7 de abril de 2011

DE DOLORES Y PLACERES


Selección, compilación y estudio de Gerardo Bustamante Bermúdez, la obra “De dolores y placeres” suma entrevistas al poeta Elías Nandino realizadas entre 1954 y 1993. Es un libro editado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal que rescata testimonios de uno de los poetas fundamentales de la lengua española, un trabajo necesario para acercarse a Elías Nandino en una obra cuyo diseño pertenece a la artista mexicana Gabriela Oliva, con singular portada de Elvira Wen Lemus Estrada y excelente edición al cuidado de Gustavo Martínez. He terminado de leer este libro en mi taller literario acá en Chile y hubo juicios precisos sobre el interés que despierta su lectura en conocer la poesía de Elías Nandino y, así mismo, adentrarse al grupo literario Contemporáneos que durante el siglo XX ejerció su influencia desde México a toda América, opinión absolutamente vigente. A la erudita introducción “Cuando hablas nace la poesía...” de Gerardo Bustamante Bermúdez, la obra recupera los acercamientos que tuvieron al poeta escritores enormes como Sergio Magaña y Juan Cervera, críticos y autores como Teresa Castro, Lilia Martínez Aguayo, Leopoldo Ayala, Miguel Ángel Morales, Bruce Swansey, Sandro Cohen, Gonzalo Valdés Medellín, Gregorio Monge, Carlos A. Cruz, Gloria Velázquez, Gerardo Ochoa Sandy, Salvador Encarnación, Arturo Alcántara Flores, Ana María Longi, Óscar Trejo Zaragoza, César Güemes, Carmen García Bermejo, Juan María Navjea y Edgar Mendoza, Gabriela Gutiérrez López, Santiago Espinosa de los Monteros, Eduardo Castañeda y Andrés Kroepfly. También se incluye la entrevista que realicé al poeta Nandino para revista Vogue en enero de 1983, y una visión de él que me regaló en varios años de frecuentarlo publicada en junio de 1987 en diario UnoMásUno de México. Debo decir ahora que releer mi modesto testimonio del poeta, cuya humildad hacía de él un hombre de virtud enorme, me ha emocionado porque me llevó a una época de mi vida cuando residiendo en México crucé no pocas veces hasta Cocula en los altos de Jalisco, donde el maestro Elías Nandino me recibió siempre en su hogar con las puertas abiertas, como solía hacer con quien se acercara a él. En una lectura que realicé en el Convento del Carmen de Guadalajara me presentó con elogiosos comentarios que hasta ahora animan mi trabajo, y lo pude ver cada vez que iba a la Ciudad de México, donde él alojaba en casa del director teatral Xavier Rojas, quien también me brindó su cálida amistad. Así pues, vaya en honor de la memoria amistosa que ha encendido mi corazón en México la reproducción aquí de mi testimonio acerca del maestro Elías Nandino que ha rescatado este trabajo “De dolores y placeres”.
Waldemar Verdugo.

DEL MAESTRO ELIAS NANDINO



ELÍAS NANDINO:
"Antes me quemaba sobre los cuerpos ardientes.
Ahora, a mis ochenta años, me quemo sobre mis ardientes recuerdos,
y en este infierno en ruinas aún estoy creando mi poesía".

¿Qué significa exactamente el popular término "poesía mexicana"?. ¿Aquella escrita por mexicanos o la poesía que refleja el espíritu, realidad e inspiración del carácter que encierra el nombre "México"?. Un idioma común a las gentes de nuestra América y España hace dudosa tal excusa de mexicanidad. Quizás "El laberinto de la soledad", de Octavio Paz, sea una muy mexicana tentativa de atrapar en un ensayo el espíritu de un pueblo, tan mágicamente retratado en la prosa del maestro Juan Rulfo. Sin embargo una de las características que ubican a ambos escritores frente a la crítica internacional es la personalidad definidísima de sus obras respectivas, que no encuentra paralelo entre sus contemporáneos. O sea, debemos concluir que su diferencia con relación a los otros escritores del país es lo que los hace "tan" mexicanos. Entonces, Rulfo y Paz -cada uno en su línea creativa- le confieren un sello a lo que se escribe en México no por similitud; y la diferencia que es su personalísima visión artística los hermana con los grandes artistas de nuestra época, siempre sumergiéndose en la marea de la cual brota majestuosa nuestra lengua castellana, nuestros propios contemporáneos, que en verdad somos todos los que vivimos no negando la realidad de una tradición ni la inspiración de comportamiento de los pueblos, sino que a través del hálito del artista, afirmar que al arte lo guía un espíritu universal, que en la temática literaria aborda en su inspiración temas que tienen que ver con todos nosotros.
Y si hay un poeta en México que logró este rescate del hálito, ese poeta es Elías Nandino. Cuya obra "es canto de una conciencia desolada que, en medio de una noche interminable, interroga al dolor del mundo. Y no encuentra sino el eco de su duda." (Según "Poesía en movimiento", ed. Siglo XXI, p.312. Autores: Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis). Lo que refleja Elías Nandino es el eco de la rica generación de escritores que se inició a fines del siglo pasado en Latinoamérica; aquella generación que insinúa que no hay una poesía venezolana, mexicana o chilena, sino que hay una poesía universal. Una tradición universal y un estilo poético que asevera que nuestras historias literarias nacionales son tan artificiales como nuestras fronteras políticas. Por eso, el trabajo de Juan Rulfo, Paz o Nandino es cómplice de algo más alto, forma parte de una valía más alta: la del arte de escribir en lengua castellana.

Lo primero que me conmovió al conocer la obra de Nandino, fue la sinceridad que recorre cada página. Y eso lo que uno siente al estar frente al viejo poeta: su carácter sincero, su calidez, y un sentimiento de ternura que envuelve todo lo que está a su alrededor. Le he visto varias veces, en la Ciudad de México y allá en Cocula, en los altos de Jalisco, donde vive y enseña a vivir. Porque la vida es el gran tema de su obra. Nandino redime con su poesía la huella de los dolores que en su vida han dejado las tempestades morales. En el prólogo a uno de sus libros, Xavier Villaurrutia lo retrata así:
"Ya lo imagino, el día más pensado, desprenderse de sí mismo y con precauciones infinitas, lúcido y frío, auscultar su propio tronco ardiente, seguir las intermitencias de su corazón, poner al descubierto las capas profundas de la tierra de su cuerpo, y explorar las antiguas cavernas del pecho para extraer, de los complicados repliegues de la red de los nervios, los ligeros pájaros y los seres marinos que el hombre ha ido ocultando en el hombre" (año 1934, fragmento).
Existe en la obra de Nandino una profunda raíz romántica, lo que se advierte en sus esencias constantes: solemnidad, dolor, intimidad, angustia pasional y color. Un romanticismo que en sus primeros años asimila y se enriquece con la incertidumbre que adelanta y retrocede, que desciende y se desvía, que en su madurez se nutre de inquietud y rectifica, para resurgir del cambio de piel con la mirada lúcida y revestido de la más iluminada seriedad. El sabe que el sendero auténtico corre hacia nuestro interior, hombre-adentro, por eso es un verdadero poeta romántico, lo que también delata en su concepción del universo, en su idea de Aquél que no se nombra. Dice en el Soneto 10 de su libro "Naufragio de la duda":
"Yo creo en Dios más el cerebro duda, porque falta el impulso de la idea, al imponerse la febril tarea de darle forma a la verdad desnuda. En vano acecha y el silencio anuda el espasmo de luz que merodea, porque el semblante que su afán moldea ungido en sombras su contorno escuda. Una crisis de llanto detenido se coagula en mis ojos, y decido matar impulsos y volverme ciego, pero en el fondo de mi propia vida, por dentro, con mi voz enmudecida, converso a solas con el Dios que niego".
En su casa en los altos de Cocula, cierto fin de semana en que me alojó, cuando pasé a ser uno más de los que repiten que el doctor Nandino es amigo de sus amigos, le pregunté cuál ha sido ha sido la principal fuente de inspiración, y con cuál poema suyo se siente ahora más identificado, y dijo:
-Eros ha sido mi fuente de inspiración. Ya me ocupara de Dios, de los astros, de la vida, de la muerte, del amor, del dolor o de la dicha, en todo yo veía la fiebre de mi lirismo erótico. Un Cristo en la cruz, un San Sebastián herido, el botón de una flor, un moribundo, un potro que corriera libre en el campo o una estrella que me viera desde el cielo, valían para mí según la intensidad que les diera mi erotismo en vilo. Goethe decía: "Cuando escribas algo, hazlo siempre con lo que sepas". Yo lo único que sé de la vida es lo sexual. He nacido con el siglo, y ahora no puedo hacer el amor físico... pero sí lo puedo hacer con la mirada. Me preguntas por un poema que me identifique, y yo creo que toda la obra debe identificar el trabajo de un escritor, pero al parecer lo que queda en la vida son resabios, partes de las cosas, jirones de emociones; tengo un poema llamado "Fue tal mi apego", que dice así:
No me importa
cómo juzguen mi vida:
yo traté de vivirla
haciendo estrictamente
lo que ella apetecía.
No hubo deseo
tentación o capricho
que no lo realizara
con eficaz esmero.
Y fuera lo que fuera
al tiempo de cumplirlo
lo transformé en ensueño.
Por ella fui lascivo
y no he dejado puro
ni un poro de mi cuerpo.
Fue tal mi apego
a los desmanes
de su carnal orgía,
que a mis ochenta y dos años
de su infierno en ruinas
aún estoy creando mi poesía.

El sentimiento erótico de la vida en Elías Nandino, proviene de algunas antiguas escuelas de oriente: aquellas que usan en su formación los conocimientos del Yoga Tántrico, una sabiduría secreta que busca al Innombrable a través del uso del cuerpo físico. Elías Nandino concibe al Universo como una dualidad: lo que se sueña y lo que se vive, y que tiene su punto de encuentro en una unidad evolutiva. Aunque su posición es la de que el hombre es el centro de todo, el espacio de este universo dinámico, reconoce que en verdad sólo somos una mínima parte constitutiva. El ve al hombre como a una rítmica reproducción del latido que anida en el misterio. Este pálpito que corre desde el exterior al interior, esta fuerza que mantiene la continuidad es Aquél que no se nombra:
"Dios es eternidad y su presencia abarca desde el cielo a mi conciencia, y El es Todo, y yo parte de su vida... Dudo mi Dios, y sin embargo creo con los hondos abismos de mi mente: que existe tu poder omnipotente en todo lo invisible y lo que veo" (de "10 sonetos a Dios").
En toda su obra parece flotar una primera conciencia que impone una medida a las cosas, una marcha al Universo: "Todo lo que al nacer pulsa existencia y cumple su destino y se deshace, queda en el aire, como esencia y ritmo del temblor inmortal, que impulsa sin descanso la evolución total del Universo" (de "Círculo eterno"). El delata en sus libros una férrea creencia en la unidad de lo viviente. De tanto ir rodando nuestra soledad un día sobreviene la muerte, y vamos a fundir finalmente nuestra esencia en el gran círculo universal, que es el arribo a nuestra verdadera identidad:
"Tierra voraz, oscuro hogar bendito donde el dolor se apaga: yo quiero reposar bajo tus sábanas de secretas ternuras germinales y, así cual la semilla que se oculta en tus húmedas tinieblas, resurge transformada ya en la serena beatitud de un árbol o en el fugaz instante de una rosa, renacer de tu entraña y subir el peldaño que en la escala de vidas mi evolución alcance. Porque vengo de ti, soy lodo en trance, y a fuerza de vivir y de morir, ha de llegar a definir mi esencia para ser en el cosmos vida eterna" (de "Nostalgia de tierra").
En su obra, me conmueve su angustiada referencia a ciertos tormentos que le afligen. Desde sus primeros poemas, desde sus primeras hondas noches, Nandino cuestiona su reino que parece lleno de sombras por la repetida soledad, que en el poeta más que otra cosa es un estado del alma. El es un gran atormentado, enfermo de males íntimos que lo agobian ansiosamente, que lo hacen retraerse como a las olas el mar, y como el mar, vuelve. Nunca desiste, no cae, a pesar de todo jamás está vencido; en alguna hendidura él encuentra una fuga de claridad, por algún laberinto en su vida se filtra la luz. Entonces, su soledad no es absoluta, la turba su iluminado mundo interior que está ahí, a flor de piel, plagado de referencias táctiles que -en su primera época- incluso desasosiegan. Es porque el seso de su trabajo es íntimamente emotivo, gracias a lo cual rescata para nosotros, tangiblemente, muchas cosas que no podemos tocar. El mismo dice que la poesía se escribe no con palabras, sino con sueños. Porque los poemas no se escriben, se dibujan. Por eso, toda su abrumadora soledad no es más que la piel de una sábana que molesta "a la solitaria estatua que me alberga". Su canto es la esperanza del trascendalista. Esperanza no asentada en la fe, sino en las ganas de creer: "Como que ya fui antes de nacer. Como que un día en alguna parte, en otro sitio o quizás en otro mundo tuve existencia en diferente cuerpo, con otro nombre y con la misma angustia" (de "Nocturna palabra").
-Maestro Elías, ¿podría ubicarnos las motivaciones que le decidieron en su primera época literaria?

