego zozobran con sus naves intactas en estas aguas bravas del sur, lo sucedido con nosotros. Aunque algunos, como los que pudieron tallar y pulir el Oráculo de Cartagena en un tiempo olvidado, son naturalmente empujados hacia acá por el Hacedor de Caminos: “Nada más se sabe” -dijo acabando mis requerimientos, muy serio, el capitán, quien, reparado su barco en pocos meses volvió al mar, vayan en recuerdo de su enorme estatura estas líneas.
Conversando con gente de la zona, he oído decir que sus mayores vinieron en el tiempo del hundimiento de las aguas, que corresponde al tiempo anterior a la época del bronce, metal que creaban de la aleación del estaño, del cobre y otros minerales comunes en este lugar como el plomo y la plata. El estaño lo tomaban fácilmente los antiguos y con él fabricaban espejos, recipientes pequeños destinados a contener perfumes o medicamentos y también para soldar y afirmar sus construcciones. Para conseguir cobre simplemente lo excavaban de los caminos que cruzan todos los Andes chilenos, que vemos en la distancia si miramos de espaldas al mar. El oro no era importante porque sus mayores tenían también la receta para hacerlo, pero al ver la codicia por este metal que demostraron los invasores europeos del siglo XVI, la receta fue tan oculta que terminó por perderse. Aún hoy, en recuerdo de los antiguos que poblaron esta zona se cultivan rarísimas especies como la canela, el sándalo y la mirra, que se aprecian más que el oro. Aquí, en estas aguas bravas vive la maravillosa borrachilla, el pez dorado iluminador de la mente que se alimenta del peyote del mar que arrancan del fondo de las aguas.
En esta época suele dejarse caer la tarde con un gran viento, súbito como el ancla cae en las aguas profundas. El mar ondula su vientre por encima de los botes y remolcadores, y anda como queriéndose engullir la Caleta de los pescadores de San Pedro. Muy luego el cielo se quiebra en rayos y truenos. Los barcos en la distancia de las aguas se estremecen con sus sirenas al aire. Los lanchones buscan protección hacía la raya del horizonte, perdiéndose entre nubes tempestuosas que los funden en la oscuridad del mar. Gaviotas y alcatraces gritan desde los acantilados. Las lobas marinas lanzan al viento su canto largo como si estuvieran pariendo. Con la entrada de la noche, que se viene temprano, súbitamente se deja caer el aguacero, y los caminos de Cartagena, que desembocan todos en el mar, se transforman en peligrosos ríos. Sábanas de lluvia se desprenden del cielo cubriendo el pavimento y las veredas: si parece que las aguas andaban queriendo salirse del mar. Ayer, tanto duró el aguacero que el corazón se apropió de todos. Nos fuimos los que estábamos a la terraza frente a la aldea de los pescadores a orillas de los acantilados.
-Los cauces arrastrarán sus casas tan frágiles. No resistirán -dijo alguien.
-¡Resistirán! -afirmó enérgico el otro Waldemar, mi asistente, mis ojos. Y todos estuvimos de acuerdo, aunque nuestro corazón estaba sobrecogido. Sentí cómo la naturaleza desatada sacudía persistente los techos y barría las calles de todo. Sentí como quien esperaba un milagro o un hecho distinto les despertara del sueño malo con viento en el mar. El temporal ya era un gigante, brutal. Llegó alguien asustado, diciendo que la bajada blanca a la Caleta era como un canal desbocado abriéndose en todos sentidos. En el mar, los botes que no alcanzaron a sacarse, como caballos espantados, aparecían y desaparecían entre las olas, algunos queriéndose estrellar sin compasión en las rocas que crecen de las aguas. En un instante la proa del bote con piso transparente se hundió en las aguas para siempre, no pudo soltarse mar afuera y afrontó su destino. Los mares del sur estaban furiosos y temimos en un momento que brotara el gran tentáculo de que hablan, la gran lengua del mar que absorbe poblados enteros. Cartagena se ahogaba por los cuatro costados. En sus cerros y a orillas de los acantilados, en todos los patios los árboles milenarios y los nuevos barrían el planeta con sus melenas desatadas.
