DE FE Y CIENCIA.
Por Waldemar Verdugo.
El sentido de la vida es algo a lo que nos enfrentamos desde que nacemos, porque sabemos el final si pensamos en la muerte. Entre tanto, cruzamos caminos. Antes del siglo XX se iluminaba el camino científico refutando a la religión con sus descubrimientos, o el camino religioso prohibiendo a la ciencia ocuparse de la Causa Primera, entonces territorio divino. Desde entonces, nuestro universo se volvió cada vez menos material, menos comparable a una máquina y más semejante a un vasto pensamiento. Hoy se dice que el universo nació de una explosión que provocó la expansión de la materia, que podemos observar en las galaxias que continúan alejándose empujadas por esa explosión original.
He conversado con el astrofísico de la NASA y profesor Nolan S. Whitaker, con treinta años de experiencia en su oficio, quien se encuentra en Chile apoyando la instalación de un observatorio astronómico en el Valle del Elqui dentro de un proyecto programado para comenzar sus operaciones en el año 2013, el Gran Telescopio Sinóptico de Medición (LSST) de 8.4 metros, que podrá examinar todo el cielo visible cada semana con su cámara fotográfica digital de 3 billones de pixeles, rastreando los misterios de la materia: estallidos de las supernovas, los asteroides potencialmente peligrosos cercanos a la Tierra tan pequeños como 100 metros o los cinturones de estrellas distantes. Sobre 30 mil gigabytes (30TB) de imágenes será generado cada noche durante la primera década de trabajo programada de exploración del cielo desde el Cerro Pachón, en pleno desierto de Atacama, donde existe total alejamiento de cualquier fuente de contaminación luminosa y de polvo, los peores enemigos de la astronomía, y las condiciones meteorológicas son insuperables lo que hace que los cielos de noche presenten una gran visibilidad la mayor parte del año, llegando normalmente en la zona a trescientas cincuenta noches ideales.
Dice el profesor S. Whitaker que su trabajo siempre le depara sorpresas y lo enfrenta a nuevos desafíos; uno que le ocupa ahora es aportar con su conocimiento para encontrar una solución y manejar los desechos espaciales, que a los astrónomos y físicos preocupa por el aumento de basura que gira alrededor de la Tierra. Narra que antes de venir a trabajar a Chile, hace unas pocas semanas, hubo una colisión entre un satélite estadounidense y un satélite militar ruso, que chocaron en el mayor accidente de este tipo en el espacio, dejando dos nubes de escombros que están siendo evaluadas, debido a los riesgos que podrían comportar sobre la Estación Espacial Internacional (ISS) y otras naves: “La colisión ocurrió a 790 kilómetros de altitud sobre el cielo de Siberia entre un satélite Iridium-33 y un satélite militar ruso Kosmos-2251, que había sido puesto en órbita en 1993, pero que no era utilizado desde 1995, según explicaron. El caso es que tenemos como resultado del choque dos nuevas nubes de desechos, compuestas de casi mil quinientos kilos de escombros. La empresa Iridium posee una flota de 66 satélites de telecomunicaciones, y hasta ahora no sufrieron accidente alguno. En la comisión que me tomó ser parte para investigar la culpa del hecho, nos referimos a Rusia, quienes nos dijeron que no era responsabilidad suya porque el satélite había sido lanzado al espacio por la antigua Unión Soviética. Cerca de 6.000 satélites han sido enviados al espacio desde que la antigua Unión Soviética lanzó el primer orbitador habitado, el Sputnik 1, en 1957. De ellos, unos 3.000 satélites siguen operativos, y los otros 3.000 son basura espacial. Por supuesto que las colisiones cósmicas entre restos de naves o basura espacial no son nuevas, pero éste es el primer accidente que involucra a dos satélites intactos, que ahora es un problema de todos. Porque, si bien la estación espacial gira a 354 kilómetros sobre la Tierra, por debajo de la órbita de colisión, siempre existe un pequeño riesgo de que la ISS ingrese en las nubes de escombros, que deben seguir expandiéndose, y podrían forzar a la Estación Espacial Internacional a emprender alguna maniobra evasiva, porque tiene la capacidad de hacer maniobras para evitar escombros si es necesario, y lo ha hecho ya en ocho ocasiones, a pesar de no estar concluida su construcción y total manejo y usos. Es preocupante la basura orbital; antes de este último accidente, había más de 300.000 objetos orbitando la Tierra de entre 1 y 10 centímetros de diámetro, y miles de millones de piezas más pequeñas, y estos mínimos escombros, a velocidades que pueden alcanzar miles de kilómetros por hora, pueden dañar o destruir una nave en que se han invertido recursos, ingenio, tiempo y cuya función se necesita, y ahora tenemos orbitando mil quinientos kilos de basura de una vez.”
En Chile, el profesor S. Whitaker suma otro desafío integrando un equipo internacional de científicos en su nuevo trabajo distante 600 kilómetros de Santiago donde se ubicará el observatorio LSST, y será vecino de otros complejos inmediatos, como el Observatorio La Silla, ubicado en el Cerro Cinchao a 2.400 metros sobre el nivel del mar, que depende de un consorcio, llamado European Southern Observatory, ESO, que agrupa a países como Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, los Países Bajos y Suecia, y posee, dentro de otros poderosos instrumentos astronómicos, un telescopio reflector de 3,6 metros de diámetro, cuenta con un radiotelescopio sub milimétrico (Sest) de 15 metros de diámetro y 14 telescopios ópticos (los 2 más grandes de espejos de 3,6 metros de diámetro); su telescopio más moderno es el New Technology Telescopy (NTT), que puede ser maniobrado, por satélite, desde Alemania, y es considerado el centro de observación astronómico más moderno en la actualidad. Unos 1000 astrónomos de distintas nacionalidades se dan cita anualmente en el Observatorio La Silla, que este año 2009 celebra cincuenta años de funcionamiento, en que para hacer posible el desarrollo regular del observatorio trabajan más de 100 ingenieros y técnicos chilenos utilizando avanzadas tecnologías en el campo de la óptica, de la electrónica y de la mecánica de alta precisión.
Otro observatorio inmediato en la zona es el de Cerro Tololo, a una altitud de 2.200 metros sobre el nivel del mar, operado por AURA (Asociación de Universidades para la Investigación en Astronomía), consorcio de universidades privadas estadounidenses. AURA se instaló en Chile en 1963, gracias a un convenio con la Universidad de Chile; posee siete cúpulas y cuenta con un complejo telescopio de un espejo de 4 metros de diámetro y otros tres telescopios auxiliares más pequeños. Fue desde uno de ellos que se consiguió fotografiar por primera vez la Small Magellanic Cloud, una galaxia enana irregular de la Vía Láctea, ubicada a 150.000 años luz de distancia de la Tierra. Entre sus telescopios destacan el reflector de 4 metros (telescopio Blanco), el mayor telescopio del hemisferio sur, inaugurado en 1976; y reflectores de 1,5 metros; 1,0 metros (telescopio Yale); 0,9 metros; 0,6 metros (telescopio Lowel); un telescopio del tipo Curtis/Schidt, y un radiotelescopio de la Universidad de Chile de 1,2 metros. El de Cerro Tololo es considerado similar técnicamente al observatorio norteamericano de Palomar, y ambos están dirigidos a estudiar especialmente las observaciones celestes de nuevas constelaciones y el paso de los satélites artificiales.
Otro vecino dependiente del Observatorio Austral Europeo (E.S.O), el centro astronómico Cerro Paranal está situado a 123 kilómetros al sur del oasis de Antofagasta, donde está instalado el Very Large Telescope (VLT) o Telescopio de Gran Apertura, también ejemplo de avance tecnológico. El VLT está formado por cuatro telescopios con espejos principales de 8,2 metros de diámetro, 17,5 centímetros de grosor y 23 toneladas de peso. Otro vecino es el observatorio del Cerro Las Campanas, ubicado al norte de La Silla, operado por la Carnegie Institution de Washington y la Universidad de Toronto, cuenta con 5 telescopios, 4 ópticos y además uno solar de la Universidad de Birmingham. Junto a otros observatorios astronómicos más pequeños que se han creado por dos razones fundamentales: satisfacer la demanda de los turistas por conocer el espacio, y no perturbar el trabajo profesional realizado por los especialistas, como el Observatorio Comunal Cerro Mamalluca, que en lengua quechua del valle significa "lugar extraño", ubicado en la misma ciudad de Vicuña, cuna de la poeta Gabriela Mistral en el Elqui, zona famosa en el planeta por su conexión con fenómenos celestes muchos de ellos inexplicables hasta ahora, que en muchos casos involucran a objetos voladores no identificados en esta “zona caliente” según la ufología. Es irresistible preguntar al respecto al profesor S. Whitaker, quien nos dice:
“Se sabe que en nuestra propia galaxia se ubican sitios donde puede haber vida. Y son miles de lugares. Hace unos días me ha llegado un informe del profesor Duncan Forgan y su equipo de la Universidad de Edimburgo, un eminente exobiólogo y sus discípulos que han estudiado la probabilidad de vida fuera de la Tierra hace varias décadas. El concluye que en nuestra propia galaxia debe existir vida inteligente entre 361 y 38.000 planetas. Han propuesto cálculos generales sobre la probabilidad de vida inteligente en el universo, a través de un proceso de estimación aproximada. Sucede que durante más de 50 años hemos estado descubriendo planetas similares al nuestro fuera de nuestro sistema solar, más de 300 existen ubicados, pero la cifra aumenta continuamente. Ellos experimentan con modelos computacionales de una galaxia muy semejante a la nuestra. Esto permite desarrollar sistemas solares basados en la información que se va conociendo y que recibimos de los satélites o descubrimos en los observatorios astronómicos viendo las galaxias vecinas. Estos datos son sometidos a numerosos escenarios. Por ejemplo, en uno se asume que es difícil que se forme vida pero es fácil que ésta evolucione. Y con esto se ha encontrado que pueden existir entre 361 civilizaciones inteligentes en nuestro alrededor. Un segundo escenario asume que se puede formar vida fácilmente pero habría muchos problemas para desarrollar inteligencia. Bajo estas condiciones se calcula que pueden existir algo menos de treinta mil formas de vida. Otro escenario analiza la posibilidad de que la vida podría pasar de un planeta a otro durante colisiones de asteroides, que es una teoría popular sobre la forma como se formó la vida en la Tierra. Y este enfoque da como resultado la existencia de entre treinta mil y treinta y ocho mil civilizaciones inteligentes. Para la ciencia, creo yo, como astrofísico, la existencia de vida extraterrestre no es el problema, porque tarde o temprano lo comprobaremos, de hecho, si hablamos estrictamente en manera científica, la vida extraterrestre se ha confirmado cuando encontramos agua en Marte, y es potencial la existencia de vida microbiana. El descubrimiento fue hecho con el radar de la sonda “Mars Reconnaissance Orbiter” (MRO), el año pasado, aún cuando los primeros indicios de agua en Marte fueron detectados hace cuatro años por los vehículos ‘‘Spirit’’ y ‘‘Opportunity’’ y confirmados después por el ‘‘Phoenix’’, también vehículo de la NASA. Nos explica que el agua de los glaciares marcianos se encuentra en latitudes bajas del planeta, lejos de los polos, y en algunos casos a solo unos tres metros de profundidad; cubren una superficie de decenas de miles de kilómetros cuadrados y se extienden desde las montañas marcianas con un espesor en algunos casos de unos 800 metros. Se parecían mucho a los enormes glaciares detectados también bajo la roca en la Antártica y para cuyo estudio se había utilizado el radar que lleva la sonda MRO. Dice él:
“En la Tierra, esas masas de hielo oculto en la Antártica preservan el registro de antiguos organismos, de vida microbiana, y la historia del pasado climático, y esperamos que lo mismo sea en Marte. En todo caso, te debo responder que la función esencial de los laboratorios astronómicos no es la de investigar vida extraterrestre, sino controlar episodios del cielo que pudieran influir en la Tierra, estudiar fenómenos celestes que nos ayuden a comprender mejor la vida aquí en nuestro planeta, donde hemos tenido que hacer muchas suposiciones sobre cómo se formó la vida y dilucidarlo es nuestro primer obstáculo. Si logramos superarlo, y establecer cuáles planetas podrían tener vida y cuáles no, podríamos sobre esa base seguir un patrón de la evolución en esos planetas y saber en qué grado de civilización se encuentran. En todo caso, cada vez más podemos cuantificar al respecto nuestra ignorancia de forma más efectiva. Igual, para un astrofísico la vida extraterrestre es algo secundario mientras no suceda algo que amerite nuestra atención al respecto. El principal problema que tenemos es que en realidad no sabemos como comenzó la vida aquí en la Tierra, y observando el nacimiento y vida de estrellas en el cielo nos debe ayudar a saber más de nosotros mismos, de aquí la importancia de este nuevo observatorio, LSST será el telescopio de mayor alcance en el mundo, con extensos desafíos en el manejo de datos. El desafío será a nuestra capacidad de convertir los datos que obtengamos al conocimiento, porque cambiará la manera en que observamos el Universo, que comenzará a ser explorado en forma continua, abriendo ventanas completamente nuevas que deberán entregar descubrimientos en múltiples áreas de la astronomía y de la física fundamental, y donde las innovaciones en el manejo de datos desempeñarán un papel central".
Los ingenieros y científicos de LSST han estado colaborando con Google en varias oportunidades, y así se hará también en Cerro Pacho con este Gran Telescopio Sinóptico de Medición. Aun cuando el Universo es muy antiguo, cada instante suceden cosas apasionantes que podremos conocer de los cielos. El LSST podrá rescatar parte de estos acontecimientos, y Google ayudará a organizar y presentar los volúmenes de datos aparentemente abrumadores que se recojan, y los pondrá a disposición de quien sea necesario, que va desde científicos reconocidos a estudiantes aficionados. Nos dice el profesor S. Whitaker que su trabajo de astrofísico, con los años ha transcurrido entre la investigación y el apoyo logístico en la instalación de observatorios astronómicos, lo que le ha obligado a “hincar el diente a todo lo necesario de saber para hacer las cosas funcionar al principio, igual que cuando uno construye su casa, en que debe funcionar perfectamente todo lo básico al comenzar. El contacto con profesionales de todas las áreas de la astronomía y la física involucrados en la construcción de un laboratorio como éste, me ha enseñado a deducir cosas que me son verdaderas. Por ejemplo, me basta medir la velocidad con la que las galaxias van alejándose unas de otras por la explosión original, para deducir que hace quince mil millones de años se encontraban concentradas en una partícula de un tamaño miles de veces inferior a una cabeza de alfiler, una partícula en la cual está contenido el universo entero, todo lo que será: galaxias, planetas, el sol y la Tierra, los mares, árboles y plantas.”