-Recuerdo que leía los poemas que estaban en los libros de lectura de mis años de infancia. Declamaba versos a instancias de mis maestros para las fiestas de fin de año escolar o para las fiestas patrias. Pero entonces no comprendía por qué ni para qué se escribían poemas. tenía 14 años cuando terminé el sexto grado. Un condiscípulo me prestó un librito de rimas de Gustavo Adolfo Bécquer: fue la primera vez que entendí y gocé los poemas. A los pocos meses mi hermana consentida enfermó de gravedad y después de una agonía desesperada de cinco días, murió. Yo presencié todo. A su muerte fui a mi recámara, en que había un Cristo de bulto; me puse frente a El y lo interpelé acusándolo de asesino. Pasé lo más crudo de la Revolución de 1910 en mi tierra, Jalisco, en la que entraban tropas revolucionarias un día y al otro los federales. Una vez me salí de la casa del sacerdote donde estábamos escondidos con mi familia y muchas familias más, por temor a los desmanes de los rebeldes y de la soldadesca; yo me dirigí a la plaza con la intención de comprar cañas, cuando al entrar al cuadro del parque me encontré -colgados de las ramas gruesas y tendidas de los tabachines- a más de veinticinco ahorcados, con las lenguas fuera y unas caras de inmóvil desesperación. Huí por entre los árboles, verdaderamente transido de miedo, me fui por el lado del kiosco justo cuando el capitán daba la orden de "apunten: fuego". Yo vi el brinco que echó un fusilado cuando cayó boca arriba como queriendo volar. El capitán le dio el tiro de gracia. Yo estaba paralizado y, como pude, me fui yendo hasta la bocacalle para irme a la casa del sacerdote que estaba a cuadra y media. Llegué, y mi madre, al verme tan pálido y asustado, me dio un pedazo de azúcar con alcohol y me llevó a descansar a una cama. Así es como conocí la muerte. Aunque la de mi hermanita fue otra cosa: me dolía en cuerpo y alma. Cuando ella murió, muchos días anduve por las orillas del pueblo como queriendo irme... un día, al atardecer, me fui al potrero de "Los coyotes", que era de mi padre, y ahí, echado de bruces bajo un tempisque y sobre unas piedras lajas me puse a pensar, saqué un cuaderno de mi mochila y empecé a escribir: "Hermanita te pregunto..." Escribí muchos poemas que no supe al final qué se hicieron. Pasados unos meses tuve una novia, se llamaba Sara, y empecé a escribir mi libro "Canciones". En esos días llegó un amigo mío, Luis Sánchez, que estudiaba en el Seminario y que iba a pasar vacaciones de Semana santa. Le enseñé los poemas que le había escrito a mi hermanita y los de "Canciones", y me dijo: "¡A como dé lugar, tú tienes que irte a Guadalajara a estudiar preparatoria". Precisamente, a los pocos días, nos fuimos juntos en la diligencia, muy temprano porque el lucero de la mañana ya se despegaba del horizonte; íbamos a la estación "La vega" a tomar el tren de Ameca que por ahí pasaba rumbo a Guadalajara. Mi equipaje era una maleta con la boca al medio que se cerraba con una larga cinta de zapatos".
A Elías Nandino se le ubica dentro del grupo de "Contemporáneos". Es el último poeta vivo de esa importante generación literaria. Afirma el crítico literario José Luis Martínez que "Contemporáneos" está caracterizado por su preocupación exclusivamente literaria. Fue su lucha encarnizada ganar en hondura lo que antes se perdía en extensión, es decir, aprender a mirar en el fondo de nosotros mismos para captar los nimios movimientos de nuestra interioridad, sorprendiendo las vivas facetas de la idea, a fin de que el artista pueda llegar, sin escalas en las facultades despiertas, al subconsciente, dejando tranquilo al pensamiento, para que el ensueño se regocije con la campana, rosa, perfume, fiesta de las imágenes... mientras la cimbra desata la jauría de los instintos, por las veredas de la fantasía hipnotizada. "Contemporáneos" logra una sensibilidad afín, gracias al conocimiento de las letras francesas modernas: Proust, Malarmé, Valèry, Cocteau... fecundando también el espíritu de esta generación la poesía española posterior a Juan Ramón Jiménez, así como el numeroso mensaje de los escritores agrupados en torno a la "Revista de Occidente", espléndido crisol donde se funde, no ya la visión especular y serena de la pura teoría, de la reflexión óntica, sino el palpitante arco iris de la existencia. El trato con los autores Elliot y Supervielle, así como las obras de Rilke, que de una manera tan patética revelaron el descubrimiento de nuestra soledad en el mundo, completan el círculo de lecturas en el que esta generación nutrió sus ensueños.
De este mundo interior procede, sin duda, el menosprecio que sintió "Contemporáneos" por las normas de la poética tradicional, que con sus rígidos principios rompía el ritmo constante de las imágenes. Ellos expresaron fielmente "sus visos imaginativos y sensuales, aunque para llegar a ello suprimieran los hitos de las lindes lógicas y los enlaces sintácticos, fuera de los cuales queda la masa informe, pero aromada, musical y luminosa, de la última y primera arcilla, del arjé primordial de la poesía" (Arturo Rivas Sáinz en "Fenomenología de lo poético").
Le pregunto al maestro Nandino cuáles han sido sus lecturas más importantes, y responde: -Mis lecturas iniciales fueron muy pobres, tal vez las más importantes fueron las que hice de Bécquer, como te comenté. En mi primera época también leía a Manuel M. Flores y al entonces escritor de moda: Amado Nervo. Ya en Guadalajara leí todo lo básico de la literatura mexicana. Cuando conocí a los "Contemporáneos" seguía sus lecturas. La influencia mayor para mi creación, autocrítica y conocimiento de lo poético, lo recibí de Paul Valèry. En un principio mi poesía la basaba en mi gran impulso lírico, que después sofrené al leer a Rimbaud, Baudelaire y los de la Escuela francesa. Hasta 1947, las influencias que yo mismo me descubrí fueron las de Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y la inevitable de Xavier Villaurrutia, con el que fuimos amigos inseparables durante veintiséis años, casi sin dejarnos de ver diariamente... Xavier Villaurrutia conmigo se humanizó acompañándome a los hospitales -ya sabes que soy médico-cirujano-, y compartiendo muchas veces mis apuros de tiempo para escribir poesía entre las operaciones quirúrgicas. Todo el cuerpo médico del Hospital Juárez le tenía gran admiración y simpatía. Xavier asistía a nuestras comidas mensuales llevadas a cabo en el mismo nosocomio; en una de ellas nos leyó su traducción del "Discurso a los cirujanos" de Valèry. Muchas fueron las veces en que se quedaba a acompañarme en mis guardias quincenales y él, que se desmayaba cuando veía sangre, y también huía de los ciegos porque los consideraba de mal agüero, después de sus frecuentes acercamientos a la verdad del dolor humano, cambió por completo, y se tomaba muy a pecho mis angustias profesionales. Andábamos juntos todos los días. Fuimos compañeros de angustias emocionales y mutuamente nos aconsejábamos. Compartíamos hasta los cuerpos amados. Fue la suya una amistad única, la más grande de mi vida. No fue influencia la nuestra, sino contagio mental. No lo vi morir. Esa vez yo fui a Córdoba donde estaba invitado con Carlos Pellicer, Roberto Montenegro y muchos más. Xavier también estaba invitado pero no fue. Allá supe la noticia. Como fue el 24 de diciembre al amanecer del 25, no salió en la prensa, y nos enteramos cuando ya lo habían bajado a la tierra...
-¿Usted frecuentaba el trato comunitario o se desenvolvía más bien en forma aislada?
-En mi caso, siempre ha sido necesaria la relación con otros escritores. En Guadalajara hicimos un grupo de cinco o seis que publicamos primero un suplemento que llamamos "La sombra de Nervo", y que después titulamos "Bohemia". Una vez en México D.F., me uní al grupo sin grupo y no me di del todo a las actividades que desarrollaban porque yo estudiaba medicina. No obstante, comía con ellos en reuniones mensuales en Sanborn´s, o asistía a conferencias, teatros, exposiciones...las primeras lecturas de poemas como "Muerte sin fin" y "Nocturno Rosa", se hicieron en mi consultorio de ocho y media a diez, donde a propósito nos reuníamos para escucharnos.
-Usted luego dejó el Distrito Federal...

-No tan luego. Lo dejé en 1972, y creo que dejarlo sí me sirvió. Y si salí de la capital fue porque ya no soportaba los grupos literarios; el maximato de los "dizque" grandes. Además ya me había cansado la conspiración del silencio. Y por mi edad -tenía 72 años- ya estaba muy minada mi habilidad y agilidad quirúrgicas. O sea, me ahogaba mi realidad y estaba perdiendo el anhelo de escribir. Al llegar a mi pueblo, Cocula, tuve un gran período de reflexión; escribí mi libro "Cerca de lo lejos" y tuve una especie de paz mental. Después de una vida borrascosa, entré a una resignada paz sexual, de recuperación poética, de perdón a mí mismo. Cuando estaba en ese estado nirvánico, fui invitado nuevamente a Guadalajara para dirigir el taller de literatura de Bellas Artes. Antes ya me habían llamado para imponerme en la capital la medalla "Nezahualcóyotl" y para ofrecer unos recitales que fueron filmados. Luego estuve en la "Casa del Lago" de Chapultepec y en la "Sala Manuel M. Ponce" del Palacio de Bellas Artes; en 1979 recibí algunos otros premios, y enseguida vino la invitación para ir a Cuba al "Carifesta" (Encuentro Anual Internacional de Poetas), con la representación de México, y por último mi participación en el Festival Internacional de Poesía, en Morelia... todo me llegó sin buscarlo. En realidad me sorprendió el interés que mi trabajo despertó. ¿Por qué esa recuperación? Yo no he pedido nada, no he movido un dedo para hacerme propaganda, y espontáneamente ahora me invitan para dar recitales en universidades de Estados Unidos y en otros países; me han concedido el Premio Nacional de Literatura... si no hubiera decidido dejar el D.F. quizás ya hasta me hubiera muerto de fastidio o de cansancio de la vida; pero todo cambió, soy feliz con mi taller de literatura, con mis alumnos que me rejuvenecen y que, enseñándoles, me enseñan juventud. He cumplido 83 años el pasado 19 de abril, ya entré a los 84. Mi salud buena en apariencia en la realidad se derrumba: ya me falla la audición, ya se me empiezan a apagar los ojos, pero nada me alarma. Mi larga reflexión sobre la muerte me ha convencido de la necesidad de morir ya que el hombre se completa hasta que se muere. Por supuesto, yo soy un gallo de pelea y espero morir en el ruedo.
-Usted ha conjugado su amor entre lo científico y el arte. ¿Cómo se dio en su vida esta simbiosis?
-Hacer la simbiosis de la medicina y la poesía me fue muy fácil. Es innumerable la cantidad de médicos que aquí y en todo el mundo han sido buenos médicos y buenos poetas. Están la medicina y la poesía completamente vinculadas porque las dos se ocupan de los seres humanos, tanto en lo corporal como en lo mental. Estos vínculos han aumentado con el psicoanálisis que ya las lleva hasta el campo espiritual y el onírico. Decir en cuál de las dos carreras he triunfado, me es sumamente difícil. Si la cirugía, que por mi edad no ejerzo, pudo durante el tiempo que la trabajé, hacerme vivir con holgura, en cambio, la poesía, que me ha sido imposible abandonar, me ha retribuido otros beneficios, porque ya todo el mundo sabe que no apoya la economía de nadie; en todo caso, el triunfo que podría tener como poeta, será efectivo, o no será, sólo hasta después de mi muerte... Además yo no creo en la inmortalidad del poeta, pero sí en la de la poesía. Es debido a esto que el poeta tiene la obligación de trabajar en una actividad diferente al cultivo de las letras, para cubrir las necesidades de su vida y, a la vez, robarle sus horas de descanso, las más que pueda, para darlas a su creación poética. Claro, no se puede ser un vago ni evadir responsabilidades por la poesía. Muy al contrario: el cumplimiento de nuestros deberes nos dará la satisfacción y la euforia necesaria para trabajar nuestros poemas, ya que la poesía se piensa y se acumula en el pensamiento durante las fatigas de nuestras ocupaciones. Mi acervo íntimo creció en los hospitales, en el "Juárez" y en casi once años de trabajar como jefe del Servicio Médico Quirúrgico de la Penitenciaría del Distrito Federal, la famosa Lecumberri, donde vi el infierno en vida; la promiscuidad más horrenda la conocí en ella y tuve que curar sus estragos. En Lecumberri pasaban los hechos más extraños que el honor del criminal sella con el silencio. Todo eso está en mi poesía, y con ella mi propia vida. Ahora, a esta edad, todo ha cambiado; mi poesía es el reflejo de lo que vivo ahora: una existencia reflexiva y apaciguadora".
Así es que el estilo en la obra de Elías Nandino es producto, a la manera de Rainer M. Rilke, del trabajo, la jerarquía y el oficio. Su literatura es el producto de largos cuidados y copiosa multitud de intentos, reanudaciones, eliminaciones y preferencias. En su misma poesía encontramos el ideal estético que desea:
Casi en la cima o en la sima acaso
pretendo todavía
encontrar mi palabra más palabra,
la más sencilla, la de roce de agua,
la que pronuncia el aire
cuando aspira el aroma de los bosques,
la que dicen los ríos al ir de viaje
al seno de los mares,
o la que apenas nace,
en el instante mismo
de las miradas que al pasar se miran.
Quiero letras de luz, agua de lluvia,
desnudeces de flor,
para este anhelo de querer decir
lo nunca dicho,
lo que siento y vivo