Un rayo partía en dos nuestro pequeño mundo cuando algunas mujeres con niños en brazos y los pescadores que estaban en tierra abandonaron sus casas, a punto de desprender el viento de sus cimientos y precipitarlas al mar, bien podía desencadenarse una tragedia, y buscaron refugio en el corredor techado de la Junta de Vecinos y otros en el gimnasio del Club Deportivo, las construcciones más seguras donde se dispuso todo y las hileras de niños, mujeres y hombres fueron cruzando las calles de agua hacia el refugio ocasional, con sus cosas más imprescindibles, silenciosos, cumpliendo un rito de antiguo conocido, envueltos en una tristeza larga, apuntando sus ojos implorantes al mar sordo iracundo elevado por el viento. Y todos los que estábamos más protegidos recibimos amigos, y llegaron los Pakarati, que ni siquiera en su Isla de Pascua están acostumbrados a que les entren las aguas bravas por los cuatro costados, y trajeron sus guitarras y animamos la tragedia con un poco de música. Los niños a salvo del viento y del agua, y los más pequeños dormitando acurrucados en el regazo de sus madres jóvenes, iluminadas con sus ojos de lapislázuli enmarcados en la tez fina y con el cabello en desorden bajando a sus hombros. Los mayores en voz alta nos guiaron en un Padrenuestro por los pescadores a quienes el temporal les salió al encuentro en su faena del día.
Luego nos embargaron las santas cuestiones que vienen acá abajo con los temporales, que camas secas y un ulpo para los niños, el pan amasado, que el carbón no se moje, el mate con malicia que corre. Que fuimos y vinimos. El viento prosiguió toda la noche y al amanecer su concierto silbante y los árboles, deshojados y transparentes como fantasmas, parecen elevados al cielo. Las araucarias y eucaliptos, sin embargo, apenas son despojados de unas hojas. También las cercas de pino capean bien el temporal. Con las primeras luces de hoy día las aguas bravas se compadecieron de sus hijos, y alguien hizo notar que un arcoiris de paz se quedó dormido sobre las algas. Las mujeres miraron a sus hijos como una sola alma y se abrazaron, luego volvieron a sus casas y ninguna estaba destruida. El otro Waldemar fue que advirtió en la distancia de plata cuando junto al sol poco a poco se fue apareciendo algo semejante a un collar de hielos, eran los pescadores, salvos todos, con sus lanchones cóncavos intactos del mal tiempo, casi al ras del agua por el peso de la pesca abundante. Llegaron los botes cargados de peces, todos ayudando como cada uno podía, arrebatando las embarcaciones en vilo de las aguas para ser recibidos los valientes con aplausos. Hoy las gaviotas y los alcatraces se lanzaban en picada y sacaban del mar sus peces que parecen danzar en el aire, aún vivos, para luego engullirlos de un bocado. Los lobos marinos y sus familias amanecieron alborotados comiendo la pesca submarina que se vino abundante. Cuando entramos antes del mediodía por la ruta 78 del Sol que lleva hasta la misma cordillera nos envolvió un aroma a sándalo que brotaba del aire, y dedujimos que lo traía al valle las brisas que llegan desde las islas de Juan Fernández, donde más crece libre esta planta de flores róseas y madera amarilla olorosa. Cruzando por esta ruta desde el mar hasta la casa de Don Tano hace posible apreciar la magnificencia que ha alcanzado Santiago: puro edificio de buena y diversa factura subiendo la cordillera, con inapreciables paisajes de fondo. Del maestro Don Tano de Santiago, se dicen muchas cosas pero la verdad solo él mismo la sabe. Nadie niega que es un inmortal. De sus orígenes se han inventado fábulas dignas de mencionarse: según unos vino del sur antártico y aprendió su sabiduría del mismo Rey del Mundo interior, que vive en el fondo de los hielos desde hace siglos. Según otros, nunca ha salido de Santiago porque brotó del corazón de la gran cordillera de Los Andes, del mismo lugar donde salieron los primeros que vivieron en Chile hace más de 10000 años. Una vez oí a alguien preguntar a Don Tano cuál de estas dos versiones era la real, y él respondió: “¡Ambas, idiota!”