Reconoce el profesor S. Whitaker que aún si se incluyera a los seres humanos en el instante original, como hombre de ciencia puede remontarse hasta una millonésima de segundo después de la explosión creadora, pero no más. Tropieza con el famoso Muro de Planck, bautizado así en nombre del físico alemán que fue pionero en señalar que la ciencia es incapaz de explicar el comportamiento de los átomos cuando la fuerza de gravedad llega a ser extrema, siendo el límite final del conocimiento, más allá del cual debe existir otra realidad, a la cual hay quienes han accedido confesando luego que se trata de una realidad vertiginosa, una especie de alucinación metafísica que conmociona para siempre. Dice él: “Hace cuatro mil millones de años, lo que llamamos vida no existe todavía; sobre la tierra barrida por el viento y las aguas las moléculas primigenias son agitadas sin tregua por el calor del rayo, las radiaciones y el frío de las tempestades. Estas moléculas incluyen en su estructura cadenas de átomos en alternancia, más carbono, nitrógeno y oxígeno, que al unirse comienzan a formar los aminoácidos que hacen evolucionar la materia hasta engendrar sistemas bioquímicos tan complejos como el hombre y los animales conocidos, protegidos del exterior por membranas celulares. Por supuesto, hay un instante que hace la diferencia entre lo inerte y lo viviente. Como molécula, es decir en la escala de las partículas, ambos son idénticos, a pesar de manifestarse alguna diferencia un escalafón por encima de lo atómico, pero todavía reducida, cuyo salto decisivo es a nivel macromolecular, en que lo viviente parece infinitamente más estructurado, más ordenado que lo inerte. Es decir, la única diferencia entre lo inerte y lo viviente, entre lo vivo y lo muerto, es que uno es simplemente más rico en información que el otro.”
Así, la vida sería una propiedad que emerge de la materia, una necesidad que obedece a cierta fenomenal instintiva inscripción en el corazón de lo inanimado, que se hace vivo siguiendo la historia de un orden cada vez más elevado. Pero, ¿por qué la naturaleza tiende a ese orden? Pues, si hubiera existido una mínima alteración, el universo no habría dado nacimiento a seres vivos e inteligentes. Le pregunto al profesor S. Whitaker y dice que sería simple responder que “las cosas son lo que son porque no habrían podido ser de otra manera” o que “no hay sitio para un universo diferente del que nos ha engendrado” pero dice que él cree que “el Universo sabía que el hombre llegaría en su momento”. Le pregunto si él, como hombre de ciencia, cree que esta sabiduría primaria está hecha de puro azar o proviene de “alguna” voluntad, de cierta inteligencia organizada que trasciende nuestra materia, y responde:
“Una gota de agua está compuesta de moléculas, formadas por átomos que a su vez están compuestos de un núcleo todavía más pequeño y de electrones que gravitan a su alrededor, en el corazón del núcleo con nuevas partículas, como los protones y los neutrones, a su vez con partículas más pequeñas, los quarks, que representan una especie de muro dimensional, es decir, no existe ningún fragmento de materia más pequeño que estos llamados quarks, de acuerdo al mas mínimo tamaño posible de cuantificar. Reina un inmenso vacío inexplicable entre estas partículas, algo así como si tomamos una cabeza de alfiler y para descubrir otro debemos describir a su alrededor una circunferencia de cientos de kilómetros. Si unimos todas las partículas que componen a un hombre, hasta tocarse, tendríamos el tamaño de menos de una milésima de milímetro. Y es este vacío que existe en la materia quien le permite actuar. Una partícula no existe por sí misma sino por los efectos que origina, pues, sabemos que están comunicadas entre sí de una forma y no de otra, dando nacimiento a la variedad de cuerpos y figuras vivas que existen, cada ser con sus particularidades, y algunas especies como el hombre y el tigre, incluso con sus huellas digitales. La singularidad de saber que estamos formados de estas partículas virtuales, que somos una especie de abstracciones existiendo en un mundo ordinario, trabajando toda una vida para concluir que la sustancia de nuestra realidad son cifras, una abstracta red de información que nace del orden y no del caos, en este sentido, buscando ese orden de los números que calman mi mente fue que yo me hice creyente. Como científico, el mundo se determina en el último instante de la observación. Antes nada me parece real, en sentido estricto. Pero al ir más allá observando las estrellas, formadas de una materia no distinta que la de un hombre, que actúan por el campo de atracción de un vacío, concluyo cierta trascendencia, un fundamento universal que enlaza la materia, la vida y la conciencia que nos permite conversar ahora. Para la astrofísica es ahora lógico pensar en un corazón universal.”
El profesor S. Whitaker nos recuerda el famoso experimento del doctor León Foucault en 1851, cuando no se tenía la prueba experimental de que la Tierra giraba sobre sí misma, y en el Panteón de París colgó su famoso péndulo: una bala de cañón de 26 kilos, colgada de la bóveda mediante un cable de 67 metros de largo, y que tardaba dieciséis segundos para ir y volver cada vez. Adherido a la bala, en su parte inferior, había un pequeño estilete y el suelo del Panteón estaba cubierto de arena. En cada ida y vuelta el estilete dejaba una marca diferente en la arena, cada una de ellas unos dos milímetros a la izquierda de la anterior porque la Tierra giraba, mientras el péndulo permanecía fijo. Pero ¿fijo en relación con qué? La Tierra gira alrededor del Sol, que a su vez gira... ¿existe un punto de referencia inmóvil? La conclusión del experimento de Foucault concluye que la inmovilidad del péndulo está determinado por el movimiento del universo en conjunto y no solamente por los objetos celestes inmediatos a nuestro planeta. Todo lo que sucede en la Tierra está en relación con el cosmos, porque cada parte lleva dentro la totalidad de lo que existe. La escritora chilena María Luisa Bombal lo decía así: “A veces pienso que si muevo la mano de esta forma, apuntando hacia lo alto, quizás estoy dando nacimiento a una caracola en una estrella lejana”.
Todo relacionado con todo es lo que al final descubre Jorge Luis Borges en El Aleph, quien en su relato La inmortalidad, dice: "Si el tiempo es infinito, en cualquier instante estamos en el centro del tiempo. Si el Universo es infinito, el Universo es una esfera cuya circunferencia está en todas partes y el centro en ninguna. ¿Por qué no decir que este momento tiene tras de sí un pasado infinito, un ayer infinito, y por qué no pensar que este pasado pasa también por este presente? En cualquier momento estamos en el centro de una línea infinita, y en cualquier lugar del centro infinito estamos en el centro del espacio, ya que el espacio y el tiempo son infinitos". Y cita en su cuento El Simurgh y el Aguila a Plotino (Eneadas, V, 8.4.): "Todo, en el cielo inteligible; está en todas partes. Cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas y cada estrella es todas las estrellas y el sol". Debido a esta relación de todo con todo es que dentro del sentido de la vida, una sola persona que se suicide es un fracaso para toda la humanidad, y uno solo condenado a muerte es toda la humanidad condenada.
Si tomamos una fotografía y la rompemos en dos, sólo podremos ver la mitad del motivo de la fotografía. Esto no sucede si la imagen fuera holográfica, que todos hemos visto primero en las series de ficción, luego en los museos virtuales y actualmente en experimentación múltiple: si rompemos un negativo de fotografía holográfica y lo proyectamos con láser, no veremos sólo la mitad de la imagen, sino la imagen entera, incluso si la rompemos en varios pedazos cada parte contiene la totalidad de la imagen. Para algunos el holograma es una acertada interpretación científica del orden del universo: una imagen total. El profesor S. Whitaker considera que para la ciencia la religión se hizo posible a finales de la década de 1920, cuando Heisenberg expone su principio de incertidumbre, Lemaitre da a conocer su teoría sobre la expansión del universo, Einstein propone su teoría del campo unitario, y comienzan a publicar su obra pensadores como Teilhard de Chardin, que nos legó una obra que es una brecha abierta hacia nuevas concepciones filosóficas del sentido humano, o Heidegger, que en Ser y tiempo (1927), se preocupó de lo que consideraba la cuestión filosófica (y humana) esencial: ¿qué es ser? Esto le llevaba a la pregunta, ¿qué clase de ser (Sein) tienen los seres humanos? Pioneros tan desafiantes que hoy permanecen en un auténtico "coma" histórico. Ese mismo año 1927 en el congreso de Copenhague oficialmente nace la Teoría Cuántica. Asimismo, afirma que para la religión la ciencia se hizo posible el año 1969, cuando le abre las puertas de quehacer en otros planetas, a la manera de los primeros colonizadores aquí en la Tierra donde siempre un religioso era imprescindible, y este trabajo es por los siglos que vendrán hasta que duren los tiempos a partir de entonces, cuando se cortó el cordón umbilical y salimos al espacio exterior, al poner el primer pie en la Luna. Ahora, nuestras dificultades básicas para comprender el universo surgen porque no sabemos con qué compararlo, pero cada día sabemos más. Cierto es que la vida semeja un mensaje redactado en un código secreto, de origen cósmico, y la tarea del hombre es descifrar y dar sentido a ese código. Para instalar una armonía entre la fe y la ciencia, entre lo que se cree y lo que se sabe.
(Fragmento de “El Sentido de la vida”)
© Waldemar Verdugo Fuentes.
11 de abril de 2009
4 de abril de 2009
RELIGIÓN Y CIENCIA.
VIAJE AL INTERIOR DE UNO MISMO.
Por Waldemar Verdugo.
“El sentido de la vida emana de nuestro libre albedrío” -afirma el doctor Octavio Barona, para quien la relación básica del hombre con lo que le rodea es interna, no externa.
Por esto, entre más primitiva es la conciencia de la persona, más influye el medio externo sobre él, y le resta independencia. Es manipulable, y es la razón inmemorial del más fuerte que sojuzga al más débil, transformándolo a través de conductas repetidas en un bien de consumo y de servicio, sin tiempo en esta forma de encontrar sentido a su existencia. Esto desde siempre ha sido así, y desde siempre han existido algunos que han intentado romper estos patrones establecidos en la sociedad humana, rompiendo conductas dependientes al afirmar que uno es algo más que una identificación externa como base de supervivencia. Nos dice el doctor Barona:
“Entre los más antiguos, por supuesto, debemos rendir aquí tributo al sabio chino Lao-Tsze. En su Libro del Sendero leemos una filosofía estructurada en esta idea, la de que el hombre posee en su interior esta chispa del espíritu creador, la cual si es puesta en acción adecuada y construyendo puede conducir hacia límites insospechados en el sentido de vivir. Aquí y ahora. Sublimando nuestra conciencia, enseñándonos a no existir solo en función de nuestro medio externo, sino en nuestro interior en identificación plena con nuestra chispa del espíritu creador y con todo lo que existe para una adecuada expresión vital, que la vida en todos sus aspectos, tiempo tras tiempo, es únicamente un todo en la que existe cada hombre como individuo, con un estado de conciencia peculiar que expresa su singularidad. Por esto, la tarea primordial del hombre dentro de su sentido vital es espandir su conciencia, confiado en la seguridad de ser parte de algo más vasto, de ese espíritu creador que Lao-Tsze nombra Tao, ya no solo identificado con los intereses particulares de los elementos culturales de su tiempo, externos a él.”
Comprendida de esta forma, la vida no sería solo la expresión de un instinto de conservación, ni de una identificación con todo aquello que coincide con nuestro intereses primarios como la habitación, alimento, vestuario, sexualidad, sino, además debe ser una experiencia con personalidad propia y seguridad vital. Para el doctor Barona, el hombre adquiere su sentido vital “cuando en sí siente la presencia activa de cierta Voluntad Razonante, ¿puedes escribirlo en mayúsculas?” -nos dice. Para él, todo debe transcurrir dentro de una participación constante y vital, con todo aquello que nos rodea, dentro de los ámbitos de intercambio de valor por valor: “Así, participación deja de ser subordinación y manipulación, al identificarse uno con todo lo existente, en planos de sincronía. Plasmando el sentido del ser en todo y en todos a través de una forma adecuada de expresión auténtica: haciendo las cosas como si no se las hiciera, en honor al cumplimiento del oficio, nada más, expandiendo nuestro quehacer que en la vida se manifiesta como cierta presencia en todo. Pero para una adecuada expansión de nuestra conciencia es imprescindible la libertad personal, a través de acciones que reflejan nuestro libre albedrío y nos permite trascender, esforzándonos en un presente dinámico para hacer mejor las cosas a partir de uno mismo. Así, participación se vuelve relación en el tiempo en energía vital y en espíritu de experiencia existencial con todo lo circundante. Como lo expresa Lao-Tzse, los caminos del sentido de la vida son como un hombre siente, como vive y como se comporta en su participación, sintiendo y siendo lo que se siente.”
Nos dice el doctor Barona que él entiende que debemos usar la voluntad a través de nuestro libre albedrío “para equilibrar imaginación creadora con razón. Aprendiendo a hacer, no lo que quiere uno hacer, sino lo que uno necesita hacer, dictado por nuestro cerebro, a través de las influencias de la razón, que llevan a la verdad. Debemos aprender a suplir nuestros hábitos antiguos primitivos por otros superiores, cerebralizados. Debemos aprender a utilizar la energía de la vida en búsqueda de un propósito, de forma conciente y en armonía lo que deseamos y podemos realizar concientemente, en paz con el universo. Como científico, de esta forma entiendo el mundo espiritual: como una transmutación de energías que nos conducen a ver y entender, sentir y expresar la vida tal como es, y no como otros quieren que la veamos. La vida del universo es un cambio continuo, una transformación perenne, una evolución constante, y no podemos sustraernos de este ritmo vital y empezar a desintegrarnos y a morir en vida, sin hacer nada, porque siempre hay algo que hacer.”