más allá de mi cuerpo y en mi cuerpo...
En la poesía de Nandino, "la soledad y el desamparo que vive el hombre de este siglo XX son parte misma de su obra y del amor que él siente por el hombre" (Arturo Molina García en "Elías Nandino, cerca de todo quehacer poético"). Hay en su poesía una búsqueda constante de libertad, un afán de alas, un deseo de trascender del mundo físico y penetrar en otros mundos, en otras realidades del yo-interior. Y no oculta su lucha. Siempre notamos sus recursos idiomáticos y un incesante quehacer para traducir con exactitud de palabras las dubitaciones de su alma. Su literatura "es densa de contenido, de saludables morbideces formales, sin las aristas, a veces excesivas de la poesía castellana de nuestro tiempo. Apegado a los más venerables ritmos del renacimiento, sin rebeldías innecesarias, sin ademanes desorbitados, con entera conciencia de su oficio..." (Octavio Corbalán, en "El centavo").
"Nandino es uno de los poetas más consistentes de México. Más auténticos también. Su larga trayectoria es una amplia curva, que conserva una intacta congruencia interior, sin rupturas consigo mismo, sin vacilaciones en el ritmo. Nandino es poeta vital y -acaso por lo mismo- es también un poeta de la muerte. Poeta de la muerte en el más amplio sentido de esta expresión. Es un hombre corroído por el ansia de inmortalidad, como diría Unamuno, pero provisto además de un gran denuedo interior. Nandino -se le nota- es terriblemente escéptico. Sin embargo, no es un desesperado. Habla de la muerte con la pasión de todo hombre auténtico, pero la asume con una valentía sin alardes. Con una entereza que no llega nunca a ser patética. Que por ello mismo, se aproxima muchas veces al tono clásico. Al tono justo. Al equilibrio irreprochable" (Salvador Reyes Navares en "La poesía en México"). Alfredo Hurtado, en "La poética de Elías Nandino", afirma que su obra "se remansa en paciente espera de exégesis".
-Maestro Elías, ¿qué opinión le merece la crítica literaria?
-Creo que ante la superabundancia de libros nacionales y extranjeros, es deficiente y hasta imposible. También en muchos parece parcial. En cuanto a mí, la conspiración del silencio siempre me estimuló a trabajar, aunque de tiempo acá soy muy recordado, pero no por esto dejo de advertir que se necesita una crítica justa, especialmente con los escritores jóvenes; desinflar los inflados y ayudar a los que lo merecen. Sabemos que hoy el éxito, las más de las veces, nace de la publicidad, y sabemos que el fracaso de muchos que valen, se debe al silencio de los que los condenan.
-¿Qué piensa de las técnicas literarias?
-En mis tiempos, la "Retórica" de Campillo era indispensable. Excepto los poemas a mi hermanita, todos los poemas que escribí después eran medidos y con rimas o asonancias. Fue en 1928 en el D.F., cuando el estridentismo estaba en boga, que la Universidad Nacional publicó mi primer libro: "Espiral", en el que me inicié en el verso libre. Sin embargo, después seguí escribiendo tanto verso libre como sonetos. Debo decir que hay poesía que sólo se acomoda en versos rimados y medidos. Yo así lo siento, y por eso en 1970 publiqué "Eternidad del polvo" en décimas y sonetos de ocho sílabas. Sin embargo, ahora, en mi recientemente publicado "Erotismo al rojo blanco" recurro a la poesía libre, porque así era necesario. Yo creo que la preceptiva literaria ayuda a que aprendamos a dominar el lenguaje y a la vez, también, a controlar el poema y a no dispersarnos. Creo que a muchos escritores los auxiliaría la teoría literaria, cuando menos -en un principio- los privaría del derroche de palabras tan abundante, y todavía más, los ayudaría a realizar la parte medular del poema. En mi caso particular, creo que saqué provecho con los sacrificios de la rima, la medida y los acentos, porque me obligaron a la búsqueda del lenguaje preciso, y a resolver en pocas palabras el concepto de cada décima o en cada soneto.
-¿Sobre la base de qué elementos usted cree que un escritor se hace? ¿Cree usted que a través del tiempo el escritor -en cuanto a "hacedor"- se va transformando?
-Sí. Creo que el escritor puede "transformarse" o "hacerse" a fuerza de trabajo, de escribir y de leer. La lectura no sólo nos enseña, sino a la vez nos descubre. Mas pienso también que es necesario traer ingénitamente un impulso o anhelo natural de crear. Si se tiene éste, todo lo que se aprenda hará crecer la facultad natural. Las universidades pueden enseñar literatura, pero nunca a crear, a poetizar. En el estudio algunos se reconocerán y encontrarán casi instintivamente la facilidad para crear, pero, si la vocación no es innata, resultará con el estudio un buen escritor, pero sin secreto creador y sin el poder de comunicación. Por mi experiencia en el taller literario, he encontrado asistentes que, para inscribirse, me llevan una muestra de lo que han escrito. Esta orientación ya me hace ver si hay imaginación, si hay hondura, entonces yo duplico mi interés por orientarlo. Si el aspirante, a mi entender psicológico, me parece diletante o un curioso por ver lo que puede hacer, también los recibo, examino sus trabajos algún tiempo y casi siempre él mismo deja de asistir. En mis alumnos, mi mejor deseo es hacer que tengan pasión verdadera por lo que hacen, que se vea una positiva entrega de ellos a lo que trabajan, y a la vez una curiosidad y una necesidad de superarse.
-¿Cómo enseña a sus alumnos en el taller literario?

-De antemano yo sé que no puedo enseñarles a hacer poesía o narrativa, pero sí puedo provocarles para que aumenten sus intentos por avanzar. Yo nunca les corrijo. Sólo les sugiero. Les marco lo inexpresivo, lo innecesario, los pleonasmos, las cacofonías o los errores de sintaxis. Pero nunca les cambio sentido a su significación, ni jamás me gusta herir su susceptibilidad. Les induzco siempre a que digan algo, a que sus trabajos no sean un elogio al lenguaje o mero preciosismo; que cada verso o renglón diga o se encamine a lo que ellos tratan de expresar. Les hago notar los ripios de metáforas, imágenes, que nada más las incrustan para que luzca el poema, pero que no tienen participación activa. Nunca me gusta hacer lecturas críticas con los demás alumnos hasta que no creo ya medio maduro el trabajo original. Los jóvenes son muy susceptibles y cualquier ironía o burla hacia sus trabajos, los destruye. Por otra parte, las críticas en grupo son nocivas porque cada uno da su opinión sobre un verso o sobre algún párrafo, y luego otro habla de otro verso u otro párrafo y así sucesivamente, de boca en boca es mordisqueado el texto y, si el interesado les hace caso, humillado corrige y se da cuenta de que ya su texto, con tantas mutilaciones, no es su texto; y si no corrige y las deja como las escribió, él mismo ve su trabajo inseguro, defectuoso, y acaba por perderle el interés.
-¿Quién, entonces, debe corregir al alumno?
-Por supuesto que el maestro, la corrección debe hacerla uno, pero leyendo el texto delante del alumno, lejos de los demás; enseñando a cada uno por separado en un momento que se debe buscar. Hay que hacer observaciones, sugerencias, adjetivaciones, pero sin herir lo medular del original. Me preguntaste además sobre la base de qué elementos un escritor se hace. Yo creo que la combinación que puede resultar del "no nacer escritor" y el "hacerse escritor", dará en resumen una literatura falsa, sin autenticidad, fría, quizás bien escrita pero momificada. Además, todos sabemos que el que nace escritor también tiene que hacerse. El que nació ya con el carisma, ahora le toca cultivarlo, acrecerlo, profundizarlo hacia afuera y hacia adentro. Nacer escritor es una responsabilidad que nos da el destino. Por lo mismo hay que cumplirlo, escribir sin descanso como el buen labrador cumple cultivando la tierra.
Elías Nandino es, en medio de sus tormentos y la noche, un hombre en busca de asidero, de un algo inmediato y redentor, que se hace esperar y lo obliga a apretarse consigo mismo, a refugiarse entre sus propios brazos, que lo obliga a descansar en su propio hombro. La soledad lo acompaña y en silencio testifica su gran amor al mundo que lo circunda, canta a su sincera humildad, uno de sus principios y el mejor y más alto ejemplo que deja en sus lectores. Su trabajo ha sido modelo dócil y sumiso que, sin embargo, jamás se rinde; como la calma del agua constante que horada la roca, porque desde su rincón, modestamente, descubrió el secreto que abre la puerta que da acceso al Olimpo. Y esto, quizás ni el mismo lo sepa, pues aunque su sabiduría es antigua, está más avocada al cientificismo que lo hace exclamar, como uno de los Karamazov de Dostoievski: "Yo no creo en Dios... pero creeré". Actitud que nos hace percibir una muralla sutil entre su obra y Aquél que no se nombra.
-Maestro Elías, ¿qué ha buscado a través de su trabajo? ¿Le ha sido revelado el secreto de la poesía?
-¿Qué es poesía?. Ni los mismos poetas saben definirla. Cada uno la siente y la expresa de manera distinta, con preocupaciones diversas o en afanes individuales. Ninguno sabe qué es la poesía, pero separadamente la busca, la intuye, la inventa, sueña... El poeta es un ser extraño que nació en este planeta no sólo para vivir, sino a la vez para indagar por qué y para qué se vive. Su reacción ante lo desconocido es rebelde, no sumisa; anhela, busca desentrañar el misterio. desde luego, cada poeta trae su preocupación, el aguijón de su duda, la curiosidad mística, del averno, profética... todos los poetas buscamos por caminos distintos las mismas verdades, el develar los mismos secretos, las realizaciones de las mismas esperanzas, pero todos -te digo "todos"- llegamos a la muerte con las manos vacías. ¿Qué es entonces la poesía?. Es la culminación de esas búsquedas, de estos titubeos, de estas reflexiones hechas durante siglos de siglos. Es, en suma, el conjunto de los gritos muertos de todos los poetas que han buscado la verdad de su origen y la razón de su vida.
-Usted ha afirmado que su poesía es usted.
-Desde luego: mi poesía soy yo. La siento que me nace y me habita como otra fuerza ajena, diferente a mi vida, que me obliga a crearla pensando con mi propio pensamiento. Me la explico como fuerza ingénita, como memoria de especie, como reverberación intuitiva, como un estado naciente y continuado de aventuras lejanas que anhelan despertar en mi memoria. Parece que no vivo mi vida, sino que la recuerdo. Por eso escribo. Porque el hombre tiene la facultad de reproducir las ideas concebidas, y para reproducirlas es necesario retenerlas; ese objeto de reproducirlas es recordar. La memoria es una facultad y el recuerdo un estado, éste en que vivo. Por eso, dice así mi epitafio: "En la soledad obscura de los párpados cerrados de este pozo, están guardados los restos de mi figura. Es todo lo que perdura de mi carne enardecida que, por arder sin medida, expiró, y me dio la suerte de no morir de mi muerte, a mí me mató la vida".
© Waldemar Verdugo Fuentes

7 de agosto de 2010

DE OAXACA LA ENCANTADORA


“OAXAQUEÑAS QUE DEJARON HUELLA”.