Yo era joven entonces, pero recuerdo con claridad la situación; a pesar de llevarle de regalo, además de sus preciadas lisas y erizos un soberbio congrio colorado, recién pescado, mi primera impresión al llegar esa lejana mañana a su morada fue el ser inoportuno, al abrir él mismo la puerta y hacerme entrar cuando vi que estaban en su casa tres hombres desconocidos y una mujer, Doña Quela, de quien había oído hablar: de inmediato me ofreció un sorbo del agua que ella bebía en su vaso que volvió a llenar de un cántaro de greda negra, desapareciendo mi temor de importunar. Luego me integré de inmediato. Pero el temor me envolvió nuevamente al darme cuenta que estaba en presencia de gentes de conocimiento del valle, algunos de los cuales como Don Tano y Doña Quela, son tildados de inmortales. La primera hora sólo me dediqué a escuchar y a ratos tenía la sensación de no moverme simplemente porque mis músculos estaban aterrorizados. ¿Por qué se me aceptaba entre ellos? Había oído que existían inmortales sacrílegos que en sus reuniones sacrificaban a una víctima, a un simple mortal como yo, para regar con su sangre la tierra que los había reunido. Y mis músculos se paralizaban, sin embargo escuchaba atentamente cada palabra que decían y eso me fue tranquilizando. Luego me vino la impresión de que podría quedar en ridículo en cualquier instante si cometía un error, y de paso desprestigiar al maestro Don Tano quien era mi anfitrión. Necesitaba crear una estrategia para protegerme, y decidí, primero que nada, no abrir la boca si no se me preguntaba algo. Me senté en un taburete discretamente alejado del centro de la atención. Luego, cuando vi los ceniceros llenos los fui vaciando. Entre los datos que uno se va enterando con los años, de la mujer, Doña Quela, de ella se dice que es una inmortal que trabaja con el Disipador de las Dificultades y vive en Santiago desde el siglo XIII. Ha recibido el nombre de machi, maga, maestra, buena amiga, pero sólo es una inmortal que vive de su trabajo como médico siquiatra. No representa más de cuarenta años, bellísima y casi cegadora a la vista las veces que me atreví a verla a los ojos; es aconsejable caminar detrás de ella; alguna vez le había preguntado si era verdad que es una inmortal, y respondió: “¡Mejor cambiemos el temita! ¡No seas niño!”.
Supe que uno de los hombres que allí estaban era un inmortal que vive en la Polinesia chilena desde el siglo XVII y es un tallador en piedra de las formas de Dios, que puede enseñar con jeroglíficos de escritura Rapa Nui la historia del pasado del hombre. Otro es un inmortal errante, avecindado en Santiago ejerciendo como maestro de primeras letras desde el siglo XVIII, discípulo en la edad media del maestro conocido como “el más grande de los inmortales” anotado en los libros de historia como el Doctor Máximus. El último hombre, que tampoco yo conocía, era un inmortal que terminaba su voto de silencio en soledad de 100 años en las alturas de la cordillera de Los Andes en cuyas faldas está construida Santiago coronando un valle que llega al mar, que veía desde su ermita elegida en las rocas: al hablar luego de su largo silencio, lo primero que dijo fue que no se necesitaban palabras pues aquí se trata de comunicarse de corazón a corazón. Todos lo elogiaron confirmando que en su silencio habló tan verazmente como pocos hombres han hablado con palabras comunes, y estuvieron de acuerdo en que obtuvo el don de transformar a los seres con su mirada.