El doctor Octavio Barona ha llevado una vida dedicada al servicio. Hizo sus estudios de medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se graduó con una tesis versada en las causas síquicas de las enfermedades terminales. Es miembro de la Legión Mexicana de Honor, fue director de la Sociedad Mexicana de Higiene Natural y Presidente de la Sociedad Mexicana de Estudios Humanísticos. Disciplinado en Física Mental y Meditación, vivió un largo tiempo en Tibet, India y China. De regreso en México, preside la Sociedad Mexicana de Estudios Psicológicos que une a su trabajo médico, la investigación y la literatura, que me permitió conocerlo en la década de 1980, cuando tuve el alto honor de escribir el prólogo de su libro “Ensayos Taoistas” (1ª Edición Editorial Horus Exoterica, México, febrero de 1985). Ahora, he sabido los resultados de estudios que comenzaba a realizar entonces, a propósito de lo cual hemos hablado largamente, rescatando, en parte, una larga conversación que tuvimos y fue publicada en el diario UnoMásUno de la Ciudad de México entre el 27 de diciembre de 1987 y el 3 de enero de 1988. Para el doctor Barona, el sentido de la vida es estarse transformando continuamente, conscientemente, en libertad, y aceptar los cambios que sea que vengan es descubrir una vida nueva. Entendiendo que ninguna realización es definitiva y que ninguna meta es la final, que todo término es a la vez un principio de renovación. Nos dice: “He terminado de investigar ciertos mecanismos moleculares que concretan la acción del principio activo común en la planta Cannabis Sativa: el THC, un potente antitumoral que activa un proceso de autodigestión celular, la autofagia, que conduce a su vez a la muerte celular programada de células malignas, como algunos tipos de cáncer. Luego de trabajar con modelos animales, lo hice con muestras obtenidas de pacientes de algunos tumores cerebrales más comunes y agresivos y con síndrome de inmunodeficiencia terminales, reforzando mi idea del uso de cannabinoides como fármaco en terapias contra tumores que afectan al cerebro, así como parte de otras terapias combinatorias para enfermedades terminales que acaban con las defensas. Los cannabinoides promueven la muerte de las células tumorales mediante la acumulación de ceramida, un lípido muy abundante en las membranas celulares, y la acción de dos proteínas: p8 y TRB3, que estimulan la apoptosis, cierto tipo de muerte celular programada de las células malas. Este proceso, que puede inducir naturalmente el cerebro cuando el paciente está en condiciones de hacerlo, lo activan los cannabinoides como medicamento, activando este proceso de reciclaje que realizan las propias células. Pienso que esta investigación aportará una nueva estrategia antitumoral, porque he concluido diferentes tipos de autofagia que podrían regularse. Esta investigación no ha sido fácil, en especial por el cultivo que hice en laboratorio de Cannabis Sativa, porque eso implicó un tiempo de explicaciones a las autoridades para que entendieran cuál era mi intención, y por qué razón el laboratorio tenía que ser el jardín de mi casa, para utilizar el proceso natural de potencia del principio activo a medida que maduraba. Por fortuna he podido acudir al centro de células que tenemos en la Universidad, sin embargo, también trabajé con muestras de algunos de mis propios pacientes, y otras las obtuve en Estados Unidos, porque es increíble aquí la falta de almacenamiento científico que tenemos hoy. Pero todo cambia y los científicos lo vemos en el laboratorio cada día. Para existir en verdad es esencial que proyectemos todas nuestras intuiciones y razonamientos, más allá de nuestro cambio actual o experiencia de vida aquí y ahora, que todo forma parte del sentido. Es decir, debemos creer en la capacidad de creación de nuestras manos y nuestra mente, creernos que podemos dar, levantando nuestra auto estima en el servicio útil, eficiente, creativo, hecho con amor, en intercambio sereno de valor por valor con todo lo que nos rodea. Yo pienso que tener un sentido es saber servir con amor para ser servido con amor. Ser al no ser, como decía Lao-Tzse.”
(Fragmento de El Sentido de la vida,
© Waldemar Verdugo Fuentes.)
Por Waldemar Verdugo.
“El sentido de la vida emana de nuestro libre albedrío” -afirma el doctor Octavio Barona, para quien la relación básica del hombre con lo que le rodea es interna, no externa.
Por esto, entre más primitiva es la conciencia de la persona, más influye el medio externo sobre él, y le resta independencia. Es manipulable, y es la razón inmemorial del más fuerte que sojuzga al más débil, transformándolo a través de conductas repetidas en un bien de consumo y de servicio, sin tiempo en esta forma de encontrar sentido a su existencia. Esto desde siempre ha sido así, y desde siempre han existido algunos que han intentado romper estos patrones establecidos en la sociedad humana, rompiendo conductas dependientes al afirmar que uno es algo más que una identificación externa como base de supervivencia. Nos dice el doctor Barona:
“Entre los más antiguos, por supuesto, debemos rendir aquí tributo al sabio chino Lao-Tsze. En su Libro del Sendero leemos una filosofía estructurada en esta idea, la de que el hombre posee en su interior esta chispa del espíritu creador, la cual si es puesta en acción adecuada y construyendo puede conducir hacia límites insospechados en el sentido de vivir. Aquí y ahora. Sublimando nuestra conciencia, enseñándonos a no existir solo en función de nuestro medio externo, sino en nuestro interior en identificación plena con nuestra chispa del espíritu creador y con todo lo que existe para una adecuada expresión vital, que la vida en todos sus aspectos, tiempo tras tiempo, es únicamente un todo en la que existe cada hombre como individuo, con un estado de conciencia peculiar que expresa su singularidad. Por esto, la tarea primordial del hombre dentro de su sentido vital es espandir su conciencia, confiado en la seguridad de ser parte de algo más vasto, de ese espíritu creador que Lao-Tsze nombra Tao, ya no solo identificado con los intereses particulares de los elementos culturales de su tiempo, externos a él.”
Comprendida de esta forma, la vida no sería solo la expresión de un instinto de conservación, ni de una identificación con todo aquello que coincide con nuestro intereses primarios como la habitación, alimento, vestuario, sexualidad, sino, además debe ser una experiencia con personalidad propia y seguridad vital. Para el doctor Barona, el hombre adquiere su sentido vital “cuando en sí siente la presencia activa de cierta Voluntad Razonante, ¿puedes escribirlo en mayúsculas?” -nos dice. Para él, todo debe transcurrir dentro de una participación constante y vital, con todo aquello que nos rodea, dentro de los ámbitos de intercambio de valor por valor: “Así, participación deja de ser subordinación y manipulación, al identificarse uno con todo lo existente, en planos de sincronía. Plasmando el sentido del ser en todo y en todos a través de una forma adecuada de expresión auténtica: haciendo las cosas como si no se las hiciera, en honor al cumplimiento del oficio, nada más, expandiendo nuestro quehacer que en la vida se manifiesta como cierta presencia en todo. Pero para una adecuada expansión de nuestra conciencia es imprescindible la libertad personal, a través de acciones que reflejan nuestro libre albedrío y nos permite trascender, esforzándonos en un presente dinámico para hacer mejor las cosas a partir de uno mismo. Así, participación se vuelve relación en el tiempo en energía vital y en espíritu de experiencia existencial con todo lo circundante. Como lo expresa Lao-Tzse, los caminos del sentido de la vida son como un hombre siente, como vive y como se comporta en su participación, sintiendo y siendo lo que se siente.”
Nos dice el doctor Barona que él entiende que debemos usar la voluntad a través de nuestro libre albedrío “para equilibrar imaginación creadora con razón. Aprendiendo a hacer, no lo que quiere uno hacer, sino lo que uno necesita hacer, dictado por nuestro cerebro, a través de las influencias de la razón, que llevan a la verdad. Debemos aprender a suplir nuestros hábitos antiguos primitivos por otros superiores, cerebralizados. Debemos aprender a utilizar la energía de la vida en búsqueda de un propósito, de forma conciente y en armonía lo que deseamos y podemos realizar concientemente, en paz con el universo. Como científico, de esta forma entiendo el mundo espiritual: como una transmutación de energías que nos conducen a ver y entender, sentir y expresar la vida tal como es, y no como otros quieren que la veamos. La vida del universo es un cambio continuo, una transformación perenne, una evolución constante, y no podemos sustraernos de este ritmo vital y empezar a desintegrarnos y a morir en vida, sin hacer nada, porque siempre hay algo que hacer.”
El doctor Octavio Barona ha llevado una vida dedicada al servicio. Hizo sus estudios de medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se graduó con una tesis versada en las causas síquicas de las enfermedades terminales. Es miembro de la Legión Mexicana de Honor, fue director de la Sociedad Mexicana de Higiene Natural y Presidente de la Sociedad Mexicana de Estudios Humanísticos. Disciplinado en Física Mental y Meditación, vivió un largo tiempo en Tibet, India y China. De regreso en México, preside la Sociedad Mexicana de Estudios Psicológicos que une a su trabajo médico, la investigación y la literatura, que me permitió conocerlo en la década de 1980, cuando tuve el alto honor de escribir el prólogo de su libro “Ensayos Taoistas” (1ª Edición Editorial Horus Exoterica, México, febrero de 1985). Ahora, he sabido los resultados de estudios que comenzaba a realizar entonces, a propósito de lo cual hemos hablado largamente, rescatando, en parte, una larga conversación que tuvimos y fue publicada en el diario UnoMásUno de la Ciudad de México entre el 27 de diciembre de 1987 y el 3 de enero de 1988. Para el doctor Barona, el sentido de la vida es estarse transformando continuamente, conscientemente, en libertad, y aceptar los cambios que sea que vengan es descubrir una vida nueva. Entendiendo que ninguna realización es definitiva y que ninguna meta es la final, que todo término es a la vez un principio de renovación. Nos dice: “He terminado de investigar ciertos mecanismos moleculares que concretan la acción del principio activo común en la planta Cannabis Sativa: el THC, un potente antitumoral que activa un proceso de autodigestión celular, la autofagia, que conduce a su vez a la muerte celular programada de células malignas, como algunos tipos de cáncer. Luego de trabajar con modelos animales, lo hice con muestras obtenidas de pacientes de algunos tumores cerebrales más comunes y agresivos y con síndrome de inmunodeficiencia terminales, reforzando mi idea del uso de cannabinoides como fármaco en terapias contra tumores que afectan al cerebro, así como parte de otras terapias combinatorias para enfermedades terminales que acaban con las defensas. Los cannabinoides promueven la muerte de las células tumorales mediante la acumulación de ceramida, un lípido muy abundante en las membranas celulares, y la acción de dos proteínas: p8 y TRB3, que estimulan la apoptosis, cierto tipo de muerte celular programada de las células malas. Este proceso, que puede inducir naturalmente el cerebro cuando el paciente está en condiciones de hacerlo, lo activan los cannabinoides como medicamento, activando este proceso de reciclaje que realizan las propias células. Pienso que esta investigación aportará una nueva estrategia antitumoral, porque he concluido diferentes tipos de autofagia que podrían regularse. Esta investigación no ha sido fácil, en especial por el cultivo que hice en laboratorio de Cannabis Sativa, porque eso implicó un tiempo de explicaciones a las autoridades para que entendieran cuál era mi intención, y por qué razón el laboratorio tenía que ser el jardín de mi casa, para utilizar el proceso natural de potencia del principio activo a medida que maduraba. Por fortuna he podido acudir al centro de células que tenemos en la Universidad, sin embargo, también trabajé con muestras de algunos de mis propios pacientes, y otras las obtuve en Estados Unidos, porque es increíble aquí la falta de almacenamiento científico que tenemos hoy. Pero todo cambia y los científicos lo vemos en el laboratorio cada día. Para existir en verdad es esencial que proyectemos todas nuestras intuiciones y razonamientos, más allá de nuestro cambio actual o experiencia de vida aquí y ahora, que todo forma parte del sentido. Es decir, debemos creer en la capacidad de creación de nuestras manos y nuestra mente, creernos que podemos dar, levantando nuestra auto estima en el servicio útil, eficiente, creativo, hecho con amor, en intercambio sereno de valor por valor con todo lo que nos rodea. Yo pienso que tener un sentido es saber servir con amor para ser servido con amor. Ser al no ser, como decía Lao-Tzse.”
(Fragmento de El Sentido de la vida,
© Waldemar Verdugo Fuentes.)
2 de marzo de 2009
EL SENTIDO DE LA VIDA.
DE LO INMANENTE Y LO TRASCENDENTE.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
EL SENTIDO DE LA VIDA.
DE LO INMANENTE Y LO TRASCENDENTE.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
Por Waldemar Verdugo.
Nuestro planeta y el cosmos avanzan hacia la muerte como todo ser vivo, que nace destinado a desaparecer tal cual un gusanito verde o como el hombre: el más alto cerebro, la más compleja e inteligente forma posible. Todo lo que alienta, se sabe, es reflejo de cierto gran latido que brota de la naturaleza y es también su consecuencia. Sabemos, entonces, el final de todo lo creado. Desentrañar el sentido de este orden, su origen resulta de lo más difícil. El sentido de la vida es la angustia principal que acecha en nuestra existencia, y, por lo mismo, de lo más complejo de entender, por lo huidizo y decisivo. Aunque hay algunos que dicen que es algo tan simple como una gota de agua. En ambos casos se dice que el desentendido de este sentido básico, carece de propósito en su vida, desvertebrando, de alguna forma, a toda la raza. Que este sentido es lo que hace de un hombre o una mujer a una persona, capaz de asumir responsabilidades y de enfrentar el riesgo de tomar decisiones.
Desde siempre se ha intentado explicar el sentido de la vida, pero sólo ha sido posible delimitar su periferia -que dura el tiempo de la existencia individual- permaneciendo en la antesala de su razón y enigma. Este sentido pareciera estar formado de cierta materia atmosférica, de una esencia sutil que, cual la niebla, escapa de nuestra mano entre los dedos. Con muchos ojos que nos impiden mirarla directamente porque, es cierto, son ojos que parecen estar en todo lado: hay tanto que ver, pero es como si se nos permitiera mirar sólo de reojo, para que entendamos nada más en parte tan cual círculo concéntrico, que nunca se estrecha para aprehenderlo. Este sentido vital es lo más difícil de indagar por tratarse aquí del mismo hombre cuestionado: es uno mismo la interrogación. Porque, a pesar de ser sabido, es bueno recordar que es uno mismo la mayor incógnita del hombre; somos la pregunta y la respuesta. Y en este espíritu inicio estas líneas al respecto: con cierta fe de que en nosotros mismos está la respuesta.
Sabemos que el vocablo “sentido” se refiera a una sensación que puede provenir del mundo exterior o del propio organismo. Por extensión lo empleamos para designar un juicio lógico de los hechos y también para aludir a un sentimiento, es decir, a la experiencias interna. Es esta última definición del término la que se utiliza al hablar de un sentido de la vida. No es, entonces, una idea o una reflexión, sino la conciencia de la existencia, similar a la que ocurre con el amor, el placer o las ráfagas de felicidad que, siendo inefables, iluminan desde dentro la opaca rutina en que pareciera transcurrir lo cotidiano. Como todo lo esencial del hombre, pertenece a esa zona semi-inconsciente de lo anímico donde se incuban y germinan nuestras emociones. A esto se refería Miguel de Unamuno cuando escribió que no basta pensar y hay que sentir nuestro destino, insinuando que el sentido de la vida resulta inasible para la mente porque sólo se le puede intuir ser-adentro.