“Amo una piedra de Oaxaca...” (Gabriela Mistral)

He recibido este libro único: “Oaxaqueñas que dejaron huella”. Esta ofrenda de 60 semblanzas de mujeres “que dibujaron con ética, sabiduría y bondad trazos luminosos en una tierra pródiga”, como dice su coordinadora editorial y diseñadora de la investigación, Dulce María Méndez. Una obra colectiva y plural que rescata noticias de las mujeres más destacadas brotadas en Oaxaca la encantadora, desde la época prehispánica hasta la actualidad. En una edición excelente, 560 páginas, del colectivo Mujeres en el Tiempo, publicada en junio de 2010, el libro rescata además ilustraciones y fotografías inéditas, enmarcadas en un diseño de Diana M. Chagoya González, con ilustración y diseño de portada de Alma Rosa Balderas y Mere Migoya (bella obra plástica que nos remonta técnicamente al maestro Rufino Tamayo pero con una delicada mirada nueva, esencialmente femenina), esta obra “Oaxaqueñas que dejaron huella” nace bajo la iniciativa de Rosa Silvia García de Méndez León, presidenta fundadora de Mujeres de Oaxaca Navegando en el Tiempo, A.C. Ella escribe en la nota Preliminar (fragmentos):
“Fueron dos los principales criterios considerados para la selección de quienes serían objeto de esta obra: 1) Origen. Haber nacido en Oaxaca y/o vivido un periodo considerable en el Estado; 2) Aporte. Haber realizado alguna contribución a la comunidad o descollado en sus distintas áreas, para permanecer en el imaginario colectivo... Casi toda nuestra valoración femenina fue un largo proceso, entre lo temporal y las variantes meritorias. Las propuestas para integrar el libro surgieron a partir de una reflexión que emprendimos, desde el 7 de diciembre de 2007, cuando se formó la Asociación Mujeres de Oaxaca Navegando en el Tiempo. Otras propuestas llegaron a través de una convocatoria que para este propósito lanzamos, de diversas sugerencias de interesados y de especialistas en el tema. Esto dio por resultado un contenido de gran eclecticismo, pues en este libro habremos de encontrar desde la redacción más pulcra y académica hasta el lenguaje más directo y coloquial. A pesar de los distintos estilos, de la variedad de autores y la heterogeneidad de las semblanzas se da un punto de compatibilidad: la trascendencia de las mujeres, cuyas historias conforman esta antología... Abre el volumen de “Oaxaqueñas que dejaron huella” un texto sobre mujeres prehispánicas, época donde imperaba el principio dual: masculino/femenino, Ometecutli-Omecíhuatl y donde las imágenes femeninas indígenas fincan sus raíces en la tierra y en la vida. Proseguimos con una referencia de la presencia femenina durante el Virreinato, etapa donde su espacio de actuación era restringido, pues ellas generalmente estaban confinadas al encierro, al claustro o a la subordinación. A pesar de que entonces su acceso a la educación estuvo vedado, muchas de estas damas encontraron el camino para poseer y compartir su sabiduría de vida. El desarrollo de las semblanzas se da propiamente a partir del siglo XIX hasta nuestros días. Se relata la vida de damas con merecimientos notables y grados académicos, pero también se aborda a la mujer tradicional, aquella que carente de estudios sólo se distinguió por su valor y enjundia para salir avante. Es ella la que transcurre y fluye inexorable a través del tiempo y es indispensable para la marcha y el equilibrio de mundo... Este inventario de mujeres sobresalientes cubre la geografía de Oaxaca y es apenas un cúmulo de esbozos que ilumina la memoria... una suerte de memoria histórica de una antología abierta... una contribución para la aldea global de McLuhan”, publicada con el apoyo privado y la colaboración de la Fundación Alfredo Harp Helú, de la Secretaría de Cultura, del Instituto de la Mujer Oaxaqueña y de la Coordinación de Comunicación Social del Gobierno del Estado de Oaxaca.
Cuando la escritora chilena Premio Nobel Gabriela Mistral visita la zona, escribe luego: “La ciudad de Oaxaca fue fundada en un valle del que todos tendríamos justa noticia si la América se conociere lo mejor de ella misma, lo único indudable de ella, que es su geografía maravillosa”. Oaxaca es el petróleo refinado, es talabartería, los textiles, la cerámica, el turismo y la Quelaguetza, la orfebrería y los recursos de la minería; es el grafito concentrado, la mica y el hierro, el carbón, oro, plata, cobre, zinc, titanio. Es el maíz y la azúcar, el frijol, el trigo, el arroz y la alfalfa verde, el ajonjolí y el tabaco. Es el café llamado “oro”. Es el papel y hermosas lenguas y dialectos. Es la fruta: aguacate, piña dorada, limón agrio, sandía, guayaba olorosa, melón y papaya. Oaxaca es la tierra del venado y del zanate de oro, el ave misteriosa que habita la curva del encanto. Es una expresión furiosa de la tierra. Y es sus mujeres.
Cuando se observan con detenimiento los fenómenos naturales -el día y la noche, el cambio de las estaciones, las edades del metal y la rosa- aflora una cierta recóndita convicción del poderío que necesariamente debe mover estas fuerzas, y nace la búsqueda por ser grato a ese poderío, y que nos favorezca. Así, poco a poco hemos venido entendiendo el ritmo propiciatorio, por ejemplo, de ciertas fechas para sembrar, otras para recolectar los frutos tan costosos de arrancar de la tierra; pero además del ritmo, el hombre confía en sus actos de respeto por el dios o los dioses que sean, esperando mejores cosechas y no caer bajo el enojo divino que mata.
Y si a través de nuestra historia enumeramos deidades y les damos nombres poderosos para el logro y para contrarrestar el mal (sea cual sea la idea que se tenga de él); en nuestros dioses nos refugiamos y vincula el hombre íntimamente a ellos su vida, encontrando explicación a muchos misterios y ayuda de lo que no conocemos, de lo indescifrable. Se sabe que el mayor dolor del alma es sentirse abandonada por sus dioses porque el hombre solo sobrevive siendo humilde, por eso inventa seres superiores que le ayuden a interpretar los fenómenos de la Naturaleza; piensa dioses buscando fe y confianza en que vivir no es en vano, para disminuir dignamente los dolores, responder a todo lo que nuestra inteligencia no sabe explicarnos y, muy principalmente, inventamos seres superiores para enfrentar no tan solos el inevitable fin del tiempo que nos toca a cada cual vivir.
Como es común en los más arcaicos núcleos de florecimiento humano, en Oaxaca a los grandes dioses mayores -el Sol, el Agua, la Tierra- complementan su cosmogonía incontables dioses menores, pues en general piensan que todo lo existente lleva en sí esencia de divinidad, y hablan de un dios-tormenta, dios-árbol, dios-rayo, dios-animal, dios-hombre... viéndose en estos caminos dioses humanos y humanos divinizados, en una escala que va de lo pequeñito del ser frente al Universo, hasta el hombre todopoderoso que puede ir a las estrellas y volver a su arbitrio. Y en esta escala oaxaqueña los peldaños son incontables; ocupando sitio seres mágicos con atributos fantásticos, provistos de peculiaridades divinas, capaces de trastornar el orden de las cosas, ocupando sitio adivinos, magos, brujos, hechiceros, chamanes, curadores del mal y del bien, que por misteriosas razones tienen acceso a los secretos de la vida, a esa zona vedada a uno.
El peligro de muerte y la enfermedad son trances en que la magia puede aportar una cierta acción paliativa y, ¿por qué no?, obtener ayuda divina preferentemente si quien la pide está en posibilidades de hacerlo con sus ritos aprendidos en miles de años de transmisión oral. Mientras, además de sembrar y cosechar en el tiempo adecuado, el hombre va aprendiendo otras cosas; sabe, por ejemplo, que hay hierbas que lo alimentan y otras no. Unas plantas serán remedios eficaces, otras brindarán un grato condimento, estas serán de raro efecto en la mente, las de allá son venenosas y las de este lado sirven para que subsistan otras, o permitan la vida de la fauna, también sagrada. Admirado por la destreza del animal, de este trata de lograr su velocidad, de otro su fuerza y de aquel su habilidad para la subsistencia. El aire claro y la niebla espesa, la piedra, el agua, el fuego, los cerros y las montañas, la cañada, cada valle, la gruta, caverna y cueva, el río, la selva, el desierto oaxaqueño cobijan vidas divinas y seres maravillosos, algunos terribles, comprendidos por cada tribu de modo distinto, con explicaciones propias de su origen individual como etnias, de acuerdo a su propia cultura, porque entiéndase, cada uno de los catorce asentamientos tribales de Oaxaca tiene una cultura propia, volviendo en muchas lenguas el pensamiento, la palabra, el canto, música, arte y temor y reverencia a lo desconocido.
Zapotecas; Mixtecos; Mazatecos; Chinantecos; Mixes; Chatinos; Amuzgos; Cuicatecos; Huaves; Chontales; Triques; Popolocas; Ixcatecas; Chochos; Zoques; Naoas; algunos con origen absolutamente desconocidos, otros con antepasados que se remontan a miles de años, en que ni sus guerras internas ni la evangelización han logrado desterrar totalmente sus dioses, que están vivos, algunos disfrazados con nombres y ropajes cristianos, en una extraña mezcla que, de alguna manera, une el temor del aborigen con los miedos que traían en su mente los europeos. Así, el Pitao, gran dios gigante zapoteca, sobrevive interpolado en el dios cristiano; el Sabi, espíritu mixteco de la lluvia, es también San Marcos, y la Virgen de Guadalupe posee el poder de Tonantzin para los naoatls; es verdad que en Oaxaca es muy difícil distinguir dónde terminan los dioses antiguos y comienzan a actuar los nuevos, lo que hace infranqueable encontrar la definición del territorio “de poder” entre unos y otros.
A ciencia cierta, se desconoce de dónde vinieron los primeros que poblaron Oaxaca; los investigadores deducen diversos orígenes sin ponerse de acuerdo. Hay quienes dicen que fueron Toltecas pero también hay fuertes influencias Olmecas: se supone que llegaron en tiempos cercanos unos y otros, hace milenios. Sin embargo, dice el maestro zapoteca Gabriel López Chiñas, "los investigadores podrán tal vez, encontrar la verdad científica de nuestro origen; pero nosotros los binnizá de Oaxaca vivimos, soñamos y morimos asidos a la verdad poética de nuestra antigua mitología”.
Cuando los españoles llegaron a Oaxaca vieron rasgos de cosas nunca antes vistas: lejanos eran los días en que una de sus ciudades sagradas, la soberbia Monte Albán ya había sido abandonada por sus constructores, los bellos gigantes llamados "binnigulaza": "procedentes de las nubes, se aparecieron en el cerro sagrado Daniban, donde enterraron el cuerpo enorme de su legendario caudillo Xozijo; enclavada en el corazón mismo del gigante enterrado se construyó la magnífica Monte Albán" (Códice Zapoteca). Al inicio de la invasión extranjera se cerró la puerta de Mitla, en zona zapoteca, donde está la entrada y la salida de la eternidad; aunque ya hacía siglos que la ciudad del tiempo había sido tragada por la tierra, y la encontraron los españoles poco menos que como está hoy: semi enterrados sus muros de piedra cubiertos de escritura tallada con la historia de Mitla, señalada como una de las ciudades ceremoniales más importantes de América, que albergaba escuelas de botánica y matemáticas, de poesía y medicina; sus astrólogos dejaron escrito en la piedra la forma redonda de la Tierra y un calendario de eventos que se inicia en el pasado olvidado y se pierde en el futuro ignorado.
Los indígenas oaxaqueños, como en general el natural de nuestra América, es un hombre limpio que rinde desde que nace culto al uso del agua, por simple higiene y por sabiduría acerca de los poderes ocultos de la leche de la naturaleza. Ellos piensan que de los cerros nace el agua; en las zonas istmeñas oaxaqueñas y del valle nombran dani, al accidente geográfico que permite al agua escapar del corazón del cerro; así encuentra explicación a los muchos ríos que cruzan la zona, y los acueductos y canales que siguieron utilizando los españoles, muchos de los cuales están aún en uso.