A la hora del almuerzo les preparé con rapidez las lisas y los erizos y sus expresiones al saborearlos borraron cualquiera aprehensión mía que pudiera aún existir: si me fueran a sacrificar, pensé, perfectamente podía yo antes haber envenenado su comida; así es: confíe en ellos como ellos me habían señalado su confianza al comer de mi mano con gran gusto. Las lisas las asé entre capas de sal del mar. A los erizos verdes espinudos de lengua oro viejo les agregué vino a gusto, y el soberbio congrio colorado que medía mas de un brazo, lo abrí con una cuchilla de ancha hoja, rellenándolo con manzanilla fresca que tomé del huerto de la casa. Al abrirlo se destajó como la piedra al golpe del agua. El carbón de álamo encendido bajo el fondo de la greda con ajo machacado en salmuera, asentó su sabor y lo llevé a la boca de los inmortales, ayudado en el servicio por Doña Quela quien, no sé si sería el vino que yo mismo iba probando, calzando sus sandalias de cobre con oro acordonadas, caminaba levemente elevada del suelo. Pensé en que así ni más les sirviera las lisas crujientes y los erizos, bastaría para que mi mano les sacie y les impida la pena este día. Pronto estaban cantando y riendo mientras comían, y yo servía y les aplaudía, mirándolos a ratos desde el alféizar de la puerta, haciéndoles reír con un chiste o todos moviéndose al toque de mis palmas, incentivados por el vino que sazonó mi congrio, que ellos probaron con deleite cuando solo suelen beber agua pura de los manantiales que bajan de las montañas sagradas chilenas. Luego, con algo de ceremonia recibiendo los elogios por la preparación del alimento, me quedé instalado en la mesa grande donde también había sido invitado a comer entre ellos, sin más. El inmortal que terminaba su voto de silencio, entre tanto, hablaba con vehemencia, y le hicieron bromas al respecto, las que tomaba de muy buen ánimo y seguía hablando como si nada, contó que en su soledad de la gruta había escrito un documento acerca de entrar en la tierra, vivir en ella y dejarla.
Dijo: -Desde mi experiencia he visto al hombre como una gota de agua del mar; me refiero tanto a su individualidad presente como gota, como a todas sus individualidades pasadas como gotas y olas sucesivas de mar que al fin no es otra cosa que una gota más otra gota; así veo al hombre como el vínculo que une todas las humanidades que fueron y que son. Y así como he admirado desde mi silencio en la altura donde me encontraba la grandiosidad del mar a lo lejos más allá de Santiago, he podido ver algo de la grandeza de la gota, en su posible función como una parte consciente del mar. Como personas para conocer la relación entre la gota y el mar tenemos que dejar de pensar en lo que creemos que son los intereses de la gota sin conocerlos. Y también olvidar lo que creemos que somos, como todo hombre cuya mortalidad física no es más que una pequeña parte de su realidad. En mi silencio la relación con el mar solo estaba suspendida y no interrumpida. Mucha gente venía a verme en mi ermita esperando que yo hablara o dijera algo, y al ver mi silencio infranqueable decían: “¡Oh, éste es en verdad un hombre sabio”, y se quedaban a servirme un tiempo hasta que su propia vida los llevaba por otro camino que no era el mío porque la búsqueda siempre es individual. Supe que muchos hombres practican virtudes o se asocian con gente sabia (que a veces se puede confundir con gente silenciosa) creyendo que de este modo alcanzarán la sabiduría. Se engañan. El error está al suponer absurdamente que la sola conexión con algo valioso transmitirá una ventaja correspondiente, pero es necesario mucho más, porque un asno que usa una biblioteca como establo no aprende a leer ni a escribir, y el hilo no deja de ser hilo por pasar a través de las perlas que hacen el collar. El hombre mortal no sólo está en contacto con el bien, sino con alguna de sus formas: es capaz de transmitir su función y de mejorarla. Sabe que la tierra seca no se hace fértil por la presencia de un tesoro, porque se ha de actuar de cierta manera para reavivar la tierra, ararla, regarla, ventilarla al sol. Pero un tesoro es un tesoro y existe a pesar de la ruina que parece ser la tierra que lo cubre. Así es el hombre: un tesoro cubierto por tierra arándose, porque sea mortal o inmortal es un tesoro el solo hecho de ser hombre. Desde estas distancias, ciertas noches me he deleitado en esta ciudad que se alumbra por sí misma desde que se enciende como un panal de luciérnagas cuando el sol cae al mar. Desde mi lejanía en el amanecer andino, Santiago va naciendo entre los montes como una flor al sol. Debo decir que mucho me ha sostenido la belleza de estas alturas que rodean la ciudad, de las más frías que puedan existir, pero es en verdad un oasis que más no desea uno para vivir. Ahora buscaré un maestro vivo mortal, un estudiante en proceso de despertar, y las circunstancias adecuadas para insertarme y subsistir en la sociedad de Santiago.