Y es en este ser-adentro donde ciertos individuos neutralizan sus instintos de conservación y se suicidan, protagonizando estadísticas espeluznantes, cuya agudización indujo a las Naciones Unidas a crear, sólo a partir de 1970, una serie de pautas para preservar la vida de este flagelo, indicando, primeramente, a todos los gobiernos de la Tierra a crear instituciones especializadas para estudiar y remediar en parte sus consecuencias. Anotemos que sólo unos meses antes de que se iniciara la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud, alarmada por las estadísticas de suicidas en la época, en sus “Cuadernos”, ofreció por primera vez en la historia un panorama mundial del fenómeno, así como un informe de prevenciones básicas. Sin embargo, en ese primer intento formal no se incluyen datos de China, por ejemplo, pero a partir del año 2000, cuando todas las estadísticas se conocen universalmente, podemos decir que los datos no varían y hoy sabemos que el suicidio ocupa el tercer lugar entre las causas de muerte en los países industrializados. En los países que están saliendo de su fase de subdesarrollo, como los latinoamericanos, las estadísticas disminuyen sin dejar de ser alarmantes: en cada uno de los países, desde México a Chile, se suicidan unas cinco personas cada día, siendo la causa más importante de índole sentimental, en los países industrializados la principal causa es económica, y en ambos la edad crítica entre los 36 y 45 años. Entre los esquimales de Norteamérica es todavía práctica el suicidio voluntario de ancianos desvalidos, que se dejan morir de frío acurrucándose a dormir a la intemperie, lo que si pensamos un poco también se incluye en las estadísticas policiales de cualquier sitio poblado de nuestra civilización. En algunos países como en Japón los llamados “bonzos” utilizan el suicidio como forma común de protesta social, y en otras regiones el fenómeno tiene carácter ritual, como mujeres que se inmolan junto al marido difunto en India.
Se dice que al suicida lo induce su falta de sentido vital, que se traduce, en la práctica, a través de ese conjunto de deseos y motivaciones que forman el proyecto personal, el quehacer de cada individuo, aquello que nos distingue y nos diferencia de los otros como personas distintas cada cual en el fondo arquetípico de lo humano. Desde esta perspectiva podemos afirmar dos niveles del sentido vital: el primero es un plan de propósitos concretos que ordenan y articulan la silueta humana, y el segundo ciertos valores y enseñanzas adquiridas que la impulsan y de donde surge esa coincidencia con uno mismo, si se puede decir así, que en condiciones normales dará origen al gusto por la vida. La pérdida de este sentido de lo vital es siempre patológica, porque el ser humano está hecho naturalmente para vivir, y se observa en las alineaciones mentales y en enfermedades como la esquizofrenia, que quiebra el interés por vivir, o en ciertas depresiones donde la persona es envuelta por un pesimismo sin salida. En ambos casos se trata de lo que se llama locura afectiva, pues los sentimientos, aún cuando no son juicios lógicos, implican cierto raciocinio que puede ser adecuado o insensato, según el ajuste con el significado objetivo de la realidad. El sentido de la vida también brota de manera espontánea -cuando no es un proceso interior- por una experiencia excepcional, que, se sabe, a todos ocurre una o varias veces en la vida, como la reacción del duelo por un ser amado. Y también en ciertos casos de rara honestidad, cuando se asume con toda la tragedia que significa vivir para morir un día, asumiendo, como lo hizo Albert Camus, la convicción de que “el hombre es un ser absurdo”, y sin esperanzas, ya que, privado de toda trascendencia, se convierte en un “destino inútil”, donde el único acto consecuente sería el suicidio. Jorge Luis Borges se preguntaba a veces si ya no estaría muerto porque le aterraba la idea de la inmortalidad, y creía que era suficiente con tener “cierto sentido ético de la vida” y la “esperanza de morir entero”; al final de sus días decía que había dejado de pensar en suicidarse porque a su edad era sólo cuestión de esperar un poco. Calderón de la Barca, sin más, la niega como una realidad: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, donde un gran bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Otros, que no se sienten vivir en el desamparo, ni practican el existencialismo ateo, habitan en el anhelo y en la certeza de cierta proyección futura, sin cuya creencia, independiente de lo religioso, la vida del hombre sería, como lo señala Shakespeare, “sólo un cuento relatado por un idiota, lleno de palabrería y frenesí, pero sin sentido alguno”. Destacando un sentido amable, como Burke: “La vida es bella y vale la pena vivirla, sea cual fuera su final. Hay mucho que ver y que hacer todos los días. Hay vino y cosas que comer. Y escaparates que contemplar. Y amigos que esperan que nos acerquemos a ellos. Y libros que leer y música que oír.” Para Charlie Chaplin: “La vida es una cosa magnífica, es una cosa maravillosa si no se le tiene miedo.” Hay quienes ven el sentido en la actividad, el trabajo nuestro de cada día, como Gabriela Mistral, para quien “sólo Dios debe ser más importante para el hombre que su oficio.” Kant escribió: “Dormía y soñé que la vida era bella; desperté y advertí que la vida es deber.” Para Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.” El sabio Séneca afirmaba: “La vida es corta; pero a juzgar por la obra de los que han sabido trabajar bien, es larga.” Para el práctico Lawrence el oficio es necesario sólo como medio, porque “la vida interior necesita una casa confortable y una buena cocina.” Para Oscar Wilde: “Mucha gente derrocha neciamente su vida en la acumulación de las cosas y de los símbolos de las cosas. Y eso no es vivir. Porque el sentido vital es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir, sin sentido.” Otro desalentado, André Maurois escribió: “Nada tiene sentido: vivimos como en un juego del que nadie puede en un momento retirarse, llevándose las ganancias.”
Sin embargo, definitivamente el hombre no es un ser absurdo, sino trágico por la conmovedora lucidez de la conciencia de nuestros límites, por la honestidad de nuestras pasiones y por la ética de nuestros actos. Porque lo humano es un horizonte abierto hacia la novedad y, por lo mismo, un proyecto siempre inacabado de sí mismo. Por esto es que el sentido de un hombre no está en lo que ha sido, ni siquiera en lo que es, sino en lo que desea y se propone ser. No somos esclavos de nuestro pasado. Somos forjadores de nuestro porvenir: aquí radica la nobleza de nuestra libertad y señorío humano, en la capacidad de desbordar constantemente nuestra historia, personalidad y biología.
Dentro de los límites razonables, parece obvio que todo lo que hace o deja de hacer el hombre, todo lo que estima y valora, es porque supone que lo hará feliz. No puede ser de otro modo desde el momento en que la felicidad es la condición plena de nuestra normalidad, que se logra, independientemente de las condiciones exteriores, cuando la vida nos expresa su verdad profunda coincidente con la genuina y auténtica vocación, en que se expresa, justamente, la búsqueda de la felicidad, que a través del proyecto vitan individual en su sentido de experiencia conciente se refleja en lo que se ha definido como lo inmanente y lo trascendente. Lo inmanente se refiere a todo lo que se refiere al marco estricto de lo personal. Lo trascendente, en cambio, desborda el “sí mismo” hacia la realidad de los otros. Lo inmanente da a la vida un significado a lo grato, favorable y placentero. Pero el hombre necesita vivir la totalidad de su experiencia, lo que le otorga el sentido trascendente de la vida, que le da el significado para la dicha y el infortunio, en que se percibe una dimensión espiritual de la existencia, donde pueden tener sentido el dolor del cuerpo y la tristeza del espíritu individual. Quienes tienen fe religiosa poseen cierta certeza en un designio sobrenatural que, en la lógica de un propósito divino, también comprende la explicación a la enfermedad e incluso a la muerte, como el revés de la vida, con su propia existencia ajena a nuestro sentido, enmarcados sus actos en cierto temor a lo divino. Este temor de Dios es, también, el mismo que induce a ciertos pensadores a rebelarse a la vida por ser su explicación al final insoslayable.
Siempre el suicidio parece ser una cobardía para enfrentar la vida como sea que nos toque vivirla, pero nadie duda que la historia está escrita con la sangre derramada de toda la raza. Nunca suicidarse es fácil como lo ansiaba el poeta campesino de Escocia Robert Burns (“que fuera posible renunciar a la vida como quien renuncia a un empleo ingrato”). Sin embargo, muchos escogieron este camino dramático, que suma nombres históricos: Cleopatra, Temístocles, Sócrates, Zenón, Diógenes (y su descendiente Peregrino), Nerón, Marco Antonio, Diocleciano, Aníbal, Rodolfo de Habsburgo y la dulce María Vetsera, Vincent Van Gogh, Hitler, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, Anne Sexton y Sylvia Plath, Tchaykovsky, Ernest Hemigway, Alfonsina Storni, Tennessee Williams, Leopoldo Lugones, Cesare Pavese, Mariano José de Larra y José María Arguedas, Lupe Vélez, Kurt Cobein, la genial Virginia Woolf y la más alta estrella del cine: Marilyn Monroe. Existen otros suicidas llamados vocacionales: el más famoso es Eróstrato, que era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado en las afueras de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor. Secretamente aspiraba a pasar a la Historia, y el día 21 de julio del 356 a.C., fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Capturado y torturado confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre. El emperador persa Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, y ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes, pero no lo logró: de él vienen los que acabaron con la vida de John Lennon, la hermosa Sharon Tate y Versace, así como los mercenarios que acabaron las torres gemelas de Nueva York, entre muchos. En Chile el panteón de suicidas está presidido por dos presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, por escritores como Joaquín Edwards Bello, Pablo de Rokha, Magdalena Vial y Adolfo Couve, y por una artista excepcional como fue Violeta Parra.
Frente a la mayoría religiosa y aún atea que ha condenado el suicidio, destacan otros apologistas como Voltaire, quien escribió: “Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber.” Nietzsche escribió: “Hay casos en que es indecoroso seguir viviendo. Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo. Siempre consuela pensar en el suicidio: de esta manera se puede sobrellevar más de una mala noche”. Y Schopenhauer: “Nada hay en el mundo a que el hombre tenga más indiscutible derecho que a disponer de su propia vida y persona”. El genial Ludwig van Beethoven pensó muchas veces en el suicidio, y decía: “Hace mucho tiempo que me hubiese suicidado de no haber leído en alguna parte que es pecado quitarse la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción”.
En esta reflexión introductora debo referirme al sentido de la vida aquí y ahora, cuando asistimos, sin lugar a dudas, a una delicada fase de la cultura humana que es producto del desequilibrio que ha producido el extraordinario avance científico y técnico, y nuestra capacidad para manejar responsablemente los riesgos que implican el conocimiento. Un desequilibrio que es consecuencia necesaria de nuestra cultura hedonista de logros y exterioridades en que se valora el éxito, el confort, el placer y los bienes materiales como sinónimo de sentido vital: Bergson ha escrito que “la humanidad gime bajo el peso de su progreso”. Sin embargo, creo que ahora, cada vez más, cuando han comenzado a derribarse las fronteras en todos los sentidos, hoy se entiende más que el sentido vital de nuestra civilización ya no es sólo un problema estadístico social, moral o religioso sino de sobrevivencia. Porque ahora no se trata de quién tiene más o menos poderío bélico, soluciones políticas o económicas, sino de que nuestra civilización, toda entera ella comunicada sea capaz de despertar a una nueva conciencia a la altura de los tiempos. Y lo más posible es que este desarrollo tecnológico, más cerca que lejos, termine siendo otra herramienta más a la manera ancestral de los inventos humanos, con una diferencia: el acceso a la información para todos.
Cuando el hombre está informado puede decidir en consecuencia, y sin dudas, accede a cierto sentido de lo humano que hasta ahora no estaba al alcance de todos. Porque no es lo mismo oír hablar de una guerra lejana que verla en vivo y en directo por la televisión, accediendo al sentir de un pueblo devastado, enfrentando al espectador entre la posibilidad de ver el hecho con ese ideal superior del alma del que nacen las cosas o seguir en la embriaguez del que nada le importa y esa noticia sucede en un punto lejano; ahora podemos conocer y decidir entre la mera apariencia de banas idolatrías o los secretos del mago al alcance de todos. Es la nuestra una época crucial. La normal madurez humana, de acuerdo a los anales históricos, requiere de un paulatino cambio de las motivaciones y de los intereses de acuerdo con la edad. De no ser así la existencia se experimenta como una progresiva frustración y la pérdida de un sentido en la vida. Pero si nuestras aspiraciones se van modificando de acuerdo a las necesidades del paso de los años, cada nueva etapa de la vida puede ser mejor que la anterior, a manera de ofrenda del exterior al interior del ser mismo, transformada la vejez en sabiduría que prepara para entender esta oportunidad única de que se vive en un mundo en el cual, más tarde o más temprano, no participará, pero hoy se vive con dignidad, porque todo tiene su momento y su hora está escrito en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para recordar y un tiempo para olvidar. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.”
(C)Waldemar Verdugo Fuentes
Fragmento de “El sentido de la vida”.
8 de febrero de 2009
Retrato de Mendoza.
MENDOZA, los caminos del vino.
Por Waldemar Verdugo.
La ciudad de Mendoza es amigable, entretenida y culta. Hace muchos años, en la época modesta y singular de la juventud, estudié un año en la Universidad Nacional de Cuyo cuando su sede estaba en calle Las Heras, y fue un tiempo en que hice amigos y me hice mejor. Varias otras veces la crucé viajando entre Santiago y Buenos Aires. El paso entre Chile y Argentina por la cordillera de Los Andes es uno de los paisajes más hermosos de América, según creo. Ahora he vuelto a la inauguración del flamante hotel Sheraton Mendoza, donde fuimos recibidos con centolla, bar abierto y una habitación espectacular por pura cortesía trasandina. En el lobby estaban las fuerzas vivas de la ciudad, el clero, empresarios con sus esposas, políticos con sus esposas y artistas. Con Joseph Ubando, el fotógrafo que me designaron para cubrir el evento, y el staff de modelos que enviaron desde la agencia en Buenos Aires, con el equipo de filmación de Rudolf Epstein para rescatar el evento, trabajamos sin contratiempos: jóvenes vestidas al estilo charleston, de negro y rojo, con accesorios al tono y cabelleras carré, dieron la bienvenida a los invitados, entre quienes se encontraba el vicepresidente de Argentina Julio Cobos,con orgullo de mendocino, junto a su esposa Cristina Cerutti, y el secretario de Turismo, Luis Böhm, que mucho hace en una zona que debía ser la principal fuente de recursos por todo lo que tiene para mostrar. En el lobby la banda de Kusselman Jazz Quintet deleitó a los presentes con su música, mientras mimos vestidos de negro y rojo sonreían, gesticulaban y animaban a los invitados. También el grupo Freeway ofreció el show “Broadway Musicals”, con una selección de canciones del cine. Hay un excepcional Mirador Lounge Restaurant en el piso 17, que es ahora el punto más alto de la ciudad. Observando desde esa terraza, asombra el genio de los pobladores locales para convertir cada lugar posible en árboles. Todo gracias a las acequias que administran con sabiduría el agua, que aquí no abunda porque es tierra de desierto, más propicia para los cactus que para las flores. Porque la vegetación cubre las avenidas con una guía vegetal que se extiende hasta la plaza Independencia y el parque General San Martín, creación del arquitecto francés Carlos Thays.