Al poderoso río Mixteco, que reúne las aguas de varias otras fuentes, se le ve desembocar en el Atoyac, para dignarse tributario del Mezcala, parte oriental del famoso Balsas. Al Atoyac muchos ríos le dan vida, como el Etla, el Tlacolula, el Salado y el Miahuatlán, hasta que se convierte en río Verde, y recibiendo otras aguas cruza la Sierra Madre del Sur. Por Pinotepa y Jamiltepec siete arroyos refulgen como plateados listones, entre ellos el Tierra Colorada, el Tecoyames y el de la Arena. Dieciséis corrientes se conjuntan en la Sierra al mar, formando una filigrana entre el Verde y el Tehuantepec, contenido en la Presa Benito Juárez desde donde se le da paso a Bahía Ventosa. Desde la Sierra Atravesada, los ríos Juchitán y Ostuta son guiados hasta los espejos de plata que son las lagunas Superior y Oriental. Impetuosas a la vertiente del Golfo llegan las corrientes bravías del Papaloapan y Coatzacoalcos, que son como mares por el ímpetu líquido que encierran. Tanta agua, sin embargo, no es suficiente, porque no llega a las tierras altas coatzaqueñas, que padecen sed, por lo que la agricultura allí no es favorable. Como tampoco lo es tanta cordillera que, no siempre, vuelve difícil la vida porque cansa al final la neblina perpetua, como al Principio. El mar de Oaxaca sí que nunca cansa, por eso tal reverencia a él, tanto respeto y temor: Nizataopani, el mar es para los zapotecas un inmenso ser vivo que se enfurece cuando algo rojo se le acerca, que es bueno pero de mal genio, por lo tanto, si se camina junto a él, hay que hacerlo con cuidado para que no envíe la ola brava que arrebata al hombre de su entorno, ahogándolo.
Agua que une mares, lagunas y ríos con extensos litorales, y sus puertos, bahías, puntas, playas bellísimas, barras, cabos que estimularon desde antes que naciera la imaginación de la gente de esta tierra... las bahías, por ejemplo, se arrebatan lo mejor; Puerto Escondido, Puerto Ángel, Salina Cruz, Ventosa y Huatulco. Estuve en Huatulco en 1988, cuando se iniciaba lo que hoy es un importante foco turístico; fui invitado por la Secretaría de Turismo de México, y debo decir que sus aguas son de las más limpias que puedan verse, uno se baña entre peces exóticos y arenas doradas de sol. Otras que presumen con sus entradas al mar son Chacahua con su Punta Galera, o la Bahía de Punta Conejo. Otras más tienen su isla, como la de Tangola. Parajes inolvidables conforman muchos puntos oaxaqueños, tanto que de solo estar allí uno se anima naturalmente, quizás por eso desde siempre el hombre de la región alaba a sus dioses para que le conserven su mundo. He visto, “a la hora en que van muriendo nuestros ojos” ("biá ziyati lú miati" en lengua zapoteca), es decir, al anochecer, cuando está oscureciendo he visto a los oaxaqueños rogar a sus dioses e implorarles que protejan su tierra, tributando a dioses que viven aquí, que habitan en cada recoveco de esta geografía violenta, caótica, agresiva, que cuando Hernán Cortés le explicó al Rey de España, simplemente arrugó una hoja de papel y extendiéndola ante los ojos soberanos le dijo que, de ese modo podía comprenderla mejor.
He estado muchas horas en el mercado de Oaxaca: semeja lo más igual a los "tianguis" que describen los cronistas en sus Relaciones de la Nueva España. Es casi imposible enumerar todo lo que se vende, porque en los fines de semana, especialmente el día Sábado, llegan con sus mercancías de todos los puntos, y es enorme la variedad de comidas, son muchos los artefactos, baratijas, adornos y obras de arte auténtico en los más variados materiales, la piedra, la madera, la tela, y las lanas bordadas, el inefable hierro trabajado sin igual en las más diversas formas y para todas las utilidades posibles de imaginar. Son dos cuerpos de edificación; en el primero, el más grande, venden propiamente comestibles en un ambiente agradable; se ven flores bellísimas siempre frescas alrededor de la pila del centro, y en los costados ropa, sarapes de brillante colorido, barrilería, y del otro lado numerosos artefactos de jarca: hamacas, morrales, redes, cinchos, anqueras y todo lo necesario para el hombre de campo y sus animales. El otro edificio es principalmente para cosas del hogar, como loza: negra, que es la preferida, loza de color natural, loza vidriada, verde o color de vino, o fina loza policromada como la de Talavera. Campanitas negras de sonido metálico, candeleros para altares, braserillos de tres pies para quemar copal, ollas de greda roja y negra de todas formas y tamaño, redondas, ovoides, fusiformes. Jardineras agujereadas, para colgarlas del techo de los corredores en todas las formas y tamaños; juguetes estrafalarios, monos negros con un gesto perpetuo, elefantes prehistóricos, manatíes y tortugas entre globos de cristal llenos de agua teñida o custodiando formas religiosas. Se venden legiones de santos de barro, toda una procesión con sus imágenes, figuras pequeñitas y medianas, pintadas a lo vivo, con fuertes colores, con intenso sabor popular. Junto a los puestos de loza están los de cestos y canastas; una infinita variedad, las más finas con su tapa, están hechas de otate y de carrizo para resistir golpes; hay petates y esteras de palma bellísimas que dobladas hacen un pequeño bulto y extendidas cubren hasta tres y cuatro metros. Escobas y abanicos de palma, también cintas y sombreros, toda clase de ellos. En otro lado venden los hierros: la mayor variedad de formas y utilidades posibles. Por otro lado venden la leña; por otro el maíz en rubios montones apilado... abundan los vendedores de tejate, una bebida refrescante de los más variados sabores, y los neveros (he probado exquisitos helados de flor de calabaza, de maguey y otras plantas que son únicos de Oaxaca).
Un interés principal del mercado son las indias vendedoras, que vienen desde pueblos remotos del Estado, cada una con sus ropas y productos autóctonos; el mercado es su meca y su emporio: llegan con uno o dos días de anticipación, venden la mercancía que han traído de sus pueblos y compran lo que les falta. Si les queda dinero, permanecen el domingo en la ciudad, invaden los bancos del jardín interior oyendo embelesadas la música de las bandas que ahí se reúnen; en la tarde del domingo se van para volver la próxima semana; sin abandonar la población antes de haber orado con fervor junto al altar del cercano templo de la Virgen de la Soledad, sin antes haber frotado sus piernas con el polvillo que suelta la roca incrustada a la derecha de la entrada del templo, para tener fuerzas durante la caminata de regreso. Sentadas con las piernas cruzadas a la manera de sus ídolos antiguos, parecen esculturas monolíticas: las de la Sierra son morenas y serias, muy propias; las de la Mixteca son claras y de facciones muy agradables; las de Yalala se dice que son aristocráticas como ninguna, tienen su fina cabellera trenzada con cordones de algodón negro y encima una especie de tocado blanco que les cae sobre la espalda, de vestiduras blanquísimas, con su andar lento y majestuoso por ese tocado tan alto que llevan con gran prestancia. Me dicen que por las cercanías de las fiestas de Etla, se ven muchas Tehuanas, que envueltas en sus ropas bellísimas son las más atractivas y alegres. Casi todas las oaxaqueñas llevan cubierta la cabeza; hacen una especie de turbante con el rebozo y hasta las más humildes cubren su cabellera, enrollada en cintas negras, con la misma jícara o calabaza pintada en que beben y comen. Muchas amamantan sus niños. Las mujeres herbolarias son las más populares y tienen gran importancia en Oaxaca, porque alivian las enfermedades del pueblo con sus conocimientos de plantas cultivadas por ellas y sus mayores desde hace miles de años. El día Sábado es formidable. Los que han llegado tarde se instalan con sus productos en las calles adyacentes; un hombre se acerca corriendo a una campana que cuelga en el centro del mercado y da tres campanadas que se oyen en todo el recinto: es para llamar a la policía: algún ladrón o una pendencia, aunque debemos anotar que el sitio es seguro para el turista, que encuentra aquí artefactos inimaginables y alimentos únicos. Son las comidas de cada país como la ficha antropológica integral del pueblo, como su marca integral, colectiva, historia del cuerpo y del alma, y uno siempre termina en el ambiente del mercado preparado para servir platos de la región.
Probando los sabores de Oaxaca se sabe más que todo lo que dicen los libros. Para comprobar la riqueza basta ver en este mercado la variedad de comestibles para comprobarlo. Las clases de quesos son inacabables; los quesillos de tiras angostas, trenzados, son riquísimos. Hay una infinidad de panes entre los cuales me pareció muy sabroso uno muy fino al que llaman resobado, mantecoso, salado, ideal para la comida. Fuimos invitados a comer tamales oaxaqueños, que en Chile se emparientan con las criollas humitas de maíz, pero rellenas, que se envuelven en dos hojas de plátano cruzadas que se van abriendo como un libro; que cuando termina de abrirse brota el suculento tamal, no duro como suele ser el de la Ciudad de México, sino pastoso, abundante de salsa y pollo. También fuimos invitados a probar la cumbre de la comida oaxaqueña, el famoso mole, que tiene varias formas de preparación; el que he probado es negro como el carbón, de sabor menos complicado que el mole de Puebla, pero igual de exquisito al paladar. Son los de Oaxaca unos sabores en los que la vida parece regocijarse y suavizar un poco sus contornos.
También llamó mi atención esa forma inconfundible que utilizan los oaxaqueños para decir las cosas; su modo de hablar es especial en un país del mundo en que cada provincia, cada región, cada pueblo tiene su propio dialecto y habla de manera distinta. En Oaxaca el acento del citadino no sólo es peculiar, no sólo la ll se pronuncia suave y larga, como g francesa, sino las palabras varían en su ubicación, su construcción de las frases es diferente sin cambiar el significado. A veces son muy castizos o rescatan sonidos que vienen de su pasado olvidado. Utilizan el verbo por sí solo como una afirmación.
-¿Tiene usted libretas de notas? -pregunto a una vendedora de cosas construidas con el bello papel amate, y ella simplemente contesta:
-Tengo.
Otras veces, la construcción da a la frase un sonido exótico:
-¿Cómo ha usted estado? ¿Ha usted estado bien?
Algunas palabras son alteradas en su significación por parecer más lógicas al pueblo. Así, en vez de limonero, dicen limonar; en vez de manzano, dicen manzanar; en vez de naranjo, naranjal. La alteración consiste otras veces en la morfología de la palabra para darle mejor concordancia, como el siguiente piropo muy usado en el mercado:
-Adiós preciosa, encantosa, pantorrilluda, ¿me quiere?
Otra peculiaridad consiste en reunir palabras que por su índole no se traen, como los verbos con las interjecciones:
-¡Mire, ah...!, que resulta de una simpleza extraordinaria. En este caso el verbo es por sí solo una interjección y su efecto queda destruido al usarlo con la interjección ah, indefinida, como escapada de un profundo pasado.
Oaxaca, en plena Selva Madre del Sur mexicano, luce orgullosa el título de “Patrimonio Cultural de la Humanidad”. Caminar por sus calles y mercados, hablar con sus gentes es transitar por los recovecos del más antiguo pasado de América. Por eso, Oaxaca es muchas cosas: es la vida como un ritual perpetuo; es la Madre Sierra; es la quinta parte de México con sus 95.364 kilómetros cuadrados y sus más de dos millones de vecinos; es la legendaria María Sabina y las flores sagradas... Oaxaca es el universo gastronómico, y es musical, como el viento que mueve el follaje de las cañadas, como la brisa aromática que trae el eco rítmico de las olas de su costa; así es el corazón de Oaxaca: musical y henchido de ternura -que una cosa va con la otra-, porque no en vano están los dos mil y tantos versos de “La Llorona” para comprobarlo:

“Las campanas claro dicen (Llorona),
sus esquilas van volteando:
Si mueres, muero contigo (Llorona)
si vives, te sigo amando;
es cierto lo que te digo
(¡Ay de mi Llorona!):
puedes publicarlo en bando...”

He estado en Monte Albán, donde se lee esta inscripción a la entrada de la Ciudad Ceremonial:

“Hubo tiempos en que los humanos fueron gigantes,
unos bellos gigantes llamados “binnigulaza”.
Algunos de ellos procedían de las nubes,
de las que descendieron en formas de pájaros de armónico canto,
con plumajes en los que se ostentaba la policromía del arcoiris.
Otros gigantes brotaron de las raíces de los árboles, flexibles pero indomables. Otros más, fuertes y valientes, que nacieron de peñascos y de fieras. Y hubo quienes simplemente se aparecieron.
Adorables de Pitao, el gran dios gigante creador de todas las cosas, construyeron en su honor un enorme túmulo del elemento ardiente;
lo llamaron Daniban -cerro sagrado- y en este cerro
quedó enterrado el cuerpo enorme de su legendario caudillo Xozijo.
Enclavada en el corazón mismo del gigante Xozijo,
esplendorosa se construyó la magnífica Monte Albán.”
(Códice Zapoteca)

A sí mismos, hoy los habitantes de la zona arqueológica de Monte Albán se llaman Gentes de las Nubes: Ben’Zaa en zapoteca, y Ñusabi en lengua mixteca. También los aztecas los designaban en náhuatl como los mixtecatl, “las gentes de las nubes”. Monte Albán encierra en sus nombres tradicionales su secreto: para los zapotecas es Danibéeje, o Danigalbeeje (cerro del tigre). En los títulos oficiales del pueblo de Xoxo, su custodio, se lee Jucu-oco-ñaña, que en romance significa “cerro de los veinte tigres”. Entre estos documentos, unos del siglo XVIII, Monte Albán lleva la designación castellana de “cerro del tigre”. Lo cierto es que muchas hipótesis existen para explicar el nombre, incluso se abordan comparaciones históricas entre Monte Albán y lugares de igual o semejante tradición en otras partes, como Albano del Lacio, en cuyas cercanías llevó su grandeza Alba Longa, la mítica rival de Roma. Es verdad que Monte Albán siempre fue considerado un lugar sagrado. Así es como la tradición más antigua nombra al sitio Tanibaana (“monte sagrado” en lengua arcaica zapoteca: el vocabulario de Córdoba designa la voz baana como palabra que nombra lo intocable, lo sagrado, y Tani como monte o cerro indistintamente). Otra voz azteca, acelotepec, también lo llamaba “cerro-tigre”; los aztecas llegaron a la zona cuando Monte Albán ya era una ciudad fantasma, inmediatamente antes de la Conquista. La omisión que hacen de esta ciudadela antigua todos los cronistas contemporáneos de los conquistadores, que sí nombran otros asentamientos menos importantes de la zona, es debido a que en el siglo XVI Monte Albán ya había sido olvidada: envuelta en ese misterio de sus muros, se convirtió en un paraje hechizado objeto de profunda evocación por los descendientes mixtecos y zapotecos, las dos grandes culturas del valle con un mismo aparente origen dividido en ramas hace unos cuatro mil años, y de los que vienen los Xoxos. La arquitectura excepcional de Monte Albán recortada en lo alto ejercía tal sugestión y misterio que, hasta comienzos del siglo XX, fue considerado como una zona de encantamiento, donde viven los últimos númenes y divinidades antiguas.
La tradición cuenta que luego de la extinción de los gigantes que poblaron la Tierra un día, al ser enterrado el último de sus héroes, los que quedaron construyeron en su honor Monte Albán. Luego del Diluvio universal, cuando pasó un tiempo sin registro histórico, al emerger las primeras tierras del agua, el monumento al gigante Xozijo fue el primero en verse, aún así, nunca alguien lo volvió a ver entero, debiendo, para ello, excavarse grandes profundidades en el sitio, algo para lo cual aún la ciencia arqueológica no está preparada. Esta historia de que hubo gigantes antes que nosotros es dudosa pero no imposible. Hay quienes afirman francamente que es verdad, y para tratar el tema es necesario un texto aparte, pero podemos, al menos anotar que el ser humano, científicamente, es cada vez más chico, lo que se viene desarrollando en un proceso de milenios; esto, la ciencia del siglo XX lo apoyó probando que todo en la naturaleza tiende a lo atómico. La genética, al respecto, lo enuncia en la vida diaria: es cierto que el hombre anciano va perdiendo más y más su porte. Quizás en nuestra tendencia a lo atómico reside, justamente, el misterio mayor del hombre. Y a este enigma se levantó Monte Albán, que, como cualquiera puede leer en los Códices zapotecas y mixtecos, alcanzó status de ciudad sabia alrededor del año 550 antes de nosotros, cuando, históricamente, el sitio aglomeró a los númenes de Mesoamérica: de ese tiempo se han rescatado algunas de las estelas (piedras talladas) más singulares del mundo antiguo, como la serie de los Danzantes y de los Hombres de la Palabra; también corresponden a esta época las figuras encerradas dentro de lo que parece un huevo (que se asocian con "seres del aire en sus máquinas"), así como el Observatorio Astronómico de la Plataforma Sur, que no ha sido restaurado aún, pero es similar a los encontrados en Machu Pichu, Perú, así como a algunos excavados en el Petén, Guatemala, y que ha inducido a algunos investigadores, como el arqueólogo oaxaqueño Martínez Gracida, a enunciar un cierto origen común para las culturas más antiguas de América, lo que es muy probable, aunque inverificable ahora, pero lo puede ser cuando adelanten los rescates arqueológicos en nuestro continente. En Monte Albán, el rescate del sitio se inició en la década de 1930, pero el trabajo ha sido abandonado en tiempos sucesivos por falta de fondos; nunca una exploración en esta importante zona ha abarcado más de dos años de trabajo continuo. El Instituto Nacional de Arqueología e Historia de México, con sus magros recursos sólo ha logrado restaurar casi en su totalidad la Gran Plaza, y falta mucho por hacer. Es la razón de que esta zona arqueológica, incluida en la lista de Patrimonios Culturales de toda la humanidad, canalice a través del I.N.A.H. ayuda para su salvamento. Ayuda que usted, amable lector, puede descontar de sus impuestos por acuerdos internacionales, pudiendo requerir información al respecto en la delegación de la UNESCO en su país, o directamente al INAH, México D.F.
Debo terminar diciendo que he visitado dos veces Monte Albán. En la primera ocasión, fui enviado a hacer un reportaje, con la sabia María Castora de guia y con fotógrafo, a trabajar La segunda vez fue diferente: cierto amanecer, antes de despedirme en una posterior visita a Oaxaca, para saborear otra perspectiva, fui a visitar Monte Albán, solo. Y, en mi ignorancia incentivada por el calor fresco que había, decidí simplemente, tenderme a descansar entre unas antiguas rocas talladas que vi al aire libre: el sitio me pareció el más propicio porque divisaba, además, una excavación inmediata que alguien había hecho recientemente, y por su ubicación me permitía divisar gran parte del valle de Oaxaca. María Castora me había indicado que subiera una ofrenda: llevé incienso y una candela blanca, que encendí entre dos rocas con jeroglíficos que la protegían del viento. Es cierto que de cuando en cuando me parecía ver pequeñas sierpes cruzando raudas cerca de mí, pero me parecían tan pequeñas que simplemente me sumí en el descanso, ignorándolas. El lugar estaba envuelto en una atmósfera única que se deja caer del cielo como una bendición. Así estaba, sumido en la contemplación, cuando virtualmente fui despertado a gritos por un grupo de trabajadores que me indicaban algo desde unas rocas cercanas... al instante vi como se acercaban hasta donde yo estaba dos hombres que, protegidos con mallas y guantes duros, se mostraban horrorizados de verme donde había elegido para descansar: unos monolitos hacía poco rescatados de la tierra que cubrían un nido de la feroz “barba amarilla”, una pequeña pero mortal sierpe que tiene la particularidad de saltar varios metros cuando decide atacar. En mi asombro vi como, rápidamente, uno de los guardias instalaba en “mi” sitio un cartel recién pintado, prohibiendo estrictamente el tránsito en lo que me pareció el paraje mejor protegido... y debo decirlo, mientras estuve expuesto al peligro oculto que se desliza entre las rocas de Monte Albán, algo en el aire, o en mi espíritu, me indicaba que estuviera tranquilo, que podría reposar allí, que el enorme Xozijo protege a quien sea que llegue al sitio en cuyo corazón descansa desde la oscuridad de los tiempos, cuando aquí vivían los gigantes.
He visitado Mitla, a pocos minutos de la capital oaxaqueña. Es Mitla una de las arquitecturas arcaicas más hermosas de América. Y señala el sitio en que se encuentra la entrada y la salida de la Eternidad. Mitla es una puerta mas que una ciudad ceremonial y por ella, cuentan los lugareños, todo el mundo cruza, aunque no se sabe de uno que haya vuelto. Los palacios de Mitla figuran entre los más sofisticados de la antigüedad. Sobresale la decoración de sus monumentos por una belleza excepcional: diseño geométrico, habilidad y movimiento se conjugan en las decoraciones formadas como un rompecabezas, con diminutas piezas de piedra labrada unidas sin la utilización de ningún tipo de estuco, que forman diseños a manera de grecas, con su propio significado. Los cronistas españoles cuando se refieren a la arquitectura de esta ciudad ceremonial, lo hacen mezclando la admiración con el espanto de reconocer tal grandeza arquitectónica dedicada a la muerte. Hoy, recién brotando de la tierra por gracia de la arqueología, la ciudad, como hace milenios, está protegida por perros salvajes que al caer la noche no permiten el paso a otro ser vivo. Cubiertos sus muros de escritura tallada en la piedra, Mitla parece un enorme libro que solo es posible leer usando algo más que los ojos.
La mitología de los fundadores de Mitla se arrastra a un tiempo del cual no sabemos nada. El maestro Marcos de Zaachila narra que “ya brotados los árboles, en vez de frutos, dieron pájaros de mil colores, que por largo tiempo anidaron en sus ramas; luego caían a tierra y se desplumaban, convirtiéndose en hombres”. Luego de vivir unos dos mil años en el valle, un dios les reveló a los zapotecos que serían “custodios del sitio sagrado por donde siempre entran y salen las personas”. En uno de sus Códices se narra cómo “se les señaló un lugar en el que debían construir una ciudad ubicada en el umbral de lo que no termina”. Así nació Mitla: como un sitio que custodia una entrada a la eternidad.
En la "Monografía Zapoteca" de 1982, publicada por el Instituto Nacional Indigenista de México, leo: “A pesar del predominio del culto católico, son muchos los pueblos en los que persisten algunas creencias de origen prehispánico, como la referida a ciertos animales presumiblemente totémicos, conocidos como tonas, con los que está relacionada una persona desde su nacimiento... Hay animales guardianes como el perro, que cuida la que fue la sede religiosa y necrópolis más importante de toda el área zapoteca, Mitla, considerada como tierra bendita y entrada al mundo subterráneo y a la eternidad, ubicada en el centro de la Tierra”. La religión totémica zapoteca les inspira una reserva de su nombre tribal, porque ellos a sí mismos jamás se nombran “zapotecos”. Creen que todas las cosas tienen un nombre mágico (como parece ser) que no debe pronunciarse, así es como sus recién nacidos, además del nombre oficial, tienen otro nombre animista que solo sus padres y parteras conocen: esta es una práctica vigente, y el nombre secreto humano también lo es en lo que les rodea, por lo que no se sabe el nombre real de Mitla inventándose muchas hipótesis para explicar la designación del sitio, donde lo primero que impacta son sus construcciones de piedra tallada, considerada entre las más bellas que nos legó la antigua América. En el “Vocabulario”, de Córdoba, se lee que, en voz zapoteca, uno de los nombres del santuario era el de Lichbaana, o Vohobaana (lugar sagrado, casa de veneración). Según Burgos, el nombre propio de Mitla es Yoho-pechelichi-pezelao o “fortaleza de Pezelao, el supremo de los oráculos gentiles.”
Para los cronistas contemporáneos del pueblo zapoteco, como mi amigo don Marcos de Zaachila, “en zapoteco el sitio se conoce como Lyobaá, que significa lugar de descanso. Mitla es la residencia del sumo Huijatóo, Pontífice de la Eternidad. Él cuida la puerta por donde se entra a la vida y se sale a la existencia. El nombre verdadero de Mitla es impronunciable, de tal fuerza que quien lo dice cae muerto”. La palabra mitla es de origen náhuatl; los aztecas llamaban al sitio Mictlán o infra mundo, la tierra de los muertos. El Mictlán era un lugar místico dentro de la concepción filosófica de los pueblos mesoamericanos, punto de contacto entre la vida y la muerte, entre la tierra y la nada; existieron en toda Mesoamérica varios accesos a los dominios del Mictlán, pero Mitla se hizo la puerta legendaria. El misticismo religioso que evocaba el sitio a los indígenas del siglo XVI, hizo que los españoles le llamaran San Pablo Mitla, en honor a este santo que vivió en una caverna. Pero en ellos ciertamente despertó inquietudes que no comprendían, y prefirieron olvidarla, pasando casi desapercibida, registrándose destrozos solamente en el sitio donde se construyó el templo cristiano sobre uno de estos monumentos a la muerte, en su tiempo lugar de adoración de las divinidades zapotecas y de entierro sagrado de los reyes y personajes de alto rango sacerdotal de Zaachila o Teozapotlán. En todo caso, es uno de los pocos sitios arqueológicos que viniendo del período clásico, los españoles alcanzaron a ver en operación, aunque jamás pudieran comprenderlo. Era imposible que entendieran lo que Don Juan intentó enseñar a Carlos Castaneda: que la única compañera sabia que tenemos en la vida es, precisamente, la muerte, quien nos puede enseñar a no aferrarnos a persona, objeto o sentimiento. Una vez cumplida la tarea, partir.
Mitla se localiza a unos 40 kilómetros al sudeste de la ciudad de Oaxaca, en el valle de Tlacolula; existen camiones como taxis colectivos de recorrido regular. Sólo es posible verla de día, porque además de la jauría de perros que la ocupa al caer el sol, está prohibida su entrada a partir de las 17:00 horas.
No es mucho lo que queda de Mitla, pero es excepcional. Cuatro grupos de edificaciones se han rescatado; de una no quedan más que paredes derruidas; en el segundo grupo, rodeados por cuatro salas, hay dos subterráneos (pues Mitla estaba toda comunicada por caminos bajo tierra). En torno a un patio, se encuentra el más importante de los grupos de edificios que se conservan; uno de ellos es la sala de las Columnas que, por un pasillo, lleva al Palacio de los Tableros, donde se aprecia en sus muros una de las más nobles obras de arte de la antigüedad: diez mil piezas de cerámica ajustadas que forman en grecas un propio lenguaje, representando elementos como el agua, el viento, y fenómenos como la lluvia. Esta planta arquitectónica (un patio central y cuatro habitaciones en su costado), se observa en casi toda la arquitectura mesoamericana. En su conjunto, forma la llamada Cruz de Quetzalcóatl o Quincunce, los cinco puntos integrados por el patio y las cuatro habitaciones; esta cruz tiene el punto central que simboliza el encuentro del cielo y la tierra, el "co" o centro esotérico, y también constituye la figura clásica de Venus como estrella de la mañana. Está aplicada aquí la todopoderosa Ley del Centro, donde se transfigura la alianza creadora entre la materia y el espíritu...
Por un camino subterráneo se llega a la estancia de la "Piedra de los Deseos" y la "Columna de la Vida". Si el amable lector visita alguna vez Mitla, no olvide abrazar esta llamada “Columna de la Vida”: es cierta columna monolítica que soporta el centro del techo en forma de cruz, y que, según se dice, en ella uno puede medir su propia longevidad rodeándola con los brazos: la distancia que exista entre la punta de los dedos es la proporción (con relación al alto del cuerpo) de la medida del tiempo que le queda por vivir. Debo confesar que lo hice, y se me indicó que aún podré vivir unos cuarenta años más, lo que me hizo muy, muy feliz. Al fin de esta visita, cite en lo publicado, cual ofrenda ceremonial, un breve verso de Gabriela Mistral, cuando estuvo aquí, en el umbral de la eternidad:

“En el campo de Mitla, un día
de cigarras, de sol, de marcha,
me doblé a un pozo y vino un indio
a sostenerme sobre el agua,
y mi cabeza, como un fruto,
estaba dentro de sus palmas.
Bebía yo lo que bebía,
que era su cara con mi cara,
y en un relámpago yo supe
carne de Mitla ser mi casta”.

Debo decir que, sin embargo, tanta maravilla es poca en Oaxaca ante una de las más excepcionales experiencias que he vivido: cuando en Huautla de Jiménez conocí a la sabia María Sabina, hace mucho años. Y es a propósito de esto que el haber recibido esta obra “Oaxaqueñas que dejan huella” me he llenado de nostalgia, me ha devuelto a una época de mi vida que, sin dudas, me hizo mejor, cuando, con sorpresa agradable, veo en esta obra excepcional, fruto de estas Mujeres de Oaxaca Navegando en el Tiempo, incluida mi crónica de dicho encuentro con la sacerdotisa María Sabina, la sabia de los hongos, la mujer que mira hacia dentro; mujer luz de día; mujer luna; mujer estrella de la mañana; mujer rocío fresco; mujer rocío húmedo; mujer del alba; mujer que está debajo del árbol que gotea; mujer de la ropa pulcra; mujer remolino; mujer que no sabe mentir; mujer del bien; mujer que trabaja; la que puede entrar y salir del reino de la muerte; la que viene buscando por debajo del agua desde la orilla opuesta; la mujer que brota; la mujer que limpia; la mujer que arregla; la mujer lancha; la mujer del Libro Blanco, la que vino del lugar donde nace la gente, de allá donde las flores, la mujer de quien aprendí que la esencia es lo que hace iguales a todos los seres; que se diferencian entre sí dependiendo de su cercanía o alejamiento con respecto a esa esencia.

© Waldemar Verdugo Fuentes.

10 de junio de 2010

Del Dragón.

DEL DRAGÓN

En la más remota antigüedad nadie intentaba matar al dragón. Lo subyugaban. Lo domesticaban. En su significado más profundo, este animal mitológico representa el poder de la naturaleza; es la sabiduría oculta: la "programación" interna que todo humano lleva dentro, el instinto y la intelectualidad, la carne y el espíritu. Y el equilibrio que debe prevalecer entre esos factores. El dragón ha ocupado un sitio propio en la religión de casi todos los pueblos.
Los mayas, por ejemplo, le nombraban Itzamná (iguana celestial), fusionando en este nombre el principio masculino -cielo- y femenino -tierra-, adjudicándole, por lo tanto, la capacidad inherente por lo general a los dragones: dominio de lo alto y lo bajo. Puede andar, nadar y volar. En los pueblos de Oriente (aunque ahora hablar de hemisferios es obsoleto), en sus religiones el dragón siempre está presente. Para los chinos es el "rey" de 369 especies de reptiles escamosos. Dentro de su mitología es el animal mágico por antonomasia, pues tiene el poder de transformarse y volverse invisible. En la primavera sube al cielo; en el otoño se sumerge en el fondo del mar. Al reaparecer con el invierno anuncia el recobro de las energías de la naturaleza de las aguas primigenias. Los chinos decían que "el fuego de los dragones y el fuego de los humanos son opuestos. Si el fuego del dragón encuentra humedad, se aviva. Si agua, quema. Pero si se le combate con fuego, deja de quemar y se extinguen sus llamas"... la ecuación alquímica de la materia original -según se sabe- asevera que, para purificar una sustancia, ésta ha de ser lavada no con agua, sino con fuego.
El simbolismo de China lo resume como una conjunción de las otras especies de la tierra, el agua y el aire, explicando con ello, incluso, todos los fenómenos meteorológicos. En su difundido zodíaco, el dragón aparece cada doce años, rigiendo su última influencia este recién pasado año 2000, y astrológicamente con un significado de buen augurio, por ser el más benevolente de los 12 animales que componen sus signos zodiacales. Como el dragón impera sobre los factores naturales que más directamente influyen sobre la suerte de los seres vivos en el planeta, y particularmente del hombre, se le considera en esencia como un ente protector contra los espíritus malignos y las epidemias. En China son comunes los amuletos con figuras de dragón para lograr éxito, riqueza o importancia. Así es como desde hace siglos, cada doce años, cuando surge el dragón zodiacal, millones de chinos tratan de que sus hijos nazcan bajo el signo, para que el dragón les proteja y les lleve por caminos venturosos, escribiendo un futuro próspero en su destino. Este año 2000 las autoridades chinas no dejaron de recordar a la población el problema que enfrentan contra el incremento demográfico.
Cuándo el dragón pasó a ocupar un lugar en el panteón de seres míticos de China es algo que se pierde en las brumas del tiempo, lo escrito es que ya en la Dinastía Han, hacia el año 206 antes de nosotros, el dragón era un símbolo del poder imperial, llegando a ser una interpretación de la fortaleza de sus soberanos, quienes eran los únicos que podían dormir en una cama con forma de dragón y usar ropajes con dibujos de dragones bordados en seda y oro, portando en su estandarte un dragón de cinco garras, mientras que los oficiales del ejército usaban uno de 4 garras. En la literatura de China, escritos del siglo III comienzan a citar a Lung Wang, una deidad controladora de las lluvias a la que se describe como un rey-dragón. Luego, el animal fantástico es protagonista de toda clase de leyendas, a veces citado como una bestia terrible en apariencia, aunque siempre con cierta disposición infantil, cuya principal diversión era asustar a los cortejos de los novios en las bodas aldeanas; algunas veces se les ubica asolando comarcas y muchas más, secuestrando princesas. Ya desde esos tiempos antiguos, los chinos usan la imagen posible del dragón en sus fiestas carnavalescas como vemos hoy esparcido en el mundo, en que incluso en carnavales como Mardi-Gras en Nueva Orleans o en Brasil, vemos desfilando algún dragón. Aunque al contrario de la interpretación que le damos en nuestros países occidentales, debemos anotar, el dragón en Oriente no es dañino, y nunca se le ataca, pues causarle daño siempre resulta en mal designio. El solo insultar a este ser magnífico es arriesgarse a que se ofenda y retire a las profundidades de la tierra y ahuyente las lluvias, por lo que se hace necesario despertarlo haciendo mucho ruido. Precisamente de esta creencia derivan las mascaradas figuras de dragón que hacen danzar y moverse a un grupo de personas flexionando el cuerpo de un lado a otro dando movimiento al largo disfraz entre la algarabía general.
Wang Fu, un sabio chino que vivió hacia el siglo III, dice de los dragones: "Cuando se espera lluvia, los dragones gritan y sus voces son como el sonido que se produce al golpear vasijas de cobre (que es como los truenos)... su saliva puede producir toda clase de perfumes (los aromas de la vegetación con la humedad). Su aliento se convierte en nubes, y se valen de esas mismas nubes para cubrir sus cuerpos cuando desean no ser vistos... Aún ahora, algunas personas han visto algunas veces en los lagos y ríos asomar la garra o la cola de un dragón, pero las cabezas no se ven.

"En el verano, después del cuarto mes, los dragones se dividen las regiones de la tierra entre ellos y cada uno delimita su territorio. Esta es la razón por la cual en una distancia de unos cuantos kilómetros puede haber diferentes climas, aunque ellos siempre llevan las benditas aguas que son celestes si las producen por su propio instinto cuando una zona está seca, o más oscuras si han sido obligados a crearlas por insistencia de ruego y mucho ruido, que los puede violentar hasta enviar el aluvión."
Los emperadores chinos también decían poseer la facultad de producir lluvia, según esto, porque entre sus títulos y atributos estaba también el de Rey de los Dragones. Al serlo, podían ejercer su mando moviéndose en las cuatro direcciones simultáneamente. La quinta dirección es el centro, donde el emperador permanece. Y aunque su emblema tenga cinco garras, no pueden tener más de cuatro dragones subsidiarios. El primer emperador chino en "dragonizarse" fue Fu Hsi, quien vivió "antes de que la historia empezara". A él le tocó poner en orden las aguas del país, al mandar que se excavaran numerosos diques y canales de irrigación, merced a lo cual se logró dominar el caudaloso Río Amarillo. La religión más antigua de China, y una de las más remotas del mundo, el taoísmo destinaba al dragón un lugar especial entre las deidades que representaban las fuerzas de la Naturaleza, lo que explica su significado divino preservado durante generaciones. En que la anatomía del animal magnífico suma cualidades de diferentes especies. Para los chinos antiguos es el Señor de los animales con escamas, tiene cabeza de caballo, cola de serpiente y alas. Para la tradición más extendida son nueve los seres que le prestan su fisonomía: sus cuernos se parecen a la cornamenta del ciervo; la cabeza, a la testa de los caballos; los ojos, a aquellos de los demonios; las orejas, a las de los bueyes; el cuello se parece al cuerpo de una serpiente; el vientre, a una gran almeja; sus escamas se asemejan a las del pez carpa; sus garras son como las del águila, y tiene las plantas de los pies como los de un tigre, con sus propias huellas digitales únicas. Los chinos no matan al dragón: lo subyugan. Lo domestican, a imagen y semejanza de la superación humana que intenta equilibrar todas las fuerzas de la naturaleza para que siga la vida, encarnada, justamente, en este animal fantástico que es y no es; que aparece y desaparece como la vida misma.
En los países de Europa el dragón suele tener cuernos, que son símbolo de virilidad. Su cola puede ser de lagarto, serpiente, cocodrilo, anguila o delfín. Nuevamente la dualidad: al estar formado por parte de animales de sangre caliente y fría, muestra su naturaleza de agua y fuego. Porque puede tener partes de ave, de pez, de reptil, de mamífero. O hasta de insecto, cuando se le agregan detalles que lo emparientan con las langostas voladoras o las libélulas. También Leonardo Da Vinci, en uno de sus libros de diseño, daba su forma particular para dibujar dragones que resultaran convincentes, mezclando partes de animales. En La Biblia la Gran Bestia del Apocalipsis que amenaza la Tierra es representa como un dragón de 7 cabezas, y frecuentemente es derrotado o sometido por diferentes mártires y santos, representándose en incontables pinturas y grabados esculturales en que el bien vence al mal-dragón. San Miguel venció al dragón-Satán en una lucha cuerpo a cuerpo; San Jorge combatió de acuerdo a los cánones de la caballería. Teniendo una protección extra: los arcángeles, enemigos del dragón. Porque San Jorge derrota al dragón "demoníaco" ayudado por la inspiración divina y rescata a la hija del rey de la comarca con lo que logra la conversión al cristianismo de todo el pueblo: era costumbre en Silene, Libia, sacrificar niños al dragón que habitaba en un pantano, el mismo al que San Jorge eliminó para dar fin a esa salvaje costumbre; claro que la leyenda del santo caballero, que es patrono de Inglaterra, se originó en la necesidad de combatir los sacrificios humanos. Es bien conocido, por otra parte, que durante la época de las Cruzadas, se incluía con frecuencia al dragón en los escudos de los Caballeros, quienes así pretendían inspirar miedo a sus contrincantes. Como reminiscencia de esta costumbre, la figura del dragón pasó a formar parte del escudo de armas del Príncipe de Gales en Gran Bretaña. Precisamente en este país se halla la famosa Dragon's Hill o colina del dragón que no es sino un dibujo en la tierra que representa a un caballo blanco resguardado por los habitantes de la región durante casi 2000 años. Nadie sabe el significado de dicha figura ni la razón del nombre que lleva la colina, pero sí es conocida la enorme importancia que se le otorga al sitio, basado quizás en el temor a lo desconocido. En la misma Inglaterra subsiste un mito folklórico según el cual si una serpiente engulle a una congénere, se convertirá en dragón, y aún cuando la historia de San Jorge sigue siendo la más difundida, probablemente ésta deriva de una aún más antigua, situada en Etiopía, que con la señalización de mito de Andrómeda, se ubica como una de las primeras apariciones del dragón en Occidente, perpetuada en forma oral; cuenta esta leyenda que una bella virgen griega de nombre Andrómeda fue ofrecida en sacrificio a un dragón marino que asolaba la región y que sólo pudo ser salvada por su enamorado, quien con ayuda de artes mágicas derrotó a la bestia y se casó con la doncella.