Habló el inmortal errante: -Deduzcamos que nuestra cultura es distinta a la cultura usual, que sólo se adquiere por la información, las opiniones y el aprendizaje convencional. Tampoco es la nuestra una cultura religiosa, que es repetitiva, sigue reglas y disciplinas y se comporta de modo ético aceptable. De la cultura humana he entendido que es un desarrollo que cualquiera puede practicar, que percibe lo pertinente, ejercita la concentración y el silencio de la contemplación, cultiva experiencias interiores y sigue el camino de la búsqueda y la cercanía con lo vivo en general. El hombre mortal de conocimiento se debe diferenciar del intelectual, culto, instruido o similares que sólo son instrumentos. La vida enseña hasta qué grado pueden emplearse estos instrumentos y también cómo aunar la acción con el destino. Aquí, la gente suele decir que quiere ayuda cuando lo que desea es que se le preste atención. Dicen que quieren escuchar, cuando quieren ser escuchados. Su mayor esfuerzo y lo más valioso humano es que si van a alguna parte a comprar algo, primero deben ganar el dinero y tener alguna idea de lo que necesitan. En cuanto al niño, aquí y allá es como una fruta: nace cuando está maduro. En relación al lugar donde uno ha elegido vivir, debo decir que para mi es lo mismo porque he entendido que desde donde uno está, parte el universo. Desde donde uno está puede hacer algo, por ejemplo, para saciar el hambre de un semejante, ¿cómo conquistar el mundo interior con el estómago vacío? Tengo planeado tomar el primer trabajo que se me presente, al final se trata aquí de hacer bien cualquiera sea el oficio que practicamos.
Habló el inmortal tallador de piedra: -Estamos de acuerdo, la buena práctica del oficio solucionaría todos los males en el mundo. En particular, la principal herramienta es la educación, la palabra, el tallado que hace diferente a la piedra y la hace útil con su técnica, que es copiada por otros talladores y creen que esa técnica es el camino para llegar a la forma final, que no existe porque siempre la forma cambia a pesar de todo, pero, entre tanto se transmite el conocimiento. Ya que la forma pertenece al tiempo, como un manto viejo, aquellos que simplemente imitan formas viejas son incapaces de reconocer las formas del tiempo que viven. Así, cuando el camino inmortal fue predicado por vez primera en tiempos remotos, unos dijeron: “Es una herejía”, otros dijeron: “Es un secreto que no debe decirse en público”. Los primeros eran clérigos de estrecho criterio; los otros, conformistas limitados a la forma exterior humana, aunque el amor, por ejemplo, hace a todos los hombres como inmortales. Unos, otros y nosotros mismos, al fin somos todos como olas que rompen sobre las rocas del mismo mar, en diferentes formas, con igual misterio, porque al final en el vivir siempre o por un tiempo en la tierra, su propósito final está oculto para mortales e inmortales y eso nos hace, al final, iguales.