Desde lo alto viendo la ciudad desde Plaza Italia a Plaza España hay varios puntos imprescindibles de visitar, como el Museo del Pasado Cuyano, que fuera vivienda de los ex gobernadores de Mendoza Francisco y Emilio Civit; ésta junto a otras casas en el tramo de la calle Montevideo conforman uno de los espacios de mayor identidad, conservando viviendas de corte italiano en excelente estado junto a añosos plátanos a orillas de sus acequias con aguas cordilleranas. Los numerosos cafés de la Avenida Colón ofrecen a toda hora la posibilidad de la conversación, anunciando el Barrio Cívico emplazado en los terrenos que ocupara la Quinta Agronómica, de la cual heredó su profusa vegetación y el Parque Ecológico. Destacan la Casa de Gobierno, que conserva la bandera original del legendario Ejército de Los Andes bordada por religiosas y damas de la aristocracia mendocina, y la Municipalidad de Mendoza, con su terraza-mirador, el jardín cultivado más alto de la provincia, donde entre coloridas especies florales se puede observar este lado de la cordillera de Los Andes a través de visores con cincuenta kilómetros de alcance y un ángulo de giro de 360 grados. En la Plaza España misma llama la atención las mayólicas y pisos relucientes con la fuente central de agua que brota de las arboladas. En la Iglesia de la Compañía de Jesús, sobre la Avenida San Martín, se venera la imagen de la Virgen del Buen Viaje, a quien los vecinos encomiendan al visitarla junto a sus amigos afuerinos.
Mirando hacia la plaza Chile el paseo se inicia en la Plaza Independencia, el área principal de comercio mendocino, de cuatro manzanas proyectadas como centro de la Ciudad Nueva luego del terremoto de 1861. A su alrededor y en forma equidistante, completan la cuadrícula original cuatro plazas: San Martín, Chile, Italia y España. Realzan la Plaza Independencia pérgolas, fuentes y el escudo lumínico de la Provincia, y alberga el Museo de Arte Moderno, el Teatro Julio Quintanilla y la Plaza de las Artes. Los alrededores concentran importantes edificios como el Colegio Nacional, el Teatro Independencia, la Legislatura Provincial, construido en 1889, y anuncia la Peatonal Sarmiento, que conjuga negocios, pérgolas, fuentes y sus numerosos cafés al aire libre, junto a la Iglesia San Nicolás y Santiago Apóstol, Patrono de Mendoza, cuya festividad se celebra el 25 de julio. Siguiendo por la Avenida San Martín resaltan otros edificios como el Pasaje San Martín, la Subsecretaría de Turismo que anuncia cruzando a la Plazoleta Pellegrini, una postal única de la ciudad. Siguiendo por la Plaza San Martín destaca la fachada neoplateresca del Banco Hipotecario y la Basílica de San Francisco, Monumento Histórico de Argentina, donde se encuentran los restos de Merceditas, la hija del general San Martín, y la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, patrona del Ejército de Los Andes, la misma a quien el hombre brindó su bastón de mando antes de iniciar el cruce histórico. Aquí sigo por Avenida Las Heras, de histórica memoria, entre otras cosas por surgir allí la sede original de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, a cuyo alrededor se creó toda una zona de influencia artística en esta parte de Los Andes que traspasó fronteras desde su fundación a comienzos del siglo XX hasta ahora, y a cuyo alrededor ha nacido un paseo con casas de comercio que ofrecen artículos regionales, joyas, libros, música, pinturas y otros recuerdos. Siguiendo se llega al Mercado Central, con todas las delicias comestibles que se pueda uno imaginar y anunciando el Museo Popular Callejero, donde se preserva recuerdos en especial de esta histórica avenida que termina en la Plaza Chile. Mirando en linea desde la Plazoleta Vergara al Parque San Martín la refinada Avenida Arístides Villanueva combina casonas tradicionales con una exclusiva zona comercial entre espacios verdes y sofisticados cafés, cruzados por plazoletas como las de la República de Eslovenia o la bella Anzorena, que invitan a sitios como el Rincón de los Poetas.
De noche estuvimos en el casino Enjoy del segundo piso del hotel nuevito con sus 300 tragamonedas estrenando, al igual que las 24 mesas de juego, por los mismos invitados a ocupar por una noche las 180 habitaciones de este flamante edificio convertido en el más alto de la ciudad (aunque me dicen que fueron invitadas más de mil personas... unas dos mil más, yo creo.) Mi cuarto está en el piso 12, que aquí en la cordillera de Los Andes es como estar elevado en el aire mismo, la construcción tiene 87 metros hacia arriba y 37 hacia abajo, con cuatro subsuelos antisísmicos; descubro las cortinas que abre a la ventana amplia de pared a pared que da a las montañas y las nieves eternas del Tupungato. La luminosidad llega hasta el baño gracias a otro ventanal de vidrio arenado para mantener la intimidad, lo que es inapreciable porque los baños de estos hoteles cinco estrellas generalmente sólo tienen luz artificial; es una suite con todo lo imaginable y la vista es incomparable también de noche: miro hacia las luces de Chacras de Coria mientras converso por teléfono con Estela y Aníbal que se encuentran en su casa; veo las luces del barrio de Gutiérrez, donde hace muchos años viví junto a Lisette en el hogar de la venerable Ana Sánchez, nuestra sabia amiga numeróloga y conocedora de secretos andinos. Abajo veo que estamos situados a una calle de la Avenida San Martín y en el terreno donde antes se encontraba la antigua Terminal de Autobuses, que varias veces ocupé. Pienso en que la fiesta en este hotel es una fiesta a todo dar, pero que, por alguna razón extraña, igual me devuelve ahora con nostalgia a una época en que éramos felices apenas con una pizza para cuatro repartida entre seis u ocho, y vino de a litro, cuando terminábamos las clases vespertinas en la Facultad de Artes. ¿Por qué será que en los sitios donde hemos sido felices las circunstancias externas son lo de menos? Entonces fue que alguien del grupo tenía un pariente con refugio y cancha de esquí en Vallecito, y nos íbamos todos para allá a trabajar los fines de semana y en las vacaciones de invierno; el lugar es de fábula, se encuentra a ochenta kilómetros del centro de Mendoza y a 2900 metros de altura: es el majestuoso paisaje de la Cordillera de los Andes, al pie del Cordón del Plata, que alcanza los 6300 metros de altura en su cumbre principal. En Verano, sus refugios son ocupados por andinistas de todo el mundo para realizar escaladas a la cumbre del Plata o a sus montañas vecinas. También utilizan Vallecito como punto de aclimatación que exige la altura a aquellos andinistas que aceptan el desafío de ascender el cerro Aconcagua, el más alto de Occidente (6962 metros). Se considera que es uno de los lugares más propicios de Argentina para aprender esquí y ascenso. La proximidad de sus refugios a montañas de diferentes grados de dificultad, lo convierten en una escuela natural. Pertenecientes también a Mendoza, ahora está de moda Las Leñas, otro de los grandes centros de esquí sudamericanos, así como las canchas de Penitentes en la frontera con Chile, antes del Cristo Redentor, que marca la línea. También trabajábamos en el grupo de Humberto Pravata, uno de los empresarios teatrales pioneros de la ciudad: con él y su grupo Comedia y Arte, varios compañeros de la Escuela hacíamos montajes en las pérgolas de las Plazas mendocinas, en el mismo Teatro Quintanilla o en algún café-concert, que entonces estaban de moda: hice de tramoyista, pintor de escenografía, ayudante de iluminación y actúe de comparsa en “Sueño de una noche de verano”, en una versión teatral genial de Pravata que presentamos en las afueras de la Iglesia de San Nicolás y Santiago Apóstol en una celebración de la ciudad, y que debió dejar a Skakespeare muy contento.
Ahora observo la ciudad nocturna. Veo el Museo del Área Fundacional y la llamada Cámara Subterránea en la Plaza Pedro del Castillo, y como brotando de álamos blancos las Ruinas de San Francisco donde estuvo el templo de los jesuitas hasta su expulsión en 1767. Diviso la Biblioteca y el Museo Sanmartiniano, que albergan en especial elementos relacionados con el Libertador General San Martín, ubicado en el mismo sitio que el hombre eligiera para vivir, sueño que nunca concretó. Se aprecia iluminada la cúpula azul y blanca de la Iglesia de la Merced. Abajo mismo a mi izquierda veo el Parque O’Higgins, un remanso verde perfectamente alineado con forma de animal vivo echado a un costado del soberbio Teatro Gabriela Mistral, escenario de espectáculos memorables aquí en Mendoza. Más allá cruzando la Plaza Sarmiento y el brillante Acuario Municipal, se levanta solemne envuelta en luz amarilla la Catedral de Mendoza, sobria construcción de comienzos del siglo XIX.
De madrugada envié los textos pertinentes desde la conexión a Internet de mi cuarto, y al medio día han venido a buscarme Estela y Aníbal quienes me llevan a su hogar: ellos me enseñan todo lo nuevo en una estadía de una semana que se irán en un instante para cualquiera que llegue a la ciudad en el puro afán de verla. Porque siempre el tiempo es poco para disfrutar todo lo que ofrece Mendoza. Como algunas de las 100 bodegas vitivinícolas abiertas al público, de las 1200 que existen en la zona, siendo 552 de ellas bodegas elaboradoras, que no por nada aquí se produce alrededor del setenta por ciento de los mostos argentinos, lo que confirman a la ciudad como una de las capitales mundiales del vino. En los caminos del vino de Mendoza se pueden visitar bodegas de gran producción, con altos niveles de tecnología y a la vez visitar pequeñas cavas atendidas por sus propios dueños. Estuvimos en la Viña Salentein, situada en el valle de Uco, a unos noventa kilómetros desde el centro de la ciudad, que destaca por su interesante mezcla de bodega, restaurante y museo de elegantes lineas arquitectónicas, donde estatuas y esculturas dan la bienvenida al sitio que alberga obras de arte contemporáneo de Argentina y pinturas de artistas holandeses de los siglos XIX y XX. La viña y bodega resguarda los frutos del especial microclima de la zona rico en oscilaciones térmicas que permiten, por ejemplo, probar su vino Numina, resultado de los sabores del malbec y el merlot, cuya cosecha 2004 ha sido catalogada como el mejor vino argentino que se puede encontrar. Lo probamos con algunos platos que allí se pueden saborear, salmón con crema de aceitunas negras, filete de ternera con puré de arvejas y aderezo de jamón crudo. También probamos un rico puré de zapallo mendocino con hierbas. La comida en la zona es famosa en Los Andes. En el restaurante de la bodega O. Fournier, en el mismo valle de Uco, y a una hora y media por carretera desde el centro de la ciudad, está el restaurante Urban, donde ofrecen platos que han rescatado de la antigua cocina Argentina, como el salmón con tiras de berenjena y los ravioles fritos rellenos de salsa de hongos. Aquí se puede aprender a cocinas algo guiado por el chef quien indica su llamada degustación en seis pasos que mezcla platos con sus tres líneas de vinos, lo que es toda una experiencia. Por supuesto que la ciudad ya no vive sólo de la mejor pizza posible, la empanada o el bife chorizo, que marca un punto y aparte, y se pueden encontrar los mejores en sus restaurantes, sólo entrando a alguno de los que hay en las calles centrales, Las Heras o en los alrededores de la Plaza España con sus azulejos antiguos. En el restaurante Allure en calle Belgrano probé una rica salsa de camarón; en la Sarmiento, en el Azafrán con su aspecto de viejo almacén de barrio hay a disposición cerca de 500 marcas de vino. A media tarde, como es un rito en Mendoza, probamos el rico helado en Perín, justo en la esquina de Sarmiento y Belgrano, donde se puede combinar el postre y bajativo tomando el de algunos frutos al whisky, lo que repetimos en la noche calurosa, porque esta heladería abre hasta las tres de la mañana.
Mis amigos afirman que hoy en Mendoza destacan en vinos las uvas blancas, Chardonnay, Sauvignon, Chenín y Riesling. Yo sólo bebo vino tinto porque el blanco se me sube a la cabeza, como se dice, y de las uvas negras aquí destacan las Malbec, Merlot, Syrah, Val Semina y Borgoña. Y las Cabernet, Sauvignon y Pinot, que he probado y me resultan de dioses, semejantes a estas mismas cepas chilenas. Estos caminos cordilleranos argentinos sorprenden con el contraste entre el acero inoxidable y la calidez de los tradicionales techos de caña. Aquí todo el año es bueno para llegar. Un tiempo especial sigue siendo el de la Vendimia, a principios de otoño, la fiesta más linda que se puede ver y viví una vez, cantando al fin de un año de trabajo, con sus atractivos carros alegóricos y espectáculos públicos, culturales y artísticos, en que toman parte todos los vecinos, y se eligen reinas y el gran show multitudinario en el Teatro Griego y en todos los hogares la Bendición de las Frutas y el Vino. Que aquí en Mendoza el vino es bendito, por eso quien lo bebe embriaga sus sentidos y siempre quiere volver.
© Waldemar Verdugo Fuentes.
Fragmento de “América de mis Amores”, crónicas de viaje.
Por Waldemar Verdugo.
La ciudad de Mendoza es amigable, entretenida y culta. Hace muchos años, en la época modesta y singular de la juventud, estudié un año en la Universidad Nacional de Cuyo cuando su sede estaba en calle Las Heras, y fue un tiempo en que hice amigos y me hice mejor. Varias otras veces la crucé viajando entre Santiago y Buenos Aires. El paso entre Chile y Argentina por la cordillera de Los Andes es uno de los paisajes más hermosos de América, según creo. Ahora he vuelto a la inauguración del flamante hotel Sheraton Mendoza, donde fuimos recibidos con centolla, bar abierto y una habitación espectacular por pura cortesía trasandina. En el lobby estaban las fuerzas vivas de la ciudad, el clero, empresarios con sus esposas, políticos con sus esposas y artistas. Con Joseph Ubando, el fotógrafo que me designaron para cubrir el evento, y el staff de modelos que enviaron desde la agencia en Buenos Aires, con el equipo de filmación de Rudolf Epstein para rescatar el evento, trabajamos sin contratiempos: jóvenes vestidas al estilo charleston, de negro y rojo, con accesorios al tono y cabelleras carré, dieron la bienvenida a los invitados, entre quienes se encontraba el vicepresidente de Argentina Julio Cobos,con orgullo de mendocino, junto a su esposa Cristina Cerutti, y el secretario de Turismo, Luis Böhm, que mucho hace en una zona que debía ser la principal fuente de recursos por todo lo que tiene para mostrar. En el lobby la banda de Kusselman Jazz Quintet deleitó a los presentes con su música, mientras mimos vestidos de negro y rojo sonreían, gesticulaban y animaban a los invitados. También el grupo Freeway ofreció el show “Broadway Musicals”, con una selección de canciones del cine. Hay un excepcional Mirador Lounge Restaurant en el piso 17, que es ahora el punto más alto de la ciudad. Observando desde esa terraza, asombra el genio de los pobladores locales para convertir cada lugar posible en árboles. Todo gracias a las acequias que administran con sabiduría el agua, que aquí no abunda porque es tierra de desierto, más propicia para los cactus que para las flores. Porque la vegetación cubre las avenidas con una guía vegetal que se extiende hasta la plaza Independencia y el parque General San Martín, creación del arquitecto francés Carlos Thays.