El héroe romano Hércules, vence a varios dragones en sus trabajos míticos, a uno le cortó la lengua. Con eso no sólo lo emasculó, sino que adquirió la capacidad de entender el lenguaje de las aves; también hubo de hacer diques para poder controlar los profundos pantanos cercanos a Lerna, el lugar donde estaba la terrible Hidra, un dragón acuático, y sus varias cabezas a las que hubo de hacerle una degollina múltiple (se dice que las múltiples cabezas simbolizaban lo incontrolable, el tener que dar una solución de conjunto a un problema). A las sierpes que en su cuna habían cuando bebé, Hércules las estranguló. Otra leyenda narra que un dragón quedó ciego por cometer la indiscreción de ver a la diosa Atenea desnuda mientras ésta se bañaba. Pero una vez aclaradas las cosas, se le compensó dándole "otra vista" (el sexto sentido). El La Ilíada de Homero, Agamemnón porta un estandarte con un dragón tricéfalo. Otro héroe mítico, Perseo (que algunos identifican con el héroe etíope que salva a Andrómeda) pudo derrotar a la Gorgona, matarla y decapitarla ayudado por el escudo de invisibilidad que Hades (el señor del "otro mundo", donde rara vez se presentan los deseos carnales) le prestó. Según la leyenda, Perseo no sólo terminó con un mal, sino que legó un arma a sus heroicos sucesores: al morir la Gorgona, de su sangre nació un corcel que, más tarde, sería el que llevó a otro héroe a matar a la Quimera (el dragón como símbolo del anhelo imposible de tantas cosas).
Otra apreciación del "satanismo" del dragón se registra en Francia; lo que a principios del siglo XVII se llamó dragonnade (dragonada) fue una cruenta persecución que ordenó Luis XIV contra los protestantes y herejes. En Francia se habla de dragones que, si lo desean, pueden asumir la forma humana, viven en cavernas cercanas a los ríos, esperan que lleguen los hombres a beber, los atrapan y se los comen. A las mujeres (especialmente a las que están criando) las atraen al fondo, las hacen cautivas y las dedican a amamantar dragoncitos; son liberadas luego de un tiempo y, por lo general, recompensadas por sus servicios. Dicen los galos que si una mujer toma un poco de la pasta de anguila con que sus captores la alimentan y la unta en uno de sus ojos, será capaz de reconocer a cualquier dragón que esté disfrazado de hombre ( a estas mujeres les dicen "de ojo sabio"). Son cuatro los dragones típicos de Francia, tienen en común que les gusta comer niños tiernos y raptar vírgenes. Uno de ellos en Aix, Provenza, murió reventado por Santa Margarita, a la que se había comido; la santa brotó de sus entrañas sana y salva, por ello alguien decidió convertirla en la patrona de los partos. Cabe mencionar que en Aix de Provenza se han encontrado numerosos huevos fósiles de dinosaurios, por lo que se puede pensar en la memoria histórica. Otro dragón francés "vivió" en Draguignan (el nombre de la provincia lo dice), población donde el alcalde del pueblo tiene el derecho de bautizar a cualquiera de sus ahijados con el nombre de Drac. Al tercero lo ubica la tradición gala en Beaucaire; éste se especializa en conseguir nanas para los dragoncitos. Pero quizás el más popular de la cuarteta es el de Tarascón: a éste lo domó Santa Martha según la leyenda.
En Alemania también su mitología asigna al dragón cualidades mágicas. Sigfrido, un héroe mítico germano, por ejemplo, mata al dragón custodio de un fabuloso tesoro: la fuente de la vida. El héroe se baña con la sangre de la bestia y logra hacerse invulnerable; luego, al beber un poco de ese líquido vital, aprende el lenguaje de las aves y tiene acceso a diversos misterios de la naturaleza. Esto hace común la idea de que quien derrote al dragón malo adquirirá por ese mismo hecho, poderes extraordinarios. A los dragones se les ha llamado, entre muchos otros nombres, El Sabio, El Terrible, El Magnífico, El Abominable, El Abrasador, El Que Mira Más Allá, El Señor Del Mundo... la religión católica excepcionalmente le da una interpretación maléfica; muy probablemente no sólo por la liga del fuego con Satán, sino por lo que el dragón en sí representa: la parte de nosotros mismos que hay que controlar, nuestro yo verdadero que nunca debemos negar o aniquilar porque es integrante esencial de nuestra fórmula humana.
El dragón, entonces, es el símbolo de la combinación primigenia que prevale químicamente en la formación de la vida al tener en sí todos los elementos que la forman. En idioma sánscrito, la antigua lengua literaria de India, en que se escribieron libros sagrados como el Ramayana y el Mahabharata, se han rescatado escritos que hablan de que antes de que comenzaran los tiempos contables, el dragón no tenía diferenciado su ser de su no-ser, ni su luz de su oscuridad, ni el cielo de la tierra... entonces sólo se le podía llamar entonces Tad Ekam, que significa Aquel... La escritora mexicana Gloria Fuentes afirma que "Quetzalcoátl, la serpiente emplumada, es otro dragón. Su leyenda pinta un ser que se debatió entre lo carnal y lo espiritual. Su castidad llegó a ser afrentosa para Tezcatlipoca, el espejo oscuro humeante, que lo inclina a pecar con la carne. Y Quetzalcoátl debe abandonar la tierra, con la promesa de volver un día..."

Entonces, aunque el concepto y el nombre son universales, su aspecto y costumbres difieren considerablemente según la región del planeta. Existen dragones acuáticos, terrestres, voladores; los hay de aspecto fiero o tímido; de proporciones gigantescas o domésticas. El dragón hindú, por ejemplo, se asemeja a un elefante; el chino a un siervo y el occidental a un reptil, pariente cercano de la serpiente. Este último, en particular, se parece notablemente a un reptil prehistórico, parecido a un dinosaurio. Por ello, no es imposible que el origen de su mito provenga del descubrimiento de algunos fósiles de animales que vivieron hace millones de años. Conforme a ciertas hipótesis al respecto, el dragón sería un reptil perteneciente a la orden de los saurios, muy semejante a un lagarto o serpiente, con alas batientes, enorme hocico escupe-fuego y una larga cola flexible. Si se examinan con detenimiento las características físicas del dragón, sin exagerar sus cualidades y proporciones, resulta evidente que este mítico animal podría ajustarse a la descripción científica del llamado dragón de Komodo (Varanus komodoensis) que es en realidad un lagarto; por supuesto, las facultades de escupir fuego, volar y cambiar de tamaño parecen ser más hijas de la exageración que de la observación.
Con frecuencia el dragón occidental ostenta más de una cabeza, y se le atribuye como alimento favorito la carne joven y fresca de muchachas vírgenes: algunos psicólogos modernos que han estudiado esta característica han llegado a la conclusión de que el combate con la bestia por rescatar hermosas doncellas simboliza la lucha interna entre los instintos lujuriosos y las bases morales de la conciencia. Otros, sin embargo, sostienen que representa la vejez, la impotencia sexual, que son reemplazadas por la energía de la juventud al comenzar una nueva vida.
Ciertamente, en muchas culturas el dragón es considerado una deidad del mar (son múltiples las leyendas de los navegantes del siglo XVI y XVII acerca de las terribles serpientes marinas, que luego sirvieron de inspiración para sus narraciones a autores como Julio Verne). Los chinos creen que hay cuatro dragones: uno en cada uno de los grandes océanos que existen. De ahí que los marineros en muchas regiones se encomiendan a él. En relación a las embarcaciones con forma de dragón, probablemente nacieron de los grupos que practicaban el pillaje en los mares, como los vikingos. Aunque actualmente en Japón son populares los barcos dragónicos a bordo de los cuales se realizan recorridos turísticos. La nave cuya proa es un busto dragonil solía ser utilizada también por los emperadores chinos, que también lo simbolizan con un barco que lleva las almas al otro mundo. Según una leyenda comenzó a haber barcos-dragón a partir del siglo séptimo; se dice que un monje budista -Gisho- llegó a China en aquél entonces y regresó a su natal Corea llevando allá las enseñanzas de la secta Kegon. Durante su estancia en el país en enamoró perdidamente de él una muchacha china. Cuentan que al ver que Gisho se embarcaba, la chica se arrojó al agua tras su nave, y que entonces ella se transformó en un amoroso dragón que le guió hasta hacerle llegar sano y salvo a su destino.
En nuestra América, la palabra "huracán" deriva del dragón caribeño del mismo nombre, quien además de estos fenómenos meteorológicos, produce terremotos... se le representa como un ser mitad humano, mitad serpiente. Avanza "como en un solo pie", girando: es el tornado, el ciclón. Coincide con el simbolismo chino del hacedor del clima... El nombre mismo "dragón" no deja de ser interesante; al parecer la palabra castellana viene del vocablo griego "drakon", que se utilizaba comúnmente para señalar cualquier tipo de serpiente de grandes proporciones. Aún en la actualidad, la mayoría de las representaciones pictóricas del dragón se inspiran en figuras de serpientes. Curiosamente el nombre "dragón" no tiene significado zoológico, aunque se aplica la voz latina "draco" para designar algunas especies de lagartos pequeños de la región indo-malaya. Así, mientras la ciencia niega al dragón como animal real y rechaza aún la eficacia de su nombre para designar una especie determinada, la leyenda y la mitología lo han magnificado hasta convertirlo en fuente de explicación de los misterios vitales.
Sea parte solamente del catálogo de seres imaginarios o fruto de resabios ancestrales en la memoria humana, este animal fantástico sugiere, por sí mismo, por su permanencia en los siglos y las culturas, que en cada cosa que nos rodea ( en nosotros mismos) hay algo de inmortalidad. Es el espíritu de la vida, que anima al agua que corre, a los árboles, a las rocas de las grutas. Por tanto, su existencia no puede desacreditarse empleando las formas usuales de comprobación... pero tampoco puede ser probada absolutamente. Quedémonos con el deseo de que si existe, sea lo que su existencia mágica sugiere: el ocupar un singular sitio, mitológico o no, en la historia de la imaginación humana. Alquímicamente, todo ejemplar fantástico debe conjuntar características que lo identifiquen con los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego. Aunque lo importante de su fisonomía es secundario si pensamos que habita en el reino de la imaginación. Por lo demás nadie ha probado que no hay o hubo dragones.
© Waldemar Verdugo Fuentes.