Dijo Doña Quela: -Lo que estamos haciendo por el mundo y por las personas, a menudo no es visto por el observador. Una usa sus poderes para enseñar, para curar, para hacer feliz a las personas y los otros seres vivos, de acuerdo con las mejores razones que existen para usar los poderes. Si una no demuestra milagros esto no quiere decir que no los haga. Si es rechazado el beneficio en la forma en que el hombre lo desea, no es porque no se pueda. A él se beneficia de acuerdo a sus méritos y no como una respuesta a una exigencia suya, porque el hombre tiene un deber superior: esto es lo que está realizando con sus propios medios. Muchos, aunque estén buscando una vida mejor ni siquiera tendrían vida sin los esfuerzos de los menos. Muchos hombres que han llegado a mi consulta médica creen que han recibido mi enseñanza. En realidad han estado físicamente presentes en mi consulta, mientras se les enseñaba en otra. Mi tarea junto al Disipador de las Dificultades es beneficiar a todos. La tarea de hacer que ese beneficio lo reconozcan, corresponde a otros. Mi tragedia es que, mientras estaban esperando que yo les hiciera milagros y provocara cambios comprobables humanamente, han inventado milagros que no realicé y algunos han desarrollado hacia mi una devoción que no tiene valor alguno. Y han imaginado “cambios” y “ayuda” y “lecciones” que no han ocurrido. Sin embargo los “cambios”, la “ayuda”, las “lecciones” están ahí. Ahora trabajo en ayudarles a descubrir lo que en realidad son. Mi desafío fatigoso de cada día es inducir que si continúan pensando y haciendo lo que yo dije que pensaran e hicieran, están trabajando con los materiales de ayer, que ya han sido utilizados. Igual siempre les repito que no hablen de su angustia pues El está hablando. No lo busquen pues El está buscando. El siente hasta el roce de la pata de una hormiga. Si una piedra se mueve debajo del agua, El lo sabe. Si hay un gusano naciendo debajo de la tierra, El conoce su cuerpo más diminuto que un átomo porque El ha dado al gusano su sustento. Sabe del sonido de la alabanza y de su oculta percepción por Su intervención en todas las cosas. Hacer o dejar de hacer cualquier cosa concebida es posible para El. Nada es ni necesario ni imposible para El. La prueba de Su existencia es que estamos aquí, hoy, hablando de El. Aquí en Santiago me he ido quedando como una se va quedando con los grandes amores. Sin embargo, debo decir que no me une precisamente a la ciudad el amor, sino el espanto. Debe ser por eso que la amo tanto.
A ratos, todos ellos decían a manera de letanía:
En la fugacidad de una luz está el hombre / En el amanecer del mar está el hombre / En la dura tarea ritual forzada del mago está el hombre / En el movimiento que responde a otro movimiento está el hombre / No en el libro sino en la mano que lo escribe está el hombre / En la gracia que posee lo gracioso, y no en su mente está el hombre / Entre la pregunta y la respuesta, entre ambas y no en ellas está el hombre / Entre los ágiles pasos de los caballos está el hombre / En la perla rechazada por el pescador de ostras está el hombre / En lo inexplicable del cambio aparente está el hombre / En el intercambio de la dulzura está el hombre / En la pulsación del tic-tac / En el silencio / En el reposo / En lo coherente y lo incoherente está el hombre / En el resplandor de la chispa está el hombre / En la llama saltarina del fuego / En el calor y en lo quemante está el hombre / En la relajación y la agitación está el hombre / En la armonía / En el amor / En el ser mismo / En la verdad / En lo absoluto está el hombre.
Habló Don Tano: -En lo absoluto está el hombre porque él mismo es quien trae a todas las criaturas, mortales o inmortales desde la no-existencia a la existencia, puesto que lo no-existente no tiene poder de actuar por sí mismo. Primero, vinimos al mundo inerte. De mineral evolucionamos hacia el mundo del mar y luego pasamos hacia el reino vegetal. Y así vivimos durante años hasta evolucionar al estado animal y volvernos hombres, sin memoria alguna de nuestra anterior condición, excepto por la atracción que sobre todos ejerce la primavera, la luna llena, las profundidades de la tierra y las aguas. Una y otra vez el hombre ha crecido como el pasto; pasó de un reino a otro hasta alcanzar su presente estado de razonamiento, equilibrado y robusto, olvidando las formas primarias de inteligencia subiendo más y más la escala y así también pasará más allá de su forma actual de percepción; hay otras mil formas de la mente como puertas que se abren por necesidad que así unos y otros desarrollamos órganos. Entonces, ¿por qué unos y otros han de temer desaparecer cuando se muere? Mortales e inmortales una y otra vez naceremos y aún tenemos que pasar a través de cien mundos diferentes y tendremos alas como los ángeles y nos elevaremos más allá de los ángeles. Aquello que no podemos imaginar: en eso somos iguales unos y otros.
(c)Waldemar Verdugo Fuentes
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