Desde lo alto viendo la ciudad desde Plaza Italia a Plaza España hay varios puntos imprescindibles de visitar, como el Museo del Pasado Cuyano, que fuera vivienda de los ex gobernadores de Mendoza Francisco y Emilio Civit; ésta junto a otras casas en el tramo de la calle Montevideo conforman uno de los espacios de mayor identidad, conservando viviendas de corte italiano en excelente estado junto a añosos plátanos a orillas de sus acequias con aguas cordilleranas. Los numerosos cafés de la Avenida Colón ofrecen a toda hora la posibilidad de la conversación, anunciando el Barrio Cívico emplazado en los terrenos que ocupara la Quinta Agronómica, de la cual heredó su profusa vegetación y el Parque Ecológico. Destacan la Casa de Gobierno, que conserva la bandera original del legendario Ejército de Los Andes bordada por religiosas y damas de la aristocracia mendocina, y la Municipalidad de Mendoza, con su terraza-mirador, el jardín cultivado más alto de la provincia, donde entre coloridas especies florales se puede observar este lado de la cordillera de Los Andes a través de visores con cincuenta kilómetros de alcance y un ángulo de giro de 360 grados. En la Plaza España misma llama la atención las mayólicas y pisos relucientes con la fuente central de agua que brota de las arboladas. En la Iglesia de la Compañía de Jesús, sobre la Avenida San Martín, se venera la imagen de la Virgen del Buen Viaje, a quien los vecinos encomiendan al visitarla junto a sus amigos afuerinos.
Mirando hacia la plaza Chile el paseo se inicia en la Plaza Independencia, el área principal de comercio mendocino, de cuatro manzanas proyectadas como centro de la Ciudad Nueva luego del terremoto de 1861. A su alrededor y en forma equidistante, completan la cuadrícula original cuatro plazas: San Martín, Chile, Italia y España. Realzan la Plaza Independencia pérgolas, fuentes y el escudo lumínico de la Provincia, y alberga el Museo de Arte Moderno, el Teatro Julio Quintanilla y la Plaza de las Artes. Los alrededores concentran importantes edificios como el Colegio Nacional, el Teatro Independencia, la Legislatura Provincial, construido en 1889, y anuncia la Peatonal Sarmiento, que conjuga negocios, pérgolas, fuentes y sus numerosos cafés al aire libre, junto a la Iglesia San Nicolás y Santiago Apóstol, Patrono de Mendoza, cuya festividad se celebra el 25 de julio. Siguiendo por la Avenida San Martín resaltan otros edificios como el Pasaje San Martín, la Subsecretaría de Turismo que anuncia cruzando a la Plazoleta Pellegrini, una postal única de la ciudad. Siguiendo por la Plaza San Martín destaca la fachada neoplateresca del Banco Hipotecario y la Basílica de San Francisco, Monumento Histórico de Argentina, donde se encuentran los restos de Merceditas, la hija del general San Martín, y la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, patrona del Ejército de Los Andes, la misma a quien el hombre brindó su bastón de mando antes de iniciar el cruce histórico. Aquí sigo por Avenida Las Heras, de histórica memoria, entre otras cosas por surgir allí la sede original de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, a cuyo alrededor se creó toda una zona de influencia artística en esta parte de Los Andes que traspasó fronteras desde su fundación a comienzos del siglo XX hasta ahora, y a cuyo alrededor ha nacido un paseo con casas de comercio que ofrecen artículos regionales, joyas, libros, música, pinturas y otros recuerdos. Siguiendo se llega al Mercado Central, con todas las delicias comestibles que se pueda uno imaginar y anunciando el Museo Popular Callejero, donde se preserva recuerdos en especial de esta histórica avenida que termina en la Plaza Chile. Mirando en linea desde la Plazoleta Vergara al Parque San Martín la refinada Avenida Arístides Villanueva combina casonas tradicionales con una exclusiva zona comercial entre espacios verdes y sofisticados cafés, cruzados por plazoletas como las de la República de Eslovenia o la bella Anzorena, que invitan a sitios como el Rincón de los Poetas.
De noche estuvimos en el casino Enjoy del segundo piso del hotel nuevito con sus 300 tragamonedas estrenando, al igual que las 24 mesas de juego, por los mismos invitados a ocupar por una noche las 180 habitaciones de este flamante edificio convertido en el más alto de la ciudad (aunque me dicen que fueron invitadas más de mil personas... unas dos mil más, yo creo.) Mi cuarto está en el piso 12, que aquí en la cordillera de Los Andes es como estar elevado en el aire mismo, la construcción tiene 87 metros hacia arriba y 37 hacia abajo, con cuatro subsuelos antisísmicos; descubro las cortinas que abre a la ventana amplia de pared a pared que da a las montañas y las nieves eternas del Tupungato. La luminosidad llega hasta el baño gracias a otro ventanal de vidrio arenado para mantener la intimidad, lo que es inapreciable porque los baños de estos hoteles cinco estrellas generalmente sólo tienen luz artificial; es una suite con todo lo imaginable y la vista es incomparable también de noche: miro hacia las luces de Chacras de Coria mientras converso por teléfono con Estela y Aníbal que se encuentran en su casa; veo las luces del barrio de Gutiérrez, donde hace muchos años viví junto a Lisette en el hogar de la venerable Ana Sánchez, nuestra sabia amiga numeróloga y conocedora de secretos andinos. Abajo veo que estamos situados a una calle de la Avenida San Martín y en el terreno donde antes se encontraba la antigua Terminal de Autobuses, que varias veces ocupé. Pienso en que la fiesta en este hotel es una fiesta a todo dar, pero que, por alguna razón extraña, igual me devuelve ahora con nostalgia a una época en que éramos felices apenas con una pizza para cuatro repartida entre seis u ocho, y vino de a litro, cuando terminábamos las clases vespertinas en la Facultad de Artes. ¿Por qué será que en los sitios donde hemos sido felices las circunstancias externas son lo de menos? Entonces fue que alguien del grupo tenía un pariente con refugio y cancha de esquí en Vallecito, y nos íbamos todos para allá a trabajar los fines de semana y en las vacaciones de invierno; el lugar es de fábula, se encuentra a ochenta kilómetros del centro de Mendoza y a 2900 metros de altura: es el majestuoso paisaje de la Cordillera de los Andes, al pie del Cordón del Plata, que alcanza los 6300 metros de altura en su cumbre principal. En Verano, sus refugios son ocupados por andinistas de todo el mundo para realizar escaladas a la cumbre del Plata o a sus montañas vecinas. También utilizan Vallecito como punto de aclimatación que exige la altura a aquellos andinistas que aceptan el desafío de ascender el cerro Aconcagua, el más alto de Occidente (6962 metros). Se considera que es uno de los lugares más propicios de Argentina para aprender esquí y ascenso. La proximidad de sus refugios a montañas de diferentes grados de dificultad, lo convierten en una escuela natural. Pertenecientes también a Mendoza, ahora está de moda Las Leñas, otro de los grandes centros de esquí sudamericanos, así como las canchas de Penitentes en la frontera con Chile, antes del Cristo Redentor, que marca la línea. También trabajábamos en el grupo de Humberto Pravata, uno de los empresarios teatrales pioneros de la ciudad: con él y su grupo Comedia y Arte, varios compañeros de la Escuela hacíamos montajes en las pérgolas de las Plazas mendocinas, en el mismo Teatro Quintanilla o en algún café-concert, que entonces estaban de moda: hice de tramoyista, pintor de escenografía, ayudante de iluminación y actúe de comparsa en “Sueño de una noche de verano”, en una versión teatral genial de Pravata que presentamos en las afueras de la Iglesia de San Nicolás y Santiago Apóstol en una celebración de la ciudad, y que debió dejar a Skakespeare muy contento.
Ahora observo la ciudad nocturna. Veo el Museo del Área Fundacional y la llamada Cámara Subterránea en la Plaza Pedro del Castillo, y como brotando de álamos blancos las Ruinas de San Francisco donde estuvo el templo de los jesuitas hasta su expulsión en 1767. Diviso la Biblioteca y el Museo Sanmartiniano, que albergan en especial elementos relacionados con el Libertador General San Martín, ubicado en el mismo sitio que el hombre eligiera para vivir, sueño que nunca concretó. Se aprecia iluminada la cúpula azul y blanca de la Iglesia de la Merced. Abajo mismo a mi izquierda veo el Parque O’Higgins, un remanso verde perfectamente alineado con forma de animal vivo echado a un costado del soberbio Teatro Gabriela Mistral, escenario de espectáculos memorables aquí en Mendoza. Más allá cruzando la Plaza Sarmiento y el brillante Acuario Municipal, se levanta solemne envuelta en luz amarilla la Catedral de Mendoza, sobria construcción de comienzos del siglo XIX.
De madrugada envié los textos pertinentes desde la conexión a Internet de mi cuarto, y al medio día han venido a buscarme Estela y Aníbal quienes me llevan a su hogar: ellos me enseñan todo lo nuevo en una estadía de una semana que se irán en un instante para cualquiera que llegue a la ciudad en el puro afán de verla. Porque siempre el tiempo es poco para disfrutar todo lo que ofrece Mendoza. Como algunas de las 100 bodegas vitivinícolas abiertas al público, de las 1200 que existen en la zona, siendo 552 de ellas bodegas elaboradoras, que no por nada aquí se produce alrededor del setenta por ciento de los mostos argentinos, lo que confirman a la ciudad como una de las capitales mundiales del vino. En los caminos del vino de Mendoza se pueden visitar bodegas de gran producción, con altos niveles de tecnología y a la vez visitar pequeñas cavas atendidas por sus propios dueños. Estuvimos en la Viña Salentein, situada en el valle de Uco, a unos noventa kilómetros desde el centro de la ciudad, que destaca por su interesante mezcla de bodega, restaurante y museo de elegantes lineas arquitectónicas, donde estatuas y esculturas dan la bienvenida al sitio que alberga obras de arte contemporáneo de Argentina y pinturas de artistas holandeses de los siglos XIX y XX. La viña y bodega resguarda los frutos del especial microclima de la zona rico en oscilaciones térmicas que permiten, por ejemplo, probar su vino Numina, resultado de los sabores del malbec y el merlot, cuya cosecha 2004 ha sido catalogada como el mejor vino argentino que se puede encontrar. Lo probamos con algunos platos que allí se pueden saborear, salmón con crema de aceitunas negras, filete de ternera con puré de arvejas y aderezo de jamón crudo. También probamos un rico puré de zapallo mendocino con hierbas. La comida en la zona es famosa en Los Andes. En el restaurante de la bodega O. Fournier, en el mismo valle de Uco, y a una hora y media por carretera desde el centro de la ciudad, está el restaurante Urban, donde ofrecen platos que han rescatado de la antigua cocina Argentina, como el salmón con tiras de berenjena y los ravioles fritos rellenos de salsa de hongos. Aquí se puede aprender a cocinas algo guiado por el chef quien indica su llamada degustación en seis pasos que mezcla platos con sus tres líneas de vinos, lo que es toda una experiencia. Por supuesto que la ciudad ya no vive sólo de la mejor pizza posible, la empanada o el bife chorizo, que marca un punto y aparte, y se pueden encontrar los mejores en sus restaurantes, sólo entrando a alguno de los que hay en las calles centrales, Las Heras o en los alrededores de la Plaza España con sus azulejos antiguos. En el restaurante Allure en calle Belgrano probé una rica salsa de camarón; en la Sarmiento, en el Azafrán con su aspecto de viejo almacén de barrio hay a disposición cerca de 500 marcas de vino. A media tarde, como es un rito en Mendoza, probamos el rico helado en Perín, justo en la esquina de Sarmiento y Belgrano, donde se puede combinar el postre y bajativo tomando el de algunos frutos al whisky, lo que repetimos en la noche calurosa, porque esta heladería abre hasta las tres de la mañana.
Mis amigos afirman que hoy en Mendoza destacan en vinos las uvas blancas, Chardonnay, Sauvignon, Chenín y Riesling. Yo sólo bebo vino tinto porque el blanco se me sube a la cabeza, como se dice, y de las uvas negras aquí destacan las Malbec, Merlot, Syrah, Val Semina y Borgoña. Y las Cabernet, Sauvignon y Pinot, que he probado y me resultan de dioses, semejantes a estas mismas cepas chilenas. Estos caminos cordilleranos argentinos sorprenden con el contraste entre el acero inoxidable y la calidez de los tradicionales techos de caña. Aquí todo el año es bueno para llegar. Un tiempo especial sigue siendo el de la Vendimia, a principios de otoño, la fiesta más linda que se puede ver y viví una vez, cantando al fin de un año de trabajo, con sus atractivos carros alegóricos y espectáculos públicos, culturales y artísticos, en que toman parte todos los vecinos, y se eligen reinas y el gran show multitudinario en el Teatro Griego y en todos los hogares la Bendición de las Frutas y el Vino. Que aquí en Mendoza el vino es bendito, por eso quien lo bebe embriaga sus sentidos y siempre quiere volver.
© Waldemar Verdugo Fuentes.
Fragmento de “América de mis Amores”, crónicas de viaje.
28 de enero de 2009
Retrato de Panajachel.
Con el reflejo de las montañas circundantes en el agua dorada del lago de Atitlán, pido al botero detenerse en medio del remanso. María Elena acomodada toma sol muy relajada. Veo las callosas manos del hombre estancando con firmeza los remos y el pequeño bote quedó clavado entre las ondas vacilantes que por un momento se hicieron verde y espuma debido a la maniobra. Al aquietarse retomaron su tinte oropel y mis ojos quedaron fijos en los rústicos remos carcomidos que el hombre sacaba de las aguas, para ubicarlos a ambos lados de la frágil embarcación. Así mecidos por las suaves olas, divagué en torno a Atitlán y sus misterios. Se cuenta que en el fondo del lago todo es arena de oro; los reyes mayas bañaban aquí sus cuerpos vestidos sólo con el polvo dorado más caro que cubría sus cuerpos.
Al correr de los años el lugar era un búcaro de oro con todo el ancestro de la raza aborigen de Guatemala, que tuvo en Atitlán y este lago el mejor espejo de la fantasía. A su alrededor brotaba la magia como de una cajita encantada. En el fondo, los grandes volcanes como atalayas inamovibles. Allí despertaban las mañanas y dormían los crepúsculos de rosa. Tranquilo a su orilla está este pequeño pueblo de Panajachel; su tierra sembrada de milpas es como un gran jardín con bouquet de selva. A fin de calmar las lluvias tempestuosas, los rayos rojos, el relámpago de fuego, se cumplían los ritos religiosos con grandes desfiles de doncellas, plumas de quetzales y textiles multicolores enmarcando la llegada de los reyes a purificar su cuerpo en las aguas sagradas. Universo lleno de secretos fascinantes, de luz de candela y luna llena. En fila india invocaban sus favores, como una promesa de evasión en aquél baúl de imágenes que tenía su propia clave filosófica... es que el hombre es un creador que danza entre dos mundos... cavilaba, cuando un ruido desvió mi vista hacia el modesto hombre que estaba frente a mi, vestía camisa blanca y ancho pantalón amarillo anudado a la cintura con una faja de muchos colores y adornos. De piel morena y rasgos cortados a cincel, las facciones de su rostro eran calcadas de algún dios de piedra de sus antepasados. Sus pies mulatos y rústicos vestidos con sandalias de cáñamo. El pequeño sombrero sobre sus sienes daba sombra al libro que el remero comenzó a leer con atención. Sentí curiosidad por saber qué libro le solicitaba con tal esmero... Si Dios no lo hubiera hecho remero -pensé- este hombre hubiera sido poeta... Sus callosas manos aprisionaban con firmeza un ajado volumen de "Ternura" de Gabriela Mistral. Al ver mi interés por su lectura, dijo:
- Siempre leo lo que ella escribe. Es muy lindo y sabio lo que ella dice. ¿Sabía usted que un rey la invitó a su país y le dio un gran premio? El Premio Nobel, así se llama. Todos acá la queremos y estamos felices de que la maestra haya vuelto a vivir entre nosotros.
- ¿Vive acá? -pregunté sonriendo sorprendido de la afirmación del botero, que daba por viva a la escritora muerta ya hacía varias décadas. Y el hombre afirmó, seguro:
- La maestra Gabriela vive en aquella casa sobre las rocas.
Y levantándose de la tabla que era su asiento en el bote, indicó una gran casa blanca de ventanas rojas que, rodeada de plantas silvestres plagada de flores multicolores, estaba a orillas del lago, justo frente a nosotros.
- Cada mañana -prosiguió- ella sale a tomar el sol, y nosotros, sus amigos, la saludamos desde nuestras embarcaciones. Ella responde con un ademán gentil nuestro gesto silencioso.
Mudo y perturbado por lo que oía no supe cómo enfrentar sus palabras. Decidí no sacarlo de su error y solo atiné a comentar algo de sus libros, pero el botero era obviamente un conocedor más profundo de la autora de los “Sonetos de la Muerte”, pues se largó a hablar diciendo a ratos poemas y noticias de la obra de Mistral que nunca oí antes. Felizmente impresionado había visto en varios países centroamericanos los escaparates de las librerías sin que nunca faltara un libro de ella, pero no podía imaginar que su paso por estas tierras había dejado huella tan profunda que aquí aún la daban por viva. Cuando finalmente regresamos a tierra firme, la conversación con el botero embargaba mi espíritu y si acaso fue lo que gatilló cuanto he vivido aquí.
Aquel día llegó la tarde lloviendo a Panajachel. A la hora del crepúsculo y entre chubascos inconstantes, salí con María Elena y sus hermanos a caminar por las calles empedradas del pequeño pueblo frente al lago. Era noche de baile de diablos, rito con el que tradicionalmente celebra la gente del lugar un culto a Judas Iscariote, creado -según dicen- con alma de madera. Andábamos sin rumbo cuando nos envolvió la procesión de gentes que alumbradas apenas con candelas parecía un séquito espectral arrancado de quizá qué pasado remoto. Caminaban al son de la música peculiar de las matracas, llevando la figura de madera y envueltos en tejidos autóctonos en medio de incienso humeante. Iban rumbo al lago. Nos unimos a ellos.
A orillas de las aguas dejaron pendiendo de una viga cimbreante la figura de Judas que nombraban Maximón. Allí vi su cabeza. Era la de un ahorcado, los ojos inmensos de horror y la boca abierta con una gran lengua colgando. En un segundo todo quedó en silencio, que fue roto por triste música de marimbas, tambores y cornetas. Alguien tocó mi hombro, sobresaltado me volví y era un cuerpo humano con cachos de proporciones gigantescas. Había comenzado la danza ritual. Era una lucha entre las fuerzas del mal y del bien; el diablo y sus súbditos intentaban aumentar la legión de los condenados, y los arcángeles bajados del cielo iniciaban su lucha para salvar almas. Amenazadores gestos hacían unos contra otros. Mientras se latigueaban con ferocidad alguien puso en mis manos una botella con pulque, la leche del maguey. Bebí. Los movimientos engendrados por el ritual del diablo y sus huestes eran infernales mientras los ángeles con espadas de fuego partían en dos cuanto tocaban. Los danzantes me envolvieron con sus largas cintas azules, blancas, rojas, amarillas, con sus rostros desproporcionados de cartón pintado que semejaban bichos repulsivos, con rasgos entrecruzados de criaturas fantásticas y toda clase de alimañas saliendo por sus narices, alargando sus lenguas, desorbitando sus ojos; de la frente de algunos tres cachos en formas de ramas de árboles salían disparados al cielo; hombres con cola, vestidos de rojo, negro, verde... los otros rostros que me envolvían eran los de arcángeles, que siendo menor cantidad, siempre triunfaban, porque el bien al final vence al mal, y la luna llena reflejaba sobre las quietas aguas del lago la casa sobre los roqueríos; allí donde aseguraban que vive Mistral. De inmediato llamó mi atención la figura entrecortada en la distancia de una mujer que leía en esa casa a la luz de un débil farol: todo era espectral desde donde yo observaba. Y un escalofrío recorrió mi espalda... Bebía de otra botella el pulque con que se brindaba cuando alguien susurró a mi oído:
- “Baila, baila como todos. Sólo la muerte espera al que no baila. Si no bailas ya estás muerto... ¡baila!”
Y bailé, seguro de que moriría si no cumplía con el sagrado rito de la danza que todos practicaban. Todo me envolvió y me perdí entre ellos, entre sus caras deformes, entre sus juegos, en medio de los diablos y arcángeles luchando a muerte, que se atacaban sin tregua, con furia rabiosa, dando salida a siglos de dominación, cortando cadenas de represión que en la zona no tienen fin, con furia desbocada... y todos bailábamos... ¡danzar para no morir!... en un instante volví nuevamente a ver hacia la casa, y la mujer se había levantado de su silla y había salido a la terraza desde donde observaba la procesión en que íbamos. La vi tan sola en esa casa tan grande, que una pena larga inundó mi alma... alguien me dijo que los dioses estaban agradados con mi baile y que podía pedir de ellos lo que quisiera. Al instante mi mente se llenó con la figura de la mujer observándonos desde la distancia, sola, emergiendo débilmente iluminada, y pedí a los dioses por ella, para que no siguiera allí apresada por la muerte en esa región perdida de las montañas de Guatemala, para que pudiera descansar al fin. Bailaba y bebía a su salud, mientras pedía por ella a gritos y a nadie importaba. Sonaba la marimba muy dolorosa, monódica, cuando caí de rodillas, dos me levantaron en vilo y seguí bailando, estremecido de fuerzas nuevas, y el sonido de la marimba retumbando en mis sienes, con su canto alegre que nunca paraba de animar, retumbando en mis sienes, como una campanilla suave dentro de mi cráneo que se agrandaba cada vez más como queriendo taladrar mi cerebro, y la marimba me envolvió hasta no permitirme oír otro sonido en el mundo que me rodeaba, un sonido cada vez más fuerte que terminó por envolverme... y corrí, corrí rápido como alma que se lleva el viento, corrí por la orilla del lago hasta llegar exhausto frente a la casa blanca de ventanas rojas; tomo aire frente al portón y toco furiosamente, con ira, con temor y angustia por esa realidad que se agolpaba en mí y quería entender, asustado de que todo el ensueño, de que el encanto acabara allí pero también íntimamente satisfecho de haber llegado a aquél punto, cuando iba a saber que Gabriela Mistral no estaba detrás de esa puerta, de que mi mente iba a quedar tranquila cuando la razón me obligara a reaccionar.
Toqué, ahora con suavidad, una y otra vez. Se abre la puerta y ella es quien sale a recibirme, es efectivamente Gabriela Mistral, ella vive en verdad en Panajachel, sin duda es la maestra de Neruda, alta, majestuosa, enigmática. Mis ojos se fijaron en los suyos y eran sus ojos verdes bellísimos, y caí de rodillas ante ella, sobrecogido, cuando sentí su mano acariciando mi cabeza que no intenté jamás volver a levantar, sólo veía hasta sus pechos resguardados como escudo por una medalla de Santa Teresa de Avila que colgaba de su cuello con una fina cadena dorada. No pude hablar, solo balbuceé palabras sin sentido y volviéndome caminé de regreso hacia el pueblo, por la orilla del lago, en otra dimensión, entre sombras de colores, plantas vivas que abrían camino solas a mi paso, caminé sin llegar jamás a la procesión de luces que seguía, gritos y música de marimbas que se alejaban de mí en la distancia.
Amanecí tarde, durmiendo en mi hamaca afirmada de las rocas a la orilla del lago, en la casa de María Elena, aún borracho de pulque, música y algarabía. Caminé lentamente por las luces reflejadas del lago por el sol que envuelve todo cuanto allí existe, enfilé por las calles empedradas de la entrada del pueblo, con una sed endemoniada que me obligó a entrar al primer negocio a mi paso y beber de una zampada el agua de tamarindo fresco y helado que aplaca mi garganta. Más despejado, caminando con lentitud, detengo mi andar frente al escaparate iluminado de una librería a mi paso. Con emoción mis ojos vieron de inmediato la imagen de Gabriela Mistral en un libro con sus obras, fijé mi vista en la foto de la maestra que el volumen reproducía: de su cuello pende la fina cadena dorada que sostiene la medalla en que se ve a santa Teresa de Avila.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.
Al correr de los años el lugar era un búcaro de oro con todo el ancestro de la raza aborigen de Guatemala, que tuvo en Atitlán y este lago el mejor espejo de la fantasía. A su alrededor brotaba la magia como de una cajita encantada. En el fondo, los grandes volcanes como atalayas inamovibles. Allí despertaban las mañanas y dormían los crepúsculos de rosa. Tranquilo a su orilla está este pequeño pueblo de Panajachel; su tierra sembrada de milpas es como un gran jardín con bouquet de selva. A fin de calmar las lluvias tempestuosas, los rayos rojos, el relámpago de fuego, se cumplían los ritos religiosos con grandes desfiles de doncellas, plumas de quetzales y textiles multicolores enmarcando la llegada de los reyes a purificar su cuerpo en las aguas sagradas. Universo lleno de secretos fascinantes, de luz de candela y luna llena. En fila india invocaban sus favores, como una promesa de evasión en aquél baúl de imágenes que tenía su propia clave filosófica... es que el hombre es un creador que danza entre dos mundos... cavilaba, cuando un ruido desvió mi vista hacia el modesto hombre que estaba frente a mi, vestía camisa blanca y ancho pantalón amarillo anudado a la cintura con una faja de muchos colores y adornos. De piel morena y rasgos cortados a cincel, las facciones de su rostro eran calcadas de algún dios de piedra de sus antepasados. Sus pies mulatos y rústicos vestidos con sandalias de cáñamo. El pequeño sombrero sobre sus sienes daba sombra al libro que el remero comenzó a leer con atención. Sentí curiosidad por saber qué libro le solicitaba con tal esmero... Si Dios no lo hubiera hecho remero -pensé- este hombre hubiera sido poeta... Sus callosas manos aprisionaban con firmeza un ajado volumen de "Ternura" de Gabriela Mistral. Al ver mi interés por su lectura, dijo:
- Siempre leo lo que ella escribe. Es muy lindo y sabio lo que ella dice. ¿Sabía usted que un rey la invitó a su país y le dio un gran premio? El Premio Nobel, así se llama. Todos acá la queremos y estamos felices de que la maestra haya vuelto a vivir entre nosotros.
- ¿Vive acá? -pregunté sonriendo sorprendido de la afirmación del botero, que daba por viva a la escritora muerta ya hacía varias décadas. Y el hombre afirmó, seguro:
- La maestra Gabriela vive en aquella casa sobre las rocas.
Y levantándose de la tabla que era su asiento en el bote, indicó una gran casa blanca de ventanas rojas que, rodeada de plantas silvestres plagada de flores multicolores, estaba a orillas del lago, justo frente a nosotros.
- Cada mañana -prosiguió- ella sale a tomar el sol, y nosotros, sus amigos, la saludamos desde nuestras embarcaciones. Ella responde con un ademán gentil nuestro gesto silencioso.
Mudo y perturbado por lo que oía no supe cómo enfrentar sus palabras. Decidí no sacarlo de su error y solo atiné a comentar algo de sus libros, pero el botero era obviamente un conocedor más profundo de la autora de los “Sonetos de la Muerte”, pues se largó a hablar diciendo a ratos poemas y noticias de la obra de Mistral que nunca oí antes. Felizmente impresionado había visto en varios países centroamericanos los escaparates de las librerías sin que nunca faltara un libro de ella, pero no podía imaginar que su paso por estas tierras había dejado huella tan profunda que aquí aún la daban por viva. Cuando finalmente regresamos a tierra firme, la conversación con el botero embargaba mi espíritu y si acaso fue lo que gatilló cuanto he vivido aquí.
Aquel día llegó la tarde lloviendo a Panajachel. A la hora del crepúsculo y entre chubascos inconstantes, salí con María Elena y sus hermanos a caminar por las calles empedradas del pequeño pueblo frente al lago. Era noche de baile de diablos, rito con el que tradicionalmente celebra la gente del lugar un culto a Judas Iscariote, creado -según dicen- con alma de madera. Andábamos sin rumbo cuando nos envolvió la procesión de gentes que alumbradas apenas con candelas parecía un séquito espectral arrancado de quizá qué pasado remoto. Caminaban al son de la música peculiar de las matracas, llevando la figura de madera y envueltos en tejidos autóctonos en medio de incienso humeante. Iban rumbo al lago. Nos unimos a ellos.
A orillas de las aguas dejaron pendiendo de una viga cimbreante la figura de Judas que nombraban Maximón. Allí vi su cabeza. Era la de un ahorcado, los ojos inmensos de horror y la boca abierta con una gran lengua colgando. En un segundo todo quedó en silencio, que fue roto por triste música de marimbas, tambores y cornetas. Alguien tocó mi hombro, sobresaltado me volví y era un cuerpo humano con cachos de proporciones gigantescas. Había comenzado la danza ritual. Era una lucha entre las fuerzas del mal y del bien; el diablo y sus súbditos intentaban aumentar la legión de los condenados, y los arcángeles bajados del cielo iniciaban su lucha para salvar almas. Amenazadores gestos hacían unos contra otros. Mientras se latigueaban con ferocidad alguien puso en mis manos una botella con pulque, la leche del maguey. Bebí. Los movimientos engendrados por el ritual del diablo y sus huestes eran infernales mientras los ángeles con espadas de fuego partían en dos cuanto tocaban. Los danzantes me envolvieron con sus largas cintas azules, blancas, rojas, amarillas, con sus rostros desproporcionados de cartón pintado que semejaban bichos repulsivos, con rasgos entrecruzados de criaturas fantásticas y toda clase de alimañas saliendo por sus narices, alargando sus lenguas, desorbitando sus ojos; de la frente de algunos tres cachos en formas de ramas de árboles salían disparados al cielo; hombres con cola, vestidos de rojo, negro, verde... los otros rostros que me envolvían eran los de arcángeles, que siendo menor cantidad, siempre triunfaban, porque el bien al final vence al mal, y la luna llena reflejaba sobre las quietas aguas del lago la casa sobre los roqueríos; allí donde aseguraban que vive Mistral. De inmediato llamó mi atención la figura entrecortada en la distancia de una mujer que leía en esa casa a la luz de un débil farol: todo era espectral desde donde yo observaba. Y un escalofrío recorrió mi espalda... Bebía de otra botella el pulque con que se brindaba cuando alguien susurró a mi oído:
- “Baila, baila como todos. Sólo la muerte espera al que no baila. Si no bailas ya estás muerto... ¡baila!”
Y bailé, seguro de que moriría si no cumplía con el sagrado rito de la danza que todos practicaban. Todo me envolvió y me perdí entre ellos, entre sus caras deformes, entre sus juegos, en medio de los diablos y arcángeles luchando a muerte, que se atacaban sin tregua, con furia rabiosa, dando salida a siglos de dominación, cortando cadenas de represión que en la zona no tienen fin, con furia desbocada... y todos bailábamos... ¡danzar para no morir!... en un instante volví nuevamente a ver hacia la casa, y la mujer se había levantado de su silla y había salido a la terraza desde donde observaba la procesión en que íbamos. La vi tan sola en esa casa tan grande, que una pena larga inundó mi alma... alguien me dijo que los dioses estaban agradados con mi baile y que podía pedir de ellos lo que quisiera. Al instante mi mente se llenó con la figura de la mujer observándonos desde la distancia, sola, emergiendo débilmente iluminada, y pedí a los dioses por ella, para que no siguiera allí apresada por la muerte en esa región perdida de las montañas de Guatemala, para que pudiera descansar al fin. Bailaba y bebía a su salud, mientras pedía por ella a gritos y a nadie importaba. Sonaba la marimba muy dolorosa, monódica, cuando caí de rodillas, dos me levantaron en vilo y seguí bailando, estremecido de fuerzas nuevas, y el sonido de la marimba retumbando en mis sienes, con su canto alegre que nunca paraba de animar, retumbando en mis sienes, como una campanilla suave dentro de mi cráneo que se agrandaba cada vez más como queriendo taladrar mi cerebro, y la marimba me envolvió hasta no permitirme oír otro sonido en el mundo que me rodeaba, un sonido cada vez más fuerte que terminó por envolverme... y corrí, corrí rápido como alma que se lleva el viento, corrí por la orilla del lago hasta llegar exhausto frente a la casa blanca de ventanas rojas; tomo aire frente al portón y toco furiosamente, con ira, con temor y angustia por esa realidad que se agolpaba en mí y quería entender, asustado de que todo el ensueño, de que el encanto acabara allí pero también íntimamente satisfecho de haber llegado a aquél punto, cuando iba a saber que Gabriela Mistral no estaba detrás de esa puerta, de que mi mente iba a quedar tranquila cuando la razón me obligara a reaccionar.
Toqué, ahora con suavidad, una y otra vez. Se abre la puerta y ella es quien sale a recibirme, es efectivamente Gabriela Mistral, ella vive en verdad en Panajachel, sin duda es la maestra de Neruda, alta, majestuosa, enigmática. Mis ojos se fijaron en los suyos y eran sus ojos verdes bellísimos, y caí de rodillas ante ella, sobrecogido, cuando sentí su mano acariciando mi cabeza que no intenté jamás volver a levantar, sólo veía hasta sus pechos resguardados como escudo por una medalla de Santa Teresa de Avila que colgaba de su cuello con una fina cadena dorada. No pude hablar, solo balbuceé palabras sin sentido y volviéndome caminé de regreso hacia el pueblo, por la orilla del lago, en otra dimensión, entre sombras de colores, plantas vivas que abrían camino solas a mi paso, caminé sin llegar jamás a la procesión de luces que seguía, gritos y música de marimbas que se alejaban de mí en la distancia.
Amanecí tarde, durmiendo en mi hamaca afirmada de las rocas a la orilla del lago, en la casa de María Elena, aún borracho de pulque, música y algarabía. Caminé lentamente por las luces reflejadas del lago por el sol que envuelve todo cuanto allí existe, enfilé por las calles empedradas de la entrada del pueblo, con una sed endemoniada que me obligó a entrar al primer negocio a mi paso y beber de una zampada el agua de tamarindo fresco y helado que aplaca mi garganta. Más despejado, caminando con lentitud, detengo mi andar frente al escaparate iluminado de una librería a mi paso. Con emoción mis ojos vieron de inmediato la imagen de Gabriela Mistral en un libro con sus obras, fijé mi vista en la foto de la maestra que el volumen reproducía: de su cuello pende la fina cadena dorada que sostiene la medalla en que se ve a santa Teresa de Avila.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.
4 de enero de 2009
PARABIENES.
PARABIENES CON REYES MAGOS.
Hoy es Noche de Reyes, cuando los Reyes Magos llegan ante el recién nacido Nuestro Señor Jesucristo Hijo de María y le presentan sus respetos. La Pascua de los Negros le decimos en Chile, donde se celebra en la zona rural con gran jolgorio en algunos lugares y en Santiago puertas adentro, con la familia y los amigos y los últimos rezagados que no alcanzamos a ver en Navidad o en la noche de Año Nuevo. También es el día en que se entregan los regalos a los adultos, a manera de parabienes por el nuevo año que se ha iniciado. Y valgan estas lineas inmediatas a manera de conversación y parabienes al lector, aunque el placer de una conversación perfecta es necesariamente raro, parodiando a Lyn Yutang, porque los que son sabios rara vez saben hablar y los que hablan rara vez son sabios. Pero es necesario también esta cuenta sencilla, para hablar de amigos y compartir sus deseos inmediatos. Contar que todas las bendiciones multiplicadas por 100, me envía María Elena desde el Palacio de Jade en la Antigua Guatemala. Que Silvia la pasó en Japón, Jenny en Orlando y Pau en México, allá en Cancún, hacia donde le envío un beso con estas líneas. Fraternalmente, el honorable amigo Juan Antonio Massone del Campo me escribe que “para el inminente 2009, quiero que el vivir se traduzca en experiencia y espíritu siempre positivo, para bien de quienes tienes en rededor.” Paul Thurston me envía hartas felicidades. La querida Karen Doggenweiler hartos cariños y muchas bendiciones. El poeta amigo Jorge Montealegre, rememorando nuestro trabajo en los Juegos Deportivos y Florales Literarios de Cartagena, me envía un abrazo y felicidades y que los juegos florales sean todo el año 2009!(En el alma al menos). El honorable amigo Manuel Zavala y Alonso del arts-history de México, en una foto magnífica me recuerda que como una sombra el tiempo marcha: Demos la bienvenida al año nuevo, con la determinación y valor que los vientos de la historia nos exigen.
Díganme, ¿no es para estar feliz rodeado de amigos? Una buena amistad es una suerte muy grande que nos acompaña durante toda la vida, y que la Red se presta decididamente a fomentar. Una buena amistad es una persona para la cual nuestra vida no tiene secretos y que, a pesar de todo, nos aprecia. Debo aquí anotar que recibí muchos regalos en estas fiestas, y uno de ellos es que Internet me ha devuelto a dos de estas personas muy queridas, y a quienes la crítica ubica en su especialidad entre las artistas más importantes, de las más innovadoras, y yo digo que amigas como la mejor, Nadine Markova y Gerda Gruber. Y digo lo que digo no porque uno se quiera inflar con la gente y ande levantando a sus amigos o se quiera colgar de laureles ajenos, o porque Nadine me haya presentado a muchos de sus propios amigos en Norteamérica y México y que ahora también son mis amigos o porque trabajáramos varias veces juntos para revista Vogue, nada de eso, sólo a las pruebas me remito, su trabajo con la fotografía y de creadora visual está vivo también en medios como Life, Forbes, Playboy, National Geographic, Newsweek, Times, People, Rollingstone... Se puede ver algo del trabajo de Nadine Markova en:
http://nadinemarkova.com/
De Gerda Gruber se sabe que nació en Checoslovaquia pero también México es como su patria, de su trabajo como escultora se sabe que ha trabajado sin interrupción como maestra y con la porcelana, con el barro, plata, vidrio, bronce, que su obra se encuentra en numerosos museos, como en el Victoria and Albert Museum en Londres, en el Musee Ariana de Ginebra, en Hetjens Museum en Dusseldorf, en el Museo Internazionale della Ceramiche en Faenza, en el Museo de Arte Moderno, y el Museo del Vidrio, en México, donde hay una gran colección de piezas suyas... es decir, de Gerda Gruber se sabe también que es una artista reconocida mundialmente, pero yo sólo quiero anotar aquí que es una amiga leal con sus amigos, cálida, honesta y cuando lo mira a uno con sus grandes ojos celestes parece que nos limpia. Entonces, vayan estos parabienes a manera también de alegría por las noticias de ellas, de Nadine que hizo la fotografía de la portada de uno de mis libros que tenía como centro una escultura de Gerda, que reprodujeron en fragmentos en Vogue y que ahora se recorta contra el mar de mi ventana y me alegra.


Así con alegría, lector, mi semblante, recibamos al nuevo año con un beso y digamos con el sabio Lao-Tze que, en verdad, todo está bien y seguirá bien, y no nos demos prisa en intervenir en las cosas ni en adquirir nuevos amigos, ni menos en dejar los que tengamos. Que el consejo de un buen amigo es como vino generoso en copa de oro. Que el buen amigo es quien nos recuerda que no sacamos nada con lavar cada mañana las alas de los cisnes porque los cisnes son naturalmente blancos.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.Enero 4 de 2009.
Hoy es Noche de Reyes, cuando los Reyes Magos llegan ante el recién nacido Nuestro Señor Jesucristo Hijo de María y le presentan sus respetos. La Pascua de los Negros le decimos en Chile, donde se celebra en la zona rural con gran jolgorio en algunos lugares y en Santiago puertas adentro, con la familia y los amigos y los últimos rezagados que no alcanzamos a ver en Navidad o en la noche de Año Nuevo. También es el día en que se entregan los regalos a los adultos, a manera de parabienes por el nuevo año que se ha iniciado. Y valgan estas lineas inmediatas a manera de conversación y parabienes al lector, aunque el placer de una conversación perfecta es necesariamente raro, parodiando a Lyn Yutang, porque los que son sabios rara vez saben hablar y los que hablan rara vez son sabios. Pero es necesario también esta cuenta sencilla, para hablar de amigos y compartir sus deseos inmediatos. Contar que todas las bendiciones multiplicadas por 100, me envía María Elena desde el Palacio de Jade en la Antigua Guatemala. Que Silvia la pasó en Japón, Jenny en Orlando y Pau en México, allá en Cancún, hacia donde le envío un beso con estas líneas. Fraternalmente, el honorable amigo Juan Antonio Massone del Campo me escribe que “para el inminente 2009, quiero que el vivir se traduzca en experiencia y espíritu siempre positivo, para bien de quienes tienes en rededor.” Paul Thurston me envía hartas felicidades. La querida Karen Doggenweiler hartos cariños y muchas bendiciones. El poeta amigo Jorge Montealegre, rememorando nuestro trabajo en los Juegos Deportivos y Florales Literarios de Cartagena, me envía un abrazo y felicidades y que los juegos florales sean todo el año 2009!(En el alma al menos). El honorable amigo Manuel Zavala y Alonso del arts-history de México, en una foto magnífica me recuerda que como una sombra el tiempo marcha: Demos la bienvenida al año nuevo, con la determinación y valor que los vientos de la historia nos exigen.
Díganme, ¿no es para estar feliz rodeado de amigos? Una buena amistad es una suerte muy grande que nos acompaña durante toda la vida, y que la Red se presta decididamente a fomentar. Una buena amistad es una persona para la cual nuestra vida no tiene secretos y que, a pesar de todo, nos aprecia. Debo aquí anotar que recibí muchos regalos en estas fiestas, y uno de ellos es que Internet me ha devuelto a dos de estas personas muy queridas, y a quienes la crítica ubica en su especialidad entre las artistas más importantes, de las más innovadoras, y yo digo que amigas como la mejor, Nadine Markova y Gerda Gruber. Y digo lo que digo no porque uno se quiera inflar con la gente y ande levantando a sus amigos o se quiera colgar de laureles ajenos, o porque Nadine me haya presentado a muchos de sus propios amigos en Norteamérica y México y que ahora también son mis amigos o porque trabajáramos varias veces juntos para revista Vogue, nada de eso, sólo a las pruebas me remito, su trabajo con la fotografía y de creadora visual está vivo también en medios como Life, Forbes, Playboy, National Geographic, Newsweek, Times, People, Rollingstone... Se puede ver algo del trabajo de Nadine Markova en:
http://nadinemarkova.com/
De Gerda Gruber se sabe que nació en Checoslovaquia pero también México es como su patria, de su trabajo como escultora se sabe que ha trabajado sin interrupción como maestra y con la porcelana, con el barro, plata, vidrio, bronce, que su obra se encuentra en numerosos museos, como en el Victoria and Albert Museum en Londres, en el Musee Ariana de Ginebra, en Hetjens Museum en Dusseldorf, en el Museo Internazionale della Ceramiche en Faenza, en el Museo de Arte Moderno, y el Museo del Vidrio, en México, donde hay una gran colección de piezas suyas... es decir, de Gerda Gruber se sabe también que es una artista reconocida mundialmente, pero yo sólo quiero anotar aquí que es una amiga leal con sus amigos, cálida, honesta y cuando lo mira a uno con sus grandes ojos celestes parece que nos limpia. Entonces, vayan estos parabienes a manera también de alegría por las noticias de ellas, de Nadine que hizo la fotografía de la portada de uno de mis libros que tenía como centro una escultura de Gerda, que reprodujeron en fragmentos en Vogue y que ahora se recorta contra el mar de mi ventana y me alegra.


Así con alegría, lector, mi semblante, recibamos al nuevo año con un beso y digamos con el sabio Lao-Tze que, en verdad, todo está bien y seguirá bien, y no nos demos prisa en intervenir en las cosas ni en adquirir nuevos amigos, ni menos en dejar los que tengamos. Que el consejo de un buen amigo es como vino generoso en copa de oro. Que el buen amigo es quien nos recuerda que no sacamos nada con lavar cada mañana las alas de los cisnes porque los cisnes son naturalmente blancos.
(C)Waldemar Verdugo Fuentes.Enero 4 de 2009.
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